Alas de escarcha y oro (El canto del cisne 1) Capítulo 10
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Capítulo 10

E mpecé a sospechar que las siete aspirantes que seguían junto a mí en la selección tenían sus propios motivos para necesitar ser elegidas.

Era la única explicación que encontraba a que ninguna hubiera abandonado todavía.

La mañana tras las honras fúnebres, la lista indicaba el regreso a las lecciones diarias.

Sin una explicación sobre qué le había sucedido a Celharine.

Sin medidas extraordinarias que asegurasen que otra de nosotras no fuese la siguiente.

Esa mañana, con la indignación siendo una invitada más, las conversaciones insulsas que normalmente acompañaban al desayuno habían desaparecido.

La Maestra no parecía haberlas añorado y ocupó el silencio anunciando que la aspirante de pelo corto debería cumplir el castigo que las doncellas habían prometido por desatender las labores de lavandería.

Como alternativa a la limpieza de las letrinas, se le ofreció abandonar.

No añadió ninguna queja, pese a estar visiblemente molesta, pero fue satisfactorio verla arrugar la nariz con desagrado.

Cuando el resto abandonamos nuestro sitio en la mesa, ella permaneció sentada, con la barbilla levantada y las aletas de la nariz dilatadas.

—La princesa y yo hemos pasado por alto durante este tiempo que las reverencias que realizáis ante ella no sean adecuadas —declaró la Maestra una vez estuvimos todas dentro de la imponente sala a la que nos había dirigido—, pero eso se ha terminado.

Vuestra siguiente aparición en sociedad debe ser impoluta. Colocaos frente a los espejos.

Los paneles de metal pulido que flanqueaban ambos lados de la Galería de los Espejos eran un recuerdo patente de que nada se encontraba fuera de juicio.

Cualquier error quedaba multiplicado, repetido desde todos los ángulos hasta volverse intolerable.

Mi reflejo me devolvía una versión de mí misma demasiado tensa, demasiado alerta, demasiado consciente de cada movimiento.

La Maestra iba alternando los rangos de los interlocutores con los que fingíamos cruzarnos: flexión leve de rodillas y espalda recta para nobles menores, una más profunda, con la cabeza gacha y la mirada al suelo, para los clanes principales.

—No importa cuál fuese la posición o el linaje que ostentarais en vuestros lugares de origen —dijo con una voz potente que se reflejó hasta llegar a cada rincón—.

Hasta que una de vosotras sea seleccionada, solo sois una parte más del servicio.

Todos aquellos merecedores de un saludo oficial están en un rango superior al vuestro.

Sus correcciones llenaban la sala y nosotras intentábamos aplicar las que nos correspondían y también las del resto.

«Baja la barbilla». «Dobla más las rodillas».

«Nunca sostengas la mirada a un superior salvo que estéis manteniendo una conversación».

Perfeccionismo era la única que no recibía ninguna reprimenda, pues sus movimientos eran calculados e impolutos.

La aspirante de cabello despeinado, en cambio, nos observaba con sus ojos de cervatillo e intentaba imitar nuestros gestos.

Aun así, cometía de forma constante el mismo error: cambiar la posición de las manos en mitad de la reverencia, en lugar de mantener la derecha sobre la izquierda, con los pulgares alineados.

—Demasiada duda. Como siempre —murmuró la Maestra cuando pasó por su lado—. Los movimientos deben ser limpios.

«Inseguridad», pensé. Era la otra cara de la moneda de Perfeccionismo, ambas lastradas por el miedo a cometer un error, pero por motivos diferentes.

—Ahora practicaremos el saludo a Danayher —anunció la Maestra—. Vosotras estáis bajo el mando directo de la princesa heredera, por lo que debéis inclinaros de igual forma que ante el rey regente.

Hice la reverencia tan profunda como me permitió el miedo a excederme. Me quedé quieta en el punto más bajo, a la espera de recibir permiso para incorporarme. La Maestra, sin embargo, abrió la boca para decir algo distinto:

—No.

Su voz sonaba distante, así que no creía que fuese a mí a quien estuviera amonestando.

Todas las aspirantes seguíamos dobladas por la cintura, a excepción de aquella con la gran mancha en la cara.

Se había levantado antes de tiempo. Un error pequeño en cuanto a técnica e imperdonable a nivel simbólico.

Denotaba iniciativa donde solo debía haber sumisión.

—El resto, levantaos. Tú, hazlo de nuevo.

Obedeció de inmediato y esta vez permaneció abajo.

—Demasiado rápido.

Los dedos de la aspirante temblaban cuando se incorporó. Se acomodó en su sitio, buscando la postura correcta de los pies, tomándose su tiempo.

—La vista debe estar en el suelo antes de inclinarse, no después. Otra vez.

Al erguirse, lanzó miradas a su alrededor.

No solo nosotras la observábamos, también lo hacían nuestros reflejos.

La mejilla que no estaba cubierta por aquella mancha oscura estaba enrojecida.

Repitió el gesto, pero había dejado de resultar natural.

Las rodillas le temblaban, los tendones del cuello se le marcaban como las cuerdas de un instrumento.

Cuando alcanzó la mayor inclinación, la Maestra dijo:

—Detente. —La chica se quedó congelada durante el tiempo que se alargó la pausa—. Quien no es capaz de retener una instrucción sencilla no debería aspirar a servir a la futura reina. Retírate. El resto, proseguid.

No solo hubo desconcierto en los ojos de esa aspirante.

Pude ver cómo el resto intercambiaba miradas significativas.

Parecían sorprendidas, incluso asustadas.

Empatía tenía las cejas arqueadas con lástima y parecía querer echar a correr hacia la candidata para sujetar los pedazos en los que la había quebrado la Maestra.

A mí, en cambio, la situación me trajo un recuerdo.

Cuando tenía siete años, el hermano del Emperador acudió a una fiesta en la Corte Imperial.

Mi padre se acercó a presentarle sus respetos y yo estaba tan nerviosa que imité el saludo que él había efectuado, sin tener en cuenta que el rango de mi padre era superior al mío.

Ni el Emperador ni su hermano parecieron reparar en ello, pero los ojos del Gran Príncipe se habían clavado en mí.

Esbozó una sonrisa ante mi error y yo me atreví a devolvérsela con timidez, creyéndola un gesto de complicidad.

Por aquel entonces, aún no había conocido su crueldad, solo una curiosidad punzante.

A mitad de la velada, mientras yo agitaba las piernas en un pequeño diván en el que intentaba pasar desapercibida, él se acercó. Con sus diez años, no tenía una gran estatura y su cara casi estaba a la altura de la mía pese a encontrarse de pie.

—Ven —dijo. No era una petición.

Me agarró del brazo y me arrastró por el pasillo hasta una sala contigua y vacía. No fue gentil, pero tampoco me llegó a alarmar su brusquedad

—Eira. —No estaba segura de si alguna vez antes le había oído decir mi nombre.

Tenía un peso extraño en su lengua—. Sé que eres consciente de que no has saludado a mi tío de manera adecuada.

—Tragué saliva costosamente y asentí—. Vas a practicar la reverencia correcta delante de mí.

Vamos —insistió al ver que me había quedado perpleja.

La fiesta duró dos horas más. Dos horas que estuvimos en aquella sala. Dos horas en las que me incliné sin descanso, incapaz de replicar los deseos del Gran Príncipe.

No iba a arriesgarme a que volviesen a enseñarme aquella lección, de modo que me esforcé en seguir las indicaciones de la Maestra con rigurosidad hasta que la clase terminó. Al salir, me crucé con la aspirante que había sido expulsada en el umbral.

—La Maestra ya ha salido —le dije, pues asumí que quería hablar con ella o disculparse.

—Lo sé —dijo en su lugar.

Me quedé quieta y seguí con la mirada sus pasos, que la llevaron frente a uno de los espejos. Allí, comenzó a repetir la reverencia reservada para la princesa heredera y el rey. Solté un suspiro cuando vi en el reflejo del cristal las lágrimas que empezaban a caerle por las mejillas.

«Si les das compasión —me recordó la voz de mi padre en mi mente— te arrancarán los ojos».

«Que lo intenten», le respondí.

—Las indicaciones eran en realidad una distracción —le dije una vez nos quedamos solas.

Ella se volvió con sorpresa y se pasó la manga del vestido por la cara para borrar el rastro que había dejado su llanto—.

Supongo que porque le molestó que te levantases antes de tiempo.

Luego quería comprobar si corregías por ti misma el verdadero error.

—¿Qué error? —preguntó con la voz llena de congoja.

Le señalé los pies.

—Tu cuerpo se inclina demasiado hacia delante, de modo que invades el espacio de tu interlocutor. Cuando se trata de alguien como la princesa, puede ser preocupante.

Parpadeó, confusa, y se giró hacia el espejo, pero esta vez de perfil, para poder observarse mientras llevaba el cuerpo hacia delante.

—Tienes razón —susurró. Yo ya lo sabía—. Gracias. De verdad. —El agradecimiento me incomodó y comencé a retroceder. Abrí la boca para despedirme, pero ella volvió a intervenir—. Eres Eira, ¿verdad?

—Sí.

—Xytherel. —Quería irme de allí—. No soy buena en todo esto, pero no tengo más opción que intentarlo… —Hizo una pausa. Parecía hablar consigo misma en lugar de conmigo—. No puedo volver a casa.

Aquellas palabras resonaron dentro de mí, provocándome una familiaridad molesta.

—¿Por qué? —pregunté sin pensar.

—Porque me obligarán a casarme con un hombre que solo sabe comportarse cuando hay alguien mirando.

* * *

—Hoy nos acompañará un invitado. Espero que le deis el mejor de los tratos y le mostréis la cortesía de Eakheral. Serviréis el almuerzo. La comida ya está en camino.