Alas de escarcha y oro (El canto del cisne 1) Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

Recordaba el nudo en la garganta y el ardor en los ojos. El miedo. La simple idea de que mi padre pudiera estar muerto había convocado las lágrimas, pero me había encargado de no derramar ninguna en su presencia.

—Me puse de rodillas y comencé a avanzar hacia la salida.

Antes de que pudiera llegar a sus pies, me posó una de sus botas sobre la parte alta de la cabeza.

Ejerció presión para obligarme a inclinarme hasta que apenas rocé el suelo con la nariz.

Luego me colocó esa misma bota bajo la cara.

“Este sitio está hecho una pocilga. Antes de irte, quiero que te encargues de limpiarme el calzado”.

No necesitó especificar cómo. La escasa distancia entre mis labios y el cuero fueron indicativo suficiente.

»No me permitió lavarme la boca, ni tampoco ninguna otra parte del cuerpo, antes de encontrarme con el cadáver de mi padre. Supongo que al Gran Príncipe pueden atribuírsele muchas faltas, salvo la mentira.

Bloqueé los recuerdos que empezaban a filtrarse desde mi memoria. Aquellos que retrataban la última vez que había visto a Urthal del Estandarte Kestrel, Máximo Ejecutor del Brazo Imperial. La única persona que alguna vez me había hecho sentir a salvo.

—Pocos días después de aquello, emprendí mi viaje a Eakheral. —Me levanté sin que me lo pidiese y me incliné en una reverencia más profunda de lo que se consideraba adecuado—. Espero que hayáis disfrutado de la historia, alteza. Ahora, si me disculpáis.

Apreté los dientes con fuerza para conseguir mantener la espalda inclinada. La espera se prolongó de forma insoportable hasta que ella murmuró con voz afectada:

—Puedes marcharte.

La vergüenza me siguió más allá de la puerta.

* * *

La ausencia de Obediencia quedó patente la mañana siguiente. Fue el tema más comentado en el desayuno, aunque no pudimos conocer la causa hasta que Empatía se sentó a la mesa.

Unas grandes ojeras le ensombrecían la mirada. Parecía estar lejos de allí, masticando más por costumbre que por consciencia. Solo aguantó un par de posibilidades lanzadas al aire («¿Estará dormida?», «¿estará enferma?») antes de dejar caer con fuerza la cucharilla sobre el plato.

—Expulsada. Está expulsada.

Abrí los ojos tanto como el resto.

—¿Por qué? —preguntaron varias al mismo tiempo.

—Porque Danayher descubrió al preguntarle en privado que el miedo que nos confesó era real.

Le dijo que tenía buen corazón, pero que, por desgracia, eso no prosperaba en la Corte Cisne.

—Había amargura en su voz. Más de la que era prudente mostrar ante la Maestra.

Parecía estar cuestionando la decisión de la princesa.

Probablemente lo hacía—. La han echado por ser sincera.

«Me gustaría dejar claro que conmigo la franqueza nunca será castigada.

En todo caso, recompensada». Ese había sido el alegato de Danayher mientras trataba de ganarse mi confianza para sonsacarme información sobre el asesinato de Celharine.

No sentía que se hubiera contradicho, aunque tampoco había sido completamente transparente.

La intención de la prueba había sido comprobar si éramos capaces de reconocer que en la Corte la verdad no era necesariamente lo contrario de la mentira, sino aquello que podías permitirte verbalizar sin debilitarte.

Eso significaba que, si las otras seis seguían sentadas en aquella sala, habían ocultado su verdadero temor; ante el resto o ante Danayher.

Perfeccionismo dejó la taza sobre su platito y la alineó para que quedase en el centro exacto.

—No ha sido la sinceridad lo que ha provocado su expulsión —dijo—. Ha sido la ingenuidad.

Empatía clavó en ella el fuego verde que le ardía en los ojos.

—Solo cumplió lo que se le había ordenado. La verdad no debería ser castigada.

—Sí cuando se descuida —puntualizó Perfeccionismo sin alzar la voz—. Hay que ser precavido con qué se entrega a los enemigos. Tú misma lo sabes. Elegiste mentir.

El silencio que siguió fue incómodo. Xytherel dejó de masticar, Inseguridad pellizcó el bollo que había ante ella sin llevarse ningún pedazo a la boca.

La aspirante de pelo corto carraspeó. Siempre tardaba un momento en encontrar las palabras correctas en el idioma de Eakheral.

—En mi tierra —empezó despacio—, la hija no es solo hija.

Es… —frunció el ceño buscando el término— continuidad.

Familia vive en ella. Linaje vive en ella.

Si ella habla mal… no habla ella sola. Habla casa, habla antepasados, habla futuro.

—Hizo un gesto amplio con la mano, como si abarcara generaciones enteras—.

No puede permitirse debilidad. Ni hablar mal de familia.

No era la primera vez que mencionaba el linaje.

Lo había hecho también cuando había hablado de su miedo, aunque ahora sabía que muy probablemente había mentido.

Aquello añadía información a la que ya poseía sobre el Sultanato de Veirad: riqueza obscena, una gran red de mercaderes…

y de espías. Obediencia había expresado el miedo a que su voluntad quedase aplastada por las imposiciones de sus padres y de su sociedad.

Si la familia era importante para ella, no iba a ver su crítica con buenos ojos.

Había llegado a plantearme si su debilidad sería el orgullo, pero acababa de comprender que su defensa del honor no era una cuestión de soberbia, sino de responsabilidad. Era el nombre de su familia el que cargaría con el peso de sus acciones; el que se vería empañado por sus errores.

Su prioridad era la reputación; su verdadera debilidad, dañarla.

Empatía apartó la mirada y se puso en pie.