Capítulo 9
E sa mañana la lista de aspirantes no mostraba lecciones ni tareas, sino el orden en que Danayher hablaría con cada una de nosotras. Sería en su despacho, un lugar al que nunca se nos había permitido acceder y que todas habríamos preferido visitar en otras circunstancias.
Me demoré en tomar el desayuno, permitiendo que la sala se fuese vaciando.
Cuando salí, no me dirigí a la galería en la que nos habían indicado que debíamos esperar, sino que descendí hasta los pisos inferiores.
En un primer vistazo, los vestidos de las aspirantes podían confundirse con los de las doncellas, aunque un examen más detallado mostraría que los nuestros eran más elaborados y elegantes.
En mi caso, sin embargo, el pelo blanco resultaba fácilmente reconocible.
La tensión recorría los pasillos y no hubo un solo sirviente con el que me cruzase que no se volviese para mirarme.
Por suerte, ninguno me impidió seguir avanzando hacia mi objetivo: el comedor de las doncellas.
Tardé más tiempo del que pretendía en localizarlo y una vez estuve allí me pregunté si aquella escapada merecería la pena.
En ese momento de la mañana, las largas mesas de madera desgastada estaban vacías.
Paseé entre ellas, reconstruyendo lo sucedido.
«Algunas olvidan que, mientras miran por encima del hombro, desde abajo también se clava la daga».
¿Acaso alguna de las doncellas tenía motivos para haber llegado tan lejos?
A mi mente acudió el rostro de la doncella que había actuado con un nerviosismo que yo había achacado a nuestra presencia.
¿Y si sabía algo? ¿Y si era culpable? No estaba segura de ser capaz de reconocerla y ni siquiera tenía la certeza de volver a cruzármela en la inmensidad de aquel palacio, pero sí recordaba el pasillo por el que había desaparecido con urgencia: era el que llevaba a las cocinas del servicio.
Pese a las telas húmedas que habían colgado de las puertas para rebajar la temperatura, aquel lugar latía como un órgano oculto del palacio.
Siempre caliente, siempre despierto. Una mujer limpiaba con un paño una mesa desnuda y se volvió con confusión cuando mis pasos resonaron sobre el suelo pegajoso .
Ya no tenía sentido huir, aunque la idea de recibir un castigo si la Maestra descubría que había estado husmeando me inquietara.
—Disculpa la interrupción, pero quería preguntarte si sabes qué pudo suceder ayer.
La mujer mudó la expresión, que parecía estar a medio camino entre el temor y la molestia.
—¡Ya he respondido una decena de veces! ¡Preparé su comida aparte para que no llevase ni un rastro de jengibre!
De pronto me dijeron que tenía que cocinar para nueve personas más, ¡y aun así tuve mucho cuidado!
—La voz se le volvía cada vez más y más aguda y temí que alguien viniese a comprobar qué ocurría—.
¡No sé qué le ha pasado a esa pobre chica!
¡Pero no es mi culpa! —Estrujó el trapo entre las manos y contuvo un sollozo—. No es mi culpa…
Me violentó verla al borde del llanto. Empecé a retroceder antes siquiera de haberme despedido.
—Lamento haberte importunado.
Contuve las ganas de echar a correr lejos de allí para no atraer todavía más la atención del servicio.
El corazón me latía al mismo ritmo frenético al que me bullía la mente.
Aunque no sabía si la teoría que se estaba formando en ella tenía algún fundamento o era solo fruto de mi invención, me parecía lo suficientemente plausible como para valorarla.
La cocinera había mencionado el jengibre, de modo que debía de ser una especia que Celharine no podía consumir.
El hecho de que hubiese cocinado su comida aparte hacía su plato fácilmente identificable.
Quien lo había servido sabía que iba dirigido a ella.
Tal vez su muerte no fuera por un envenenamiento, sino por lo que contenía, pero, de ser así, me costaba asumir que hubiese sido algo accidental.
Nadie me preguntó dónde había estado cuando llegué a la galería donde las aspirantes aguardaban su turno.
Unas habían tomado asiento en el suelo, con la espalda apoyada en la pared y las rodillas abrazadas contra el pecho; otras parecían incapaces de permanecer quietas y paseaban de un lado a otro del corredor.
Las reacciones que reflejaban los rostros de las candidatas que iban saliendo del despacho también eran de lo más variadas.
Unas tenían los ojos llorosos, otras parecían aliviadas.
Solo una sonreía, haciendo que unos hoyuelos se le marcaran en la piel negra.
En el despacho de la princesa cada objeto parecía haber sido colocado con precisión y cálculo.
La gran estantería que cubría una de las paredes tenía los manuscritos colocados con esmero, probablemente siguiendo un orden que ella misma había establecido.
Sobre las mesas bajas, unas esferas de vidrio y mecanismos de metal giraban con una lentitud casi imperceptible; no parecían ser parte de la sobria decoración, sino instrumentos de medida.
A decir verdad, nada allí parecía dispuesto para adornar.
Todo insinuaba control, previsión y la necesidad de entender antes de decidir.
Danayher estaba ovillada en un sillón, con las rodillas encogidas de forma que los pies descalzos descansasen sobre la tela.
A su lado, había una mesita con una pila de libros y una copa de vino blanco.
Frente a ella, había otro sillón idéntico, y sus ojos siguieron mi camino hasta él.
Estaban ligeramente hinchados y enrojecidos.
Aunque había intentado ocultarlo con maquillaje, era evidente que había estado llorando.
—Hola, Eira —dijo en un tono invariable que incluso podría haberse interpretado como aburrido—. Como ya sabrás, necesito haceros unas preguntas para intentar comprender qué le sucedió a Celharine. —Parecía dolerle pronunciar su nombre—. Siéntate. ¿Cómo tienes las manos?
—Mejor. Gracias, alteza.
Era consciente de que lo más correcto era darle mis condolencias, pero me sentía torpe con ese tipo de normas sociales.
La princesa se irguió levemente en su asiento, aunque no bajó los pies al suelo.
Llevaba las uñas pintadas de color morado.
Me pregunté si esa era la única muestra de luto que se le permitía.
—Celharine y tú, ¿erais cercanas?
—No. Solo hablamos en una ocasión. Durante una lección.
—¿Fue una interacción agradable?
Recordé el ejercicio de Historia; la frialdad de sus ojos y el tono despectivo con el que había cargado sus palabras.
—Cordial.
Dio un pequeño cabeceo como asentimiento.
—¿Sabes qué estaba comiendo justo antes de que empezase a toser?
—No. Estaba sentada en una mesa diferente a la mía. Solo sé que estaba en un cuenco.
—¿Tienes alguna información que creas que podría ser de interés para esclarecer lo sucedido?
La cocinera había dicho que había respondido a la pregunta una decena de veces, y no me cabía duda de que al menos una de ellas había sido ante Danayher. Ella misma podía sacar las mismas conclusiones que yo. Eran simples elucubraciones y no consideré prudente ser quien las evidenciara.
—No.
—¿Sabes si tenía algún enemigo? ¿Alguien que pudiera desearle algún mal?
Tuve que hacer un esfuerzo para no echarme a reír. Era imposible que fuera tan ingenua. Desconocía con cuánta fiereza deseaba el resto el puesto, pero si la necesidad de alguna de ellas se aproximaba a la mía, era cuestión de tiempo que se traspasasen ciertas líneas.
—Supongo que, en cierto modo, el hecho de que solo vaya a haber una elegida nos convierte a todas en enemigas.
La mano con la que se abrazaba una de las rodillas cayó sobre el reposabrazos. Los pies descendieron finalmente al suelo y el torso se volvió por completo hacia mí. Su expresión me recordó a la de la imagen que había visto dibujada en aquel pergamino de la biblioteca. Desafiante.
—¿Piensas entonces que es culpa mía que haya muerto? ¿Por poneros en su contra?
Noté como el hielo bajo mis pies se resquebrajaba y estudié con precaución en qué dirección quería dar el siguiente paso.
—Jamás me atrevería a insinuar algo así, alteza.
—¿Qué querías insinuar, entonces? —Su voz había perdido el deje monótono que había intentado usar para ocultar sus verdaderas emociones—. ¿Piensas que una o más aspirantes pueden estar detrás de su asesinato?
«Asesinato». No había sido un accidente.
—Me temo que no tengo suficiente información como para elaborar ninguna teoría.
Me inquietó percibir con tanta claridad que estaba agotando su paciencia.
—Tengo dos preguntas más. Luego podrás irte. ¿Qué pensarías de alguien que se defiende antes de que le acusen?
—Que no confía en que vayan a preguntarle antes de que lo señalen.
Se le agitaron las aletas de la nariz.
—¿Y de alguien que calla para proteger a otra persona?
Entonces entendí a dónde quería llegar.
—¿Pensáis que es lo que estoy haciendo? —inquirí con desconcierto.
Los labios dejaron de formar una fina línea para convertirse en una sonrisa de lado.
—Jamás me atrevería a insinuar algo así —repitió con sorna.
Se apoyó los antebrazos sobre el regazo, inclinándose hacia delante hasta que su cara quedó a un palmo de la mía. Sentí el aliento rozándome la cara cuando, sin perder la sonrisa, aseveró:
—Sé que ocultas algo.
Tal vez ese recurso le había servido con alguna de las chicas que habían pasado por ese despacho, pero en el lugar del que yo venía esas técnicas eran un juego de críos. Parpadeé varias veces, con el rostro imperturbable, antes de contestar.
—No sé nada.
—Me gustaría dejar claro que conmigo la franqueza nunca será castigada. En todo caso, recompensada.
—¿Queréis que adorne la mentira hasta que resulte útil?
Me miró directamente a los ojos, con las cejas a punto de tocarse.
—Quiero que confíes en mí.
Había una sinceridad tan desesperada y cruda en su expresión que, por un instante, lamenté ser incapaz de cumplir su voluntad.
Deseé poder liberarme de la carga agotadora que suponía vivir siempre alerta.
Había pensado que Eakheral me permitiría conocer una realidad distinta a la del Imperio.
Y esa posibilidad se había esfumado ante mis ojos.
—Creí que esta selección sería una competición justa —confesé en un murmullo derrotado.
Así era. Una parte de mí anhelaba seguridad y certeza, méritos en vez de juegos sucios y asesinatos. Otra sabía que estaba siendo hipócrita, porque yo también estaba dispuesta a aprovechar cuanto pudiera proporcionarme una ventaja.
Relajó el ceño, pero no los hombros. Se apartó de mí con brusquedad y se quedó erguida, con la espalda envarada.
—La justicia no dura en esta Corte.
* * *
No se nos permitió acudir a las honras fúnebres. Sin un culpable claro, la familia no nos quería allí, y tampoco a ninguna de las don cellas. La Maestra de Aspirantes, sin embargo, pensó que una visi ta del Ajustador vendría bien para levantarnos el ánimo.
Aun en el silencio de mis aposentos, sin más compañía que el chapoteo que producía en el agua de la bañera, podía escuchar el discurso de aquel hombre. Su voz poderosa, proyectada a cada rincón.
—En momentos así, sé que el miedo se vuelve impaciente.
Nos susurra que el orden no basta. Que la vigilancia falla.
Que quizá haya atajos para protegerse, para ver antes, para saber más.
En el pasado, algunos llegaron a recurrir a lo prohibido: a la magia.
—Había sentido un pinchazo en los cortes de la espalda al escuchar la palabra—.
Siempre aparece cuando el límite duele y alguien decide que no debería existir.
Las voces prometen claridad sin esfuerzo, poder sin responsabilidad.
No llegan con violencia, sino con consuelo.
—En las pausas, podían oírse los sollozos de algunas candidatas—.
No os diré que reneguéis del miedo. El miedo es natural.
Sin embargo, hay una diferencia entre sentirlo y permitir que nos gobierne.
Ahora más que nunca debemos confiar en los dioses que rigen nuestro camino, en las normas que aceptamos y en las renuncias que nadie celebra, pero que sostienen el mundo.
Un reino sin límites no tarda en devorarse a sí mismo.
Puede que Eakheral no persiguiese la magia como lo hacía el Imperio de Aesnovar, pero aquel alegato me había dejado muy clara su postura: la temían.
Froté con fuerza el trapo húmedo sobre la piel, como si de esa forma pudiese borrar una mancha que en realidad no estaba ahí. Ni iba a irse.
Primero había llegado el golpe del pequeño Gran Príncipe, que con su bota negra me había obligado a permanecer tumbada mientras decía cosas horribles.
Luego, la escarcha, que había arrastrado sus brazos gélidos por el suelo, tornándolo blanco hasta alcanzarle los pies.
No sé quién de los dos había echado a correr antes, pero sí sé quién recibió el castigo después.
Mi padre me enseñó a contener la bestia de hielo que yacía en mi interior, aunque despertase más por miedo que por ira.
Seguí frotando el paño con fuerza, hasta que la piel se enrojeció y algunas heridas de las manos se reabrieron. Solo el dolor y el escozor me ayudaron a centrarme.
—Si no lo controlas, no podrás quedarte —me advertía.
«¿Y si no quiero quedarme?», me preguntaba cada vez.