Alas de escarcha y oro (El canto del cisne 1) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

La escasa información que nos habían proporcionado en el manuscrito había revelado una religión confusa, con dioses que no contaban con una apariencia animal o humana, sino que constituían patrones de acción del mundo; con influencia directa en el comportamiento de la sociedad cuando se encontraban en «Presencia».

Los dividían en cuatro categorías: los dioses del Pulso, que presidían aquello que era mutable e inestable; de la Trama, que regulaban lo que perduraba, como las estructuras, las jerarquías y las narrativas; del Eco, que se manifestaban cuando la realidad devolvía aquello que había recibido, y los del Umbral, que aparecían en los cambios de fase.

Al consultar mis notas, vi que Savor pertenecía a este último grupo.

—Savor es el Cruce Mudo, donde nadie elige un camino ni expresa con claridad lo que de verdad importa —continuó el Ajustador con tono reverente—. Bajo su influjo, la historia toma una bifurcación casi imperceptible, donde las acciones mínimas se vuelven definitivas.

—Por ejemplo, el Consejo se niega a tomar decisiones críticas cuando Savor está en Presencia —intervino Danayher—.

Nadie habla de lo que en realidad teme. Los rumores existen, pero no se verbalizan por completo.

Los conflictos no estallan, pero hierven.

—El Ajustador se volvió hacia ella y su ceño fruncido dejaba claro que no estaba de acuerdo con las explicaciones mundanas de la princesa, que distaban del misticismo e intriga de su sermón—. Savor no enfrenta ni une: petrifica.

El intérprete de una de las aspirantes levantó la mano. El gesto salió torpe, casi incompleto.

—Mi señora pregunta si la candidata elegida deberá convertirse. Su religión tiene… discrepancias con la de este reino.

La palabra «convertirse» quedó suspendida en el aire. El Ajustador observó a la muchacha sin pestañear. Ella bajó la mirada y se toqueteó el borde de la manga con dedos tensos.

—Interesante pregunta.

Durante unos instantes, no añadió nada. La frase quedó abierta, una grieta donde las suposiciones podían colarse.

—Nuestra religión no requiere de una conversión.

Nosotros no oramos a los dioses: los reconocemos.

Siempre que se acate el comportamiento que requiere el dios en Presencia, no entrará en conflicto con otras creencias.

—La aspirante pareció soltar el aire que había estado reteniendo, pero el Ajustador no había terminado—: En cuanto a esas «discrepancias» —pronunció la palabra con sorna— lo relevante son las respuestas a ciertas preguntas.

Si vuestra fe entrase en conflicto con una orden directa de la princesa, ¿la obedeceríais de igual forma?

¿Aceptaríais participar en un rito de la Corona que contradice uno de vuestra infancia?

¿Podríais servir a un dios de nuestra fe si sentís que traicionáis la vuestra?

Cuando su voz cesó, el silencio fue denso. Una respuesta diferente al sí para todas esas cuestiones nos impediría convertirnos en la Mariposa de la princesa.

En Aesnovar la única figura que se idolatraba era la del Emperador, de modo que la ausencia de deidades se suplía honrando la concepción de las Tres Voces: piel, que negociaba con el mundo visible; sangre, el impulso vital, el deseo, la audacia, la ira; y hueso, la memoria profunda, la responsabilidad, la continuidad.

En una sociedad que ensalzaba la armonía, el peor pecado era el desequilibrio.

Un exceso de piel llevaba a superficialidad y manipulación; un exceso de sangre, a la temeridad, y un exceso de hueso, a la rigidez e incapacidad de cambio.

Incluso en el caso de haber sido creyente, no habría supuesto ningún conflicto; pero yo no tenía a nadie a quien adorar.

Prefería la ausencia al peso de una fe que no prometía justicia.

—No. No puedo —dijo entonces la aspirante, cargando el idioma de Eakheral con su acento.

No conocía demasiado del Reino Lacustre de Loryss, del que ella provenía. Húmedo, brumoso, con ciudades construidas sobre pilotes. Pero todos conocían su rasgo más distintivo: una religión íntimamente relacionada con la magia del agua. Para ellos, era sagrada.

—Entonces, me temo que deberéis abandonar la Corte Cisne al alba.

Los murmullos se extendieron como una chispa entre la hierba seca. Solo cesaron cuando Danayher se volvió hacia aquel hombre con la mirada igual de encendida.

—No. No voy a expulsar a una de mis aspirantes solo por no querer abrazar nuestra religión.

—Permitidme una observación pastoral. No es peligroso que exista un Negador de Presencia; los dioses siempre han sabido convivir con la imperfección humana .

Lo delicado, alteza, es que el error parezca contar con la protección de la Corona.

Ahí es cuando el reino empieza a preguntarse a quién obedece realmente.

Los labios de Danayher, apretados hasta formar una línea, parecían contener una promesa: la de vengar aquella amenaza velada cuando ascendiera al trono.

—Me iré —dijo con determinación la aspirante cuando su intérprete terminó de transmitirle la discusión.

—Si ese es tu deseo —dijo la princesa en un tono contenido—, se dispondrá vuestra partida mañana. El santuario es pequeño —añadió, rompiendo la agonía—, así que es mejor que paséis en grupos de tres. —Devolvió la mirada a la aspirante—. Puedes visitarlo con el resto, si te complace.

Cuando me llegó el turno de entrar, encontré paredes lisas, sin adornos ni artificios, y un suelo reluciente en el que había dibujadas dos líneas negras que lo atravesaban de un lado a otro sin tocarse.

En el centro había una mesa tallada en madera, sobre la que se encontraban un cuenco volcado boca abajo, un quemador y dos vasijas con un contenido granulado.

Me acerqué a ellas llena de curiosidad. De la primera surgía un aroma suave que me recordó al olor que envolvía la lavandería cuando la ropa estaba tendida.

Me volví hacia el otro recipiente y entonces sentí un tirón en el hombro que me hizo retroceder un paso.

—Ese incienso no es para cualquiera —dijo el Ajustador con hosquedad—. Está reservado para…

Se detuvo al ver que Danayher cogía la vasija entre las manos con el rostro carente de emoción. No había ninguna solemnidad en su gesto ni una reverencia ritual cuando me la tendió.

—Huele.

No tuve ocasión de obedecer, ni siquiera de dudar acerca de si debía hacerlo.

—Alteza, no puede. Ese incienso es sagrado. Solo la familia real…

—Puede —le interrumpió—. Si despierta su curiosidad, el conocimiento le pertenece. —Enseñó los dientes en una sonrisa dulce y cargó la voz de cinismo cuando siguió—: ¿Cómo van estas jóvenes a interesarse por nuestra religión si lo primero que les enseñamos son restricciones?

—Las restricciones forman parte de la fe. No existen para negar al creyente, sino para asegurar que cada paso que dé esté dentro de los límites que los dioses han trazado.

—Nuestros dioses no distinguen entre familia real y vulgo, y ninguno de ellos ha determinado qué símbolos se reservan para cada uno.

—Los iris, que hacía un instante habían evocado la calidez líquida de la miel, se le habían solidificado—.

Así que nadie tiene la potestad de hacerlo. Ni siquiera usted.

El hombre retrocedió, como si hubiese recibido un empujón; sus facciones contraídas por el horror.

Durante mi vida, había aprendido la importancia de evadir el conflicto. Tuve que controlarme para no entrar en pánico cuando la incomodidad que se había quedado suspendida en el aire me golpeó como una bofetada.

—Huele —repitió Danayher volviendo a acercar la vasija a mi cara.

No dudé en cumplir la orden, aunque lo hiciese temblando como las hojas a la llegada del invierno.