Alas de escarcha y oro (El canto del cisne 1) Capítulo 4
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Capítulo 4

L a primera vez que vi a mi padre torturar a un hombre tenía ocho años.

No lo recuerdo por la sangre. Tampoco por los gritos. En Aesnovar ambas cosas terminaban filtrándose en la rutina con demasiada facilidad como para conservar su capacidad de conmoción.

Lo recuerdo por el silencio que siguió después.

Había bajado a las galerías inferiores buscándolo.

Una tormenta había comenzado a descargarse sobre el castillo y los truenos hacían vibrar las ventanas de mi dormitorio.

Cuando eso pasaba, él solía arrodillarse a un lado de mi cama y me aseguraba con su voz grave e imponente: «No voy a permitir que nada te haga daño».

De niña, sus palabras todavía servían para permitirme conciliar el sueño y para espantar las pesadillas. Cuando crecí, sin embargo, comprendí que había una persona de la que ni siquiera él podría protegerme.

Los soldados apostados en los corredores solo se apartaron a mi paso cuando me reconocieron. Algunos intentaron advertirme de que no debía continuar, pero ninguno se atrevió realmente a impedírmelo.

El hombre estaba arrodillado cuando llegué.

Tenía las manos atadas a la espalda y el rostro hinchado dificultaba distinguir sus facciones. Había sangre en las losas y también en las mangas oscuras de mi padre, que permanecía frente a él con esa quietud aterradora que siempre precedía a la violencia.

No levantó la voz para continuar con sus amenazas.

Nunca necesitaba hacerlo, aunque eso lo descubrí tiempo después.

El prisionero suplicaba. No entendí todas las palabras.

Solo fragmentos atropellados sobre hijos, hambre y una orden incumplida.

Mi padre desenvainó el arma con un movimiento limpio.

El sonido del metal provocó que el hombre empezara a llorar.

Las rendijas que le quedaban por ojos entre toda aquella carne magullada se clavaron en mí.

—Niña. —Su voz sonó desgarrada—. Niña, ayúdame.

Entonces mi padre giró la cabeza y me vio.

Recuerdo el instante exacto en que le cambió la expresión. Se desprendió de aquella frialdad insoportable; se le suavizó la mirada.

—No te dirijas a ella —escupió entre dientes sin siquiera mirarlo.

Soltó el arma y el acero golpeó el suelo con un sonido seco, igual que había sucedido el día en que me conoció.

Creí que iba a reprenderme; en cambio, se arrodilló frente a mí y se quitó los guantes para apartar un mechón de pelo que se me había pegado a la mejilla.

—No deberías estar despierta a estas horas.

Lo dijo con voz tranquila. Tanto que costaba reconciliarla con el hombre que acababa de condenar a alguien sin alterar siquiera la respiración.

No fui capaz de apartar la mirada del prisionero. Otro de los soldados se había acercado a recoger la espada que mi padre había dejado olvidada y los gritos se habían reactivado.

Mi padre alzó una mano y me cubrió los ojos antes de que pudiera ver qué ocurría después. Escuché las súplicas. También el sonido de la hoja cortando el aire. Y entonces un golpe seco.

La palma era grande y cálida contra mi rostro. Olía a hierro.

—Ya está —murmuró con voz suave.

Cuando retiró la mano, los soldados evitaron mirarme directamente. El cuerpo había desaparecido. Solo quedaba la sangre extendiéndose lentamente entre las juntas de piedra.

Mi padre se puso en pie y me tomó en brazos como si aún fuese lo bastante pequeña para ello.

Los soldados agacharon la cabeza a nuestro paso.

Recuerdo haberle apoyado la cabeza contra el hombro mientras abandonábamos las galerías.

Incluso cubierta por el olor metálico de una muerte reciente, lo único que fui capaz de sentir al rodearle el cuello con los brazos fue seguridad.

La certeza de que ningún horror me alcanzaría mientras él siguiera en pie.

Esa certeza había desaparecido.

Apenas había podido llorar su muerte. El luto requería quietud y mi vida no había dejado de arder el tiempo suficiente para concedérmela.

La supervivencia había ocupado cada espacio que el duelo intentaba reclamar, y solo me quedaba aprender a moverme alrededor del vacío que aquel hombre había dejado.

A vivir en un mundo donde él ya no existía.

A enfrentar la crueldad sin que él me cubriera los ojos.

A vencer los miedos sin que él se arrodillara junto a mi cama.

* * *

—A mí me encanta la improvisación —comentó al día siguiente la chica del pelo cobrizo, a la que en mi mente había empezado a llamar «Ambición»—. Mi madre siempre decía que vivir en una isla volcánica enseña a decidir rápido. Cuando la tierra tiembla, no hay tiempo para dudar.

No conocía mucho del reino insular de Hanyu-So, de donde ella provenía, más allá de que consistía en un archipiélago de origen volcánico caracterizado por sus puertos estratégicos, su cortesía rígida y su arte del duelo.

Esa mañana habíamos tenido una lección de acompañamiento. Habíamos practicado cuándo debíamos colocarnos a cada lado, cuándo acercarnos o alejarnos y cuándo hablar o mantener silencio. Una actividad que había requerido de una espontaneidad que para algunas había sido un contratiempo.

—Yo la odio —intervino Perfeccionismo—. En Vhalérium nos enseñan justo lo contrario: nada valioso nace de la prisa.

De Vhalérium conocía algo más, debido a su proximidad al Imperio.

Era un reino pequeño, formado por una única ciudad construida sobre terrazas de mármol blanco.

Todo en él era un exceso refinado: academias de dicción, concursos de etiqueta, arquitectura ornamental y una aristocracia cuya mejor arma era la sutileza.

Aunque yo no sentía ni el orgullo ni la añoranza que llevaba a una persona a hablar de su hogar, a las demás les encantaba hacerlo.

Lo convertían en una especie de competición donde, entre sonrisas y comentarios de falso interés, intentaban que sus lugares de origen resultasen los más interesantes, estrictos, exigentes o despiadados, lo cual ayudaba a entender cuáles eran las cualidades que cada una consideraba más valiosas.

Yo prefería escuchar sus intercambios en silencio, sin establecer un contacto visual que pudiera llevarlas a intentar que me uniera, y con ello descubrí que las había subestimado.

Esa cordialidad era una herramienta para conocer más sobre el resto y evaluarlas.

No buscaban amigas: medían a sus contrincantes.

Aunque siempre había excepciones, como Empatía.

Ella observaba el mundo con unos ojos verdes llenos de bondad e inocencia.

—Supongo que todo depende de las lecciones que hayas aprendido de niña.

—Los labios de Ambición formaron una sonrisa—.

Las decisiones vienen de lejos, de la tradición y de lo que absorbes en la mente antes de siquiera caminar.

En mis islas, por ejemplo, cuando un bebé nace, se deja un alfanje junto a su cuna. Para acostumbrarlo a su sombra.

—Qué… práctico. —Perfeccionismo se limpió con esmero los dedos en la servilleta antes de atusarse el pelo rubio con nerviosismo—.

De niña, yo debatía con mi tutora qué adverbio era más elegante para una carta de agradecimiento.

—Carraspeó con incomodidad—. Supongo que cada una sobrevivía a su manera.

La otra aspirante respondió a su comentario con una sonrisa comedida.

La diferencia entre ambas era clara y también la pregunta que se había quedado flotando en el aire: ¿qué facultades serían más útiles para la Corte Cisne?

Eakheral era un país guerrero. La propia familia real contaba con formación militar y sin duda un conocimiento en combate podría considerarse valioso.

Sin embargo, el papel de una asistente requería educación, diplomacia y el don de la palabra.

Yo, por desgracia, no encajaba en ninguno de los dos grupos.

Antes de que pudiesen buscar un nuevo tema de conversación, otra aspirante irrumpió en la sala con el ímpetu de un vendaval.

Era menuda y llevaba el pelo cortado a una longitud que solo había visto en hombres.

No había reparado en su ausencia en la mesa hasta entonces, pues solía permanecer en un educado silencio.

En ese momento, sin embargo, parecía muy dispuesta a hablar.

Seguida de su intérprete, se dirigió con decisión a uno de los extremos de la mesa, donde la Maestra de Aspirantes presidía cada comida.

Su enfado, combinado con el escaso conocimiento del idioma, hizo que en su discurso predominasen palabras de su lugar de origen, de las que sí pude capturar dos: «joyas» y «robo».

—Durante las clases de la mañana, alguien ha sustraído unos pendientes de sus aposentos —informó la mujer que acompañaba a la aspirante—. Tienen un alto valor sentimental, de modo que ruega que le sean devueltos.

—Doncellas.

Pese al acento marcado, la palabra fue cristalina.

La Maestra de Aspirantes alternaba la mirada entre una y otra, visiblemente confundida. Algo había cambiado en su expresión al escuchar la palabra «sustraído». No me costaba imaginar que un reino como aquel tuviese leyes duras contra ese tipo de delitos.

—¿Crees que las sirvientas han podido ser las artífices?

Intérprete y aspirante asintieron. A pesar de que no parecía compartir su convencimiento, la Maestra se puso en pie, aún con las cejas arqueadas por la confusión.

—Acompañadme. El resto deberéis permanecer en esta sala hasta que termine el registro.

Fue como si hubieran liberado cientos de abejas de su panal. La orden levantó un murmullo que se extendió como un incendio, envolviendo la sala en un zumbido.

—Es impensable que en este lugar el servicio no sea confiable —comentó Ambición mientras se toqueteaba el lazo con nerviosismo—. En mis islas, a los ladrones se los obliga a sumergir las manos en metal fundido. Si aplicasen ese tipo de medidas aquí, no existirían estos problemas.

—No es de las doncellas de quienes no se fían —respondió Perfeccionismo. Torció los labios en una mueca de fastidio, como si le molestase tener que explicar su hilo de pensamientos—. Si quieren que nos quedemos en esta sala, es porque van a registrar nuestros aposentos.

—¡Eso es ridículo! ¡¿Cómo va a ser una de nosotras la ladrona?!

Elevó el tono lo suficiente como para que las aspirantes más próximas interviniesen, pero yo no fui capaz de seguir el ritmo de la conversación. Un pensamiento predominaba sobre el resto.

Los paños.

No era tan ingenua como para no haber contemplado la posibilidad de que las doncellas abriesen nuestros armarios o baúles y hurgasen en nuestras pertenencias.

Hasta entonces me había encargado de dejar los paños ensangrentados escondidos hasta que tenía ocasión de lavarlos con el agua que me sobraba de mis baños.

Un registro, sin embargo, implicaba una búsqueda exhaustiva en cualquier rincón y recodo.

Iban a encontrarlos y no solo tendría que elaborar una excusa, sino asegurarme de que no encontrasen ninguno más si volvían a registrar mi dormitorio en el futuro.

Cada vez que abandonábamos nuestros aposentos, todos los habitantes del palacio tenían acceso a su interior.

Nuestra intimidad era suya. Y también del resto de aspirantes.

Un claro ejercicio de confianza que no tardamos en descubrir que se había traicionado.

La Maestra de Aspirantes regresó acompañada de la candidata, cuyo pelo corto permitía mostrar unos pendientes de oro con piedras preciosas engastadas que componían la forma de un ojo.

—Me siento profundamente decepcionada. Entiendo que procedéis de lugares con culturas muy variadas, pero en la Corte Cisne no se toleran este tipo de comportamientos.

—Detuvo la mirada en cada uno de nuestros rostros, congelados por la anticipación, hasta que finalmente se centró en uno—.

Los hemos encontrado en uno de los jarrones decorativos de tu dormitorio. Acompáñame, por favor.

Todas las aspirantes nos volvimos hacia la apelada: Obediencia, que parecía la encarnación de la rectitud, con su postura cuidada, el moño tenso e impoluto y unas gafas con forma de medialuna que aseveraban su rostro alargado.

Perdió todo el color de la piel, a salvedad de unos puntitos rosados que le iban cubriendo con lentitud las mejillas como si se tratara de un sarpullido.

—¿Qué? —preguntó con desconcierto. Ni siquiera elevó la voz, presa de la irritación o la ofensa. Más bien parecía aterrada—. Yo no he robado nada. Lo juro. Por favor, tiene que creerme.

La posibilidad de que otra aspirante los hubiese colocado allí para inculparla era una sombra en la estancia que todas parecían querer ignorar. O tal vez no todas, porque, de haber tenido la certeza, no me cabía duda de que la Maestra la habría expulsado en ese mismo instante.

Cuando la mujer consiguió sacar a la muchacha de la habitación entre súplicas, me escabullí. Aquellas escaleras de caracol imposibles me hicieron llegar a la puerta de mi dormitorio entre jadeos. Aunque no suponía una sorpresa, el sobrecogimiento me atenazó de igual forma.

Los paños habían desaparecido.