Capítulo 14
E l lugar al que nos llevaron era una herida en el desierto, excavada en el límite del desfiladero hasta conseguir un semicírculo perfecto.
Las arcadas se sucedían, abrazando la curvatura de la roca, conectadas por escaleras adheridas a la piedra.
La gente ya llenaba las gradas, expuestas con crudeza al calor.
La única sombra era la que proyectaban los postes que sostenían los estandartes de Eakheral: tres cuernos que ascendían desde la base y se curvaban sin llegar a tocarse; entre ellos, unos haces afilados que representaban los rayos del sol.
Juntos, completaban la silueta de una corona.
Nos acomodaron en unos asientos privilegiados, desde los que teníamos una visión completa de la arena, cuyo borde era un corte abrupto y sin delimitar donde cualquier paso en falso podía convertirse con facilidad en una condena.
Nueve hombres salieron a recibir la ovación del público.
Apenas proyectaban sombra, pues el sol estaba cada vez más alto.
Se acercaron al palco principal, donde hicieron una profunda reverencia a otro de cabello blanco y trenzado que vestía una túnica negra que lo señalaba inequívocamente como el rey regente.
Me sorprendió su avanzada edad y su aspecto frágil.
Su aura de majestuosidad venía dada por su compañía más que por su propia presencia.
Estaba rodeado de nobles que, supuse, encabezaban los clanes de la Corona.
Localicé entre ellos a Caelion, aunque la princesa no estaba a su lado.
Los soldados vestían capas cortas de lino ceñidas por cinturones de cuero. Las únicas protecciones, que consistían en unas placas pequeñas cosidas a la tela, estaban situadas en las clavículas, las costillas y los antebrazos.
Las armas eran variadas, desde lanzas cortas hasta cuchillos largos, pasando por cimitarras estrechas y curvadas. No se trataba de armas ceremoniales: podía ver mellas en los filos y cortes profundos en los escudos.
El crujido de la arena bajo las sandalias de uno de los guerreros dio inicio al combate. Los gestos eran medidos, coordinados, pero realistas. Se rodeaban, se cruzaban, se empujaban hacia la linde. Las hojas no buscaban cortar ni atravesar, solo conducir y hostigar.
Tras esa demostración llegaron las monturas.
Los guerreros recorrieron el perímetro de la arena a lomos de los colmillos de escarcha, que levantaban la arena bajo zancadas largas y pesadas.
Los rugidos fueron ensordecidos por los gritos del público, que señalaban a los animales con sonrisas en los rostros.
Entonces un silencio progresivo, casi reverente, se fue instaurando en las gradas sin necesidad de que nadie lo pidiera.
Danayher no saludó ni buscó los vítores de su pueblo. Se limitó a caminar hasta el centro de la arena como si aquel lugar ya le perteneciese y hubiese regresado tras una larga estancia fuera. La luz del desfiladero le caía sobre la espalda y recortaba su silueta esbelta contra el suelo.
Comprendí que sería la siguiente en luchar al verla armada. Una empuñadura nacía de cada muñeca hasta terminar en una hoja ancha y triangular que se alineaba con su antebrazo como si se tratara de una prolongación.
Las cadenas que llevaba adornándole la trenza lanzaron destellos en todas direcciones, pero fue la pintura dorada que le cubría la piel tostada la que acaparó la atención.
Nunca había vestido ante nosotras prendas que dejasen tanto expuesto.
Aunque su abdomen y sus brazos no tenían líneas tan definidas como las de los soldados, había firmeza y fuerza trabajadas a base de meticulosidad y disciplina.
Su contrincante descendió los escalones con pasos medidos, asentando el talón primero, como si comprobase la estabilidad del suelo.
Su cabello era tan rojo que parecía antinatural y llevaba un tridente corto en cada mano, con la punta central larga y dos guardas laterales curvas unidas a la empuñadura.
Unas armas pensadas para bloquear y enganchar.
La aparición de aquella mujer levantó revuelo en el palco principal. Había nobles que excedían la cortesía de los aplausos y agitaban los brazos entre vítores. Quien captó mi atención, sin embargo, fue Caelion, que abandonó la grada.
La curiosidad ganó a la prudencia.
—¿Quién es? —pregunté a nadie en particular.
—Ysolde —respondió Empatía—. Solo visita Eakheral en momentos puntuales, pues normalmente se encuentra realizando labores diplomáticas para el reino.
—Una forma elegante de llamar al espionaje—.
A veces, cuando regresa, Danayher organiza este tipo de espectáculos. Xytherel puede contarte más sobre ella.
La aludida apartó los ojos de la arena con gesto confundido.
—¿Yo?
—Sois amigas, ¿no? Ella te recomendó a la princesa.
Ese comentario me hizo preguntarme qué habría motivado la elección de Empatía e Inseguridad.
—Bueno, no sé si «amigas» es la palabra adecuada… ¡Quiero decir! ¡A mí me encantaría! Pero no sé si ella lo verá así… —Se estrujó las manos con nerviosismo—. No hay mucho más que decir. Pertenece al círculo íntimo de la princesa junto con Caelion de Veyross.
—¿Cómo de íntimo? —inquirió Perfeccionismo con una ceja enarcada.
No me gustó la insinuación tras su pregunta.
—Creo que sus gustos no le prohíben buscar una simple amistad —dijo Empatía, demasiado cortante pese a que parecía haber intentado sonar casual.
Durante nuestra breve conversación, el combate había comenzado, pero Danayher no había perdido la sonrisa radiante con la que había recibido a Ysolde. Parecía complacida de verla, pese a lo tenaz que estaba resultando como oponente.
Sus movimientos no buscaban cerrar la distancia, sino gobernarla.
Avanzaba y cedía terreno en pulsos breves, obligando a la princesa a reajustarse sin encontrar un punto estable.
Con aquellas hojas cortas, acercarse en el momento equivocado equivalía a ofrecer su sangre.
La princesa dio un paso seco, el brazo ya alineado, la hoja buscando el centro.
Ysolde cruzó uno de los tridentes contra el antebrazo armado y desvió la trayectoria en el último instante.
Con la princesa dentro de su alcance, cargó en diagonal.
Danayher no retrocedió. Su rodilla impactó contra el muslo de Ysolde, lo que bastó para hacerla perder el equilibrio y retroceder dos pasos.
Todo se aceleró. Las embestidas fueron feroces. Los golpes, secos, rápidos, cortos. Las hojas de Danayher trazaron destellos plateados dirigidos a las articulaciones que los tridentes desviaron sin descanso. Uno de ellos alcanzó el hombro de la princesa y la tela se abrió. El público exhaló.
Por primera vez, parecía alcanzable, vulnerable.
La sonrisa seguía ahí, aunque ya no escondía una bienvenida.
Había una capa más, una emoción tensa, contenida, que hervía bajo la piel.
Luchaba sin florituras ni gestos pensados para dar espectáculo.
Su cuerpo se movía con precisión, minimizando los giros y las fintas como si cada acción tuviera un coste que ya hubiera calculado.
La batalla se había alejado del público para ir a acariciar el borde del desfiladero, donde el viento ascendía en ráfagas y les agitaba el cabello. La princesa avanzaba con insistencia, levantando polvo que el aire arrastraba directamente hacia el abismo.
Danayher se abalanzó sobre Ysolde y la llevó al suelo.
La mujer trató de liberarse y estuvo a punto de alcanzar el rostro de la heredera con el codo.
Rodaron por la arena y, cuando se detuvieron, la princesa estaba encima.
Una rodilla fijando la cadera, la hoja de su arma descansando bajo la mandíbula, con la punta apenas insinuada contra la piel.
Sus rostros se encontraban a un suspiro.
La mujer pelirroja giró el hombro con brusquedad, clavó el talón contra la arena y consiguió zafarse de la sujeción. El movimiento fue desordenado, más instinto que técnica, pero bastó para quitarse a Danayher de encima. Se puso en pie y retrocedió de espaldas, tratando de apartarse de ella.
Su cuerpo se quedó suspendido en el límite del abismo; el vacío abierto tras ella. El público contuvo el aliento, como si un solo suspiro pudiese empujarla.
Danayher le posó una mano firme en el hombro.
Ya no sonreía. Su mirada era fiera. Permitió que se quedase un instante allí.
Lo suficiente para que sintiera el aire bajo los pies, la caída sin resistencia, el silencio que esperaba abajo.
No la soltó hasta que los dedos de Ysolde temblaron y el único tridente que le quedaba cayó a la arena.
Danayher tiró de ella para ponerla a salvo.
El público estalló. La princesa le pasó un brazo por los hombros y la estrechó contra su cuerpo entre comentarios susurrados. Como si lo que había sucedido hubiese sido una mera exhibición. Sin embargo, los pasos inestables de Ysolde y su sonrisa tensa la delataban. No había sido ensayado.
Aquello había sido una advertencia. Una muestra de poder. Danayher conocía dónde estaban los límites… y la precisión con la que elegía no traspasarlos.