Capítulo 12
—N o hay mejor lugar para compartir secretos que la Sala de los Vientos —había dicho Danayher con una sonrisa burlona.
Los techos altos, sostenidos por columnas de piedra oscura, estaban tallados con motivos de nubes y ráfagas.
Las ventanas alargadas y estrechas dejaban que el sol iluminara los tapices de hilos metálicos, provocando la ilusión de movimiento, y también permitían que el aire se colase para danzar en el círculo de fuentes calibradas que hacían levitar pétalos, plumas y polvo dorado.
Aunque tenía la certeza de que en aquel reino no usaban la magia, costaba creer que no se tratase de un truco.
Era la primera vez que la proximidad de una prueba no me había provocado angustia.
Habían pasado días desde que había visto a Danayher en el patio de armas y, puesto que los pendientes habían desaparecido de la hornacina, solo podía confiar en que hubiese sido ella quien los había cogido.
Si conseguía más momentos a solas, quizá tendría una oportunidad de superar al resto.
La princesa había dispuesto cojines a lo largo de la estancia ovalada y unas tablillas sobre las que habíamos redactado nuestra tercera prueba. Ella estaba sentada sobre una mesa baja, con los pies balanceándose sin seguir un ritmo marcado.
—¿Alguna voluntaria?
—Si ninguna otra quiere comenzar —dijo Perfeccionismo tras unos instantes de silencio—, yo puedo ser la primera.
—Adelante.
Se puso en pie con elegancia. Los tirabuzones rubios le caían por la espalda como la miel derramándose de un tarro. Había seguridad en la rectitud de su espalda y la alineación de sus hombros. Demasiada para alguien que estaba a punto de revelar su mayor miedo a sus oponentes.
—Hubo una restauradora de tapices reales.
Durante años trabajó en silencio, recomponiendo hilo a hilo las obras antiguas del palacio.
Tenía manos pacientes y una memoria precisa.
Sin embargo, un día comprendió algo inquietante.
Uno de los tapices más celebrados de la Corte no era extraordinario por su arte, sino porque nadie recordaba ya el original.
Solo ella lo había visto antes del desgaste, antes del tiempo.
Entendió que, al restaurarlo, no lo había devuelto a su antigua belleza.
Había sustituido el recuerdo por su propia versión, más pobre, más limitada.
La obra que todos alababan era un eco que estaba lejos de ser sublime.
El miedo se apoderó de ella entonces; miedo a haber dedicado su vida a conservar la excelencia… y, sin pretenderlo, haberla borrado.
—Gracias por compartirlo con nosotras —respondió Danayher con seriedad.
Era un buen intento. Hacía parecer que su exigencia iba dirigida a sí misma en lugar de ser competitiva. Pero cualquiera que hubiera tratado con ella sabía que su verdadero temor era ser reemplazable, y que estaba dispuesta a luchar por ser la última en mantenerse en pie.
—¿Quién quiere ser la siguiente?
Obediencia levantó el brazo y Danayher extendió la mano para invitarla a comenzar. La aspirante se levantó con el pergamino entre los dedos.
—Mi historia trata sobre una hija que fue prometida desde pequeña.
Ella siempre había aprendido que debía cumplir órdenes y respetar la autoridad, de modo que no dijo una palabra que pudiera contradecir los deseos de sus padres.
—Se ajustó las gafas sobre el puente de la nariz con dedos temblorosos—.
El día antes de su boda, entendió que nunca había podido verbalizar los suyos propios y temió no tener nunca ocasión de hacerlo.
Quedarse en un lugar donde su voluntad no existiera.
En el silencio que siguió a sus palabras, la observé con horror.
En la simpleza de su relato se encontraba la verdad, desnuda y directa.
Había mostrado su vulnerabilidad en aquel nido de víboras para cumplir con la orden que Danayher nos había dado: redactar nuestro mayor miedo como si fuera una historia ajena y luego leerla ante el resto.
«Nunca le digas la verdad a un verdugo», me había dicho mi padre. Y yo había aplicado su enseñanza.
Danayher repitió su agradecimiento, aunque percibí un ligero cambio en su tono.
Empatía fue la última voluntaria. Relató a una curandera que, en su afán por ayudar a todos, acabó atendiendo a un criminal que más tarde acabaría matando a un niño del pueblo. Desde entonces, tenía miedo a ayudar a alguien que luego pudiera herir a otro.
A partir de ese momento, fue Danayher quien señaló quién sería la siguiente, y la primera elegida fue la aspirante de cabello pelirrojo y piel pálida y pecosa.
Abrió los ojos de forma desmedida cuando la princesa centró su atención en ella, y se puso de pie con tanta rapidez que perdió el equilibrio.
Su historia resultó igual de olvidable que ella.
La princesa parecía haber despachado a los intérpretes que habían acompañado desde el inicio a algunas de las aspirantes, y la joven todavía no era capaz de comunicarse bien sola.
La única conclusión que saqué de lo poco que pude entender fue que intentó convertir al protagonista de su historia en alguien valiente, incluso temerario, aunque el gesto más heroico que recordaba de ella era haberse encerrado en su dormitorio la noche en que pensamos que Danayher se encontraba en peligro.
La heredera se limitó a agradecer sus palabras con la misma frase que había usado para el resto y cedió el siguiente turno a Xytherel, que no levantó la mirada de su pergamino para narrar la historia de un músico que había tardado décadas en componer una ópera.
Para cuando por fin la había terminado, el público había perdido el interés por ese estilo.
Era la representación del miedo a invertir su vida en algo que, al concluir, ya no importase.
Pese a no saber su debilidad, pude deducir que no estaba diciendo la verdad.
Me había confiado el motivo por el que no quería volver a casa, y el temor que le inspiraba el hombre que la esperaba en ella tenía más peso que el que acababa de enunciar.
Sin embargo, había decidido jugar al mismo juego que el resto: rondar en torno a la debilidad conocida por Danayher y, presumiblemente, por el resto.
Y eso despertó mi curiosidad hacia ella.
—Yo… yo cuento historia de un hombre. Él trabaja con familias.
Nombres y linajes. Trabajo muy… importante.
Pero un día él hace error. Cambia linaje pequeño por grande, prestigioso.
Nadie ve. Todos creen verdad. Y linaje crece muchos años.
Él… él tiene miedo. Miedo que historia dice mentira como verdad.
La aspirante de pelo corto consiguió defenderse mejor con el idioma, aunque no pude estar segura de comprender por completo si la preocupación por el rigor histórico era el mensaje que quería transmitir.
La siguiente apelada fue Inseguridad, lo que confirmó mis sospechas: me había dejado a mí para el final. Se metió unos mechones de pelo castaño y encrespado tras la oreja y repasó las líneas que había escrito antes de atreverse a comenzar:
—Un mensajero del templo había aprendido desde niño a escuchar primero y hablar después.
La gente empezó a confiar en él. Decían que era prudente, porque no discutía.
Decían que era sabio, porque siempre encontraba las palabras correctas.
—La voz le temblaba ante nuestra atención, pero eso no impedía que su relato resultase de algún modo cautivador—.
Y un día, cuando un anciano le preguntó su opinión, no supo responder.
Había pasado tanto tiempo diciendo lo que otros necesitaban oír, que no recordaba qué palabras eran suyas.
Y le asustó la idea de que, si un día dejaban de necesitarlo, hubiera olvidado quién había sido antes de ponerse al servicio del resto.
El silencio se extendió hasta que Danayher pareció recordar las palabras de agradecimiento.
En la Sala de los Vientos, el aire se había enrarecido por un peso diferente.
A pesar de ello, la princesa se volvió hacia mí con la impasividad con la que había escuchado cada historia, sin que un mínimo gesto delatase qué callaba.
Me puse en pie sin necesidad de que pronunciase mi nombre y extendí el pergamino ante mis ojos.
H abía tenido tiempo de elaborar mi embuste.
Necesitaba algo que explicase por qué nunca intervenía en las conversaciones, por qué mantenía distancia, y la solución era reflejar una imagen que en realidad no sentía.
Un secreto que nadie pudiera usar contra mí y que escondiese la realidad de mis heridas bajo otra capa de nieve.
Era el miedo que el resto esperaría de alguien como yo.
«¿Serías igual de buena mintiéndome a mí?». Las palabras de Danayher resonaron en mi mente. «Eso espero», respondí.
—En las tierras de donde vengo, se habla de la historia de una muchacha criada para la caza.
Desde niña, la enseñaron a caminar sobre la nieve sin dejar huella, a soportar el hambre y a no encender fuego aun cuando el frío mordía la piel.
Le enseñaron que un cazador vive de su propia fuerza y que depender de otros era morir antes de tiempo.
Pero un invierno enfermó. La fiebre la dejó sin fuerzas en medio del bosque y otros tuvieron que cargar con ella hasta el poblado, donde la cuidaron durante semanas.
Sobrevivió, sí, pero no había sido su resistencia ni su entrenamiento lo que la había salvado, sino la bondad del resto.
Desde entonces, aprendió a temer la deuda.
—Gracias por compartirlo con nosotras —dijo de nuevo Danayher tras una breve inclinación de cabeza—. Espero que hayáis encontrado esta actividad constructiva. Para mí, desde luego, ha sido muy interesante. No tardaréis en saber de mí. Esta prueba aún no ha terminado.
Solo Danayher podía convertir algo tan ansiado, como era pasar tiempo con ella, en una amenaza que inspirase más terror que los miedos que habíamos enumerado.
* * *
La sombra de una doncella se proyectó sobre mi ejercicio de Arte. Era la primera vez que veía a una de ellas en la biblioteca.
—Su Alteza desea veros en su despacho.
Se trataba de la anciana que había increpado a una de las aspirantes por no querer trabajar en la lavandería.
No se esforzó en mantener un tono bajo por el lugar en el que nos encontrábamos, y mucho menos para evitar captar la atención de otras candidatas, que no dudaron en alzar las miradas hacia mí.
No habían reflejado esa actividad en la lista de aspirantes, de modo que la expectativa de una reprimenda o incluso de mi expulsión estaba muy presente.
La mujer me acompañó hasta la pesada puerta del despacho y aguardó a mi lado hasta que la golpeé con los nudillos. Un alegre «Adelante» nos llegó desde el otro lado; sin embargo, con el humor de Danayher, tan variable como una ventisca, no podía aún descartar el enfado.
La princesa se encontraba en el mismo sillón que en el interrogatorio tras la muerte de Celharine. Rodeada de aquellos cachivaches metálicos, tenía esa postura aovillada; los pies desnudos sobre la tela y la seda de su vestido desparramándose en torno a los muslos.
—Su Alteza —saludé con la reverencia protocolaria antes de tomar asiento.
—¿Quieres té?
Señaló una pequeña tetera que descansaba en la mesita baja. Había tres tazas de delicada elaboración. Una de ellas aún humeaba. Otra persona había estado antes que yo. Negué con la cabeza y tomé asiento.
—Te he hecho llamar para continuar tu tercera prueba. Quiero que me cuentes cuál es tu mayor temor.
Arqueé las cejas.
—¿Queréis que vuelva a contaros la historia que relaté ayer?
Frunció los labios en una falsa expresión pensativa.
—Hmm…, creo que esta vez prefiero la de verdad.
Enrosqué los dedos de los pies dentro de los zapatos para intentar que ninguna otra parte del cuerpo delatase la tensión. ¿Era un farol? No podía saber con certeza que había mentido, ¿o sí?
La observé con detenimiento. No varió el semblante, ni tampoco apartó la mirada.
Estaba decidida a sacarme la verdad, pero ¿era Danayher, la mujer que tantas buenas obras enumeraba aquel pergamino sobre las revueltas, un verdugo también?
En esa prueba, la sinceridad podía llevarme en una única dirección; de la princesa dependía que el destino fuese el cadalso o una posición a la derecha de su trono.
No confiaba en ella, pero tenía una certeza: era voluble, no cruel. En el segundo tipo yo tenía sobrada experiencia.
Esperó con paciencia. No insistió ni me presionó. Despegó los ojos de los míos solo cuando separé los labios.
—Mi mayor temor es volver al Imperio de Aesnovar.