Alas de escarcha y oro (El canto del cisne 1) Capítulo 11
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Capítulo 11

E ntre nuestras lecciones contábamos con breves momentos de descanso que invitaban a la socialización. Con el paso de los días, había ganado confianza para llenar mi tiempo paseando por el palacio, sin un rumbo fijo, consciente de que aún me quedaba mucho por conocer.

En esa ocasión, sin embargo, sabía bien a dónde me dirigía.

Tras la muerte de Celharine, el trasiego constante del servicio se había reducido a movimientos rápidos y contenidos.

Los ojos de cada doncella parecían reflejar los dorados de Danayher, listos para captar cualquier detalle.

Intenté evitar ser vista mientras me dirigía a las cocinas, donde pretendía buscar a la mujer que había visto alterada en el comedor antes de que Celharine comenzase a toser.

No llegué a cruzar el umbral.

—Aspirante.

Una sirvienta se había adelantado desde uno de los laterales del corredor. No reconocí su rostro, aunque su postura rígida bastó para indicarme que no se trataba de una interrupción casual.

—No puedes estar aquí. Al servicio de la cocina se le ha prohibido interactuar con vosotras.

Las cejas se me arquearon con desconcierto.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace seis días.

Desde la muerte de Celharine.

La comprensión llegó antes que las conclusiones completas.

La comida que le habían servido había pasado por demasiadas manos como para poder actuar con contundencia, pero Danayher no permitiría que el posible responsable siguiera moviéndose con libertad.

Eso significaba que la heredera sospechaba del servicio.

La doncella dio un paso atrás, incómoda bajo mi atención. No insistí. Me limité a ascender de vuelta a los pisos superiores.

Llegué a un pasillo que me resultó familiar, aunque no estaba segura de si se debía a que había sido parte del itinerario de mi primera visita o a que se asemejaba a otro que ya había recorrido.

La luz se colaba por unas aberturas estrechas cerca del techo que obligaban al aire caliente a marcharse.

El sonido de unos pasos agitados me hizo volverme. Cuatro doncellas corrían por uno de los corredores contiguos.

Al asomarme, vi que perseguían a unos cisnes que agitaban las alas y correteaban en todas direcciones, como niños revoltosos huyendo de sus madres.

Hacía tiempo que no tenía el impulso de sonreír y me dejé llevar por él mientras caminaba a unos pasos de distancia.

Las mujeres lograron atraparlos junto a una gran arcada por la que la luz entraba a raudales.

Aunque ellas se alejaron, quejándose entre susurros por la rebeldía de las aves, yo me aventuré a asomarme al exterior, donde el sol me golpeó y me hizo cubrirme los ojos con la mano.

Unas largas escaleras se enroscaban alrededor de la torre y, al asomarme para contemplar su final, encontré una hondonada artificial, excavada en la roca del desierto.

Era una extensión amplia y desnuda, en la que el calor golpeaba sin tregua a excepción de uno de los extremos, donde unas telas gruesas tensadas proyectaban sombra sobre unos recintos de piedra baja.

No pude contemplar qué se encontraba bajo ellas, pero sí a las personas que se agrupaban en parejas o grupos para practicar lucha. Era el patio de armas.

Alrededor se habían excavado terrazas escalonadas que formaban balcones y pasillos abiertos desde los que observar sin participar, y mis pasos me llevaron hasta una.

Entonces la vi.

No la reconocí por su apariencia, muy distinta a la que nos tenía acostumbradas, sino por la forma en que el mundo se disponía a su alrededor.

Pese a encontrarse apartada, cerca de la zona sombreada, no parecía ser su refugio lo que buscaba, sino intimidad.

Su única contrincante era una mujer de gran envergadura que enarbolaba un arma real.

La princesa había dejado su posición a un lado y era quien recibía las órdenes.

Giró en torno a su oponente y entonces pude verle la cara.

Tenía el ceño fruncido, pero la mirada en calma, con las pupilas moviéndose con rapidez para intentar anticipar todas las variables.

Su oponente se lanzó hacia ella y en un parpadeo la mano de Danayher estaba vacía, aún en su posición de agarre; la espada había caído tintineando al suelo.

Se la había arrebatado con la facilidad con la que se quitaba un juguete a un niño.

La mujer alzó la punta de su arma hacia el pecho de Danayher, que había mudado la expresión a una de irritación.

Me aproximé unos pasos y el cambio de posición me permitió ver qué había bajo las lonas: bestias de gran envergadura, músculos largos y espalda baja, con dos colmillos curvos y afilados que descendían más allá del fin de su mandíbula.

Había varios, pero uno de ellos avanzó hacia el murete de piedra bajo que rodeaba su parcela.

Curvó los labios para enseñar los dientes mientras emitía un gruñido bajo y profundo.

El corazón me dio un vuelco.

Un sonido constante y repetitivo, el de una decena de fauces abriéndose y cerrándose a través de unos barrotes.

Chasquidos húmedos y hambrientos. Dentelladas feroces que llegaban a arañar la carne.

La sangre deslizándose por el brazo, siendo lo único cálido en la estancia oscura y minúscula.

Sentí que el aire se me congelaba en el pecho, igual que lo hizo aquel día.

—¿Eira?

Boqueé en busca de aliento.

Danayher se había acercado a la base de las terrazas y me observaba con las cejas arqueadas. También había atraído la atención de algunos soldados y de la mujer que se encontraba con ella.

—¿Te encuentras bien? —insistió—. ¿Estás herida?

Y entonces comprendí que había gritado. Dirigí los ojos de nuevo a aquellas bestias. Ya no había ninguna que gruñese ni enseñase los dientes.

La princesa se giró en la misma dirección.

Le desaparecieron las arrugas de la frente y en su lugar surgió una pequeña sonrisa.

Había tristeza en ella, a juego con las bolsas que conservaba bajo los ojos.

El mundo le había dicho que debía retomar sus tareas como heredera, que el tiempo para llorar la pérdida de Celharine había acabado.

Su rostro era el único que parecía rebelarse ante ello.

—¿Te ha asustado esta grandullona? Sahr es un poco territorial y no le gusta que me apunten con un arma.

—Se volvió hacia la mujer, que nos observaba a ambas con los brazos cruzados y expresión malhumorada.

Supuse que no le había complacido la interrupción—.

Pero si entreno en el lado contrario del patio está aún más inquieta.

Es todo apariencias, en realidad es inofensiva.

Si intentase algo, la capitana Ylvar le daría una buena lección.

—Centró la mirada dorada en mí de nuevo y extendió una mano hacia donde me encontraba—. ¿Quieres conocerla?

—Danayher —la llamó la capitana—. Estábamos en medio de un combate y os recuerdo que acababais de ser desarmada.

—¡Entonces supongo que podré disfrutar brevemente del descanso que me habría proporcionado la muerte! —respondió en tono cantarín.

No había despegado los ojos de mí y su mano seguía abierta en una invitación. Recordé el pellizco en el estómago que había sentido al descubrir que Perfeccionismo había tenido un momento a solas con ella. Era una buena oportunidad para ganar puestos en aquella injusta competición.

Me atreví a tomar la mano que me tendía.

Ella intensificó su agarre para ayudarme a bajar hasta la arena.

No me soltó una vez sentí el calor atravesando las suelas, sino que tironeó de mí para acercarme al murete.

Avancé con reticencia a medida que la bestia volvía a levantarse.

A esa distancia, pude verle el vientre abultado. Estaba embarazada.

Danayher tendió la mano libre hacia la enorme cabeza del animal, que, de inmediato, cerró los ojos y se inclinó buscando su caricia.

—Son colmillos de escarcha —me dijo—. Las monturas de la Guardia Real.

Me volví hacia ella sorprendida.

—Pensaba que se habían extinguido.

—Casi lo hicieron. Sus colmillos estaban muy cotizados por los cazadores.

Sin embargo, una de las antiguas reinas de Eakheral los escogió como animal de su Corte y se volvieron intocables bajo pena de muerte.

Si bien no pudo evitar que el Imperio de Aesnovar siguiera matando a los que se encontraban en su territorio, comenzó a criarlos aquí.

—La mirada con la que observaba al felino se había suavizado.

Le deslizó la mano hacia el cuello, donde pareció encontrar un punto muy placentero—.

Es posible que estos sean los últimos ejemplares que queden de su especie.

Sé que el clima no es el ideal para ellos, que deberían estar en las montañas nevadas…

—Me encogí al pensar en ellas. Por suerte, no pareció percibirlo—.

Pero solo conocen este entorno. No sobrevivirían en su hábitat sin ayuda.

—Hizo una pausa, dándome la oportunidad de intervenir.

Al ver que no lo hacía, levantó nuestras manos entrelazadas—. ¿Quieres tocarla?

Sentí un hormigueo en los dedos y el corazón se me aceleró. Era como si una cuerda invisible tirase de mí hacia aquella criatura. Quería hundir los dedos en su pelaje suave; quería subirme en su lomo y volver a sentir la nieve en la piel.

Al dejar de recibir caricias, Sahr abrió los ojos.

Contrastaban con su pelaje grisáceo de la misma forma en que lo hacían los míos con mi piel.

Pero había algo más. Unas sombras que danzaban sobre el azul de sus iris rajados por la pupila alargada.

Me concentré en ellas, tratando de buscarle un sentido a las formas que se arremolinaban.

Sentí que me quedaba sin aliento cuando las comprendí.

Vi bosques cubiertos de nieve.

Ríos helados.

El humo de las hogueras elevándose entre los árboles.

Sentí la sensación de hogar.

De pertenencia.

De pérdida.

Tragué saliva y me obligué a romper el contacto visual. Aquella extraña conexión desapareció al instante. Danayher interpretó mi silencio como miedo y me liberó la mano, que cayó junto a mi costado.

—Eres más… comedida que cualquiera de los aristócratas de Aesnovar con los que he tratado. —Ladeó la cabeza y me observó con diversión—. Si continúas así, vas a alterar la reputación que precede a la Corte Imperial.

¿A qué reputación se refería? Preguntarlo me dejaría como una estúpida, pero quedarme callada no era una opción tras su comentario. Lo único que acudió a mi mente fue una pregunta que llevaba tiempo haciéndome:

—¿Por qué elegisteis la mariposa como animal para vuestra Corte?

Sus labios formaron un círculo perfecto y de él escapó un pequeño suspiro que sonó como un «Oh».

—Los cortesanos gustan de atribuir motivos a mi elección, pero no muchos preguntan la razón real.

Admito que los suyos suenan más interesantes.

—Soltó una risita y apartó la mirada para clavarla en el suelo—.

Las criarán para usarlas en los momentos importantes, pero luego, una vez las suelten, quedarán libres.

No quiero condenar a animales a la cautividad, y menos a unos con una vida tan corta.

Pero había algo más. Lo vi en la forma en que cruzó los brazos por delante del pecho mientras rehuía el contacto visual. Había levantado una barrera entre nosotras.

—Danayher. —En el tono de la capitana había un deje de advertencia.

—Tengo que volver al entrenamiento, pero antes ¿podrías hacerme un favor?

—No esperó a mi respuesta. La conocía—. El marqués de Rethor se está alojando estos días en palacio.

—Bajó la voz hasta casi convertirla en un susurro.

Estaba muy seria—. Anoche visité sus aposentos y dejé olvidados unos pendientes.

No se trataba de una visita oficial, de modo que no me gustaría que este asunto trascendiera.

¿Puedo confiar en tu discreción para recuperarlos?

Tenía preguntas, muchas, pero me limité a responder:

—Sí.

—Bien. No debes preguntar por él. Dirígete a la torre donde se encuentran nuestros dormitorios, pero antes de llegar toma la escalera de la derecha, la que no está decorada.

Sube un único nivel y avanza por el corredor hasta llegar al tercer tramo.

Tiene tapices nuevos. Fíjate en las lámparas.

Si dejan de ser de cristal tallado y pasan a ser de aceite, has avanzado demasiado.

Su puerta tiene un sello discreto en la jamba. De color verde.

—¿Cómo son los pendientes?

—Dorados, con piedras blancas engastadas.

Seguramente los encuentres sobre el escritorio.

Déjalos en la hornacina que hay antes de la galería de nuestros aposentos.

La que tiene un busto. —Asentí, repasando todas las indicaciones que acababa de recibir—.

Ah, y Eira… no mires sus cartas. A los hombres como él no les gusta que se sepa cuánto pesan sus palabras.

Bastaba que me lo hubiese dicho para provocar en mí curiosidad. Ella lo sabía. Pero estaba dispuesta a no fallar a su confianza.

—Nadie puede verte. —Pude escuchar con claridad la orden implícita—. Y mucho menos él. Provocaría un conflicto que supiera que su intimidad ha sido invadida.

Pero ella sí parecía haberse adentrado en esa intimidad con el refugio de la noche.

Había intencionalidad en la forma en que había elegido las palabras, pero no entendía cómo encajaba ese relato con la confesión que la princesa había compartido con Perfeccionismo.

Si solo buscaba la compañía de mujeres, ¿cómo había olvidado una joya en la habitación del marqués?

¿Era posible que Perfeccionismo se lo hubiera inventado?

¿O que Danayher hubiese mentido sobre sus preferencias?

No supe identificar por qué esa última idea me incomodaba.

—No sucederá —le aseguré.

Entonces la sonrisa volvió a aparecer, estirándose como un gato.

—Me complace comprobar que estás dispuesta a transgredir ciertas normas por mí.