Capítulo 5 #2
—¿Oíste eso, Gretchen? —aulló el anciano—. Un pago por el servicio. Tendremos que usar esa la próxima vez.
Gretchen se sujetó los costados de tanto reír.
—Así será, Jock. Así será. Estás loco, Peter Sidings. Te vas a adaptar muy bien por aquí.
«¿Jock? ¿Se llama Jock? ¿Podía ser más escoces?», pensó Kaine.
—Es sargento de estado mayor Sidings para servirle, Gretchen. Y no lo olvide —dijo Kaine. Habría añadido un guiño, pero el ojo izquierdo hinchado lo hacía imposible.
Gretchen se irguió todo lo que podía alguien que apenas alcanzaba el metro y medio, y puso cara seria.
—Sargento de estado mayor, nada menos. Lo siguiente será que esperes que nos cuadremos.
Kaine negó con la cabeza otra vez.
—En absoluto. A los suboficiales no se les trata así. Somos los currantes que hacemos todo el trabajo, no los oficiales que se sientan a tomar el té.
Fuera de la vista del dúo que seguía riendo, Kaine sacó dos billetes de cincuenta euros de su cartera. Se los entregó a Iona y susurró:
—Considérelo una donación para la causa. Sé lo difícil que es mantener un servicio de voluntarios y, recientemente, he recibido una bonificación.
Kaine pensó en los millones de euros que descansaban en su cuenta offshore, dinero que había sacado a la fuerza de Malcolm Sampson a cambio de perdonarle la vida.
No era exactamente dinero de Kaine, pero sí era suyo para distribuirlo como quisiera.
Donarlo a causas tan nobles como la búsqueda y rescate en montaña le parecía más que apropiado.
Iona guardó el dinero y asintió en señal de agradecimiento. Se sirvió una taza de té y se sentó frente a él.
—Come, hombre —dijo ella—. No dejes que se enfríe.
Kaine agarró una cuchara y empezó a llevarse el estofado de cordero a la boca, sorteando los labios cortados y procurando evitar el hueco donde antes tenía un diente.
Comer no resultaba una tarea fácil. Si hubiera sido más parecido a un consomé que a un estofado, habría pedido algo para beberlo.
Pero si quería ser de alguna utilidad en la búsqueda del día siguiente, necesitaba recuperar algo de fuerza. Siguió comiendo y soportó el dolor.
Logró ingerir otras cuatro cucharadas del delicioso plato y uno de los sándwiches mientras observaba el clima tambalearse a través de los amplios ventanales.
La capa de nubes se había alzado un poco, pero no lo suficiente como para que dejara de llover.
La frustración de tener que esperar a que despejara mientras un adolescente yacía perdido y posiblemente herido en las colinas no ayudaba ni a su estado de ánimo ni a su apetito.
Iona sorbía su té lentamente y apenas apartaba la mirada de él. Su escrutinio empezaba a inquietarlo. A pesar de las heridas y de la barba de una semana, ¿lo habría reconocido por la foto difundida?
—¿Tienes dañada la mandíbula? —preguntó, como si hubiera percibido su incomodidad.
Kaine negó con la cabeza, aliviado. Su examen visual había sido claramente médico, no judicial. Se metió otra cucharada de estofado en la boca y se limpió un poco de lo derramado en la barba.
—Es que no estás comiendo del lado izquierdo. Me preocupa que haya daño en los nervios faciales.
—¿Eres doctora?
—Sí. Esos moretones son recientes —dijo ella, inclinándose un poco más con los ojos entrecerrados—. Como mucho, de hace veinticuatro horas. ¿Qué te pasó?
«Hora de mentir»
La verdad ciertamente no le ayudaría a ganarse la aceptación de la comunidad de rescate.
—Accidente de coche en el norte de Gales. Un pequeño golpe, pero el airbag no se desplegó. Parece peor de lo que es. Si no te importa, me guardaré la explicación…
—¿Hasta que tengas oportunidad de hablar con el jefe? —lo interrumpió ella.
—Así es. No quiero parecer grosero, pero de esa manera será más eficiente.
Ella vació su taza y se recostó.
—Entendido. Termina tu comida y ven a buscarme cuando estés listo para asearte. Te buscaré una toalla y un poco de jabón.
Kaine dio unas palmaditas a su mochila.
—Tengo provisiones, pero necesitaré ropa impermeable para mañana. —Dejó que su mirada se desplazara hacia el montón de ropa sobre los taburetes.
—Seguro que podemos equiparte… una vez que hayas hablado con Gregor.
—¿Gregor es el líder del equipo?
—Así es. Gregor Abercrombie. ¿Lo conoces?
Kaine rebuscó en su memoria pero, afortunadamente, no encontró nada.
—Que yo sepa, no.
La puerta de la oficina se abrió y un hombre del tamaño y forma de un pequeño camión volquete irrumpió en la cocina.
Aunque considerablemente más bajo que Drew, casi tuvo que girar de lado para que sus hombros pasaran por la puerta.
Asintió a Iona y a los dos viejos bromistas por turno, luego centró su atención en Kaine.
Olfateó como si lo que tenía delante no le causara la menor impresión.
En la posición de Gregor, Kaine probablemente habría reaccionado de la misma manera. Su aspecto desaliñado no habría inspirado mucha confianza en un hombre que lideraba la búsqueda.
—¿Así que tú eres Sidings?
La voz de Gregor era sorprendentemente suave, viniendo de un rostro tosco, pero sus ojos eran inteligentes y no parecían perderse nada.
Kaine se puso de pie y lo enfrentó. Eran de estatura similar, pero ahí terminaban las semejanzas. Gregor Abercrombie era lo suficientemente ancho como para albergar a dos como Kaine y se presentaba como una sinfonía de grises: cabello gris, barba gris, ojos grises, pero con mejillas sonrosadas.
—Sargento de estado mayor Peter Sidings —dijo Kaine—. Por favor, llámame Peter.
La enorme manaza de Gregor envolvió la mano que Kaine le ofrecía y este se preparó para un concurso de fuerza, pero se llevó una grata sorpresa.
El apretón del líder del equipo era firme pero no aplastante.
Claramente, no sentía la necesidad de demostrar su fuerza a los recién llegados.
Kaine lo tomó como una buena señal. Tal vez aquel hombre estuviera dispuesto a escuchar lo que tenía que decir.
—¿Qué te pasó en la cara?
Su acento, educado y de las tierras bajas, posiblemente de Edimburgo, era más suave que el áspero dialecto local y dejaba ver que era un recién llegado a la región.
Que hubiera reemplazado a Sandy como líder de un equipo de rescate de montaña tan unido era prometedor.
Definitivamente debía tener habilidades o los lugareños no lo habrían seguido ni al pub, mucho menos montaña arriba.
—Accidente de coche —repitió Kaine—. Retrasó mi llegada; si no, habría estado aquí al mediodía.
Gregor observó la comida sobre la mesa.
—Veo que te has acomodado. ¿Te importa si me uno?
Se sentó junto a Iona sin esperar su consentimiento. Kaine volvió a concentrarse en su comida.
—¿Por qué estás aquí? —preguntó Gregor.
Sin preámbulos ni fanfarronería. El enfoque directo de Gregor le recordó a DCI Jones y Kaine lo agradeció.
—Para ofrecer mi ayuda.
—¿Qué te hace pensar que la necesitamos?