Capítulo 2 #2
—Ciertamente, este ejercicio consiste en analizar hechos objetivos.
—El profesor elevó su intervención por encima del barullo para recuperar el control de la clase—.
Eso incluye dejar de lado cualquier tipo de afectividad —sus pupilas dejaron de observar a la aspirante para clavarse en mí—, y también los descalificativos.
Continuemos. Celharine, aprovechemos que ya estás de pie.
Procedió a enunciar la historia detrás de la crisis que agitó el gobierno que le habían asignado. Sin embargo, no conseguí retener ninguna de sus palabras y menos encontrarles un sentido.
En palacio no había que preguntarse si llegaría la trampa, sino cuándo lo haría.
Morder con tanta facilidad lo que sin duda era un anzuelo me convertía en una ingenua a ojos del resto.
No haberle plantado cara a Celharine, en un objetivo débil.
Y en una Corte, ese tipo de personas eran el tentempié favorito: el que se servía antes del primer brindis.
* * *
No quería que las aspirantes pudiesen ver mi vergüenza, y mucho menos darles una nueva oportunidad de increparme, de modo que, en cuanto pude escabullirme de la Sala de Mapas, me dirigí a mis aposentos.
Con movimientos mecánicos, dejé el vestido sobre la cama, me quité los paños manchados y me coloqué en la espalda otros que guardaba en el baúl que había traído conmigo.
En un reino donde todo era del color de la tierra, el oro y el ónice, el blanco destacaba frente a los cabellos oscuros y las pieles morenas de las doncellas; no obstante, en mi caso parecía fundirse con mi tez, pálida hasta el extremo, y con mi pelo blanquecino.
Si en ese momento hubiera tenido humor para bromas, me habría reído al imaginarme convertida en una de las ánimas de las historias que quitaban el sueño a los niños de Aesnovar.
No paraba de repetirme las palabras que había utilizado para describir a la madre de Danayher. Era patético haber cometido un error nada más empezar por un exceso de confianza en las enseñanzas de mi padre. Sería expulsada de la selección antes de la primera prueba.
Si algo castigaban en el Imperio era la mediocridad. Allí nunca había destacado; al menos no por los motivos correctos. No sabía por qué había esperado que en la Corte Cisne fuese a ser diferente.
Lancé con rabia los paños manchados de sangre al baúl.
Cayeron sobre una cajita de madera tallada y los pensamientos se me cortaron de golpe al verla, como si los hubieran arrancado con un tirón.
Cuando la tuve entre las manos, deslicé el índice por los relieves de la tapa, aunque no tuve fuerzas para abrirla.
No estaba segura de si los objetos que guardaba en su interior tendrían un efecto diferente lejos de casa.
«Casa».
¿Acaso alguna vez había usado ese término para referirme a la Corte Imperial? Dudaba que lo mereciese, ni siquiera en la soledad de mis pensamientos. Nunca había tenido un verdadero hogar.
No sabía por qué había decidido traer conmigo aquella maldita caja. Aun así, cuando volví a depositarla en el baúl, lo hice con delicadeza.
Escondí los paños ensangrentados y me dirigí a la biblioteca con toda la decisión de la que pude hacer acopio.
En aquel enrevesado laberinto de escaleras de caracol, era uno de los pocos sitios para los que no necesitaba indicaciones.
Allí realizábamos algunos de los ejercicios de nuestra instrucción, y en uno de ellos se encontraban afanadas algunas de las aspirantes cuando atravesé las puertas altas sin aliento.
Era evidente que sin un conocimiento básico sobre Eakheral estaba en desventaja, no solo frente a las aspirantes autóctonas, sino también ante aquellas que llevaban años preparándose para convertirse en asistentes de la futura reina.
Debía buscar la forma de no cometer un error similar si decidían ignorar mi agravio y permitir que me quedase.
Paseé entre las estanterías repletas de rollos apilados hasta formar un bosque de pergaminos cuya clasificación hablaba de siglos de trabajo.
Entre las filas de columnas que sostenían un cielo de piedra, se colaban haces de luz que iluminaban el polvo suspendido en el aire.
Nada tenía que ver con la Biblioteca Imperial, que prescindía de adornos como los relieves de las paredes o las estatuas que vigilaban el recinto con una serenidad severa.
Aquel era un lugar que olía a tinta seca, cuero curtido y tiempo detenido.
Donde la voz de los muertos aún buscaba algún oído vivo.
—Quisiera consultar información sobre el reinado de Rimeyah.
El bibliotecario era un hombre de avanzada edad con unas gafas redondas que solía colocarse sobre la parte superior de la cabeza, ausente de pelo. Estaba familiarizado con la presencia de las aspirantes, a las que se nos había permitido consultar cualquier manuscrito por orden de la princesa.
—Enseguida —respondió sin levantar la mirada del documento que estaba consultando.
Rastreé los pergaminos que me proporcionó con impaciencia, buscando cualquier indicio que respaldara la imprudencia de la madre de Danayher y demostrara que mi análisis, aunque áspero, había sido acertado.
Sin embargo, la información que mostraban me llevó en una dirección inesperada.
Las reformas enumeradas en el ejercicio de Historia eran solo una pequeña parte de las que en realidad se habían aplicado.
Eso hacía que mi argumento sobre el error de ritmo ganase fuerza, pero también me permitió comprender mejor las palabras de Celharine.
Rimeyah había abolido el sistema por el que los hijos de sirvientes podían ser reclamados por los patrones, instaurado un derecho a cambio de señor si se demostraban abusos y acabado con el control de los clanes nobles sobre el agua, inaugurando los primeros pozos libres, que habían supuesto un escándalo económico.
No obstante, hubo una reforma en concreto que hizo que una llama se me encendiese en el pecho.
La reina había eliminado la opción de los clanes antiguos de reclamar a niños huérfanos con talento para criarlos como suyos, catalogándola de «adopción coercitiva» y «apropiación nobiliaria».
Tal vez la había juzgado con demasiada dureza. Tal vez no había sido una cuestión de ingenuidad ni de arrogancia, sino de una mujer con grandes sueños rodeada de personas con mentes pequeñas.
Comencé a leer los pergaminos con mayor atención y descubrí que aquello no era lo único que me habían ocultado en la Sala de Mapas.
Los motines y sabotajes no se habían realizado solo por parte de las facciones conservadoras: el pueblo también se había rebelado.
Había sido la primera ocasión en la que el poder ponía el foco en los más necesitados y, al ver que estaban a punto de arrebatarles lo que tanto les había costado conseguir, la tensión y el descontento habían desembocado en disturbios que requirieron intervención militar.
Entonces, el nombre de una Danayher más joven, apenas entrada en la adolescencia, empezó a hacer su aparición en el texto.
Entre informes médicos y listas de suministros, un patrón se repetía: «La princesa Danayher se desplazó hasta el lugar para supervisar las necesidades del pueblo».
Los testimonios se sucedían: Danayher con las mangas arremangadas en los hospitales de campaña; Danayher interviniendo en disputas entre comerciantes para garantizar rutas de comida; Danayher haciendo pequeñas promesas sobre materiales, medicinas… y cumpliendo todas ellas.
Mientras las diferentes facciones intentaban conservar sus privilegios a dentelladas, ella había sido la única que no había luchado por poder, sino por estabilidad. Por las vidas de su gente. Ese era el tipo de memoria que el pueblo no olvidaba.
Continué desenrollando el manuscrito a la espera de encontrar más información sobre las acciones de la heredera.
En su lugar, lo que hallé fue un retrato a color.
En él, el escriba había dibujado a una mujer con el cuerpo ligeramente ladeado, pero el rostro vuelto al frente.
Cruzaba los brazos bajo un escote generoso en forma de pico y sobre las clavículas se deslizaban unas cadenas metálicas que relucían con un brillo frío, al igual que lo era su actitud impenetrable, a un paso de convertirse en filo.
El rostro ovalado parecía tallado en calma, con un equilibrio frágil entre la inocencia que despertaban las numerosas pecas y el desafío que había en la tensión de los labios.
Ya había escuchado a las aspirantes hablar del cabello negro, que caía como un telón sobre unas hombreras que imitaban escamas, al igual que de los ojos del color del oro; sin embargo, estos últimos habían conseguido sorprenderme.
No estaba segura de si se trataba de una licencia del artista, pero no había esperado encontrar en su mirada vulnerabilidad, opacada por una contención propia de quien había sido educada para ser observada.
—Lamento interrumpirla. —El bibliotecario murmuró otra disculpa al verme dar un brinco en mi asiento—. La biblioteca debe abandonarse antes de que anochezca. Si me lo permite, puedo ir colocando los pergaminos que ya no esté consultando.
Hacía tiempo que el resto de las aspirantes se habían marchado y la luz cada vez era más tenue. El tiempo se me había echado encima y no solo sentí vergüenza por el toque de atención, sino porque con toda probabilidad llegaría tarde a la cena.
—Por supuesto. De hecho, también he terminado con este. —Comencé a enrollar el pergamino con torpeza hasta que aquella princesa de papel y tinta dejó de observarme—. Gracias.
Lo recibió con un asentimiento cortés y se alejó con los manuscritos en los brazos.
Al atravesar la puerta y girar la esquina vi una sombra blanca que caminaba en dirección a la biblioteca vacía.
No sabría decir qué era más representativo de ella, si el lazo que siempre adornaba su cabello cobrizo o su sonrisa satisfecha; la misma que mostraba pese a no saber que alguien la estaba observando.