Capítulo 13 #3
—¿Puedo retirarme, Maestra? —inquirió alzando el tono.
La mujer asintió con gesto severo.
—Lo suficiente para calmarte. Nos iremos de inmediato.
Ese día las clases se habían suspendido. En su lugar, se celebraría un evento del que apenas nos habían dado información.
—No esperaba que fuese a molestarse tanto —comentó Perfeccionismo tras limpiarse los labios con ligeros toques de la servilleta.
—Supongo que no le gusta catalogar acciones como correctas o incorrectas —intervino entonces Xytherel—. Al fin y al cabo, todo depende del criterio de Danayher y de lo que ella valore.
—Yo siempre supe que esta competición no sería justa —respondió Perfeccionismo encogiéndose de hombros—. Ninguna lo es.
Había dicho lo mismo en la primera prueba, mientras sostenía el sobre con el nombre de otra aspirante escrito. Era una visión un tanto cínica, pero también realista.
—¿Por qué dices eso? —preguntó entonces Inseguridad, con los ojos redondos y de largas pestañas muy abiertos.
Perfeccionismo acarició el borde de su plato y no alzó la mirada.
—En mi ciudad organizaron una selección para elegir al nuevo consejero de impuestos.
Durante meses preparé los cálculos para mi padre.
Revisé cada cifra decenas de veces. No había un solo error.
—Sus dedos juguetearon con el asa de la taza—.
Ganó el sobrino del gobernador. Ni siquiera sabía sumar sin ayudantes.
Desde entonces, procuro no confiar demasiado en la justicia de los sistemas.
Parecía sorprendente viniendo del reino de Vhalérium, que siempre remarcaba la importancia del meritaje.
Xytherel carraspeó en un intento por llenar el silencio incómodo.
—El calor hoy va a ser insoportable, pero merecerá la pena. Ya lo veréis. —Nunca la había visto tan emocionada—. Ha pasado mucho tiempo desde la última exhibición.
Pese a que no sabía en qué consistiría dicha exhibición, el entusiasmo con el que Inseguridad asintió para darle la razón resultó contagioso.
No obstante, yo no estaba lista para cambiar de conversación.
Seguía sin comprender los motivos que podría tener Empatía para reaccionar de forma tan visceral a la expulsión de Obediencia.
Por mucho que su debilidad fuese la compasión, me costaba imaginar que pudiese afectarle tanto.
Nos colocaba un paso más cerca de nuestro objetivo.
—¿Puedo ir un momento a mis aposentos, Maestra? —pregunté poniéndome en pie.
—Solo si es rápido.
Tal vez interesarme por su bienestar era un buen comienzo para acercarme a ella. Crear vínculos no era mi fuerte, pero todavía quería descubrir qué escondían los Yssen.
Me dirigí a la galería de nuestros dormitorios, aunque no tenía la convicción de encontrarla allí. A esa hora, el corredor todavía guardaba la frescura de la noche y la luz se colaba por las celosías, dibujando sobre el suelo franjas doradas y estrechas que me hicieron pensar en barrotes.
Detuve el paso al ver que la puerta del dormitorio de Obediencia estaba entornada.
Imaginé que estaría terminando su equipaje o aguardando a que preparasen el carruaje con el que abandonaría la Corte Cisne para siempre.
La incomodidad me invadió de repente. No habíamos tenido suficiente trato como para que esperase de mí unas palabras de consuelo; sin embargo, pasar de largo era insensible.
¿Debía importarme la impresión que proyectase a alguien a quien no iba a volver a ver?
Entonces oí un murmullo. Había alguien más con ella.
Di un paso, sin pensar, y al asomarme vi dos cuerpos sentados sobre la cama.
Estaban muy cerca. Demasiado para tratarse de una conversación.
Una inclinada hacia la otra, compartiendo aliento como si el mundo entero se hubiera reducido al espacio entre sus respiraciones.
Como si el silencio fuese parte de lo que se estaban diciendo.
Empatía sostenía las manos de Obediencia con una suavidad que no pertenecía ni a la amistad ni al consuelo. Sonreía de un modo que nunca le había visto, pese a que la dulzura formaba parte de ella.
Retrocedí un paso y el borde de mi sandalia rozó la madera.
El leve sonido bastó.
Las dos se giraron y el color les desapareció de los rostros. Empatía separó sus manos, no en un gesto brusco, pero sí medido.
—Eira…
No supe qué expresión tenía yo. Sentía una incomodidad extraña por haber presenciado una situación así contra mi voluntad.
Se levantó y caminó hacia mí. Obediencia, en cambio, permaneció sentada, con la cara vuelta. Cerró la puerta con cuidado a su espalda.
—No has visto nada —dijo en voz baja, sin dureza, pero con urgencia contenida—. Por favor.
Asentí de inmediato.
—No diré nada.
Me sostuvo la mirada un instante, buscando algo más que una promesa, y solo entonces pareció respirar.
Pasé de largo con el pulso alterado, consciente de que acababa de convertirme en guardiana de algo mucho más frágil que un secreto.
En la Corte, los rumores podían determinar tu ascenso o tu declive.
Empatía estaba en deuda conmigo.