Capítulo 2
Christopher
C uánto tiempo llevo bajo el agua? He despertado de nuevo.
Forcejeo con los barrotes de mi celda. Ansío gritar, pero sé que si lo hago volveré a morir.
Mas no importa, ya estoy condenado. Cuando mis ojos se abren, mi cuerpo perece como si fuera la carne débil y absurda de un humano y no la de un fuerte e invencible demonio.
Pongo todas mis ganas en separar los barrotes.
El esfuerzo por aguantar la respiración empieza a arder en mis pulmones.
Empujo con fuerza los hierros oxidados que me retienen.
Al final suelto un rugido de desesperación sabiendo lo que viene.
El agua atrapa el sonido, ahogándolo, mientras se desliza fría en mi garganta.
La presión me ahoga. Solo unos segundos y habré muerto de nuevo, ¿cuántas veces más ha de suceder?
Después de mi muerte intento pasar el mayor tiempo posible aletargado, mientras duermo mi inmortalidad está activa y me mantengo latente.
No quiero volver a repetirlo. Es parte de la maldición que me lanzó Shamsiel.
Ese maldito ángel me condenó a vivir bajo el agua, me atrapó en esta jaula de hierro tejida con hilo de ángel y me maldijo, torturado, para que en la muerte sufriera como si fuese un débil y maldito humano.
Él mismo se encarga de hacerme abrir los ojos.
A veces, hastiado por su larga existencia, me tortura despertándome de mi sueño para que vuelva a morir.
Durante el sueño la vuelvo a ver.
«Su pelo es negro y demasiado corto para una dama, está suelto y roza sus hombros semidesnudos, solo adornados por un fino cordón. Sus ojos de un intenso color verde devoran mi alma dejándome prendado.
Veo su ropa escasa, sobre su piel blanca.
Cómo se contonea al andar. Alguien la coge de la mano, la sujeta con fuerza y ella se deja llevar.
Siento el ansia de matarlo. Desaparecen tras una puerta y escucho sus gemidos de placer.
Sé lo que está pasando en esa habitación y deseo destrozar la madera que nos separa y matar a ese hombre por tocarla.
Aprieto los puños con fuerza y todo desaparece ante mí».
Abro los ojos asustado. Sé que la muerte está cerca. Al mismo tiempo furioso por lo que pueda estar viviendo aquella mujer.
Miro a mi alrededor, la oscuridad me rodea, sin embargo, los barrotes no están.
Deseo gritar al verme liberado, pero no cedo al impulso.
No quiero volver a perecer, ahora no. Tengo que nadar.
Subo usando todas las fuerzas de las que dispongo.
Mi cuerpo se tensa por el miedo a no alcanzar la superficie.
Durante más de trescientos años he estado atrapado en una maldita jaula.
Todo es nuevo para mí. ¿Moriré si no llego a tiempo?
¿O simplemente ya no necesito respirar, como inmortal que soy?
No pienso probarlo, no voy a perder de nuevo.
Llego a la superficie, el mar me rodea por completo y miro a mi alrededor con ansiedad por si el maldito ángel está cerca. No veo nada ni a nadie. Lleno mis pulmones de aire y grito con todas mis fuerzas. Un rugido brota de mi pecho, desconozco aquel sonido ronco; no recordaba mi voz.
Mientras nado hacia la orilla, mi cuerpo empieza a entumecerse por el esfuerzo y el frío. Tantos años atrapado me tiene aturdido y agotado, me siento desfallecer.
No he podido usar mis poderes. He intentado levitar , pero algo me lo impide. El chasquido, un poder que usamos para transportarnos, tampoco funciona, ¿tal vez han mermado por estar tanto tiempo sin poder utilizarlos? ¿Tampoco podré usar el resto de mis poderes?
Siento la presencia de mis esclavos y los llamo mentalmente. Sé que vienen a por mí desde el inframundo. Estoy tan exhausto que caigo rendido y me quedo tumbado en la arena boca abajo.
—¿Cómo ha salido, señor? —Es Darío quién está frente a mí, uno de mis esclavos del infierno, mi mano derecha. Sean está con él. Uno fue humano y el otro hijo de demonios, ambos tienen forma de hombre, aunque suelen tener colmillos y garras cuando se excitan ante alguna diversión.
—No lo sé, siento como si algo tirase de mí —digo con voz ronca, me agota hasta hablar.
Estoy confuso, mi ropa está empapada y destrozada, casi no queda nada de ella.
—Tiene que ponerse al día señor… las cosas han cambiado mucho aquí arriba. Han pasado trescientos años. —Mientras dice esto me echa una manta por encima y me ayuda a levantarme.
Muerdo mi labio inferior con fuerza en un tic nervioso, estoy cabreado con el maldito Shamsiel. El muy cabrón me ha robado tres siglos.
Mi cuerpo parece no pertenecerme. Quiero irme, no sé a dónde, pero necesito llegar al lugar desde el que me reclaman.
Darío me mira confundido y apoya su mano en mi hombro.
—Creo que deberíamos ponernos en marcha, hay mucho de qué hablar.
—No puedo, Darío. Esta sensación de urgencia tira de mi piel.
Intento usar mis poderes de nuevo, la conversión , que aún no había probado, para ser un gato o un águila, la invisibilidad , todo es inútil. Suelto un gruñido de impotencia y me encojo desesperado por lo que está sucediendo.
—Quiero descansar, reponerme, recuperar mis poderes y matar a ese ángel. En ese orden.
—Lo haremos, señor, seguro que ya le está buscando.
Darío se acerca a mí y utiliza el susurro . Es uno de nuestros poderes. Mis esclavos poseen casi la misma fuerza que yo, aunque no creo que su efecto dure mucho en mí, ya que la magia es más fuerte dependiendo del rango demoníaco.
El susurro me calma. Sus palabras son poderosas, no tanto como lo serían las mías, aun así, consigue controlar la sensación de salir corriendo en busca de lo que me está llamando.
Mientras usa ese poder, el mundo se para a su alrededor, todo está en quietud y mi mente solo escucha sus palabras y las obedece.
Mis dos hombres me guían hasta un objeto enorme de forma extraña, es igual de rojo que mi pelo. Frunzo el ceño al ver a Sean que me señala el interior, en un gesto de su mano para que entre.
—Es un coche señor —dice Darío.
Inclino la cabeza observando aquella cosa, no confío en ella y me acerco para tocarla, está fría y es suave, su color escandaloso casi igual que mi pelo me parece perfecto.
Miro en su interior, huele a cuero. Sean ha subido delante y se ha sentado, me mira en silencio esperando, tal vez a que lo imite.
—Suba detrás señor. Le ayudo. —Darío me tiende la mano y la aparto enfadado. Entro con cuidado y me siento.
—Creo que aún sé cómo sentarme.
—Señor, esto va a ir rápido. Mucho. —Darío pasa su brazo por encima de mi pecho y tira de una especie de cinta que cruza por mi torso enganchándola al asiento y dejándome atado.
—¿Qué haces? ¡Insensato! —gruño enfadado.
¿Piensa que una simple cinta va a poder retenerme? Antes de que Darío cierre para encerrarme en aquella cosa llamada coche, arranco mi atadura y le miro cabreado.
—¡Señor! ¿Qué hace? ¡Debe llevar esto puesto! Por nuestra seguridad, no quiero que se esté moviendo mucho mientras conduzco.
Mi mirada es suficiente para no insistir en atarme otra vez.
Darío niega con la cabeza y sube en el asiento delantero.
Todo empieza a temblar, me agarro donde puedo y miro a mis dos acompañantes que parecen tranquilos, aflojo el agarre intentando imitarles; no parecen asustados.
De pronto todo a mi alrededor se mueve y lo observo con sorpresa.
—No se asuste. Esto nos llevará a un lugar seguro —dice Sean mirándome desde el asiento delantero—. Vamos a ir muy rápido, mucho más que con un caballo. Es lo que usamos para ir de un sitio a otro en estos tiempos. Además, es divertido, señor.
Asiento, no muy seguro de lo que me dicen.
Aquella cosa se desliza por el camino de forma suave pero veloz.
Darío parece muy pendiente de todo lo que le rodea, las cosas se mueven muy deprisa fuera, es como si estuviera transportándome con un chasquido.
Suelto una carcajada al sentir la velocidad.
Me gusta la sensación, quiero poder manejar uno de estos.
Mientras me habitúo a la velocidad pienso en por qué hacemos las cosas igual que los humanos.
—¿Ya no realizáis viajes de un lugar a otro mediante chasquidos?
—Utilizamos poco los poderes, señor —responde Darío—. Hoy día la tecnología nos pondría al descubierto en un abrir y cerrar de ojos.
—¿Tecno qué?
—Se han impuesto nuevas normas en el inframundo, ahora vivimos con los humanos y una de esas leyes implica que no nos descubran —comenta Sean como si lo que expresa fuera lo más normal del mundo.
—¿Y qué más da si nos descubren? Los matamos y punto —mis palabras son letales.
—No señor, ahora vivimos con ellos, nos alimentamos de sus miedos y ego, algunos humanos nos sirven sin obligarlos, solo por algo de dinero. Tiene muchas cosas que aprender.
—¿Los humanos como siervos? —Chasqueo la lengua y miro por la ventanilla. Los árboles son borrones a mi alrededor.
Nos cruzamos con otros coches de formas y tamaños diferentes, algunos con colores menos atrevidos que el nuestro.
—Señor, los humanos son nuestro sustento ahora mismo, nosotros los dirigimos y a veces nos divertimos con ellos.
—Yo siempre me divertía con ellos. —Aprieto los dientes pensando en toda la información que estoy recibiendo.
Entramos en una cueva y la puerta se cierra sola detrás de nosotros, Darío me ayuda a salir del coche. El sol brilla allí dentro, aunque no hay ventanas. Me guía hasta una habitación tan diminuta que solo cabemos los tres.
Todo empieza a moverse y me agacho en cuclillas cubriéndome la cabeza ¡Una habitación que se mueve!, parece que subimos. Las puertas se abren y miro hacia arriba esperando las reacciones de mis dos esclavos. Ambos me miran con el ceño fruncido.
—¿Por qué hay sol si no hay ventanas? —digo levantándome y saliendo de aquel lugar.
—Señor, es luz eléctrica.