Capítulo 5
L a Maestra me estaba esperando en la puerta de la sala donde desayunábamos cada día.
—Eira, quería hablar contigo acerca de un asunto delicado. Si me acompañas.
Con un gesto de la mano, me invitó a seguirla en silencio, hasta girar en una esquina que daba a un pasillo vacío, lejos de los oídos del resto de aspirantes.
Agradecí su discreción, pues ya sabía el tema que quería tratar.
Noté una punzada de dolor en las heridas de la espalda, como si hubieran sentido un arrebato de culpabilidad.
En la Corte Imperial de Aesnovar, había encontrado la forma de escabullirme a la lavandería.
Había terminado entablando una buena relación con las doncellas, que no pusieron nunca objeción a que lavase mis prendas allí.
Aunque no me habían pasado desapercibidas sus miradas de curiosidad y cuchicheos, nunca me habían exigido una explicación.
A veces, en el escalafón más bajo se encontraban mayor educación y decoro que entre los nobles que hablaban con lenguas de oro.
A raíz del registro en el que habían encontrado los paños, había decidido guardarlos en el interior de la caja de madera que había traído entre mis pertenencias.
Se trataba del lugar más seguro de mi dormitorio, pues el Gran Príncipe se había asegurado de mantener mis tormentos personales a buen recaudo.
La caja solo respondía a las manos adecuadas, aquellas que supieran encontrar el mecanismo que la abría.
—Durante el registro de tus aposentos en busca de los pendientes robados, se reportó la existencia de unos paños manchados con sangre seca —declaró la Maestra—. ¿Serías tan amable de explicarme su procedencia? Si se trata de tu menstruación, has de dejarlos con el resto de ropa usada.
Había tenido tiempo para decidir qué iba a decir. Mi padre me había enseñado que rara vez había que recurrir a la franqueza, y no iba a contradecirle en esta ocasión; no obstante, también había aprendido de la experiencia que las mentiras eran más duraderas cuando se aproximaban a la verdad.
—Me hice un rasguño. Aún está curando, pero hasta entonces quería evitar ensuciar los vestidos.
La frente de la Maestra se llenó de arrugas cuando frunció el ceño.
—¿Necesitas que el sanador real te examine la herida? Las infecciones son peligrosas.
—No, no se preocupe. —Mostré una sonrisa sin dientes, aunque, a juzgar por cómo se le intensificó el ceño, no debió de resultar convincente—. Es pequeña.
—En ese caso, ve a ver a Milenka. Se encarga de elaborar los remedios naturales en el palacio. Pregunta al servicio dónde encontrarla y vuelve al desayuno lo antes posible.
A diferencia de la anciana que había imaginado, Milenka resultó ser una joven de pelo rizado que se ensortijaba alrededor de la cabeza como si fuese una nube. En cuanto la vi titubear en un simple saludo, supe que podría salirme con la mía.
—¿P-podría examinar l-la herida? —susurró más que preguntó.
Convoqué la sonrisa más dulce de la que era capaz.
—Preferiría no tener que desnudarme, si no es inconveniente. Es un simple arañazo en la espalda, me lo hice con el pico de una mesa de madera.
—P-por supuesto.
Sin decir nada más, se volvió hacia su escritorio y comenzó a seleccionar distintos frascos etiquetados con pulcritud de uno de los estantes que cubrían las paredes.
Mientras pesaba los ingredientes en una balanza y los machacaba en un mortero, eché un vistazo a la sala de remedios.
Se encontraba en una galería luminosa, cerca de los jardines, donde la luz se filtraba a través de unas pesadas cortinas, revelando las partículas aromáticas que flotaban sobre las mesas.
Del techo pendían flores secas, cortezas y tallos; en uno de los laterales, el fuego de un brasero soltaba pavesas que iluminaban una mesa baja llena de libros antiguos abiertos por páginas manchadas de tinturas.
Pese a que el lugar estaba bien ventilado, el olor a resina y humo era penetrante y me encontré luchando por dar la siguiente bocanada. Agradecí que Milenka se volviese rápido hacia mí, con un tarro de cristal entre las manos que contenía una pasta de un color ocre verdoso.
—Es una cataplasma de alhárida, resina de sombra y arcilla. —La voz no le vaciló esta vez—. Debería calmar el dolor y proteger la herida incluso de la arena.
Tras un agradecimiento y una sonrisa, eché a correr en cuanto salí de su campo de visión.
Las miradas de los sirvientes que atraje por mi falta de decoro no fueron recompensadas, pues, para cuando llegué a la Sala de Aspirantes, ya estaban saliendo entre pequeñas conversaciones, lo que me dejó caminando hacia la primera lección del día en ayunas.
Comprendí la importancia que tendría aquella clase en cuanto vi a las aspirantes que aún no dominaban el idioma aparecer con sus intérpretes.
Todas las candidatas extranjeras habíamos sido invitadas a aquella enseñanza sobre Teología, que, a diferencia de otras materias, se impartiría fuera del palacio.
Avanzamos escoltadas por soldados de la Guardia Real, ataviados con una túnica ocre sobre la que llevaban un chaleco de cuero ajustado mediante correas finas y un cinturón ancho del que colgaba una espada curva.
El templo no era un edificio único, sino ocho construcciones conectadas por un patio central.
El agua discurría por elaborados canales y saltaba en chorros que formaban figuras en el aire.
En el poco tiempo que llevaba viviendo en Eakheral, había comprendido que el agua era un recurso valioso y limitado, por lo que aquella era una clara demostración de poder.
Las ocho torres se habían erigido siguiendo diferentes patrones, estilos arquitectónicos y materiales, formando un conjunto armónico pero asimétrico.
Siete de las puertas permanecían cerradas, mientras que la octava dejaba que la luz se escapase por el umbral e iluminase las piedras del suelo y a las dos figuras que aguardaban ante ella.
El nombre de la princesa comenzó a repetirse como un coro entre las aspirantes, que comenzaron a hacer las reverencias pertinentes.
Llevaba un vestido negro que se ataba al cuello con una cadena dorada y, sobre el cabello suelto, un largo velo le caía hasta los pies.
A su lado, un hombre nos observaba en un silencio solemne.
Tenía una cara estrecha, angulosa, de pómulos marcados y una mandíbula firme afeitada con pulcritud.
Los ojos eran demasiado claros para el estándar del reino, de un gris tan aguado que resultaba inquietante.
Vestía varias túnicas superpuestas, de mangas largas pese al calor.
—Bienvenidas al Alto Templo. La clase de hoy será impartida por el Ajustador de Presencias Sorenh —anunció Danayher—. Lleva muchos años al servicio del reino, asegurándose de que las decisiones que se toman para su gobierno no contradicen la voluntad del dios que se encuentra en Presencia.
—Según me ha comunicado la Maestra de Aspirantes —el hombre tomó la palabra de inmediato—, cada una de vosotras ha recibido un manuscrito con información relevante acerca de nuestras deidades.
La candidata de rostro severo y gafas de medialuna, Obediencia, dio un paso adelante, separándose del grupo. No fue capaz de despegar la mirada del suelo cuando habló:
—Yo no he logrado encontrar mi manuscrito. Lo dejé en mi puesto en la biblioteca, pero cuando fui a buscarlo ya no estaba. No sé si alguien —hizo una pausa demasiado larga, durante la cual se retorció las manos— ha podido cogerlo por error.
Los ojos dorados de Danayher siguieron el movimiento de la aspirante que siempre llevaba un lazo en el pelo: Ambición.
En esta ocasión, no parecía tan convencida de culpar a las doncellas como lo había estado con el robo de los pendientes, sino que comentó en un tono lo suficientemente alto como para que todos lo escucháramos:
—Podemos compartir mis notas para la clase, querida.
—Muy amable por tu parte —concedió la princesa con un asentimiento—. Prosiga entonces, Ajustador.
Ambición mostró esa sonrisa satisfecha que tanto la caracterizaba, y trajo a mis pensamientos un recuerdo: esa misma chica dirigiéndose a la biblioteca cuando estaba a punto de cerrar sus puertas.
Podía ser una simple coincidencia, pero la rapidez con la que había dado un paso al frente para ofrecer su generosidad bastó para sembrar en mí una sospecha.
—Los templos de Eakheral constan de ocho santuarios —comenzó el Ajustador.
Tenía una voz potente, que proyectaba sin ninguna dificultad, dejando claro que estaba acostumbrado a hacerse oír—, uno para cada dios de nuestro panteón.
Los que pertenecen a los dioses que se encuentran en Letargo se mantienen cerrados y en plena oscuridad.
Solo el dios que los Cronistas de Ciclo han determinado en Presencia puede ser reconocido, y su santuario es el único que permanece iluminado y accesible.
—Se giró hacia la puerta abierta a su espalda—.
Este es el de Savor. Ahora mismo nos encontramos bajo su influencia.
Aunque algunas de las torres resultaban llamativas por sus ligeras inclinaciones, sus cúpulas translúcidas, los relieves grabados o los muros curvados, la pequeña construcción que teníamos ante nosotras se asemejaba a un cubo de piedra lisa, sobria, sin adornos; apenas un pequeño reflejo en el mármol pulido.