Capítulo 15
S entía que estaba mendigando la compañía de Danayher, y cada día me resultaba más difícil convencerme de que mi perseverancia se debía únicamente a la supervivencia.
Había comenzado a recorrer en los ratos libres entre lecciones las zonas en las que habíamos interactuado en el pasado: la galería de nuestros dormitorios, su despacho y el patio de armas.
No tenía una intención clara, ni siquiera estaba segura de qué tema de conversación podía interesarle en el dudable caso de que nos cruzáramos y en el más improbable aún de que se detuviera a hablar conmigo.
El máximo avance que había conseguido había sido encontrarla en su despacho. Sin embargo, no estaba sola. La voz de la Maestra de Aspirantes había llegado hasta mí a través de la hendidura de la puerta entreabierta.
—Debéis comprender, alteza, que el profesor Halvar y yo hemos estudiado con sumo cuidado las pruebas de las aspirantes. Pusimos atención en que sus resultados arrojasen un reflejo fiel de su progreso en las lecciones.
—Sin que ello supusiese una ventaja para las aspirantes de Eakheral —intervino el hombre—. Haber incluido a aspirantes extranjeras ha sido una decisión insólita, lo que ha añadido complejidad al proceso.
Me pregunté qué habría motivado dicha decisión. De no tratarse de una tradición heredada, ¿por qué habría decidido arriesgarse a colocar en una posición de confianza a alguien ajeno a los intereses de Eakheral? ¿Era una cuestión diplomática? ¿O política?
—No tengo queja de vuestra… dedicación. —Danayher puso un énfasis extraño en la palabra—. Sé que estáis muy involucrados en su formación, lo cual agradezco. Es precisamente por ello que he tomado esta decisión. Confío en que vosotros podáis trasladarme de forma directa el progreso que mencionáis.
—Pero, alteza… —dijo la Maestra—. Algunas de las pruebas nuevas…
—No están abiertas a debate —interrumpió la princesa.
El tono rozaba la línea entre la conciliación y la autoridad—.
Considero más valioso evaluar si mi futura Mariposa es leal o humilde que comprobar si sabe realizar la inclinación adecuada al último noble de la Corte.
Quiero saber si es astuta, útil, si congenia conmigo.
Prefiero eso a que sepa recitar poemas del reino de memoria.
Su voz no dio opción a réplica, pero, si la hubo, tampoco pude escucharla. El sonido de pasos al final del pasillo me hizo emprender una marcha acelerada en dirección contraria. Lo último que deseaba era que llegase a oídos de Danayher que me habían encontrado escuchando a escondidas.
Tardé tres días en volver a escuchar la voz de la heredera. Estaba caminando, más por costumbre que por esperanza, hacia las largas escaleras que llevaban hasta la hondonada donde los soldados entrenaban.
El corazón me dio un vuelco cuando la encontré apoyada contra uno de los muretes de piedra. Aunque, desde la altura en que yo me encontraba, una de las lonas que proyectaban sombra a los colmillos de escarcha le cubría el rostro, reconocí de inmediato su figura y su porte.
Vacilé en mi escalón. ¿Qué iba a decirle cuando la tuviese delante?
¿Qué excusa iba a inventarme para estar allí?
Pensé en dar media vuelta, pero resultaba humillante tener al alcance el objetivo que había estado persiguiendo durante días y dejarlo ir con tanta facilidad.
La cobardía no me llevaría lejos en aquel reino.
Comencé a descender la escalera, repitiéndome a cada paso que lo peor que podía sucederme era un rechazo.
La simple idea me revolvió el estómago.
Tomé asiento en una de las terrazas escalonadas que hacían las veces de gradas. Aun cuando no conocía el protocolo en situaciones como aquella, sabía que no se consideraría adecuado aproximarme a la princesa sin su permiso.
Pasó bastante tiempo hasta que reparó en mi presencia.
Tiempo que invertí en observarla. Lejos de todo escrutinio, no parecía más que una muchacha pocos años mayor que yo.
Había cruzado la pequeña puerta del cercado y se había sentado sobre la arena, junto al animal.
Tenía el cabello recogido en un moño descuidado, y el calor le había pegado algunos mechones sueltos a la sien.
La manga de su camisa, que llevaba doblada a la altura del codo, dejaba ver la línea firme de su antebrazo mientras acariciaba la cabeza de un colmillo de escarcha.
El animal respiraba con esfuerzo y me pregunté si estaría enfermo.
Había apoyado la enorme cabeza contra el hombro de Danayher en actitud confiada y ella mantenía una mano firme en su cuello; sin caricias, solo presencia.
Imaginé que se trataba de Sahr, el ejemplar de la otra vez, con el que Danayher debía de tener una vinculación especial.
Sus movimientos eran lentos, casi dulces. La última vez que había escuchado su voz había mantenido a la Maestra en el redil sin necesidad de alzarla. Allí, sin protocolo, sin autoridad, sin nadie a quien impresionar, parecía más… auténtica. Como si ese momento le perteneciera más que el trono.
Estaba lo suficientemente lejos para no escuchar su voz, pero vi cómo sus labios formaban mi nombre.
Por un momento pareció sorprendida, pero se repuso de inmediato y una pequeña sonrisa le apareció en el rostro.
Agitó una mano para invitarme a unirme a ella y sentí el gesto frío en comparación a cuando había tomado la mía para ayudarme a bajar.
Ni siquiera me preguntó qué me traía por allí.
—¡Llegas en un momento único! —exclamó emocionada sin darme ocasión a hacer la reverencia—. ¡Quizá no tengas ocasión de volver a presenciar algo así! Acércate con pasos lentos. Y no cruces el muro.
El olor me llegó antes que la imagen: heno caliente, polvo y algo más denso, metálico.
La puerta del cercado estaba entreabierta.
Dentro, una franja de luz dorada caía desde lo alto y moría antes de tocar el fondo.
Allí, donde la sombra era más espesa, la arena estaba removida en un círculo amplio, oscurecida en algunos puntos, y las paredes conservaban arañazos recientes.
La criatura tensó el lomo al verme y alzó ligeramente la cabeza. Me recorrió con los ojos, pero no llegó a gruñir.
—Está bien, Sahr. —Le dio una palmadita en el cuello—. Podemos confiar en ella. —Entonces se volvió hacia mí—. Mira —susurró—. Junto a su vientre.
Eran absurdamente pequeños para su raza. Tres cuerpos pegados entre sí, de pelaje aún húmedo y pegajoso. Se empujaban torpemente, buscando a ciegas. Uno emitió un sonido agudo, breve, nada parecido al rugido que se esperaría de ellos algún día.
—Acércate más. Despacio.
La arena crujió bajo mis pasos y, sin embargo, el animal no se movió. Cuando estuve lo bastante cerca, Danayher alargó la mano hacia uno de los cachorros y lo tomó con convicción. Lo sostuvo sobre las palmas y lo levantó hasta la barbilla.
La princesa arrugó la nariz y enseñó los dientes con un gesto burlón.
—Venga, Therk. Enséñale a Eira lo fiero que eres.
Entonces el cachorro abrió sus diminutas fauces, pero fue un bostezo y no un rugido lo que salió y no pude contener la risa. Había olvidado cómo sonaba, pero no la ligereza que traía consigo una sonrisa sincera.
Los ojos dorados y brillantes de Danayher parpadearon y me recorrieron el rostro con intensidad, lo que provocó que el carcajeo se me extinguiera en la garganta.
—Eso también ha sido un momento bastante único. —Volvió a dejar a la cría junto a sus hermanos—. Espero que yo sí tenga ocasión de volver a presenciarlo.
De haber sido capaz de sonrojarme, lo habría hecho.
—Creo que lo mejor será que me retire —farfullé con la vista clavada en el suelo—. Sahr necesita descansar.
Danayher asintió y se giró para volver a atender al animal.
—Eira —me llamó sin mirarme. La diversión había abandonado su voz—. ¿Sigues teniendo las notas de Teología que enumeran los dioses?
—¿Sí?
—Lee acerca de Meyra. Esta noche.
—Sí, alteza.
Cuando llegué a la base de las escaleras no sabía si mi corazón estaba tan acelerado por la declaración que Danayher había hecho sobre mi risa o por la rapidez con la que había huido de ella.
Entonces encontré otro motivo para que mi pulso continuase desbocado: Perfeccionismo se encontraba en el escalón más alto, observándome.
La mandíbula tensa, como la cuerda antes del disparo; la mirada fija, como la de un cazador que ya había elegido a su presa.