Capítulo 10 #2
No sé si el resto compartió mi decepción ante esas palabras.
El protocolo era estricto: movimientos suaves, servicio por el lado correcto, inclinación exacta de cabeza, pasos silenciosos y, lo más importante, no hablar salvo que se indicase.
No tendríamos ocasión de conversar con la princesa.
Solo estábamos allí como integrantes del servicio. Una vez más.
Me alegré de haberme puesto guantes. Aunque hacía días que las heridas habían sanado, los cortes y las cicatrices que habían dejado aún eran visibles. No parecía la mejor carta de presentación para un invitado en la mesa.
El noble entró con una reverencia que le habría encantado a la Maestra. Era significativamente alto, con un rostro de líneas definidas pero no duras. El verde de su túnica larga hacía que el maquillaje dorado que le decoraba la piel tostada resaltase.
—Su Alteza —saludó llevándose dos dedos al pecho.
Danayher respondió con un gesto mínimo de cabeza. En cuanto tomó asiento, Obediencia le ofreció una copa de vino que él aceptó e hizo girar entre los dedos, observándola al contraluz.
—Interesante elección —no bebió. Aspiró el aroma y sonrió—, pero esperaba una nota más seca. ¿Podrías traerme la alternativa que suelen reservar para los invitados del oeste?
Danayher lanzó una mirada a Obediencia, que inclinó la cabeza al instante.
—Claro, mi señor. Ahora mismo.
La aspirante de pelo corto colocó ante ambos el primer plato, mientras yo me ocupaba de los cubiertos. El noble toqueteó el cuenco con los dedos.
—¿Qué contiene?
—Guiso de verduras y carne —dijo con un acento marcado pero comprensible.
Había mejorado bastante su manejo del idioma de Eakheral, si bien no resultaba tan perfecto como el del noble, que hacía alarde de un dominio inusual para un extranjero.
—¿Podrías indicarme qué carne y qué verduras? Tengo ciertas… preferencias.
La aspirante dudó un instante, lejos de la diligencia con la que había respondido la primera vez. El noble empujó el cuenco lejos de él.
—Comprendo —dijo al ver que no respondía—. Quizá hoy no sea el día adecuado para sorpresas culinarias. ¿Serías tan amable de retirarlo?
El plato desapareció en un instante. Obediencia había llegado con una nueva jarra de vino, la cual le tendió a Perfeccionismo, que rellenó las copas de ambos con un cuidado impecable.
—El servicio es muy eficiente —comentó el hombre. Sin embargo, tras tomar un trago, añadió—: Aunque algo apresurado. La temperatura no es adecuada. Estos vinos deben servirse fríos.
Perfeccionismo entreabrió la boca, congelándose en mitad de una respiración. Danayher se volvió hacia ella con una ceja enarcada. No necesitó hablar: la muchacha comprendió al instante que debía retirar el cáliz.
—Encargaré que le traigan otro, mi señor.
El noble colocó los cubiertos hasta dejarlos alineados con una precisión casi ceremoniosa.
—No será necesario. No se enfriará a tiempo. —Levantó su mirada, de un negro profundo, hasta encontrar la de Perfeccionismo—. Cuando se sirve a una mesa reducida, conviene anticipar las necesidades. Da una impresión más segura.
Ella asintió tensa.
—Tomaré nota, mi señor.
Danayher apoyó la barbilla en la mano. Seguía cada gesto con los ojos. Él sonrió satisfecho.
—Estoy seguro de que sí.
Entonces llegó el segundo. Me acerqué con paso seguro y coloqué ante ellos los platos, sirviendo por la izquierda como indicaba el protocolo.
—Alondra con romero, tomillo y turma —anuncié adelantándome a su intervención.
No tenía ni idea de qué contenía realmente aquella elaboración, pero se asemejaba a alguno de los platos que nos habían servido durante nuestras comidas.
—Exquisito —se limitó a decir él. Realizó un corte sobre la carne jugosa, que se deshizo bajo el cuchillo—. ¿Siempre sirven así en palacio? Con tanta… contención.
Miré a Danayher de reojo. No parecía dispuesta a intervenir.
—Es la forma correcta —respondí tratando de sonar segura.
—¿Correcta según quién? En mi tierra, la corrección es una cuestión de intención, no de forma. ¿No lo ves así?
No pensaba dejarme escapatoria. Si no respondía, iba a insistir hasta acorralarme. Si le llevaba la contraria, parecería maleducada.
—Es posible.
Él inclinó la cabeza, como si evaluara dónde clavar el filo.
—¿Y si la forma se usa deliberadamente para ocultar la intención?
Hablé sin pensar, ansiosa por escapar de aquel interrogatorio envenenado:
—Lo lamento, no se nos permite discutir supuestos durante el servicio.
El noble soltó una carcajada y, para nuestra sorpresa, Danayher se unió a él. Era una risa genuina y ligeramente nasal, alejada de la contención que solía mostrarse en una corte. Parecía impensable que alguien fuese capaz de divertir de esa forma a la princesa tras la muerte de Celharine.
—Vaya —el hombre me guiñó un ojo y yo parpadeé—, tenemos a una buena mentirosa.
Sentí calor en el rostro ante la acusación, pero, antes de que pudiese defenderme, Danayher intervino:
—Oh, vamos, déjala en paz. Yo tampoco habría sabido cómo hacer que te callases.
—Se limpió con cuidado una lágrima que se le había escapado del ojo, amenazando con estropearle el maquillaje—.
Os presento a Caelion de Veyross, que, lejos de ser un noble extranjero, pertenece a mi círculo más cercano.
Podría deciros que todo ha sido una mera actuación, pero en realidad es así de molesto.
El joven se puso en pie para realizar una reverencia llena de florituras. Las aspirantes seguíamos petrificadas en el sitio.
—Ha sido un almuerzo muy agradable, señoritas.
—Y ha llegado a su fin —añadió Danayher con una pequeña palmada, pese a que apenas había probado bocado—. Recoged todo, por favor.
Comenzamos a retirar el servicio, aún atoradas por la trampa que ambos habían organizado. Los cambios de humor de Danayher me confundían. Era una mujer con múltiples rostros y cuando parecía conocer uno de ellos, otro diferente ocupaba su lugar, como en un cambio de guardia.
—Espera, Eira —pidió la heredera cuando nos disponíamos a abandonar la estancia tras terminar y realizar la reverencia protocolaria.
El resto cruzó miradas y, con distintos grados de decisión, abandonaron la sala. Danayher se puso en pie y caminó con pasos seguros hasta colocarse ante mí.
—Respecto a tus respuestas —dijo en un susurro reservado para mis oídos—, ¿serías igual de buena mintiéndome a mí?
La Sala de Aspirantes se desvaneció ante mis ojos y en su lugar apareció el imponente salón del trono del castillo de Aesnovar; o, al menos, la imagen que conservaban mis recuerdos.
En él, el Gran Príncipe estaba recostado, disfrutando de una copa de néctar que hacía girar entre los dedos.
Sabía que si su padre lo descubría allí lo castigaría, pero le gustaba demasiado deleitarse en la anticipación de lo que un día le pertenecería.
Las rodillas me dolían después de tanto tiempo sobre ellas. Cargué mis palabras de falsa devoción, de un anhelo que había visto en aquellos que frecuentaban su círculo. Me esforcé por resultar convincente. Necesitaba que me creyese, que no supiera cuánto ansiaba huir de su alcance.
—Siempre estaré dispuesta a serviros, mi príncipe imperial.
Se tomó su tiempo para bajar los escalones hasta quedar erguido ante mí.
Me clavó los dedos en las mejillas y me obligó a alzar la cabeza para que mirase esos ojos helados.
No mostraba la sonrisa desquiciada que solía reservar para aquellos momentos.
Estaba muy serio y hundió con más fuerza su agarre en mi piel.
—¿Cuándo has aprendido a mentir así?
Tuve que luchar para regresar al presente, donde Danayher seguía mirándome con una seriedad equiparable, pese a que la pregunta no había conservado el tono de amenaza.
—Debo irme o llegaré tarde al almuerzo. —Repetí la reverencia, esta vez con torpeza—. Lo siento.
En realidad, tenía que hacer una parada antes de dirigirme a la Sala de Aspirantes. Había fallado y solo podía pensar en que eso requería visitar la caja. El Gran Príncipe había conseguido lo que quería. Su castigo personal se había convertido en uno autoimpuesto.