Capítulo 3
U n golpe seco me hizo abrir los ojos. Venía del corredor.
Agucé el oído. Era el sonido de una puerta sacudida por el viento.
Mi instinto me invitó a apretar los párpados con fuerza y a tratar de volver a conciliar el sueño.
Si algo fuera de lo normal estaba sucediendo, los soldados se encargarían.
Pero el ruido seguía repitiéndose sin que nadie le pusiese remedio, como gotas de agua reverberando en una cueva: rítmico, constante e imposible de ignorar.
Tanteé el suelo, frío como la cencellada, con los pies en busca de mi calzado. A juzgar por la negrura que mostraba el cielo, era bien entrada la madrugada.
Lo primero que noté al abrir la puerta fue que los faroles estaban apagados.
Si algo podía asegurar en el poco tiempo que llevaba allí, era que el pasillo siempre estaba iluminado hasta que amanecía.
No todo era penumbra, sin embargo. La puerta que separaba nuestros dormitorios de la antesala a la Cámara de la Princesa se bamboleaba con el viento fresco y los cristales que la conformaban temblaban peligrosamente cada vez que golpeaba la pared.
Allí el fuego arrojaba luz sobre el espacio que debería estar ocupado por dos guardias.
En su lugar, alumbraba una lanza que habían abandonado en el suelo con descuido. O con prisa.
Me acerqué y sujeté el pomo entre las manos. El pasillo quedó envuelto en un silencio denso que no evocaba calma. Era como si el palacio estuviese conteniendo la respiración.
—Los guardias nunca abandonan su puesto en la puerta de la princesa.
No pude contener el grito ahogado. Por un momento, tardé en reconocer a la aspirante sin el moño tirante coronándole la cabeza.
Unas grandes ojeras se le dibujaban bajo los ojos, normalmente ocultas tras las gafas que siempre llevaba consigo y que en ese momento le colgaban del cuello, sujetas por una cadenita metálica.
—Ni siquiera cuando duerme —añadió para llenar mi mutismo.
Tres campanas sonaron y con ellas se abrieron más puertas.
Cuatro chicas se unieron a nosotras en el pasillo y enseguida se enfrascaron en una discusión sobre la ausencia de los soldados.
Una de ellas juraba haber oído a una doncella decir algo sospechoso, mientras otra aseguraba que había notado algo diferente en el aire.
Solo parecían ponerse de acuerdo en una cosa: todas querían demostrar que tenían algún tipo de control de la situación.
La aparición de una sirvienta temblorosa cargando unas vendas zanjó aquella charla insulsa.
—¡¿Qué pasa?! —preguntó una de las candidatas con voz demandante.
La mujer no se detuvo ni abrió la boca. Salió de la Cámara de la Princesa al trote y se perdió tras la curva al final del pasillo. La aspirante de cabello dorado corrió tras ella, aunque no logró alcanzarla.
—Hay movimiento de más doncellas en las escaleras. Hay manchas secas de barro en el suelo y… —su voz se quebró y tardó un momento en poder recuperarla— gotas de sangre en la barandilla.
Eso bastó para tensarnos a todas. Por instinto, solté el pomo y el sonido que provocó al golpearse de nuevo contra la pared no ayudó a calmar los ánimos.
—Si está sucediendo algo y nosotras actuamos primero, Danayher lo recordará —susurró una de las candidatas, mientras se ajustaba el estúpido lazo en el pelo.
—¿Estás insinuando que vayamos a los aposentos de la princesa? —preguntó con incredulidad la de ojos verdes.
No tenía claro si su afán de protección era genuino o solo pretendía ascender puestos en la escalera que era esa competición, pero la alternativa de volver a nuestros aposentos como si nada hubiera sucedido tampoco me parecía adecuada.
—Los guardias estarán donde se los necesita. —Cuando nos volvimos hacia ella, bajó la mirada y se puso las gafas—. Se nos ha ordenado permanecer en esta zona del palacio por las noches. Debemos volver a nuestros dormitorios.
—Pero es innegable que algo está pasando. —La muchacha rubia había abandonado su posición en el otro extremo del pasillo y se dirigía hacia nosotras con unos pasos decididos que sorprendentemente no despertaron a las demás—. Si Danayher está en peligro, nosotras podemos correr su misma suerte.
—Peligro —repitió una de las aspirantes con voz temblorosa.
No dominaba el idioma, de modo que esa debía de ser una de las pocas palabras que había entendido. Tenía los ojos azules muy abiertos y, en conjunto con su cara pálida llena de pecas y las trenzas pelirrojas medio deshechas, parecía una niña pequeña.
—Habitación. —Hizo un gesto con el brazo como si fuese una barrera—. Puerta.
—¿Qué dice? —preguntó con tono desdeñoso la chica rubia.
Antes de que pudieran responderle, la aspirante pelirroja corrió a su dormitorio y se encerró. Al otro lado, escuchamos lo que parecía un mueble al arrastrarse y eso nos dio las respuestas que necesitábamos.
Aquel acto que unas podrían haber considerado obediencia y otras, como yo, cobardía pareció servir para acelerar los acontecimientos.
Con el lazo de encaje sacudiéndosele con gracia en la cabeza, la chica de pelo cobrizo se adentró en el pequeño vestíbulo que precedía a la Cámara de la Princesa.
Unas suaves cortinas de seda eran todo lo que la separaba de la más profunda intimidad de Danayher y, cuando extendió el brazo para apartarlas, una mano se le cerró en torno a la muñeca.
—No podemos irrumpir en sus aposentos de esta forma.
Como siempre era tan correcta, no había esperado tanta determinación. Las gafas se le torcieron sobre el puente de la nariz cuando la candidata del lazo se zafó de su agarre con brusquedad.
—Prefiero que me castiguen por excederme que por haberla dejado morir.
Y sin más dilación, apartó las cortinas de un solo movimiento.
No había nadie en la antesala; aunque algunos faroles estaban encendidos, en otros solo quedaban unas brasas descuidadas.
No me moví, pero mis ojos viajaron a un escritorio impecable sobre el que descansaban los fragmentos de una copa rota y una mancha carmesí que esperé que fuese vino.
—¡¿Princesa Danayher?!
Esas dos palabras rebotaron con fuerza contra las paredes y, cuando el eco se extinguió, todo lo que quedó por respuesta fue un silencio interrumpido por el coro agitado de nuestras respiraciones.
Por primera vez, me planteé las implicaciones que tendría para mí que algo le hubiese sucedido a Danayher. Sin princesa no habría selección y, sin selección, me obligarían a volver al Imperio de Aesnovar.
La aspirante, que se había adentrado más en la sala, se detuvo junto a la mesa con el ceño fruncido.
—Hay unos sobres con nuestros nombres escritos.
Con un sonido a medio camino entre la risa y la incredulidad, empezó a toquetearlos uno por uno, claramente buscando el suyo.
—Estamos incumpliendo las órdenes que nos han dado. —Sus insistencias habían perdido fuerza. Una pequeña lágrima se deslizó tras el cristal de las gafas—. Deberíamos irnos.
Pese a que ansiaba marcharse, los pies parecían mantenerla allí anclada, incapaz de permanecer ajena a la escena que se desarrollaba ante nosotras.
—Lo que deberíamos hacer es abrirlos. —La aspirante se colocó uno de los tirabuzones rubios, impecables pese a haber estado acostada hacía unos minutos, tras la oreja y se adentró en el interior con pasos calculados.
Cuando estuvo ante el escritorio, cogió uno de los sobres y lo giró entre las manos—.
No negaré que tengo curiosidad por saber qué contiene el mío, pero tenemos una oportunidad perfecta para sacar ventaja.
Vamos a abrir las cartas de las aspirantes que continúan dormidas.
—A su lado, el rostro de la otra candidata se rajó en una sonrisa de satisfacción—.
Así podremos saber qué información contienen.
Y si no debían abrirse, será a ellas a quienes castiguen.
—¡No! —La aspirante a mi izquierda tenía los ojos verdes desorbitados—. ¡Eso no sería justo!
—¿Acaso esperas que esta competición lo sea?
Aquello fue una constatación. No le importaba ensuciarse las manos si al final del día sus acciones inculpaban a otros.
Si bien había que conceder que su propuesta era una buena estrategia, había un problema: yo también quería saber qué contenía mi sobre, aun cuando sospechaba que sería un arma de doble filo y que el precio por satisfacer mi curiosidad podría resultar en una ventaja para mis contrincantes.
Y eso me dejaba con una opción, aunque rompiese mi propósito de no intervenir. Convertí la voz en un susurro apenas audible cuando acerqué los labios a su oreja.
—Si abrimos todos los sobres, no podrán saber quién lo hizo.
Dio un paso atrás y sus ojos verdes se clavaron en mí. Tras un instante de desconcierto, caminó hasta adentrarse en los aposentos de la heredera para intentar captar la atención de las dos aspirantes que ya habían comenzado a abrir los primeros sobres.
—Abrámoslos todos —dijo con un tono poco convincente—. Así sabremos qué dicen los nuestros sin señalar quiénes lo hicieron.
Ambas sonrieron, visiblemente complacidas por esa nueva idea. Antes de que pudieran dar su aprobación, unos zapatos de tacón repiquetearon en el interior de la estancia.
Tras un panel de madera tallada había surgido una silueta. Su figura, alta y esbelta, se movía con una elegancia calculada, y en el rostro ovalado se dibujaba una sonrisa de dientes blancos que no alcanzaba los ojos felinos: dorados y fríos como dos monedas.
Ya había visto a esa mujer antes. Dibujada en un pergamino en el que su nombre se repetía sin cesar.
Danayher.
Su vista fue a descansar en las aspirantes que se encontraban junto al escritorio.
—Qué rápido se olvida la preocupación cuando se tiene la oportunidad de husmear, ¿no creéis?
Su voz era cristalina y su tono, cortante.
Las aspirantes titubearon, asustadas, e hicieron amago de dejar los sobres sobre la superficie de madera, pero la princesa sacudió las manos en el aire con fingida inocencia y las inclinó hacia ellas, en una clara invitación.
—Oh, no, por favor. Continuad. —Al ver que aún pretendían deshacerse de los sobres, añadió con voz aterciopelada—: No era una sugerencia. Compartid con nosotras el contenido de los que llevan vuestros nombres.
Con manos temblorosas, la aspirante de pelo cobrizo extendió la carta con nerviosismo. Su voz sonó ronca cuando la convocó:
—«Tus aspiraciones son fuego sin brasero.
Arden, iluminan un instante… y luego consumen todo lo que tocan.
—Se tocó el lazo blanco, recolocándolo pese a que no se había movido de su sitio.
Continuó deslizando los ojos por las siguientes líneas, pero tardó un momento en verbalizarlas y, cuando lo hizo, fue en un susurro ahogado y apenas audible—.
No fallas por falta de talento, sino por no saber esperar.
Quien corre hacia la cima sin tener en cuenta el precipicio cae antes que el resto».
Alzó la mirada del papel, pero esta vez nos miró a nosotras con el mentón alzado. Danayher la había tachado de ambiciosa, pero había omitido el orgullo.
—Ahora tú.
La aspirante de cabello rubio no tuvo más remedio que obedecer.
—«Crees que la crítica ajena es tu enemiga, cuando en realidad lo es tu propia resistencia a equivocarte.
Usas la excelencia como un escudo y, sin embargo, cada gesto medido pesa más que cualquier error que intentas evitar.
—Apretó con tanta fuerza el papel que los bordes comenzaron a arrugarse—.
Quien teme lo inesperado se convierte en prisionero de su propio cálculo».
Perfeccionismo.
Entonces, Danayher se volvió hacia la aspirante que permanecía envarada junto a la cortina.
La chica que había intercedido por mí en el ejercicio de Historia, mientras Celharine se ensañaba sin ningún reparo.
Se había criado en Eakheral y la princesa conocía su nombre.
Ella misma se ocupó de buscar el sobre que le correspondía.
—Tú también —dijo cuando se lo tendió.
Aquellos ojos verdes parecían a punto de llorar, pero de algún modo consiguió recomponerse para leer sin ninguna emoción aparente:
—«Te deshaces por aliviar las cargas del resto, pero eso no es virtud: es incapacidad para soportar el sufrimiento ajeno. Te entregas tanto que no queda nada de ti para ofrecer. Quien no tolera el dolor acaba siendo dominado por él».
Empatía.
Danayher había decidido no aparecer ante nosotras pese a que llevábamos días durmiendo a solo unos pasos de ella.
Sin embargo, los maestros, las doncellas…
todos habían sido sus ojos y oídos. Le habían mostrado un retrato lo suficientemente detallado como para que pudiera formarse una primera impresión de cuáles eran nuestras mayores debilidades.
Y ella había decidido reflejarlas con una precisión cruel.
No parecía la misma princesa que tantos elogios había recibido en el manuscrito. Cálida, considerada, respetada, gentil. Aquella actitud de hielo estaba fuera de lugar en aquel reino abrasador. ¿Esa era la mujer a la que ansiábamos servir? ¿La mujer en cuyas manos estaba mi vida?
Danayher caminó hacia las dos aspirantes que no habíamos traspasado el umbral; una línea invisible que había cobrado una importancia repentina.
La diferencia entre haber violado la intimidad de la princesa o haberla respetado.
Entre haber priorizado el honor a la indiscreción.
No estaba segura de que no hubiese visto cómo me inclinaba a susurrar a la otra aspirante, pero una parte de mí ansiaba que lo hubiera hecho para saber qué debilidad consideraban que tenía. Si es que solo me achacaba una.
La princesa no me señaló y tampoco a la chica que permanecía unos pasos detrás de mí, aunque yo ya conocía el contenido de su sobre.
Solo tenía que pensar en cómo parecía incapaz de tomar la palabra si no se la invitaba a hablar, en cómo se sentaba con la misma rectitud con la que cada cabello permanecía en aquel moño apretado.
En los ejercicios, sus ojos buscaban a la figura de autoridad, cada acto medido de la forma en que lo hace alguien que está acostumbrada a que la evalúen.
Aquella noche, la simple idea de estar vulnerando las órdenes que habíamos recibido había provocado que se le saltasen las lágrimas.
Sabía que procedía de la Confederación de Kharrûn, donde los clanes nómadas estaban subyugados a estrictos pactos de arena y a una tradición guerrera ceremonial.
Esa educación, estricta, disciplinada, había convertido una virtud en su mayor debilidad.
Obediencia.
—¿Tu nombre? —demandó Danayher devolviéndome su atención tras haber hecho la misma pregunta a la otra candidata.
—Eira.
Sus ojos dorados permanecieron fijos en mi rostro, pese a que el mensaje era para todas, incluso para las que permanecían en la seguridad de sus camas:
—Vuestra primera prueba acaba de finalizar.