Alas de escarcha y oro (El canto del cisne 1) Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

Entonces la Maestra apareció y la conversación murió de forma repentina, dejando un ambiente pesado como recuerdo.

Me alegré de que fuese mi nombre el que pronunció, para poder ordenar mis pensamientos sin tenerlas delante.

La mujer hizo un gesto con la cabeza que me invitaba a seguirla y me alisé la falda con dedos temblorosos antes de hacerlo.

Danayher esperaba sentada en un cenador decorado con hojas y flores.

Llevaba el pelo recogido en una larga trenza que le caía sobre el pecho y descansaba sobre la gasa naranja oscura.

Llevaba los ojos dorados delineados en negro, lo que hacía que su mirada felina se intensificara.

—Eira —me saludó.

Que recordase mi nombre me pilló con la guardia baja y trastabillé con una de las piedras decorativas. Para mi fortuna, no hizo ningún comentario al respecto, sino que aguardó hasta que tomé asiento junto a ella. El banco era pequeño y la tela que nos cubría las piernas entró en contacto.

—Hoy vas a tener que tomar decisiones complicadas.

—Me descolocó su sonrisa, como la que esgrimiría un niño que acaba de cometer una travesura—.

Si algo valora una regente de una asistente personal es su consejo.

Supongamos que durante mi reinado se me planteara una situación ante la que tuviera muchas dudas y requiriera tu opinión.

Querría sinceridad, valentía para decir algo impopular y habilidad para encontrar el equilibrio entre la verdad y la diplomacia.

—Alzó las cejas y me observó con atención—. ¿Lo has entendido?

—Sí.

—Bien. Un general brillante ha liderado batallas que nadie más en su cargo habría ganado.

El ejército lo idolatra, pero en realidad conspira contra la Corona.

Si lo destituyera, el ejército se fracturaría.

Si lo ejecutara, habría sublevaciones. Si lo mantuviera, tendría un traidor al trono en una posición de poder.

—Danayher apoyó la barbilla en la palma de la mano y tamborileó con los dedos sobre sus labios, atrayendo mi atención hacia ellos—. ¿Qué harías?

—Lo mantendría donde está —las cejas de la princesa se elevaron por la sorpresa—, pero me encargaría de que dejase de ser imprescindible.

Entrecerró los ojos.

—¿Cómo? Una espada sigue teniendo filo, aunque se le quite el mango.

—Fragmentaría su red de apoyos, ascendiendo a subordinados directos y reasignando a sus hombres más fieles lejos de su mando. H aría que sus decisiones pasasen por filtros cada vez más densos.

Danayher frunció el ceño.

—¿Y si atacara antes de quedarse aislado?

—Lo haría sin apoyos cercanos, sin una justificación clara ni un relato de héroe traicionado.

La princesa volvió a mostrar aquella sonrisa divertida.

—Quizá hacerte una pregunta militar no ha sido muy justo por mi parte. Si alguien podría responderla, es la hija adoptiva del antiguo líder de los ejércitos de Aesnovar. —¿Era eso un halago? ¿Le había agradado mi respuesta?—. Lamento tu pérdida. ¿Cómo lo llamaban allí?

—Máximo Ejecutor del Brazo Imperial.

Danayher se reclinó en su asiento con satisfacción y colocó las manos en el regazo.

—Vale, vamos a probar con otro supuesto, para hacerlo más equitativo hacia tus competidoras.

—«Competidoras», no «compañeras»—. Un hombre corriente presencia una negociación secreta entre la Corona y una facción extranjera.

No es traición, más bien diplomacia sucia.

Un acuerdo que reportaría algún beneficio significativo para el reino, pero que, de hacerse público, supondría una fractura.

No podría comprar su silencio sin crear un precedente, exiliarlo sería insuficiente y matarlo atraería preguntas indeseadas; si ya le hubiera contado lo sucedido a alguien, su muerte podría incluso convertirlo en un símbolo. ¿Qué harías?

Para esa respuesta, me tomé más tiempo, no por duda, sino porque cuando por fin hablase quería tener todas las piezas dispuestas.

—Lo primero sería despojarlo de su credibilidad y para ello habría que convertirlo en culpable.

—Danayher enarcó una ceja—. Le atribuiría un crimen relacionado con su peor vicio conocido.

Le juzgaría sin prisa, con un proceso impecable que nadie pudiera tildar de irregular.

Un mártir inspira. Un preso olvidado, no.

Si en alguna parte del proceso se decidiera a hablar, ya no sería un testigo, sino un culpable intentando negociar su libertad.

—¿Y si estuviéramos ante una persona intachable?

Se me escapó una pequeña sonrisa.

—Ese sería el mejor escenario. No hay nada que cause más satisfacción que confirmar que aquel al que envidiaban por su perfección pertenecía en realidad a la peor calaña.

Danayher permaneció en silencio tiempo después de que se me hubiera extinguido la voz. Me observaba con atención, como si fuese un animal exótico al que no había tenido ocasión de contemplar antes.

—¿Podrías dormir sabiendo que le robaste la vida a un inocente?

Le sostuve la mirada.

—Si con eso evitase una fractura del reino, sí. Podría dormir porque nadie más sabría que es inocente.

Cualquier rastro de sonrisa había desaparecido y también la comodidad con la que se había recostado contra el respaldo.

—No sé si admirar tu implacabilidad o temerla. —Sus ojos dorados apenas parpadearon—. Ha sido un placer, Eira. Dile a la Maestra de Aspirantes que llame a la siguiente, por favor.

Pensé mucho en aquella interacción. La repetí en mi cabeza incansables veces; barajé qué otras respuestas podría haber dado e intenté analizar qué había de errónea en la que había elegido , si es que lo había sido.

No estaba segura de si le había disgustado la propuesta en sí misma o la frialdad del análisis, pero la última vez que me había dejado llevar por mis emociones había acabado insultando a la difunta reina.

No entendía qué se esperaba de mí, aunque empezaba a dudar que fuera sinceridad, por más que todos se empeñasen en decir lo contrario.

Sin embargo, una de las aspirantes enunció ese atributo esa noche cuando, antes de dirigirnos a nuestros aposentos para acostarnos, la Maestra nos preguntó cuál considerábamos que era la virtud más valiosa para una asistente real.

—La princesa necesita a su lado una presencia fuerte —había dicho—, no alguien dócil que reduzca su valor a la adulación.

Palabras como honor, lealtad, inteligencia y educación se repitieron, pero todas sonaban igual de vacías que el cascarón de una nuez.

—Libertad —dije cuando llegó mi turno.

Porque aquello era lo que separaba a una cortesana de una Mariposa.

Aquel día lo había comprobado. Danayher había propuesto como prueba una petición de consejo, presentándolo como un escenario que no solo era viable, sino que podría volverse común.

Dudaba que la opinión de cualquier noble fuese tenida en la misma consideración, ni que se pudiera hablar con la misma llaneza.

—Una cosa es el libre albedrío y otra la desobediencia —me advirtió entonces la Maestra, que con el resto de las respuestas se había limitado a asentir—, y es muy fácil confundir una con otra. Los deseos de la futura reina siempre estarán por encima de los tuyos propios.

Sentí el peso de aquella frase, amable pero afilada, y cuando me acosté, sus palabras me persiguieron igual que las de Danayher. Habría podido dormir sabiendo que había condenado a un inocente porque había aprendido que no se debía regalar la clemencia.

En uno de los inviernos más duros que viví en Aesnovar, incluso algunas cosechas de los invernaderos se habían congelado y había comenzado el racionamiento.

Mi padre adoptivo descubrió que había estado robando comida para dársela a una de las lavanderas, que se había quedado embarazada de un soldado.

Yo era demasiado pequeña para entender las implicaciones, pero había escuchado a otras doncellas comentar que, cuando no pudiese ocultarlo con los ropajes, la echarían.

Eso me causó lástima, así que quise ayudar.

Mi padre no la delató, pero sí me sacó al exterior, a la zona de pantanos donde el ejército enterraba a sus muertos.

Aquel día, el agua estaba congelada, pero los cuervos seguían revoloteando sobre las cruces de madera.

Extendió la mano, con pequeños trozos de carne cruda en la palma.

Un par de aves se acercaron, primero con cobardía, luego con avidez.

Me sorprendió que se mantuviese firme, que no apartase la mano hasta que lo inevitable sucedió.

Cuando los pedazos se terminaron, uno de los cuervos clavó el pico con un movimiento rápido y preciso que le desgarró la piel. Retrocedí al ver la sangre.

—Si les das compasión —me dijo con aquel tono profundo que utilizaba en mis lecciones—, te arrancarán los ojos. ¿Quieres morir como murieron tus padres?

Pensé también en Silas y en su carta, que terminaría de leer y contestaría sin falta al día siguiente. «El frío solo vence a quien se detiene». En aquel palacio, hasta el tiempo parecía haberlo hecho. De ello se encargaban incluso sus dioses.

Por suerte, el frío nunca había sido mi enemigo.