Capítulo 16
E l zafiro me brillaba con demasiada intensidad en el pecho, haciendo que el azul de mis iris pareciese más oscuro.
Los pendientes de plata se veían desproporcionados en mis orejas, expuestas al llevar el cabello recogido en un moño.
Sabía que ni siquiera la diadema de perlas alcanzaba la opulencia de la que harían gala mis contrincantes y, sin embargo, lo sentía como un exceso.
Esa noche no estaba hecha para que pasásemos desapercibidas. En aquella velada, nosotras seríamos las protagonistas.
Sentí náuseas ante la mera idea.
Tuve el impulso de arrancarme cada joya y un fuerte deseo de tumbarme sobre el colchón y cubrirme la cabeza con las sábanas; igual que hacía de niña cuando me veía arrastrada a actos a los que mi padre había sido invitado.
En lugar de eso, me uní al río de aspirantes que recorría el pasillo en dirección al Gran Salón. No fue la Maestra quien estaba aguardándonos en la antesala del servicio, sino Danayher.
La tela negra le caía recta desde los hombros.
Seguía las curvas de su cuerpo sin llegar a ceñirse.
Las mangas eran largas y estrechas en el antebrazo, para ir a abrirse desde el codo.
A diferencia de los escotes que solía lucir durante el día, la prenda ascendía hasta su nuez y terminaba en un bordado de hilo de oro que descendía por la garganta hasta el vientre.
La única joyería era un pendiente largo, de metal sin piedras, y un fajín rígido rematado por pequeñas placas metálicas mate, más cercanas al atalaje de una montura que a un adorno cortesano.
—Seré breve. No tenemos mucho tiempo. —Su coleta alta se balanceó cuando se aproximó a nosotras—. Este tipo de actos sociales están profundamente influenciados por el dios que se encuentra en Presencia. Hace unos días, los Cronistas de Ciclo señalaron a Orhal, el Tejido Silente.
Se levantó un leve murmullo a mi espalda y una pregunta sonó más alto que la del resto: «¿Quién?».
—He decidido ser yo quien os informe de esto —prosiguió la princesa como si no hubiese sido interrumpida— porque no pretendo asumir que todas recordáis qué significa.
»Orhal es uno de los dos dioses de la Trama, aquellos que regulan lo que perdura. Bajo su dominio, las instituciones se fortalecen, los protocolos se vuelven más estrictos. Las tradiciones pesan más que la voluntad propia.
Un suspiro escapó de sus labios carentes de maquillaje.
Me pregunté por qué mencionaba a aquel dios mientras la tarde anterior me había pedido que leyese sobre Meyra.
Ella era una diosa del Eco, que se manifestaba cuando la realidad respondía.
En mis notas se detallaba cómo bajo su influjo lo que se ocultaba regresaba amplificado, cómo las mentiras generaban consecuencias visibles y cómo las viejas tensiones estallaban.
Si habían pasado días desde el cambio de dios en Presencia, no podía haber sido una equivocación.
—Los rumores habrán vuelto —prosiguió la heredera—, a diferencia de lo que presenciasteis en la anterior velada, pero no serán las opiniones propias quienes los motiven, sino la presión por encajar en ese molde castizo que impone Orhal.
—Un sombreado ahumado le adornaba los ojos dorados y, cuando los entrecerró, me recordaron a los de un felino agazapado—.
Mi recomendación es que no os dejéis arrastrar.
Sed cordiales, pero no entréis en su juego.
Alzó el brazo para atrapar un mechón suelto tras la oreja. La manga le resbaló por el brazo y por un instante olvidé escuchar lo que estaba diciendo.
—Buena suerte en vuestra cuarta prueba —fue lo último que añadió con una sonrisa que no le llegó a los ojos.
El salón estaba abarrotado. No se trataba solo del elevado número de personas, sino del ruido: telas rozándose, risas contenidas, copas chocando, conversaciones que empezaban y terminaban sin cerrarse nunca.
Mi primera reacción fue quedarme paralizada como un perro abandonado, del mismo modo que había hecho la aspirante pelirroja, que observaba su alrededor con ojos atemorizados.
Busqué a Xytherel y a Empatía con la mirada, pero ambas, al igual que Inseguridad, estaban ya enfrascadas en diferentes conversaciones con nobles que posiblemente las conociesen desde niñas.
Debía encontrar a una candidata que también fuese extranjera, pero que no fuese capaz de opacarme en una conversación, lo cual no era fácil, pues no había sido dotada con el don de la palabra.
Perfeccionismo reía con facilidad e intervenía en el momento exacto.
Inclinaba la cabeza con delicadeza hacia sus interlocutores, como si cada una de sus palabras mereciera atención especial.
Reputación se había acercado al grupo correcto, pues reconocí en él al consejero real junto a la mujer con la que le había escuchado hablar sobre la relación de Danayher con el clero en la anterior velada; no obstante, no parecía estar haciéndose entender.
Los nobles la observaban con confusión mientras ella gesticulaba en exceso.
Me acerqué a ella con paso seguro.
El consejero fue el primero en reaccionar.
—Ah. Otra de las aspirantes —dijo abriéndome el círculo con un deslizamiento leve—.
Consejero Havel de Osprey. —Inclinó la cabeza como saludo y la mujer que lo acompañaba clavó los pequeños ojos en mí—.
Y esta es la baronesa de Dorthen. Siempre es un placer comprobar que la juventud no rehúye las reuniones formales.
—Eira. El placer es mío —respondí con más sequedad de la que pretendía.
Reputación me dedicó una sonrisa breve, aunque no supe ver la intención. La piel oscura le brillaba bajo la luz del fuego.
—Hablamos de mi tierra —aclaró marcando en exceso las erres.
—Un Sultanato próspero —precisó el consejero.
Me costó entender la palabra con su marcado acento de Eakheral—.
Con rutas comerciales envidiables… y una inmejorable red diplomática.
— La miraba como si evaluara una inversión—.
Estoy al tanto de que uno de mis compañeros en el Consejo Real tiene un vínculo muy cercano con Veirad.
Esa información me cayó en el estómago con el mismo aplomo que si me hubiese tragado una piedra. Podía suponer una ventaja para Reputación.
—Mi pueblo cree en alianzas que duran —respondió ella.
La cadencia distinta de su voz no rompía el ritmo; lo marcaba. La baronesa inclinó la cabeza, como si quisiera escucharla mejor.
—Las alianzas requieren paciencia —dijo—. Y memoria.
—Mi madre decía eso —contestó Reputación, sosteniéndole la mirada con tranquilidad—. Acuerdos sobreviven si alguien —frunció el ceño, intentando buscar la palabra— esfuerza y acuerda.
—Una enseñanza valiosa —repuso ella. Giró ligeramente la copa entre los dedos huesudos—. ¿Por eso la han enviado tan lejos de casa? ¿Para establecer alianzas?
Podía sonar como una pregunta, pero no lo era.
—La Corte ofrece… aprendizaje.
Noté que la conversación se cerraba alrededor de ella, como si yo no estuviera allí. Cambié el peso del cuerpo de una pierna a otra, preguntándome si lo mejor sería que elaborase una breve disculpa con la que poder irme. El consejero debió de percibir mi movimiento, pues se volvió para mirarme.
—¿Y a usted? ¿Le está resultando difícil adaptarse? Nuestro idioma no es sencillo para quienes no han crecido con él.
—Creo que me defiendo, aunque siempre hay ocasión de aprender algo nuevo.
—Esa sí es una pronunciación pulida —concedió la baronesa, sin mostrar ningún tipo de reparo por que Reputación siguiese delante—.
La princesa parece interesada en que sus aspirantes aprendan rápido.
De lo contrario, no os habría lanzado a la arena esta noche.
La disciplina siempre ha sido importante para ella.
—Es una virtud necesaria en una futura reina —terció el consejero—.
Especialmente cuando se trata de asistir a los encuentros adecuados.
—La mujer asintió con solemnidad y añadió con una suavidad medida—: Hay tradiciones que no dependen del gusto personal.
Y hay figuras a las que no conviene hacer esperar demasiado.
«Tres audiencias», había dicho la anciana en la anterior fiesta.
«Tres. Canceladas. Y sin una sola disculpa».
Su comentario no había sido casual. No hablaban para nosotras, hablaban delante de nosotras.
La única que parecía no haberlo entendido era Reputación, y me produjo satisfacción esa pequeña victoria.
La mirada de los dos nobles se deslizó en la misma dirección. Al otro lado del salón, Danayher conversaba con varios invitados.
Caelion, al que ya habíamos conocido como uno de los amigos más cercanos de la princesa, estaba inclinado hacia ella lo suficiente para hablar sin alzar la voz.
Pese a que el atuendo que había llevado el día en que había fingido ser un visitante extranjero me había sorprendido, comprendí que se trataba de lo más comedido de su vestidor.
En aquella velada, la casaca le caía ajustada en un lado y cedía en el otro, como si no respondiera a una misma medida, y los puños no coincidían ni en forma ni en cierre.
Las capas tampoco seguían un orden claro.
Había tela sobre tela, con colores que no terminaban de asentarse juntos.
Llevaba un solo guante y en la mano descubierta lucía anillos dorados, igual que la pintura que adornaba su rostro.
—Las compañías también influyen —observó la baronesa—. Para bien o para mal.
—A veces más de lo conveniente —respondió el consejero. Una sonrisa forzada apareció en su rostro redondo cuando volvió a centrar su atención en nosotras—. Pero para eso tenemos a un grupo de selectas damas. Estoy seguro de que la elegida será una maravillosa compañía para la princesa.
—Eso deseamos —concedí.
—¿Usted viene de muy lejos?
—En realidad, no. Del vecino Imperio de Aesnovar.
No me sorprendió la forma en que cerró la boca de golpe o cómo intercambiaron miradas. Aesnovar solía tener ese efecto. O más bien sus pretensiones expansionistas.