Alas de escarcha y oro (El canto del cisne 1) Capítulo 17
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Capítulo 17

D anayher hizo amago de seguir a la aspirante y a los hombres que la cargaban. Caelion permaneció a su lado como una sombra fiel mientras la princesa intentaba sortear a los nobles que trataban de cazar su atención.

Solo hubo una que logró que se detuviese.

Ysolde, la mujer de pelo rojizo que había luchado contra la heredera en la arena, irrumpió en la sala y se dirigió disparada como una flecha hacia ella. Sus zapatos de tacón resonaron cuando los nobles se quedaron en silencio.

Sus iris parecían haberse contagiado por el color de su cabello cuando alzó la mirada hacia Danayher y le tendió un pequeño pergamino doblado.

Caelion se colocó a su espalda, bloqueando la vista de los más curiosos.

Los ojos de la princesa se deslizaron sobre el papel.

Una vez hubo terminado, volvió a doblarlo y estiró los labios en una sonrisa calmada.

Sin embargo, las aletas de la nariz de Caelion se habían agitado.

Se mordió el labio y se inclinó hacia su oreja.

Ella levantó la mano, en una orden muda de que se detuviese. Había demasiados oídos escuchando.

Recordé las palabras de mi padre: «Si quieres saber lo que siente el Emperador, no le mires a él, mira a quien le acompaña.

Observa las expresiones de sus sirvientes, la tensión de su amante, la inquietud de su guardia».

La princesa no había fruncido el ceño ante el contenido de aquella misiva, pero su amigo había dejado de respirar.

La voz del heraldo se elevó por encima de la sala:

—Su alteza real Therenya.

El nombre recorrió el salón como una corriente fría.

El rostro era firme, con unos rasgos suaves que no debilitaban la impresión que causaba.

El fuego pareció arrancar destellos rojizos de sus ojos marrón claro, aunque tal vez se debía a que llevaba un vestido de ese mismo color.

No había escuchado nunca el nombre de la segunda hija de Rimeyah, pero el parecido no dejaba lugar a dudas.

Therenya avanzó sin prisa. Había algo sereno en su porte, una compostura que no pedía atención y, sin embargo, la reclamaba.

Algunos nobles se inclinaron con una rapidez mayor de la necesaria.

Otros se demoraron como si de esa forma pudieran evitar la reverencia.

El hombre a mi derecha dejó de hablar a mitad de frase; el consejero imperial sonrió como si acabara de recordar una antigua chanza.

Danayher no cambió de postura, pero sí de expresión. La tensión medida que mantenía en los hombros se aflojó. Curvó los labios en una sonrisa que no ofrecía en público con facilidad. En cuanto tuvo enfrente a su hermana, la envolvió en un abrazo.

—No esperaba verte esta noche. —Se apartó y cogió con suavidad el brazo de Therenya—. Ven. Tienes mucho que contarme.

La heredera la llevó hacia una de las galerías laterales, lejos del círculo principal. Las puertas no se cerraron tras ellas. No hacía falta. La sala entera había entendido que querían intimidad.

El revuelo había interrumpido la conversación del marqués de Rethor con la despampanante mujer que hacía un momento le había causado tanta fascinación, de modo que aproveché para aproximarme.

Mantuve la mirada lejos de él, pero pude ver como mi cuerpo capturaba la suya.

Me detuve a unos pasos de distancia, cruzada de brazos y con la vista puesta en la puerta por la que se habían escabullido las princesas.

No tuve que esperar para notar que ocupaban el espacio a mi izquierda. Olía a tinta y vino especiado.

—Parece que la velada ha perdido su interés principal —comentó en tono casual.

Hablaba rápido, como si el tiempo fuese tan preciado como los bienes que obtenía en sus rutas comerciales.

Se situó a una distancia lo suficientemente próxima como para no necesitar elevar la voz. Las canas habían vencido la batalla en sus sienes y libraban una lucha con parte del vello de su cuidada barba.

—Oh, ¿tenía intención de hablar con ella?

—No especialmente. Pero mire al resto —señaló con la barbilla a los grupos que había frente a nosotros—. Son ovejas perdidas sin su pastor. Ya no tienen el aliciente de que la princesa les dedique una mirada.

—¿A usted no le interesa su atención?

¿Acaso disponía de ella cuando le placía? Una sombra de sonrisa le cruzó el rostro.

—Supongo que otra persona ha acaparado la mía.

No me miró al decirlo. Observaba el fondo de su copa, como si la frase estuviera destinada al vino.

Luego posó los ojos en mí. Esperaba una respuesta.

Si Danayher lo había elegido como amante, tenía un gusto cuestionable.

No solo no resultaba llamativo, sino que además no parecía dispuesto a respetarla.

Yo no sabía cómo seguir aquel tipo de juegos.

Con Silas nunca me había visto en la necesidad de buscar qué decir para impresionarlo.

Desde el principio, me había deseado con una claridad casi torpe; me había observado como si yo fuera la única persona en una habitación vacía.

Allí era una opción entre muchas y de mis palabras dependía retener el interés el tiempo suficiente.

Si era cierto que estaba vinculado a la princesa, debía tener cuidado en no excederme.

Incliné ligeramente la cabeza y solté una breve risa.

—No pretenderá que me crea que encuentra a una simple aspirante más interesante que a la heredera de Eakheral.

Me sostuvo la mirada más tiempo del necesario y luego la desvió hacia las copas, hacia el fuego, hacia cualquier cosa que impidiera que el gesto pareciera intencionado.

—Es una mujer exigente —añadió—. No concede su atención sin propósito.

La respuesta fue demasiado limpia. No había orgullo oculto, tampoco añoranza. Si había algo entre él y Danayher, no era personal. O no lo suficiente como para que le importara negarlo.

—Debe de ser frustrante —murmuré.

Se volvió hacia mí. Un ajuste mínimo de posición que redujo la distancia entre nuestros hombros sin que pareciera deliberado.

—No, más bien aburrido. —Bajó la mirada hasta mi boca y regresó a mis ojos—. Para mí, la frustración es un estímulo interesante. —Sentí el calor subir por el cuello, pero no aparté la mirada—. Y la recompensa puede ser muy satisfactoria cuando se espera pacientemente.

La conversación se había distanciado tanto de la princesa que no vi forma de reconducirla.

—La paciencia es una cualidad admirable —respondí intentando que mi sonrisa no se desvaneciese.

Una voz femenina, firme y perfectamente modulada, se deslizó entonces entre nosotros.

—También lo es la discreción.

No necesitó alzar la voz. Su presencia bastó. La mujer era alta y vestía con un verde que no buscaba competir con nadie. Observaba la distancia exacta entre nuestros cuerpos.

—Querida —dijo él volviéndose con una calma que parecía ensayada—, hablábamos de política.

—Por supuesto —respondió—. Es un tema que requiere mucha proximidad.

Sentí un nudo en la garganta. Debía de ser su esposa. Posó los ojos en mí. No había escándalo en ellos, solo evaluación.

—Aspirante, ¿verdad?

—Sí, señora.

—Entonces te aconsejo prudencia. Esta Corte recuerda más de lo que uno cree.

El noble carraspeó con discreción.

—No dramatices.

—No lo hago —replicó ella sin apartar la vista de mí—. Es normal que siendo extranjera no conozca la forma adecuada de comportarse. He oído que en Aesnovar las huérfanas aprenden rápido a suplir sus carencias, pero debe saber que aquí no necesita usar su cuerpo para que la toleremos.

El insulto no vino precedido por una advertencia en el tono ni en la postura. Fue limpio, directo y cortante.

El impulso inmediato fue responder con fiereza. Una decena de frases igual de ofensivas e hirientes me acudieron a la cabeza. Pero su comentario había atraído la atención de cuantos nos rodeaban y una réplica precipitada me dejaría en peor lugar que a ella. Era una trampa pequeña y elegante.

Habría deseado poder fingir indiferencia, pero no estaba dispuesta a permitir que se insinuara que aquella había sido mi conducta en la Corte Imperial. Si hubiera estado tan segura de sí misma como aparentaba, no habría necesitado advertirme. Podía jugar con eso.

—Tengo clara la forma de actuar, en esta y en cualquier corte. Aunque sea huérfana, he recibido una exquisita educación —mis palabras levantaron murmullos. Deslicé la mirada por su cuerpo con desprecio— y me esfuerzo en demostrarlo. Le aconsejo hacer lo mismo.

La contención también la abandonó a ella.

Cerró los dedos como garras alrededor de mi brazo y tiró de mí para apartarme del marqués.

Los pies se me enredaron y perdí momentáneamente el equilibrio.

Ella se encargó de que no pudiese recuperarlo.

Con un empujón me envió al suelo, donde me propinó un sonoro bofetón.

El sonido seco sonó en medio de los murmullos.

Sentí el escozor extenderse desde el pómulo a la sien, aunque no dolía tanto como la humillación.

El espectáculo seguramente ya habría captado la atención de los hombres de Aesnovar.

Estarían disfrutando de comprobar que incluso allí seguía en la misma posición en la que me había mantenido siempre el Gran Príncipe: de rodillas.

Se pelearían por ser el primero en contárselo cuando volvieran. Qué regocijo le provocaría saberlo.

El corazón parecía empujarme las costillas, buscando una salida.

Sentí un hormigueo en los brazos que me invitaba a devolver el golpe.

Sin embargo, antes de que pudiese ponerme en pie, una mano pesada se me posó en el hombro y me obligó a mantenerme en el suelo.

Sentí cada uno de sus dedos hundiéndose en la piel.

—Es una alborotadora violenta —dijo la mujer contemplándome desde arriba con desdén—. Mira esa mirada de salvaje. —Sus ojos se clavaron en el guardia que me mantenía sujeta—. Creo que necesita otra lección. Para dar ejemplo.

El hombre dudó, pero cuando la mujer levantó las cejas con impaciencia, no se demoró en obedecer. El golpe fue más intenso que el de la bofetada. Quizá el dorso de la mano enguantada, quizá un anillo metálico que llevase debajo.

El estallido blanco en mi visión llegó antes que el dolor.

Caí hacia delante con el tiempo justo para colocar las manos antes de golpearme la cara con la piedra.

Me quedé allí, resollando. En la misma posición que un perro.

Sentí un reguero cálido deslizarse hasta la comisura del labio, donde pude saborear el regusto metálico de la sangre.

—Llévatela. Ya ha dado suficiente espectáculo.

Oponer resistencia solo haría que la herida se hiciese más grande.

No la física; la que haría que me expulsasen a la mañana siguiente.

Me quedé allí, con mirada fiera pero posición sumisa hasta que el guardia me sujetó del brazo para levantarme.

Permití que me sacase del Gran Salón entre cuerpos que parecían reacios a apartarse.

Todos los nobles querían verme de cerca, como si fuese una bestia exótica que había escapado de su jaula.

Mantuve la mirada clavada en mis zapatos blancos. No quería ver la satisfacción en la cara del resto de aspirantes. La diversión de los aristócratas de Aesnovar. Y ante todo, si cabía una remota posibilidad de que Danayher me viera, no quería ver la decepción en sus ojos.

Pensé que me escoltaría hasta mis aposentos, donde se me obligaría a permanecer hasta el amanecer o hasta que la Maestra viniese a decirme que recogiese mis cosas; lo que antes sucediera. Sin embargo, comenzamos a descender escaleras con los tirones del brazo marcando el ritmo.

Comprendí demasiado tarde lo que iba a suceder.

Tras tomarse su tiempo en buscar la llave correcta, abrió una puerta gruesa.

Cuando vi la sala diminuta que guardaba en su interior, no hubo tiempo para la dignidad.

Me revolví y supliqué hasta que las palabras se atropellaron y perdieron el sentido.

Él se mantuvo impasible y me lanzó con fuerza al suelo.

Traté de ponerme en pie y correr hacia la salida, pero la puerta se cerró antes de alcanzar el umbral.

El chasquido de la llave en la cerradura resonó dentro de mí como una sentencia.

No era una celda húmeda. No estaba helada. Tampoco tenía barrotes. No había perros ni ladridos. Me esforcé en prestar atención a todas las cosas que suponían una diferencia para que el pánico no se apoderase de mí.

Pese a mi estatura, al ponerme en pie las perlas de la diadema rozaron la piedra del techo.

Encorvada, conté los pasos que había desde la puerta hasta la pared del fondo.

Tres. No quise confirmar la distancia entre las paredes laterales.

Tenía la impresión de que, si extendía los brazos, habría podido tocar ambas, pero me dio miedo comprobarlo.

Era bien entrada la noche, así que la luz que se colaba por una rendija más estrecha que la palma de una mano era escasa; no obstante, me permitió ver que el polvo que levantaban mis pasos caía a plomo al suelo en lugar de quedarse suspendido.

El aire parecía haberse detenido. De nada sirvió intentar negociar conmigo misma.

El pensamiento se volvió imparable como una gran masa de agua que se me iba abriendo paso en la mente hasta llenar cada resquicio.

No iba a poder respirar. Noté cómo el pecho se comprimía y la garganta se estrechaba.

Me obligué a tragar y sentí que no había saliva para humedecerla.

Era como una piedra dura que arañaba y rasgaba a su paso.

¿Era aquello una burla de la princesa? ¿Estaba usando mi mayor miedo, el que había sido tan estúpida de confiarle, contra mí?

El único mobiliario era un banco que ocupaba más espacio del que debería.

Me dejé caer sobre él con torpeza. La piedra era dura y pude sentir su tacto helado traspasando la tela de mi vestido.

Me abracé el cuerpo, aunque no fuese capaz de sentir frío.

No podía escuchar nada al otro lado de la pesada puerta.

Solo mi pulso, repiqueteando en los oídos, replicándose en la punta de mis dedos.

Las imágenes no tardaron en llegar. Pequeños destellos que se superponían a la realidad.

Las fauces de los perros arañándome la piel de los brazos.

La sangre manchando las paredes con palabras cada vez más incoherentes.

El olor a deshechos acumulados durante días.

La mugre de mi cuerpo y mis ropajes. Los ojos del Gran Príncipe; un brillo gélido al otro lado de los barrotes.

Las paredes cada vez parecían más cercanas. Cerré los ojos y todas las imágenes se sucedieron como una avalancha. Sentí la desesperación arañándome el pecho. Y también un sentimiento que hacía mucho tiempo que no sentía.

La última vez había ido dirigido a mi padre.

No había vuelto a depositar esperanza en nadie más desde entonces, así que había sido inmune a la decepción. En ese momento, sin embargo, sentí que Danayher me había fallado de la peor de las formas.

Qué ingenua fui al pensar que eso era lo más doloroso que podía hacerme.