Capítulo 6
L a comida era el momento en que las aspirantes recibían su correspondencia.
Hacía días que la esperanza de no ser la única que no contase con seres queridos se había esfumado.
Ya ni siquiera resultaba amargo. Me había acostumbrado a centrarme en mi plato, perdida en mis pensamientos hasta que se iniciaba una conversación a la que poder asistir en silencio.
Mi siguiente bocado se vio interrumpido por un sirviente, que depositó un sobre junto a mi servilleta. El primer impulso fue volverme para comunicarle su error; sin embargo, vi mi nombre escrito en él.
Eira del Estandarte Kestrel.
La comida que había ingerido se me removió en el estómago cuando imaginé quién podría ser el remitente.
Irme a Eakheral debería haberme alejado de su influencia, pero bien sabía que sus garras podían extenderse lejos y alcanzarme si así lo deseaba.
Nada escapaba de la voluntad del Gran Príncipe de Aesnovar.
Abrí el sobre con una agitación que atrajo algunas miradas, rompiendo el papel sin detenerme a usar un abrecartas. Mi mirada saltó disparada al final del texto, donde la firma revelaba qué mano la había redactado.
Silas Drask.
Había esperado extrañarle más, pero la nueva rutina de la Corte Cisne había engullido cualquier recuerdo suyo, sustituyéndolo por las necesidades más inmediatas: mantener mi puesto en la competición.
Tras leer su nombre, sin embargo, mi mente evocó sus ojos azul oscuro, abiertos con horror al conocer los planes que el Emperador había dispuesto para mí.
Esa noche, en la que había conseguido escabullirme hasta encontrar el puesto que ocupaba durante su ronda nocturna, se expuso al castigo que supondría que alguien lo descubriera abrazándome.
Sus gestos de cariño siempre me habían resultado cálidos y reconfortantes, pero aquel adquirió un matiz diferenciador.
No era amor y consuelo lo que regalaba, sino premura y dolor.
El que provocaba ver arder cualquier oportunidad de cumplir ese futuro juntos que me había prometido en mis peores momentos, cuando las únicas palabras que me ofrecían alivio eran las que sugerían huir del Imperio.
Sabía que Silas se había alegrado de que pudiera escapar de ese tormento, pero también que le destrozaba que fuese lejos de él.
El Gran Príncipe también era consciente, por supuesto, y se encargó de que fuese parte de la escolta que me acompañó hasta las murallas de la capital.
Lo suficiente como para experimentar el sufrimiento de verme partir, pero no el consuelo de compartir los días de viaje.
«El frío solo vence a quien se detiene», había susurrado con una sonrisa la mañana en que nos separamos, recordando la frase que le había repetido mi padre cuando había sido uno de los reclutas a su cargo.
«Eso intento, padre», me dije mientras mis ojos caminaban, esta vez con calma, al inicio de la carta.
Querida Eira. No escribo por urgencia, solo por costumbre. Resulta extraño llevar tanto tiempo sin saber de ti y a la Corte Imperial le gustaría saber cómo estás.
Torcí el gesto ante aquella forma de enunciarlo. Dudaba que a alguien aparte de Silas le preocupase mi bienestar.
¿Reconoces tus días en aquel reino de sol y arena? ¿Es buena la comida? ¿Congenias con tus compañeras?
La palabra «compañeras» me hizo volver a detener mi lectura. Nunca las había visto de esa forma. Rivales, obstáculos, oponentes, adversarias. ¿Pero compañeras? Si decía eso, era porque no sabía que Danayher solo elegiría a una. En cambio, yo lo tenía muy presente.
Espero que la princesa pueda ver las virtudes que guardas y encuentre en ti alguien digno de su confianza. Aprovecho esta carta para trasladarte el interés del Imperio en conocer tus avances en la selección.
¿Por qué debería importarles si era o no elegida? No me cabía duda de que tras aquella misiva se encontraba el Gran Príncipe y eso hacía que quisiera hacer lo posible por frustrar sus deseos.
—¡¿Quién ha sido?!
Las puertas se agitaron sobre sus goznes.
Desistí de intentar continuar mi lectura al ver que los ojos verdes de Empatía estaban desorbitados.
Recorrieron la mesa, se posaron en cada una de nosotras y repitió la pregunta deteniéndose en cada palabra.
Obediencia se puso en pie. Pese a que tras los cristales de sus gafas podía apreciarse la preocupación, no hizo ademán de acercarse.
Fue la Maestra de Aspirantes quien caminó hacia ella, visiblemente molesta por la falta de modales.
—¿Qué ocurre?
—Al volver a mis aposentos he encontrado mi tocador destrozado.
—La voz le temblaba, pero, para mi sorpresa, no era por agitación o por nervios.
Era pura rabia—. Los frascos estaban rotos; su contenido, derramado.
Han tirado algunas de mis joyas al suelo, hecho jirones los vestidos.
—Se detuvo para realizar varias respiraciones, con las manos formando firmes puños—.
Y había un mensaje desagradable escrito en el espejo.
Eso pareció captar la atención de la Maestra.
—¿Qué mensaje?
—Preferiría no repetir esas palabras.
La preocupación cavó pequeñas zanjas en la frente de la Maestra.
—¿Qué mensaje?
Empatía cuadró la mandíbula, elevando la barbilla con orgullo.
—«Las traidoras no tienen lugar aquí».
La larga melena negra de la muchacha ondeó a su espalda cuando la Maestra de Aspirantes la cogió del brazo, casi arrastrándola hacia la salida.
La sala se llenó de una curiosidad burbujeante, pero había tres candidatas que no participaron en las conversaciones y solo intercambiaron miradas.
Las tres tenían algo en común: habían nacido en Eakheral, igual que Empatía.
En otras circunstancias, quizá su nivel de alteración la habría eximido de participar en la lección de la tarde, pero ese día tendríamos nuestra segunda prueba.
Nos condujeron a unos pequeños bancos de piedra en los jardines donde esperar nuestro turno.
Allí el verdor no abundaba, sino que estaba estratégicamente colocado, formando trazados geométricos combinados con franjas de arena que reflejaban la luz como metal pálido.
El agua discurría en canales estrechos, casi escondidos, refrescando los pétalos rosas y azulados que salpicaban los arbustos bajos.
Suponía un contraste con los invernaderos abovedados de Aesnovar, donde la tierra era fértil y olvidaba la nieve que en el exterior cubría cada árbol y congelaba cada flor.
Al principio, la conversación se centró en lo que había ocurrido en los aposentos de Empatía, pero su perpetua amabilidad no parecía ser enemiga de la contundencia y dejó claro que solo hablaría del tema con la Maestra.
—He oído al servicio comentar que hoy la princesa estaba de muy buen humor —dijo entonces con un exagerado tono alegre, aunque sin dejar de toquetearse las uñas en el regazo—. Ojalá sea cierto. Estas pruebas me ponen de los nervios.
—Es muy posible que lo esté —intervino Perfeccionismo mientras se enrollaba en el dedo índice uno de sus tirabuzones rubios—. Es el efecto que causa la buena compañía.
—¿A qué te refieres? —preguntó Ambición inclinándose hacia delante para poder mirarla a la cara. Su pelo cobrizo le cayó en cascada a un lado de la cara—. ¿Has visto a la princesa hoy?
—Ayer.
—¿A solas? ¡¿Cómo?!
Perfeccionismo soltó una risita breve.
—Nos cruzamos cuando volvía a mis aposentos. Tuvimos una amena conversación.
Sus palabras atrajeron la atención de más aspirantes. Sentí un pellizco en el estómago, como si una bestia hubiese decidido darle un mordisco. Parecía evidente que algunas aspirantes comenzaban a despuntar, y yo estaba condenada a quedarme rezagada.
—Una situación así no se da por casualidad. Con el resto no ha tenido un momento a solas. —Empatía miró a su alrededor, buscando en nuestras caras una confirmación—. ¿O sí?
—A mí no me parece tan extraño. —Perfeccionismo se tomó un momento, como si midiera cuánto decir—. La princesa me confesó que prefiere la compañía de las mujeres.
—Eso se dice de muchas mujeres poderosas. —Ambición puso los ojos en blanco—. Por eso busca a una como Mariposa, pero eso no explica…
—No me refiero a eso. Las prefiere en todos los ámbitos.
—¿Eso lo sabes o lo supones?
—Ella misma lo dijo. —Levantó la barbilla, como si la simple duda le ofendiese—. Y antes de que lo preguntéis, no buscaba aprobación. Solo lealtad.
Sin mediar palabra, Obediencia se puso en pie. Empatía siguió con la mirada su camino hacia otro banco, donde un grupo de aspirantes charlaban ajenas a nuestra conversación.
—¿En qué contexto alguien… confía algo así? —inquirió otra de las candidatas, cuya mejilla estaba cubierta por una mancha que parecía formar un mapa propio.
—En un intercambio donde quedó claro que las presencias masculinas no son bienvenidas en ciertos espacios, ni ahora ni nunca. Cuando insistí, por dudas de protocolo, me corrigió.
—¿Cómo te corrigió? —quiso saber Empatía con sus ojos verdes muy abiertos.
Perfeccionismo parecía profundamente satisfecha por la pregunta. Sonrió de lado y elevó el dedo índice mientras citaba a la princesa.
—Dijo: «No me interesan; ni como pasatiempo ni como consortes.
Y no es una cuestión abierta a debate político».
—Varias aspirantes ahogaron gritos, pero Perfeccionismo prosiguió como si no las hubiese escuchado—: Me pareció auténtico.
Propio de quien decide no fingir, aunque el mundo exija una farsa.
Mi corazón se saltó un latido, como si quisiera comulgar con el silencio que reinó de pronto. Ambición fue la única que se atrevió a romperlo:
—Entonces ¿creéis que alguna de nosotras…?
—No. —Su tono no dejó opción a réplica—. No fue una invitación.
—Pero cambia muchas cosas.
—No cambia nada. Nosotras estamos a su servicio y ella no va a vernos de una forma diferente a eso. Por supuesto, si para alguna supone algún impedimento, siempre puede renunciar. —La forma en que sonrió me provocó un escalofrío—. Nos facilitaría las cosas al resto.