Alas de escarcha y oro (El canto del cisne 1) Capítulo 1
3%

Capítulo 1

A mi llegada a Eakheral, el primero en darme la bienvenida no fue un sirviente; tampoco una doncella ni mucho menos la princesa heredera.

Fue el sol.

En cuanto la puerta del carruaje se entreabrió, unos destellos cegadores envolvieron cuanto era observable. Nunca lo había visto brillar así, sin rastro de nubes que lo hiciesen parecer un astro distante y moribundo.

Me cubrí los ojos con una mano para poder buscar con el pie el estribo, pues sabía que los miembros de mi escolta no me ayudarían a bajar.

Incluso allí, a treinta y siete días de viaje de la Corte Imperial, ninguno quería arriesgarse a despertar la ira del Gran Príncipe por el simple hecho de rozarme la piel.

Los zapatos se me hundieron en la arena y entonces me recibió el calor, que sin pedir permiso se abrió paso hasta los pulmones, quemando mi siguiente inspiración. A pesar de que la ropa se me pegaba al cuerpo, me ajusté con decisión la capucha de la capa sobre la cabeza.

—Las ruedas del carruaje se han atascado —informó uno de los hombres del Imperio sin mirarme—. Seguiremos a pie.

Nadie esperó un asentimiento o palabra de confirmación por mi parte.

De inmediato cogieron mi equipaje, que consistía en un pequeño baúl que podía cargar un solo hombre, y emprendieron la marcha guiados por los soldados de Eakheral.

La arena me engullía los pies a cada paso y pronto me sentí danzar sobre los granos como si fuese descalza.

Había quien decía que el páramo helado sobre el que se extendía el núcleo principal del Imperio era un lugar muerto; sin embargo, el sitio en el que me encontraba no parecía albergar mucha más vida.

Si bien el paisaje era radicalmente opuesto, el desierto hacía que el carruaje pareciese una perla negra perdida en una inmensidad de polvo.

Solo a lo lejos podían atisbarse unos edificios oscuros de puntas afiladas que se curvaban hacia el cielo como las garras de una criatura que dormitaba bajo tierra.

Al acercarme, descubrí anillos que se enroscaban alrededor de las torres con forma de cuerno y las pasarelas flotantes que los comunicaban. Las viviendas más bajas salpicaban la tierra árida en torno a una gran superficie de agua donde la vegetación volvía verde el dorado de una forma impensable.

Atisbé nuestro destino: el palacio. Si el resto de las edificaciones de la ciudad eran las garras, yo me encontraba ante los colmillos, dispuestos a triturarme antes de engullirme.

Entre las tres enormes torres, un balcón rectangular con pilares a ambos lados se cernía sobre la ciudad y proyectaba una larga sombra sobre el bullicio del vulgo.

Había visto metáforas más sutiles.

Del interior del palacio, poco se me permitió explorar en ese momento.

Fui relegada sin ninguna indicación, y mucho menos una despedida, a una habitación opulenta, de ventanas sin cristal que jamás habrían podido usarse en el lugar del que venía.

Desde ellas contemplé cómo el sol perdía su fuerza y la ciudad se llenaba de pequeños faroles que desde aquella altura titilaban como miles de gotas de pintura dorada.

La brisa fresca que el atardecer trajo consigo me hizo sentir más cómoda en mis ropajes pesados, pero esa calma no duró demasiado.

Con la cena llegaron también unas doncellas completamente vestidas de blanco y con una única pluma en la pechera.

En sus brazos traían doblados vestidos del mismo color y, antes de que hubiesen terminado de posarlos sobre la cama, se deshicieron en promesas de confeccionar pronto otros más adecuados.

Parpadearon desconcertadas cuando me negué a desnudarme para que me tomasen medidas, si bien yo tenía otras preocupaciones más apremiantes.

En cuanto salieron, pasé las yemas por la tela vaporosa de las prendas, aunque no con afán de recrearme en aquel lujo del que me estaban haciendo partícipe.

El temblor de las manos podía dar testimonio de ello.

Hasta entonces, siempre había usado ropa de colores oscuros y telas opacas; algo a lo que cualquiera con dos heridas permanentemente abiertas en la espalda se acostumbraría.

Mis dedos se toparon entonces con un pequeño broche dorado con forma de mariposa, fabricado con cristales de diferentes tonalidades de naranja y de cuyas alas colgaban unas cadenitas que sonaban con el movimiento.

Que un objeto que estaba hecho para identificarnos fuese tan bonito me provocó desconfianza.

* * *

El grupo de candidatas no estuvo completo hasta dos días después.

Dos días sin mayor entretenimiento que observar a gente diminuta desde mi ventana.

Tuve tiempo para convertir las escasas prendas claras de mi equipaje en trozos de tela que poder colocar bajo los vestidos y evitar así mancharlos de sangre.

Mantener la mente ocupada me ayudaba a no sentirme una prisionera, pues no podía abandonar el ala de los dormitorios salvo para acudir a los baños.

En esos breves momentos que se asemejaban a la libertad, tuve ocasión de ver a las otras chicas conforme iban llegando.

No fueron sus broches —que anunciaban nuestra presencia como los cencerros de las reses— los que me confirmaron que su papel allí era el mismo que el mío, sino sus caras de desamparo y confusión.

Las diez estaban presentes en el gran salón donde nos reunieron para desayunar tras la que fue la última noche de calma.

Sentadas en una larguísima mesa de piedra negra con vetas doradas, once jóvenes de vestidos blancos y broches dorados comíamos en silencio.

Enseguida supe que éramos demasiadas para servir a una única princesa, por mucho que en el futuro fuese a convertirse en reina.

Cuatro de ellas tenían acompañantes, que identifiqué como sus intérpretes en cuanto una mujer esbelta y con una media melena cana y llena de trenzas de raíz comenzó a hablar.

—Quien se convierta en asistente de la princesa será su acompañante, su confidente, su ayuda más leal —enumeró la autodenominada «Maestra de Aspirantes» marcando las consonantes tal y como era habitual en el idioma de Eakheral—.

Pertenecer al círculo más cercano de una futura reina es uno de los mayores honores.

Sois muy afortunadas por tener la oportunidad de optar a tal responsabilidad.

Quizá aquellas que estaban allí por voluntad propia lo vieran de ese modo.

La mujer extendió con dedos huesudos un pergamino enrollado y nos lo mostró.

Las chicas a mi alrededor se inclinaron con elegancia para intentar ver lo que ponía.

Yo, a pesar de encontrarme en la parte más alejada de la mesa, no necesité esforzarme para distinguir varios nombres escritos con una caligrafía impecable.

El mío estaba entre ellos, acompañado del linaje de mi padre.

—Tomaréis vuestras comidas en esta sala, donde cada mañana se actualizará esta lista para indicaros las tareas a completar, su horario y su ubicación. Al principio, todas tendréis actividades parecidas, pero a medida que se sucedan las pruebas se os asignarán algunas más concretas.

La palabra «pruebas» despertó más revuelo del que se habría esperado.

Frente a mí, una chica de cabello dorado ensortijado nos observaba con una sonrisa de lado que parecía decir: «Ingenuas».

No obstante, se esfumó de su rostro tan pronto como una chica, con un moño tenso que no dejaba escapar ni un mechón, levantó la mano para solicitar el turno de palabra.

—¿Cuántas pruebas tendremos que superar?

—Me temo que esa no es una información que pueda daros. —No añadió ningún «Todavía»—. Ahora, si me acompañáis…

El palacio de Eakheral ascendía como un bosque de colosos de piedra, con esas tres torres que evidenciaban quién dominaba aquel desierto.

A distintas alturas, plataformas semicirculares flotaban sobre el vacío, sostenidas por columnas que parecían las costillas de una criatura inmensa.

Las escaleras de caracol se enroscaban sobre sí mismas hasta hacer imposible ver el final y en el suelo brazales de fuego domesticado marcaban bordes y sendas en líneas finísimas.

Apenas visitamos aquel día los niveles inferiores, donde se agolpaban los almacenes, talleres, lavanderías y cocinas; fue en los niveles intermedios donde comenzamos a ver salas de audiencias, cámaras de instrucción y aquellas lo suficientemente importantes como para recibir nombre: la Galería de los Espejos, que reflejaba la luz del exterior hasta volverla cegadora; la Rotonda de Arena, con un suelo de vidrio que permitía observar el desierto a nuestros pies, o el Patio Helicoidal, donde se realizaban ejercicios de estrategia militar.

En la cumbre se encontraba el ámbito privado de la familia real, con habitaciones que habían sido talladas directamente en la curvatura de la torre.

Las aspirantes habíamos sido alojadas allí, cerca de la Cámara de la Princesa.

Pese al vértigo que provocaba la escasez de barandillas al ser el equilibrio lo único que me separaba el cuerpo del vacío, una sensación de calma me envolvió durante la visita, pues, incluso en las salas interiores, me reconfortaba la apertura de los espacios.

Era un palacio construido para mirar desde arriba. Para gobernar desde arriba.

Nuestro paseo finalizó en un gran patio perteneciente a los jardines. Había aprendido a no dejarme impresionar por aquello que promete dejar un vacío irreparable si alguna vez te lo arrebatan. No obstante, no pude contener el suspiro que se me escapó cuando lo contemplé.

Contenida por muretes bajos de piedra, había una charca que en el Imperio de Aesnovar habría estado indudablemente helada.

En su centro se erigía una torre con varios niveles de formas redondas, como platos gigantes apilados cuya única función parecía ser sostener líquido sin intención de conservarlo.

De su cima surgían chorros que se derramaban con suavidad y fluían como la sangre que brota de una herida hasta caer en su base, donde unas bestias talladas en piedra expulsaban también pequeñas cascadas por la boca.

Por su superficie se deslizaban las criaturas más elegantes que había visto, de largo cuello y plumaje blanco, a excepción de la zona negra que rodeaba su pico anaranjado.

Las demás aspirantes no parecían desconcertadas por la decisión de exhibir el agua como si fuese un adorno. Para mí, era un recurso difícil de ver en estado líquido.

—En Eakheral —el sonido repentino de la voz de la Maestra me hizo encogerme—, cada soberana escoge un animal para vestir su Corte. Como podéis observar, la elección de la difunta reina fue el cisne.

Me volví hacia ella al escuchar aquella palabra. «Cisne».

—Cuando el rey regente fallezca y la princesa Danayher ascienda al trono —continuó—, la Era del Cisne dará paso a la Era de la Mariposa.

Mis dedos viajaron inconscientemente al broche que llevaba en la parte izquierda del pecho. Con el chapoteo de aquellas aves como testigo, me hice una promesa: presenciaría aquel cambio al lado de la nueva reina.

—Debo advertiros que la princesa Danayher ha sido muy clara al expresar sus necesidades —continuó—: solo elegirá a una asistente, que recibirá el nombre de «Mariposa». Las demás tendrán la libertad de abandonar la Corte y volver a sus hogares.

Los gritos ahogados, las réplicas y las preguntas me llegaron amortiguados, como si alguien hubiera apoyado un cojín sobre ellos; aunque en realidad era yo la que se estaba asfixiando.

La única frase que escuchaba con completa claridad, repitiéndose una y otra vez en mi cabeza, era: «Las demás tendrán la libertad de abandonar la Corte y volver a sus hogares».

Para mí no había libertad. No había hogar.

En Aesnovar no habría un sol que me recibiera. Allí cualquier luz se extinguía para convertir la esperanza en sentencia.

Si regresaba, sabía que la nieve se teñiría de carmín: así firmaba el Imperio sus despedidas.