Capítulo 13
E l silencio tras mi confesión fue tan asfixiante como el humo de una hoguera que llevaba ardiendo demasiado tiempo. Un pequeño rictus agitó las facciones estudiadamente calmadas de Danayher. Había conseguido sorprenderla. Aunque no sabía si en un sentido que fuese a hacer que me arrepintiera.
Había una pregunta no verbalizada: «¿Por qué?». No responderla era blandir una verdad a medias, pero hacerlo significaba más preguntas.
La princesa, por supuesto, no estaba dispuesta a conformarse.
—Creía haber pedido una historia. Y también confianza.
Pero uno solo puede ganar la confianza de aquellos en los que deposita la suya.
—¿Por qué la mariposa?
Sus labios se arquearon como el lomo de un gato. La sonrisa fue tan amplia que me permitió ver sus colmillos afilados. Era fiera, también sincera. La que se dedica a un digno adversario. Aunque yo nunca fuese a serlo.
—Simboliza muchas de las cualidades que querría para mi reinado.
La transformación, el cambio. —Se volvió hacia la mesita y cogió una de las tazas entre los dedos.
Sus ojos dorados danzaron tras el humo que emanaba del contenido—.
El renacimiento. No quiero que la Era de la Mariposa suponga el fin de la Era del Cisne.
Para mí, representa una continuación de su legado.
Una nueva oportunidad para cumplir los deseos que mi madre no se atrevió a ejecutar por miedo a más revueltas.
«¿Y qué os hace pensar que a vos os escucharán?», era la pregunta que quería hacerle. Sin embargo, lo que dije después de que diese un largo sorbo fue:
—Si vuelvo, el Gran Príncipe me matará.
¿Sería capaz de enviarme de vuelta tras esa confesión?
Se me hizo extraño pronunciar su título en el idioma de Eakheral.
Sonaba muy diferente a la forma en que me refería a él en mi cabeza.
Más tosco, pero a la vez menos amenazante.
La taza descendió con lentitud hasta su regazo, mostrando su rostro de nuevo.
Los labios estaban entreabiertos, la respiración era superficial.
—Si esos fueran sus deseos, no tengo duda de que los habría ejecutado antes de enviarte. Salvo que esperase algo de ti.
Sabía que me encontraba sobre una capa muy fina de hielo. La que marcaba la diferencia entre seguir caminando como una aspirante o ahogarme como una posible amenaza política.
—No hay nada que pueda ofrecerle al Imperio.
Bajó los pies al suelo e inclinó el cuerpo hacia delante, dedicándome toda su atención.
—¿Vas a decirme que Aesnovar no tiene interés en que una antigua miembro de su Corte Imperial se convierta en la asistente personal de la princesa de Eakheral?
Recordé lo que Silas había escrito: «Aprovecho esta carta para trasladarte el interés del Imperio en conocer tus avances en la selección». Danayher sabía el contenido de aquella misiva. No me resultaba descabellado que revisaran nuestra correspondencia antes de que llegase a nuestras manos.
—Al Gran Príncipe no le importa mi éxito o mi fracaso; solo perderme de vista. El Emperador me envió aquí en deferencia a la amistad y lealtad que mi padre le había brindado. Si hubiera dependido de su hijo, el resultado habría sido distinto.
—La versión que muestras del Gran Príncipe se contradice con mi visión. Tenía la impresión de que estaba incluso preocupado por tu bienestar.
Se me escapó un chasquido de la lengua. Danayher enarcó una ceja.
—Si lo decís por la carta que recibí, Silas Drask era un soldado de mi padre. Una de las pocas personas que me dirigía la palabra en aquel castillo. Estoy segura de que utilizó el nombre del Imperio de forma protocolaria, pero que el interés era particular.
—No es lo único a lo que me remito. —Ladeó los labios en una sonrisa escéptica—. Supongo que no estás al corriente de que ese mismo soldado ha solicitado audiencia y se dirige hacia aquí para comprobar por sí mismo tu estado. ¿Te parece esa una acción particular?
Cerré los dedos como un cepo alrededor del borde del reposabrazos. Cuando intenté hablar, el sonido salió entrecortado, igual que el quejido de un animal herido.
—¿Qué?
—Dime, Eira, ¿por qué el Gran Príncipe se tomaría tantas molestias por alguien de quien no dudaría en deshacerse en cuanto pusiera un pie en el Imperio?
Fui incapaz de mirar un punto fijo. Sus palabras me llegaban lejanas, amortiguadas. ¿Silas estaba viajando al palacio? ¿Por qué?
—La historia ha sido decepcionante —prosiguió—. Es posible que los escribas la tachasen de incoherente incluso. Quizá puedas resarcirte contándome otra: ¿qué es lo peor que el Gran Príncipe te ha hecho?
Abrí los ojos desmesuradamente. Un suceso acudió de inmediato a mi memoria. Un indicativo de que esa era la historia que me pedía. No obstante, eso no significaba que deseara compartirla.
—Si quieres que te crea —susurró al ver resistencia en mi expresión—, debes mostrarme de lo que es capaz.
Aquello no equiparaba la confianza que ella había depositado en mí. Compartir con ella ese recuerdo significaba desnudarme, dejar las heridas expuestas y permitirle hundir el dedo en ellas. Callármelo, sin embargo, me señalaba como una informante del Imperio.
De haber sabido que Silas cabalgaba hacia allí, jamás habría confesado.
Tuve el impulso de suplicar para poder guardar silencio y eso fue lo que me hizo decantarme por hablar.
—Aprovechando que mi padre se había ausentado para contener un conflicto, el Gran Príncipe me encerró.
La única explicación que recibí fue que se trataba de una lección.
Para «curar mi orgullo». La celda era estrecha, la piedra húmeda.
Una franja de luz sucia aparecía y desaparecía sin un ritmo claro.
»Colocaron a unos perros hambrientos en las celdas contiguas.
Metían el hocico entre los barrotes hasta que las encías les sangraban.
Sus colmillos se cerraban a solo un dedo de mis brazos.
Algunos llegaron a arañarme la carne. El Gran Príncipe dijo que así aprendería, que sería otra bestia domada más.
Tragué saliva y obligué a las palabras a ascender por la garganta. Temía que, si me detenía, no fuese capaz de continuar.
—El ruido era insoportable. Los ladridos continuos, los chasquidos de las dentelladas, las respiraciones pesadas, el metal vibrando cada vez que se abalanzaban contra él para intentar alcanzarme.
Conté los días guiándome por los momentos en que les traían agua, hasta que estuve tantos sin dormir que comenzaron las alucinaciones.
Después se los llevaron y el vacío fue peor.
Solo abrían la puerta para dejar un cuenco.
No miraban dentro. No limpiaban la suciedad acumulada en uno de los rincones.
»La comida me hizo comprender que mi cautiverio iba a prolongarse y pronto entendí que era una nueva forma de jugar conmigo.
A veces era más elaborada o el agua estaba más fresca.
Al principio pensé que se trataba de una forma de premiar mi comportamiento, de modo que intenté replicar la quietud, el silencio o la falta de reacciones para ver si conseguía más.
Empecé a darme cuenta de que a veces todavía tenía el estómago lleno cuando traían el siguiente plato; otras, me lo tendían cuando ya me sentía desfallecer.
Seguir la cuenta de los días que llevaba allí perdió sentido y lo ganó la urgencia de desconocer si mi cuerpo aguantaría hasta la siguiente vez que me diesen de beber.
»Pensé que iba a perder la cabeza. Que iba a morir allí.
Así que me abrí la piel de los dedos contra la piedra y escribí en la pared con mi propia sangre.
Frases cortas. Hechos simples. Mi nombre.
Cualquier cosa que demostrara que seguía siendo una persona y no la criatura que él pretendía fabricar.
Continué observándome los dedos, reacia a continuar. Me habría gustado afirmarle con fiereza que aquel encierro no me había enseñado obediencia, ni tampoco me había despojado de la humanidad que él no creía que tuviera.
No obstante, no era del todo cierto.
Después de aquello, dejé de creer que el dolor tuviera un límite.
Se volvía soportable si se fragmentaba, de igual forma que el miedo; si se repetía lo suficiente, perdía su filo y se convertía en ruido.
Aprendí a no necesitar a nadie, a no esperar que alguien fuese a entrar por la puerta para salvarme.
Y, sobre todo, que lo único que me separaba de aquello en lo que quería convertirme el Gran Príncipe era la voluntad de mantenerme intacta en un espacio pensado para deshacerme.
Solté un largo suspiro y me decidí a alzar por fin la vista.
Danayher me observaba con la frente contraída en una expresión de compasión que me resultó humillante.
Tenía las manos tensas y entrelazadas, los hombros encorvados y los ojos dorados mostraban una humedad que antes no había estado allí.
Esa consternación no me servía de nada si ella misma la había provocado.
—Llegué a culpabilizar a mi padre por no haber estado allí —añadí con la garganta seca—. Por haberme dejado sola. Sin embargo, tenía un buen motivo.
»El Gran Príncipe vino a visitarme. Yo me levanté al reconocerle, reacia ante la idea de que me viese desmadejada y sucia en el suelo.
“Veo que no has aprendido nada”, dijo con una sonrisa, y pude ver en sus ojos cómo maquinaba una nueva forma de “curar mi orgullo”.
Me propuso una elección: quedarme en aquella celda de pie o salir de rodillas.
Por supuesto, su propuesta venía acompañada de una noticia.
Sabía que de otra forma no habría cedido.
No quería contarle el resto de la historia, pero había pedido ver el peor lado del Gran Príncipe y eso estaba por llegar.
—Me dijo que mi padre había muerto. Fui consciente de que, de ser cierto, podía ser mi última oportunidad de escapar.
No descartaba que su ofrecimiento estuviese motivado por su incapacidad de contenerse más tiempo si continuaba a su disposición.
Ya no había nadie que le impidiese ensañarse conmigo.