Capítulo 8
L a velada de la noche anterior nos trajo una expulsión, pero también un castigo. Daba igual que solo Ambición se hubiese saltado las normas, la princesa quería darnos «una lección de humildad».
Esa mañana, lavaríamos la ropa ceremonial. Yo estaba en el segundo turno, encargado de recoger, clasificar, planchar y perfumar. Tareas más complejas que proporcionaban una mejor oportunidad de destacar.
Sin embargo, en aquel palacio el estado de alerta debía ser permanente y cualquier certeza, erradicada.
—Necesito que consultéis esta nueva lista —dijo la Maestra de Aspirantes, cruzando las puertas dobles con un pergamino en la mano derecha.
El sonido de las sillas arrastrándose llenó la estancia. Por suerte, no necesité acercarme tanto como el resto y pude encontrar mi nombre entre las ocho cabezas que se agolpaban para intentar leer. Me habían cambiado al primer turno.
Busqué entre los nombres del resto aquel que pertenecía al linaje que había escuchado mencionar a la señora Odhalis: los Yssen.
«Mayrah». Estaba en mi mismo grupo. Si una de las asistentes de la antigua reina tenía enemistad con su tío, entonces debía haberse criado en Eakheral, y eso me proporcionó la respuesta: Empatía.
«Las traidoras no tienen lugar aquí», habían escrito en su espejo.
—Pero yo estaba en el segundo turno, Maestra —comentó Celharine.
—Hoy necesito manos rápidas. El viento sur se ha levantado antes de lo previsto. Si no adelantamos el secado, la ropa quedará áspera para mañana. Debéis poneros en marcha ya.
Intenté que no se notase lo halagada que me sentía; otras aspirantes, en cambio, no se esforzaron tanto en ocultar su molestia por haber sido relegadas.
—¿Podrás ocuparte bien de esta tarea con las manos así? —me susurró la que seguiría siendo «Empatía» para mí mientras seguíamos a una doncella para que nos indicara el camino a la lavandería—. ¿Cómo están tus heridas?
Mi primer instinto fue responder con un simple «Sí», pero si había una persona accesible en ese palacio incluso para alguien como yo, era ella.
En sus ojos verdes había preocupación genuina.
La empatía era un defecto difícil de sabotear sin que se viese como una virtud, pero si me acercaba a ella, tal vez podría descubrir qué mácula guardaban los Yssen.
—Creo que podré lidiar con ello. Están mejor, gracias por tu preocupación.
Su sonrisa fue mucho más sincera que la que yo me había esforzado en esbozar; por suerte, no mostró intención de continuar la conversación.
Al llegar, el vapor nos golpeó el rostro como un muro.
La lavandería ocupaba una crujía baja, enterrada parcialmente en la piedra para preservar el frescor.
No había ventanas amplias, sino aberturas estrechas y altas, protegidas por celosías de yeso, que dejaban pasar la luz sin permitir que el sol castigara el interior.
El agua llegaba por canales de cerámica y se distribuía en unas piletas profundas.
Mi posición en la Corte Imperial nunca había implicado tener que realizar tareas domésticas, pero en mis paseos por la lavandería me habían ofrecido algunos consejos; yo los había tomado todos, con intención de poder conocer esa profesión en caso de tener que huir.
Al acercarme y sumergir la mano en el agua, deseé haberlo hecho para encontrar me lejos de allí.
—Está demasiado caliente —dije a las aspirantes que me acompañaban—. Si lavamos ahora esos mantos y velos —señalé con el índice la montaña de tejidos de aspecto delicado—, los arruinaremos.
—¿Y qué hacemos? —inquirió Empatía con angustia—. La Maestra ha sido clara: debemos ser rápidas. No podemos esperar a que se enfríe.
Notaba cada instante transcurrido a través del pulso que me retumbaba en las sienes.
El tiempo era apremiante, pero si destrozábamos aquellas telas sagradas, poco importaría su aspereza tras el secado.
Las cuatro tenían los hombros tensos y me miraban como si en mis ojos azules estuviera escrito el itinerario que debían seguir.
Apenas habían escuchado mi voz y, sin embargo, parecían dispuestas a seguirla.
Paseé por la sala intentando encontrar una solución.
Las telas colgaban en estructuras de madera oscura y metal con unos pesos en los extremos que impedían que el viento las deformara.
Una corriente de aire me agitó el pelo blanco y atrajo una mezcla áspera de jabón y resina que se me quedó atorada en la garganta.
Sentí que por fin podía tragar saliva cuando vi unas vasijas que parecían hechas de un material poroso, quizá arcilla.
—Llenad estos cántaros y colocadlos aquí, donde el aire enfriará el agua. Usaremos la caliente con las telas más gruesas y los colores menos fuertes.
Ninguna se quedó indiferente ante mi tono. Sonaba como una orden. Era una orden.
Y Obediencia la cumplió como tal. Se acercó para coger la vasija que aún sostenía entre las manos y corrió hacia una de las piletas.
La siguiente en moverse fue Empatía, con más decisión, pero no tanta premura.
Celharine adoptó una posición intermedia: comenzó a seleccionar los tejidos más pesados y los llevó hasta las piletas.
Quería colaborar, pero no realizando la tarea que significaba subordinarse a mí.
La aspirante restante nos observó con los brazos cruzados desde el centro de la lavandería, donde las corrientes de aire le agitaban los mechones cortos del pelo.
No pensaba excederme en mi aparente y breve liderazgo, así que empecé a sumergir las telas con rapidez para suplir su parte.
Para mi sorpresa, fueron las doncellas quienes tuvieron algo que decir cuando hicieron acto de presencia:
—¿Por qué no estás trabajando?
Lo primero que me llamó la atención de la doncella fue la quemadura que tenía en uno de los lados de la cara, la cual hacía que su piel se plegara formando pequeñas rugosidades; lo segundo, su pelo grisáceo, pese a no parecer muchos años mayor que yo.
La aspirante no estaba acompañada de su intérprete, de modo que lo máximo que hizo fue volverse hacia ellas con una ceja enarcada. Se señaló el pecho con el índice con una pregunta implícita.
—Sí, tú. ¿Qué estás haciendo?
—Esto. — Abarcó el espacio con los brazos abiertos—. Trabajo de siervas.
Una de las sirvientas, de un cabello canoso que en esa ocasión sí denotaba una avanzada edad, se echó a reír. Cuando levantó la mano para dar en el brazo a una de sus compañeras, pude ver que estaba llena de cicatrices.
—¿Habéis oído? Es demasiado señorita para mojarse. —Le lanzó una mirada de arriba abajo y murmuró con desprecio—: Se supone que estáis aquí para aprender humildad. Pienso encargarme personalmente de que la princesa te ponga a limpiar bacinillas.
Poco le importó la cara de confusión de la aspirante, que solo estaba comprendiendo palabras sueltas y seguramente «bacinillas» no se encontraba entre ellas. Hasta a mí me costó reconocer la palabra en el idioma de Eakheral.
—Ese sí que es un trabajo de nobles —comentó la tercera doncella entre risas.
Se aproximaron a Empatía y Obediencia, que estaban tendiendo los mantos que habíamos podido lavar en agua caliente.
Aunque habían permanecido en buenas condiciones, habían sufrido por la alta temperatura: algunos colores se habían abierto como capullos y muchos de los bordados se habían deshilachado.
Las frentes de ambas aspirantes estaban perladas, al igual que la de Celharine, que sumergía junto a mí las telas más delicadas en el agua que habíamos conseguido templar en las vasijas.
No obstante, no era un indicativo de esfuerzo.
Las mejillas de las doncellas se habían coloreado en cuanto habían entrado, pues el aire se calentaba más a medida que el sol ascendía en el cielo.
La excepción era la mujer que tenía una quemadura en la tez.
Parecía impasible al calor, sin una sola gota de sudor resbalando por la sien, y eso me hizo preguntarme si mi incapacidad para sudar sería vista con la misma admiración con la que yo la observaba a ella.
P ese a que lo dijo en un susurro reservado para sus acompañantes, escuché como la más anciana, sin apartar los ojos de la aspirante que se negaba a trabajar, decía:
—Algunas olvidan que, mientras miran por encima del hombro, desde abajo también se clava la daga.
La Maestra apareció poco después. Contempló las prendas, ya tendidas, con ojo crítico, pasando las manos por algunas de ellas.
Su rostro, que solía ser una representación de serenidad y templanza, se alteró; los huesos de la mandíbula se le marcaron como si estuviese apretando los dientes con fuerza.
Al volverse hacia nosotras, mostró una sonrisa tensa.
—Veo que habéis… improvisado.
Una idea se me plantó entonces en la mente, demasiado joven para llegar a florecer en ese momento. Tal vez la temperatura del agua no se debía a haber adelantado el lavado. Tal vez el cambio de turno no había sido un halago.
—Acompañadme. Os están esperando.
Ese día, también tendríamos que comer con algunas de las doncellas. El comedor era una sala amplia, pero con un techo bajo que obligaba a encorvarse. A pesar del bullicio y del sonido de los cubiertos, nuestra entrada captó la atención de todas las presentes.
Por mucho que aquella actividad tuviera como objetivo imbuirnos algo de modestia, Danayher parecía conocer el límite donde el ego se dañaba de forma irreparable, pues aun cuando las doncellas se servían de las ollas, depositaron nuestras raciones directamente en el plato.
La comida estaba lejos de poder compararse con la que nos servían varios pisos más arriba. El pan distaba de estar recién hecho y el caldo que nos sirvieron carecía de especias y hierbas aromáticas. No había cortes de carne acompañados de salsas de frutas y miel, sino legumbres y verduras al vapor.
Me fijé en una doncella en concreto a la que le temblaba la mano mientras sujetaba el cucharón.
Al notar mis ojos azules sobre ella, se envaró.
Su mirada recorrió la sala con avidez, dejó la cacerola que sostenía sobre la mesa y desapareció por el pasillo que llevaba a las cocinas, del que surgieron más doncellas.
Supuse que su inquietud se debía a aquella invasión de su espacio.
Aquel lugar era el único en el que podían retirarse a descansar sin necesidad de sonreír con complacencia a los nobles.
Para ellas, comer era una pausa funcional, no un acto social.
A diferencia de esa chica, la mayoría de las doncellas parecían ignorarnos, aunque era evidente que tenían muy presente qué temas no debían tocar delante de nosotras y limitaban sus pequeñas charlas al calor, sus tareas o el estado de sus sandalias.
Sin embargo, importantes o no, las conversaciones se zanjaron de golpe cuando un ruido se elevó por encima del vocerío.
Celharine tosía sin parar. Pese a que en un primer momento parecía un simple atragantamiento, cuando se aferró el cuello, con tanta fuerza que los tendones de las manos se le marcaron, demostró tratarse de algo más serio.
La doncella más anciana se acercó a ella con decisión y comenzó a darle golpes secos en la espalda.
Celharine, sin embargo, cada vez parecía tener más dificultad para tomar bocanadas de aire.
Tenía los ojos desorbitados y el blanco empezó a cubrirse de telarañas rojas.
La aspirante intentó ponerse en pie, pero no logró incorporarse.
Se produjo un ruido sordo cuando el suelo recibió su peso.
El cuerpo, de pronto rígido, empezó a sacudirse sin ritmo ni piedad.
La doncella retrocedió un paso, con el horror pintado en el rostro.
—¡Buscad a la Maestra! ¡Y haced venir al sanador real!
Varias doncellas echaron a correr por los pasillos.
Empatía se arrodilló a su lado, con los ojos verdes húmedos y las manos suspendidas en el aire, como si no supiera qué parte tocar o si debía hacerlo.
Finalmente le cogió la mano y los dedos de Celharine se cerraron con la misma fuerza con la que ella intentaba aferrarse a la vida.
Ya no tosía, solo jadeaba, y al sonido de sus costosas inspiraciones se unieron los sollozos de algunas aspirantes.
Me puse en pie, sin tener claro qué podía hacer.
Continuaba agitándose con violencia; la mandíbula bloqueada, las venas del cuello marcadas, la piel olivácea tornándose azulada.
La imagen resultaba grotesca y, sin embargo, no podía dejar de mirar. Me sentía congelada. Impotente.
Entonces su cuerpo dejó de moverse, su pecho de alzarse.
Pero la inmovilidad no era contención. Era ausencia.
Los labios estaban agrietados y grisáceos, los ojos negros, abiertos.
Ya no había fuerza en la mano que seguía sujetando Empatía.
No necesité esperar a que le tomasen el pulso para saber que estaba muerta.
Lo único que fue capaz de arrancarme de ese estado de estupor fue una palabra, susurrada por distintas voces hasta parecer un eco: «envenenada».
Mi cuerpo recibió la orden antes de que mi mente siquiera la hubiera procesado.
Corrí a uno de los rincones de la habitación y me introduje los dedos índice y corazón en la boca hasta vaciar el contenido del estómago sobre aquel suelo de piedra.
Las demás estaban conmocionadas, apenadas, pero no asustadas.
Trataban en vano de contener los sollozos.
La imagen del rostro de mi padre, desfigurado hasta casi parecer irreconocible, me acudió a la mente y el recuerdo dolió con la misma intensidad que la vivencia.
Aquella había sido la primera vez que había visto un cuerpo sin vida.
Aunque, en realidad, me había criado entre muerte.
Para mí, eran los vínculos los que determinaban la profundidad de la herida.
Aunque no me alegraba que hubiera fallecido, Celharine no significaba nada para mí.
Su muerte, sin embargo, sí era reveladora.
Si una de las favoritas, la amiga de la infancia de la princesa, había sido el objetivo de un envenenamiento…
Entonces ninguna de nosotras estábamos a salvo.