Alas de escarcha y oro (El canto del cisne 1) Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

—Debería hablar con el marqués de Rethor, entonces —dijo ella—. Le encanta jactarse de ser el único mercader en contar con un acuerdo comercial con el Imperio.

Ese nombre me resonó en la mente con una familiaridad particular. Antes de que pudiera recordarlo, el consejero señaló a un hombre de espalda recta y cabello impecable.

—De hecho, allí está. Reunido con dos aristócratas de Aesnovar —carraspeó y, cuando continuó, su tono había cambiado—, cuya asistencia a esta velada nos tiene muy sorprendidos.

Reconocí de inmediato a Bergen del Estandarte Crovak. Pertenecía al círculo de mayor confianza del Gran Príncipe. ¿Qué hacían allí? ¿Los había enviado él para vigilarme? ¿Para matarme? Mi corazón se aceleró y retrocedí un paso de manera instintiva.

—Señorita, ¿se encuentra bien? —preguntó el consejero.

No respondí. No podía apartar la mirada de él y de la forma en que apretaba la copa como si se tratase del cuello de un conejo.

—Solo necesito un poco de aire —fue lo máximo que logré articular.

No podía abandonar la sala, de modo que me quedé junto a una de las puertas, por la que se colaban pequeñas ráfagas frescas en las que me concentré como si fuesen mi última salvación.

Los nobles pasaban por mi lado en dirección a los jardines, sin reparar en la chiquilla que luchaba por lograr la siguiente inspiración.

Me llevé las manos temblorosas al collar de zafiro.

Pese a que me colgaba con holgura hasta reposar sobre el esternón, sentí que me asfixiaba.

Tironeé de él, barajando la idea de arrancármelo del cuello.

—No lo devuelvas al finalizar la noche. —Su voz me robó el poco aliento que me quedaba—. Quédatelo. Realza el azul de tus ojos.

Abrí los labios, aturullada, para intentar darle una respuesta, pero Danayher me interrumpió, salvándome de incumplir una de las normas que habían fijado para aquella prueba: no hablar directamente con la princesa.

—No era una sugerencia.

Recordé esas palabras. Las había pronunciado en nuestra primera prueba, cuando había obligado a las aspirantes a abrir los sobres con sus nombres.

Su tono entonces no tenía nada que ver con el que usó en ese momento.

Tenía una sonrisa escueta en el rostro y, cuando se apoyó a mi lado en la pared, dejó caer la cabeza contra ella con actitud cansada.

Tal vez ella también necesitaba escapar de todos esos nobles que se acercaban como insectos a la miel.

Lamenté no poder preguntarle por qué me había pedido leer sobre la diosa. Su voz había sido seria, con una nota incluso urgente. ¿Era una advertencia? Y de ser así, ¿cuál era la amenaza?

Deseé poder decirle que estaba asustada. Que no sabía si aquellos hombres estaban allí para deshacerse de mí. Me sentí patética por ansiar con tanta fuerza que ella fuese el escudo que se interpusiera entre mis miedos y yo.

—Deberías volver a la fiesta —susurró volviéndose hacia mí sin apartar la cabeza de la pared. No parecía importarle estropearse el peinado—. Parece que te están esperando.

Perfeccionismo nos observaba con fijeza. Sabía que aquello tampoco era una sugerencia, de modo que me aparté de la princesa. Pese a evitar el contacto visual de forma deliberada, la aspirante extendió el brazo por delante de mi abdomen para que no pudiese pasar de largo.

—Tienes mala cara. —Hizo un falso mohín—. Creo que deberías beber algo.

Con un gesto educado llamó la atención de la doncella de pelo grisáceo y una quemadura en la cara que había visto en la lavandería.

Se apresuró a caminar hacia nosotras sin que una sola gota se derramase de la única copa que sostenía en su bandeja.

Perfeccionismo la tomó y me la tendió con una sonrisa.

No necesitaba volverme para saber que Danayher nos estaba observando.

Por mucho que fuese consciente de que éramos rivales, dudaba que le gustase ver a una de las candidatas arrear un manotazo a otra, que era lo que más deseaba en ese momento.

Tomé la copa y continué mi avance hacia el rincón opuesto a los hombres de Aesnovar.

No tenía certeza de que el contenido de la copa estuviese alterado, solo tendría oportunidad de comprobarlo si otra persona la bebía en mi lugar.

Y tenía claro que esa persona sería la aspirante cuya debilidad aún no conocía con certeza.

La candidata pelirroja estaba sentada en un silloncito con una sonrisa tensa, fingiendo participar en una conversación de la que claramente no estaba entendiendo la mitad de las palabras.

Pasé por detrás de su asiento y le toqué el hombro. Me miró con unos ojos más propios de un perro apaleado que de una cortesana, como si yo tuviera algún poder de decisión sobre su futuro. Pensé, con una pizca de diversión, que quizá lo tenía. Todo dependía de qué contuviese esa copa.

—¿Puedes tomarte tú esta bebida? Me la han ofrecido y me pareció maleducado rechazarla, pero ya me encuentro algo mareada.

Hablé rápido para que no pudiese entenderme, pero lo suficientemente alto como para que sus acompañantes me escucharan.

Se la acerqué más, para que comprendiese que quería que la cogiera, y ella levantó con lentitud su mano de dedos temblorosos. En cuanto se cerraron en torno al cristal, la solté.

—Bébela, querida —dijo una de las damas—. Está todo buenísimo.

—Sin duda —corroboré con una sonrisa.

Permanecí junto a ellas el tiempo justo para ver cómo se la llevaba a los labios.

De estar adulterado, era preferible que no me encontrasen a su lado cuando hiciese efecto.

Me alejé sin perder de vista a los aristócratas del Imperio, que habían buscado una compañía diferente a la del marqués de Rethor.

Mi mente trajo un recuerdo vinculado a ese nombre: el de unos pendientes dorados reposando sobre la madera de un escritorio.

Era el noble en cuya habitación Danayher me había pedido adentrarme tras lo que parecía un escarceo nocturno.

Lo busqué con la mirada mientras barajaba una idea que iba ganando fuerza con cada paso que daba: si hablaba con él, quizá lograse saber el tipo de relación que tenía con la princesa.

Lo localicé al fondo de la estancia, donde la luz del fuego era más tenue.

Aun así, no me impidió verle las mejillas, sonrosadas por el vino.

Parecía enfrascado en una conversación estimulante, pues sus gestos eran amplios y su expresión, efusiva.

Resultaría grosero que me uniera a ella sin ser invitada, pero sí podía quedarme cerca hasta captar su interés…

Sería cuestión de tiempo. Éramos las nuevas mascotas de Danayher, a las que todos los presentes querían observar de cerca.

Sin embargo, antes de alcanzar mi destino, el murmullo cons tante que había a mi espalda cambió. No fue un grito, sino un corte en las conversaciones, copas que dejaron de sonar al mismo tiempo, un pequeño vacío que se abrió en el aire como si alguien hubiera retirado una pieza invisible.

El cuerpo de la aspirante había quedado a medio camino del suelo, recogido con torpeza por uno de los invitados, que no había logrado sostenerla por completo.

El naranja encendido de su cabello contrastaba con la palidez de su rostro, más acentuada que de costumbre.

Se llevó una mano a la frente, con los labios entreabiertos.

No parecía reconocer el lugar en el que se encontraba.

—¡Apartaos!

—¿Qué le ocurre?

—Dejadla respirar.

Las voces se superponían sin orden. Las telas se agitaban alrededor de ella como alas inútiles. Algunos retrocedían por puro reflejo, como si el desmayo fuera contagioso. Otros se inclinaban para poder curiosear, entorpeciendo más que ayudando.

El hombre que había impedido que cayese al suelo la ayudó a erguirse y, con la ayuda de un segundo, la acompañaron hacia una de las salidas. Danayher llegó con paso apresurado. Se puso de puntillas para seguirlos con la mirada entre las cabezas de los invitados.

—¿Qué ha pasado? —preguntó al aire con la certeza de que habría respuesta.

Las palabras se atropellaron mientras un buen puñado de nobles trataba de ser quien le explicase lo sucedido, aunque dudaba que alguien más que Perfeccionismo y yo supiera lo que había sucedido en realidad.

La ira se me asentó en el pecho como una piedra colocada sobre el fuego.

Cada latido golpeaba desde dentro con un ritmo lento y pesado.

La mandíbula se me tensó hasta doler. Sentí los dientes encajar con una precisión casi violenta.

Las manos, quietas a los lados, estaban tan rígidas que me dolían.

No quería moverme. Si lo hacía, sabía que iría a por ella.

La busqué entre la multitud, con esa expresión de falsa preocupación que ocultaba la verdadera satisfacción sibilina.

No podía encararla allí, con tanta gente como testigo, durante una prueba en la que se valoraría nuestro saber estar.

Me obligué a recordarme dónde estaba, quién podía estar mirando.

No iba a perder el control y permitir que consiguiese lo que quería.

Bajé la mirada. Conté las vetas oscuras de la piedra bajo mis pies.

Una. Dos. Tres. El pulso seguía golpeando, pero ya no marcaba el ritmo; lo obedecía.

Aflojé los dedos poco a poco, como si deshiciera un nudo invisible.

Sentí cómo las uñas abandonaban la carne de mi palma.

El dolor leve me ancló. Inspiré por la nariz, despacio, sin que se notara.

El aire entró seco, caliente. Lo mantuve un instante. Lo solté igual de despacio.

Cuando levanté la vista, mi rostro ya no me delataba. La piedra seguía en el pecho, pero ya no ardía: aguardaba el momento en que pudiera llevar a cabo su venganza.