Capítulo 2
E n las sucesivas jornadas, comenzó la verdadera instrucción.
Nos enseñaron la vestimenta típica de la región y la forma de disponer las prendas a la hora de ayudar a vestir a una dama.
Aprendimos a peinar y a hacer tocados que siguieran el estilo del reino y a servir la comida y la bebida con las normas de etiqueta adecuadas.
Motivada por la supervivencia, me esforzaba en cada una de aquellas tediosas lecciones, pero para el resto de las extranjeras no era tan fácil mantener el ánimo cuando no habían visto ni una sola vez a la mujer a la que debían impresionar.
Las preguntas susurradas sobre cuándo conoceríamos a la princesa se repetían y, pese a que no exteriorizaba mi curiosidad, sí prestaba atención a las respuestas que les daban las aspirantes que se habían criado en Eakheral.
¿De qué color era su cabello? Negro. ¿Y sus ojos?
Dorados. ¿Su estatura? Más alta de lo que la gente solía esperar, aunque nunca miraba desde arriba.
¿Era tan hermosa como decían? Depende de a quién se le preguntase, pero nadie usaba la palabra «común» para describir su belleza.
La mayoría de las preguntas iban dirigidas a Celharine, que se negaba a contestarlas, pues eran las más personales.
Después de anunciar que la princesa solo elegiría a una Mariposa, la Maestra nos había presentado una a una, enumerando nuestros nombres y lugares de origen.
Fue entonces cuando comprendí que Celharine era la amiga de la infancia de la princesa Danayher.
La forma en que algunas de las candidatas se revolvieron en sus asientos demostró su recelo ante la que consideraban una evidente ventaja.
Sin embargo, bajo mi criterio, si se había organizado una selección con postulantes extranjeras, significaba que ella no era una elección tan obvia.
—¿Y sabes por qué la princesa solo elegirá a una única Mariposa?
Esa era la que más se repetía y siempre decía lo mismo, sin ni siquiera volverse, como si se tratase de un acto reflejo:
—Danayher no comparte conmigo decisiones políticas.
—Y dinos, ¿es divertida?
—No sé si «divertida» es la palabra. No considero que un puesto como el suyo deje demasiado tiempo para la diversión.
—Es severa, entonces.
Eso hizo que por fin se girara hacia la otra aspirante, aunque fuera con el ceño fruncido.
—¡Yo no he dicho eso! Danayher es… —Varias de las chicas se inclinaron hacia delante en sus sillas y Celharine sacudió la cabeza—. ¡No voy a deciros nada! Si ha decidido no mostrarse todavía, sus motivos tendrá.
Su nombre fue el único que concedí aprenderme.
No echaba en falta saber los del resto, pues asistía en silencio a donde se solicitaba mi presencia y abandonaba el lugar del mismo modo.
No iba a ver a mis contrincantes como algo diferente a lo que eran: obstáculos para ser seleccionada. Era una carrera que necesitaba ganar.
En aquellas primeras etapas, ni siquiera tenía que tratar con todas ellas.
Las nobles que requerían de intérpretes recibían su instrucción por separado, complementándola con clases dedicadas a aprender el idioma y pulir su acento.
Para mí, por suerte, aquello no era un impedimento.
Mi padre me había enseñado la lengua del reino vecino desde temprana edad, al igual que la del resto de países próximos a la capital imperial, si bien no las controlaba todas con la misma fluidez.
Una fugitiva siempre tenía más posibilidades de sobrevivir si podía desenvolverse con el lenguaje, y si algo había intentado ofrecerme eran vías de escape.
Por otro lado, había lecciones innecesarias para las aspirantes que se habían criado en Eakheral, como las de Historia, salvo días como aquel, en el que realizaríamos un ejercicio práctico.
El olor a tinta fresca y pergamino flotaba en la atmósfera asfixiante de la sala, donde unos pupitres con hojas boca abajo nos aguardaban entre cuatro paredes llenas de mapas. Nuestro instructor, el profesor Halvar, comenzó a hablar cuando tomamos asiento:
—Cada una tiene un breve informe sobre una reina distinta de Eakheral.
Todas ellas tienen algo en común: una crisis durante su mandato.
Vuestro cometido hoy es analizar sus errores políticos.
—Deslicé los dedos hasta el borde del papel, preparada para voltearlo en cuanto diese la orden—. Podéis comenzar.
«Reina Rimeyah de Lyr. La Rebelión de los Nueve Sellos», rezaba el título, seguido de tres reformas: la apertura de los altos templos a las clases bajas, el freno de la corrupción en las rutas comerciales y la abolición del tributo requerido para unirse a la milicia.
Estas medidas habían encontrado resistencia inmediata, pues las facciones conservadoras declaraban que favorecían «intereses ajenos al espíritu fundacional del reino».
La tensión había escalado hasta disturbios coordinados en tres ciudades clave, sabotajes en el suministro de recursos a la capital y, finalmente, en la negación simultánea de los Nueve Sellos territoriales a ratificar los edictos de la reina.
La única forma de sofocar el descontento había sido retractarse, lo cual se describía como «un punto muerto en la ambición modernizadora de la Corona, que careció del apoyo institucional necesario».
Sentí los ojos de la aspirante de cabello color miel clavados en mí en cuanto mi pluma comenzó a rasgar el papel, y los de la candidata que siempre adornaba su pelo cobrizo con un gran lazo blanco al terminar la primera.
Cuando llegó el turno de exponer nuestros análisis en voz alta, los suyos fueron cautos, demasiado indulgentes para los graves fallos estratégicos que enumeraban.
La Ruptura de los Tres Puentes, el Levantamiento del Pliegue, la Cisma del Umbral…
Nombres grandiosos para hechos que parecían complejos y que sus bocas convertían en anodinos.
—La reina Rimeyah de Lyr —anunció el profesor, señalando que había llegado mi turno—. La Rebelión de los Nueve Sellos.
Él mismo resumió el conflicto con palabras similares a las que había encontrado en mi pergamino.
Mientras me ponía en pie, sentí que unos iris verdes se me posaban en el rostro; estaban muy abiertos, casi con espanto.
Otra de las candidatas empezó a toquetearse el pelo, despeinándolo aún más, aunque no se giró para observarme con esos ojos redondos que me recordaban a los de un venado.
El comportamiento de ambas debería haber sido suficiente para trasladarme su alarma, pero estaba demasiado segura de mis resoluciones como para percibir la incomodidad que aquel título había despertado en el ambiente.
—La reina Rimeyah subestimó la profundidad del agravio a los grupos más conservadores —comencé con un hilo de voz tembloroso.
Nunca había disfrutado de la atención que acaparaba hablar en público.
Cogí aire y me esforcé en impregnar de mayor confianza mis palabras.
De nada servía que mi discurso fuese coherente si lo trasladaba con inseguridad—.
Interpretó la resistencia como un problema de facciones, no como un síntoma estructural, y eso la llevó a cometer varios errores.
El primero, de lectura política. Debió prever que la oposición se uniría en vez de fragmentarse ante las reformas.
El segundo, de ritmo. Introdujo cambios notables en un corto periodo de tiempo sin, aparentemente, construir alianzas previas.
—El profesor Halvar me animó a continuar con un asentimiento cuando levanté la vista de mis anotaciones.
Tenía el ceño fruncido, pero la forma en que ladeaba la cabeza me hizo identificarlo como concentración en vez de desacuerdo—.
El tercero, un error de cálculo institucional.
Favoreció al pueblo, sí, pero atacó al mismo tiempo a tres partes troncales de cualquier gobierno: clero, ejército y nobleza.
Y, por último, un error simbólico. Mantuvo el sello de la Corona visible en todas las reformas, en vez de delegar en el Consejo para diluir la responsabilidad.
Había planeado terminar así mi discurso, pero el efusivo asentimiento de aquel hombre evitó que me parase a pensar antes de añadir:
—Creyó que las reformas se sostienen solo con intención, lo cual es un exceso de confianza impropio de cualquier estratega. Fue ingenua. O arrogante. Los dos atributos tienen el mismo precio.
Las reacciones se expandieron como el fuego. Los ojos verdes huyeron de mí. La candidata rubia, sin embargo, sonrió con disfrute.
—Ese juicio es injusto. —El cuerpo de Celharine estaba rígido, la barbilla levantada—. La reina Rimeyah intentó corregir unos desequilibrios sociales que llevaban perpetuándose demasiado tiempo. Fue la única que tuvo el valor de enfrentarlos.
Con lentitud, tomé asiento sin dejar de observar a aquella chica de piel olivácea y mirada fulminante.
Mi seguridad se esfumó al escuchar su tono frío y cualquier intención de defender mi postura se desvaneció cuando se puso en pie.
Me encogí en el asiento confundida, aunque el cuerpo me pidiese enseñar los dientes. Ante mi silencio, añadió:
—Si aspiras a convertirte en la Mariposa de Danayher, al menos podrías hablar con respeto de su difunta madre.
La mujer que me habían asignado era la última reina. Agradecí ser incapaz de ruborizarme, pues esta vez todas las candidatas habían centrado su atención en mí.
—No seas dura con ella, Celharine. —Al ver a la aspirante de ojos verdes intervenir en mi favor, sentí un fuerte calor que nada tenía que ver con la gratitud, sino con una profunda humillación—.
Ella no conoce con detalle la situación del reino cuando Rimeyah estaba en el trono.
Solo puede guiarse por la información de su pergamino.
La expresión de Celharine no se suavizó.
—Con tal desconocimiento, debería prescindir de juicios de valor.