Capítulo 7
«A l menos no tendrás que hablar con ellos», me repetía una y otra vez mientras me colocaba los paños.
El peso de la tela sobre las heridas me provocó un escalofrío e hizo que se me humedecieran los ojos, pero necesitaba que estuvieran bien sujetos.
Esa noche no podía permitirme ensuciarme el vestido.
Me habían dejado cuatro diferentes sobre la cama, aunque solo uno me cubría la espalda.
Era blanco, por supuesto, si bien mucho más elegante que los que solíamos utilizar a diario.
El tejido era tan suave que se amoldaba a la piel y de no haber tenido varias capas superpuestas me habría hecho sentir desnuda.
La selección de joyas a mi disposición era ostentosa, pensada para destacar en una velada en la que debíamos pasar desapercibidas.
La justificación que me di para desecharlas fue que tal vez se trataba de una prueba más, porque me avergonzaba admitir que la prohibición que la Corte Imperial me había impuesto aún pudiese condicionarme.
Me coloqué con cuidado el broche de la mariposa en el pecho y permití que ese fuera mi único adorno.
En cuanto abandoné la habitación, sentí que la boca se me secaba.
Jugueteé con las cutículas alrededor de las uñas para mantener la mente entretenida mientras seguía a dos aspirantes por la pasarela que nos llevaría al Gran Salón.
La Maestra estaba esperándonos en la antesala del servicio, pues debíamos recibir su aprobación antes de entrar.
«Al menos no tendrás que hablar con ellos», me dije de nuevo; era el único pensamiento en el que encontraba consuelo. Ambición no parecía compartir mi forma de afrontar aquel espectáculo cortesano.
—Años aprendiendo el idioma de Eakheral para que ahora no podamos relacionarnos con los nobles —se lamentaba a nadie en particular.
—Ciertamente es una oportunidad perdida para poder escalar puestos en la Corte —comenté.
La aspirante se volvió hacia mí con sorpresa.
—¡Anda! ¡Pero si hablas! —Parpadeó un par de veces y luego entrecerró los ojos—. Que hasta tú te quejes denota lo demencial de la situación.
Más bien quería comprobar algo.
—Me confunde. Creía que una cualidad importante para una Mariposa era saber desenvolverse entre la nobleza.
—¡Y yo, querida! ¡Y yo!
Sonreí encogiéndome de hombros.
—Se ve que estábamos equivocadas.
—No, qué va. Ninguna fiesta quiere a una cortesana que se limite a servir el vino. —Soltó un bufido—. Sé que un diplomático de mis islas estará presente. ¿Y se supone que no debo siquiera saludarle?
Tuve que contener el pellizco de excitación que sentí. Tal vez mi plan podía funcionar.
—Podría considerar la ausencia de saludo como una falta de educación —aseveré.
—¡Exacto!
Se toqueteó las mangas del vestido, cada vez más alterada.
—Confío en que hayan informado a los asistentes de nuestras órdenes.
—Ya… —murmuró, pero su mirada y su mente parecían muy lejos de aquella sala.
—Eira. —La voz firme de la Maestra hizo que se me encogiese el estómago—. ¿Las doncellas no dejaron joyas en tus aposentos?
—Lo hicieron, señora, pero me resultaron demasiado llamativas para el papel que debemos adoptar hoy.
—No todas parecen compartir tu opinión.
Volvió la cabeza hacia la aspirante de pelo corto. No solo llevaba tantos anillos y pulseras como su fisionomía le permitía, sino que había desoído las propuestas de las doncellas y en su lugar lucía los pendientes que le habían robado, en un claro gesto de desafío.
Separé los labios para responder con un comentario educado, cuando un grito silenció cualquier palabra que hubiera podido salir de mi boca.
Empatía se llevó las manos al estómago, donde una mancha carmesí cubría la parte delantera de un vestido que en sus curvas resultaba despampanante. A su lado, una doncella que cargaba una bandeja con delicadas copas se deshacía en disculpas.
—¿Cómo puedes ser tan torpe? —le siseó la Maestra entre dientes—. Las aspirantes deben entrar ya en la sala.
—Lo lamento mucho, mi señora.
No solo esa muchacha parecía a punto de llorar: Empatía tenía los ojos verdes abiertos con horror.
—Pero podré ir a cambiarme, ¿verdad? ¡No puedo salir así!
—No hay tiempo para que vuelvas al ala de dormitorios. El protocolo requiere unos tiempos exactos.
El pecho de Empatía se elevaba y descendía a una velocidad acelerada.
—Pero… —Su tono estaba más cerca de la súplica que de la queja.
—Lamento interrumpir, pero he traído otro de mis vestidos. Lo dejé en aquella silla. —Tanto aspirante como Maestra se volvieron en la dirección que señaló Perfeccionismo—. Puedes usarlo, si quieres.
La Maestra soltó un suspiro de rendición.
—Bien, pruébatelo. Deprisa.
Empatía cogió las manos de la aspirante y depositó un beso en cada dorso.
—¡Gracias! ¡Gracias!
La constitución y la altura de ambas era opuesta, y allí donde el anterior vestido había insinuado, el nuevo se ceñía hasta rozar lo inapropiado. Sin embargo, desfavorecida o no, era todo cuando Empatía tenía.
La Maestra nos hizo ponernos en fila. Colocó a Perfeccionismo en primer lugar por, según dijo, «haber comprendido la importancia de la primera impresión». Me consoló no ser la última. Ese puesto fue para Empatía, quien sin duda habría encabezado la marcha de haber contado con su anterior vestido.
El Gran Salón estaba repleto cuando entramos.
Era un lugar donde el poder no necesitaba alzar la voz, pues la arquitectura hablaba por él.
El espacio se extendía en una explanada suspendida en el aire, con enormes columnas clavadas en el suelo como estacas y líneas incandescentes que iluminaban la estancia con trazados precisos.
Más allá, la capital se desplegaba en estructuras que desafiaban la lógica del peso, brillando bajo el calor del fuego.
Los invitados vestían ropajes donde el lujo estaba en la caída, no en el volumen.
Las prendas se ceñían en los hombros, con cadenas finas que sonaban con el movimiento y luego parecían flotar alrededor de sus cuerpos, como nubes de vapor de colores condicionados por rango en vez de gusto.
Los tonos más oscuros se reservaban para quienes tenían voz; los claros, para quienes solo estaban presentes.
Nosotras vestíamos el más puro de todos: el mismo que el servicio y, en ausencia del rey regente, la princesa lucía el negro.
Me molestó lo fácil que era localizarla en la sala.
La luz quedaba atrapada en su piel como si la eligiera a ella primero.
Rodeada de nobles, no alzó la mirada para reconocer nuestra presencia, aunque sí atrajimos las del resto.
Éramos la nueva atracción de la Corte. Debíamos rellenar copas vacías y adornar la habitación con una bonita sonrisa.
Se nos había prohibido intervenir en conversaciones, pero no había nada que nos impidiera escucharlas.
—Tres audiencias —decía una anciana enjuta entre susurros mientras toqueteaba una cadena de cuentas de hueso—. Tres. Canceladas. Y sin una sola disculpa.
Su interlocutor, un hombre de mediana edad tan bajo como entrado en carnes, se secó el sudor de la frente con un pañuelo.
—Ya sabe usted, baronesa, que la relación de la princesa con el clero…
No continuó, dejó la frase en el aire, libre para el entendimiento y el sentido que quisiera dársele.
—El Consejo debe de estar… inquieto —concluyó la dama—. Es inminente.
—Puedo asegurarle que es una de nuestras prioridades, pero el rey…
Fingí recolocar las copas que sostenía en la bandeja para poder aguardar a que aquel hombre, que al parecer era un miembro del Consejo Real, terminase. No sucedió y, en su lugar, la baronesa respondió:
—Lo sé. El Ajustador me lo ha comentado.
Recordé aquellos ojos claros e inquietantes. Era la máxima autoridad religiosa, de modo que aquella mujer debía ser poderosa si podía relacionarse con él con facilidad.
Otros nobles se unieron a ellos y la conversación tomó un rumbo que, si bien seguía tocando el tema religioso, no era en absoluto interesante.
Me paseé entre los diferentes grupos, usando mi bandeja como excusa para escuchar retazos de conversaciones que pudieran resultarme útiles.
Había algo en aquella sala —en las pausas, los silencios, las respiraciones contenidas y los gestos interrumpidos— que evidenciaba la búsqueda de ambigüedad.
Recordé las palabras que había dicho Danayher acerca de Savor, el dios que se encontraba en Presencia: «Nadie habla de lo que en realidad teme.
Los rumores existen, pero no se verbalizan por completo».
¿Era eso lo que estaba haciendo la Corte?
«Los conflictos no estallan, pero hierven».
¿Estaba ella ignorando al clero a sabiendas de que no podrían enfrentarla de forma directa?
Sentí que, por primera vez desde que había llegado a Eakheral, estaba escuchando a la Corte Cisne hablar en su propio idioma.
Una mujer recostada en un diván se inclinó hacia delante, atrayendo la atención de otras nobles que la rondaban, igual que insectos alrededor de fruta madura.
Era atractiva e iba ataviada de un vestido y un velo morado, un color que allí se reservaba para el luto.
Fue su tono confidente el que me invitó a acercarme con la excusa de recoger las copas que habían dejado en una mesa baja.
—La hija de los Yssen… —El vino estuvo a punto de derramarse por el borde de su cáliz cuando gesticuló con una mano cargada de pesados anillos—. ¿De verdad se plantean tenerla tan cerca del trono? No quiero ser injusta con la chiquilla, pero me hiere en lo personal.
—Oh, señora Odhalis, no se preocupe —dijo entonces una de las jóvenes—. Es comprensible. Por supuesto, debéis guardar una gran antipatía a su tío.
La mujer dejó la copa sobre la mesa con un movimiento demasiado brusco y me recorrió con la mirada.
—La reina Rimeyah se aseguró de que todas sus Cisnes fuésemos leales. Y también nuestras familias.
El silencio que siguió fue elocuente. Pensaba que Danayher debía seguir la prudencia de su madre.