Capítulo 7 #2
Pese a que deseaba saber a quién se referían, no podía demorarme más junto a ellas.
Dediqué los últimos instantes mientras me alejaba a recordar los rasgos suaves y redondeados de la señora Odhalis.
Imaginé que aquel término, «Cisnes», era el equivalente a Mariposa para nosotras.
Si había sido una de las asistentes de la antigua reina, era posible que pudiera obtener de ella información valiosa o consejo.
Mientras sorteaba a nobles, pude lanzar un breve vistazo a Ambición.
A juzgar por la forma en que se reía y gesticulaba animadamente, no parecía tener intención de ocultar las palabras que estaba intercambiando con el que, supuse, era el noble proveniente de sus islas.
Una sonrisa involuntaria se me deslizó por los labios.
No había forma de que la Maestra o Danayher no hubieran reparado en aquella descarada violación de las normas.
Traté de escuchar más conversaciones en mi camino a la antesala del servicio para dejar las copas vacías.
La mayor parte se pronunciaban en susurros que no me permitían acercarme lo suficiente, o la velocidad y los acentos marcados de otras regiones de Eakhe ral suponían demasiado desafío para mi dominio del idioma. Lo único útil que pude oír fue:
—He oído que la princesa ahora solo toma vino blanco.
Aceleré el ritmo, con intención de conseguirle una copa a la princesa, cuando un cuerpo impactó con fuerza contra el mío y me arrojó al suelo.
El estallido del cristal llenó el aire a mi alrededor y mi vestido se manchó del mismo color que el de Empatía, con la salvedad de que en mi caso no se trataba de vino, sino de la sangre que emanaba de unos cortes profundos en las palmas de las manos.
No conseguí ver quién me había tirado al suelo, solo un destello blanco, que bien podía pertenecer a una doncella o a una aspirante, escurriéndose entre los nobles cuya atención había atraído.
El corazón se me disparó. Se suponía que aquella noche iba a ser invisible, una sombra sin relevancia ni voz.
Pero las miradas, los cuchicheos, las risas que se revelaban tras las manos que intentaban cubrirlas…
me convertían en parte del entretenimiento.
Me apoyé en el suelo, sin importarme que nuevas esquirlas se me hundiesen en la piel.
Necesitaba levantarme y salir de allí antes de que me obligaran a cantar, a bailar o a narrar la masacre de mi pueblo.
Entonces alguien me cogió una de las manos.
Incluso en el calor del desierto, el contacto se sintió como una llama lamiéndome la piel.
Los presentes ahogaron gritos al ver a la princesa acuclillarse sobre los cristales.
Los zapatos de tacón provocaron chasquidos allí donde los aplastó bajo su peso.
Con delicadeza, fue arrancando uno a uno los pedazos que se me habían clavado en la palma y que brillaban sobre la sangre como gotas de lluvia.
No me atreví a moverme, igual que un animal herido y asustado.
Estaba tan cerca que cuando el aliento se me escapó en un suspiro tembloroso, los mechones negros que le enmarcaban el rostro se agitaron.
En cuanto terminó con esa mano, cogió la derecha.
Al alzar la mirada, pude ver cómo incluso algunas de mis competidoras se habían acercado a observar la escena.
O la misma concentración que fruncía la frente de la princesa evitó que escuchara los murmullos, o decidió ignorarlos; continuó como si estuviésemos solo ella y yo, hasta que la última esquirla tintineó en el suelo.
El ceño se intensificó cuando rozó una zona del dorso con el pulgar.
La cara de Danayher desapareció.
Ya no me examinaban sus ojos dorados, sino unos que se encontraban grabados en lo más profundo de mi memoria: grises, forjados con hielo. El rostro alargado, el pelo que teníamos prohibido llamar «pajizo» y la sonrisa macabra.
Me miré la palma y ya no vi los cortes. En su lugar, había líneas finas, realizadas con la precisión de una daga, que formaban un grotesco copo de nieve rojo.
—¿Vas a gritar, Eira? —había preguntado con sorna.
Incluso aunque llevase semanas sin escuchar su voz, mi mente replicó a la perfección el timbre—.
¿O vas a llorar? —Su tono era burlón y su agarre, férreo—.
La próxima vez que desobedezcas, me veré obligado a marcarte la cara.
Quizá eso te ayude a recordar a quién perteneces.
Aparté la mano para liberarla, con la angustia aprisionándome el pecho, y apreté los párpados con fuerza.
«No es real. Él no está aquí. Es solo un recuerdo. No es real», me repetí mientras intentaba acompasar la respiración a cada frase.
Tardé en abrir los ojos de nuevo y, cuando lo conseguí, Danayher apareció de nuevo ante mí. Se había apartado, seguramente por mi brusquedad, y en su semblante había más seriedad que desconcierto. Se puso en pie y me observó desde arriba como quien contemplaría a un insecto.
—Ve a lavarte las heridas. La velada ha terminado.
Pude escuchar todo tipo de comentarios de descontento mientras recorría la distancia hasta las cocinas. Mi torpeza había acabado con su diversión, aunque la escena sin duda les daría de qué hablar durante días.
En cuanto terminé de limpiarme la sangre de las manos, pues la del vestido era un caso perdido, subí las escaleras hasta la Sala de Aspirantes, donde habíamos acordado reunirnos una vez acabase la fiesta.
Las magulladuras de las rodillas me dolían y sentía el peso de la idea de ser expulsada lastrando cada paso.
La Maestra estaba visiblemente descontenta cuando llegué y la sala estaba cargada de inquietud, la que traía consigo la incertidumbre.
—Convertirse en la Mariposa de la princesa —dijo cuando la última candidata tomó asiento— consiste en renunciar a la vanidad.
No importa cuán prestigiosos sean vuestros lugares de origen o cuán influyentes sean vuestros linajes.
Es dejar a un lado el propio yo para ponerlo a la disposición de algo mayor.
De eso se trataba el ejercicio de hoy y me decepciona haber comprobado que me equivocaba al pensar que todas estabais preparadas.
—La tensión se transformó en expectación cuando su mirada se dirigió hacia el rostro de Ambición—.
Teníais prohibido interactuar con cualquiera de los asistentes.
Sin importar si los conocíais o no —añadió al ver que la aspirante abría la boca para defenderse—.
Haber ignorado esa orden supone una clara demostración de arrogancia que la princesa Danayher no está dispuesta a tolerar.
Deberás abandonar la Corte Cisne al alba.
—¡¿Qué?! —El pelo cobrizo le cayó por la espalda cuando se puso en pie de un brinco—. ¡No! ¡No es mi culpa que vuestras normas sean absurdas! ¡No pienso irme!
La Maestra ni siquiera se tomó la molestia de escuchar sus quejas con cortesía.
Nos deseó las buenas noches al resto y desapareció acompañada de uno de los guardias reales.
Las candidatas se acercaron a Ambición y trataron de consolarla con comentarios que solo escondían la satisfacción que sentían. Habíamos pasado a ser nueve.
En ese momento confirmé que podía influir en la selección sin exponerme. Que podía usar la debilidad de cada candidata en su contra. Solo era cuestión de empujar las piezas que se tambaleaban.