Al pasado se lo llevaron las bombas Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Siento que no puedo ni caminar, arrastro los pies.

Llego hasta la horrible ventana y miro la exhibición del cuerpo de mi padre.

No recordaba que estuviera tan delgado. Me quedo un momento observando su camisa blanca de botones y esa americana que le queda grande.

Seguro que es de alguna boda a la que mamá le obligó a asistir.

Me giro para mirarla, con su vestido negro de botones delanteros y el peinado parece una anciana, aunque su rostro sigue siendo joven.

Vuelvo a mirar a mi padre y apoyo la mano en el cristal.

Si alguien supiera lo que estoy pensando diría que soy una psicópata o algo parecido. Tendría que ser ella la que estuviera en esa caja.

Noto una mano en mi hombro, no tengo ganas de girarme, justo antes de hacerlo escucho la voz tranquilizadora de Diego.

—¿Necesitas algo?

—Que todo este circo termine ya —murmuro sin mirarlo, aún con la vista fija en el cadáver.

—Tu madre me ha dicho que te quedas todo el mes.

—Sabes que no puedo. —Sigo mirando a mi padre como si de un momento a otro su ropa fuera a cambiar de color.

—Hazlo si así te vas a sentir mejor.

—¿Ves que me sienta muy mal?

Estamos de camino al cementerio, a un paso tan lento que empiezo a ponerme nerviosa.

Mi madre va cogida de mi brazo y de vez en cuando suelta un gemido lastimero, que seguro que se escucha desde el otro lado de la larga cola que precede al coche fúnebre.

Diego me sujeta el otro brazo con miedo a que me caiga, ¿o tal vez es para que no me escape?

Una hora después entramos en casa. Mi madre lloriquea, aún no entiendo el porqué, nunca lo ha querido. Entra en su habitación y sale con una caja de madera tallada con unos intrincados dibujos. La pone sobre la mesa y da unos toquecitos en la superficie.

—He vendido las cosas de tu padre, al menos las pocas que quedaban en esta casa.

Esto no me sirve para nada, solo hay unas cartas que recibía y dirigía de una tal Raquel.

No las he podido leer están en otro idioma, así que ni idea de lo que puede ser.

Voy a echarme un rato, los funerales son agotadores.

No me da opción a respuesta, nunca lo hace y me da igual. Tampoco tengo nada que decirle. Entro en mi cuarto y abro la caja para ver qué tesoros esconde.

Ocho cartas y un doble fondo que igual mi madre no sabía que existía. En el hueco, encuentro una cadena de oro, es fina y larga, el colgante tiene forma redonda con espirales que se entrelazan de camino a un pequeño círculo que hay en el centro. Me lo pongo de inmediato y empiezo a leer las cartas.

En una de ellas dice algo sobre el Báltico, no termino de entenderla.

Me enfada que estuviera siempre fuera de casa.

Lanzo la carta contra la puerta y me tumbo boca arriba mirando el ventilador que hay sobre la cama.

Tengo una de las cartas en la otra mano.

Intento leerla, pero no entiendo lo que dice.

Se la envía una tal Raquel. Parece latín.

«Tene numisma sicut verba dicis. Dimissus ab aquis, sed ligatus ad animam tuam».

Estoy toqueteando el colgante mientras leo. Las espirales parecen haberse movido. Lo miro con el ceño fruncido, debo haberlo imaginado. Guardo la carta en la caja, luego me levanto a por la otra y la guardo también.

De pronto mi cuerpo parece estar ardiendo. Tengo tanto calor que no soporto ni mi propia ropa. Estiro del cuello de la camisa y soplo en mi pecho. Necesito poner mi cuerpo bajo el agua y salgo disparada al baño.

El agua fría va relajándome y apagando el fuego que parecía haberse encendido en mi interior, no puedo ni tocarme la piel.

Cierro los ojos sofocada y veo la cara del pelirrojo frente a mí, flotando en el agua, sexi y atrapado.

De repente los barrotes se esfuman. Un estremecimiento me recorre la columna.

No sé qué me está pasando. Abro los ojos y noto un temblor recorriendo mi cuerpo, es como si algo hubiera cambiado dentro de mi cuando se ha enfriado.

Cierro el grifo y después de vestirme salgo al salón con una toalla enroscada en mi pelo.

La enorme mesa que usábamos para comer todos juntos, sigue en su sitio después de tantos años, a pesar de que parece que no se usa. Me siento en una de las sillas y miro hacia el sillón de mi abuela.

Jugueteo con el colgante mientras observo la chimenea. Tengo que salir de allí cuanto antes. No me gusta estar tan triste.

Mando un mensaje a Diego y me preparo para salir.

Mientras paseamos por la avenida hablamos sobre trabajo. Hemos alquilado un caballo que podría ir bien para la actuación del día quince y comentamos que estamos siendo un bombazo en Corea del Sur.

—¿Qué es ese colgante? —Lo sujeta con los dedos para ver lo que es y noto un escalofrío al sentir su roce en mi piel. Al mismo tiempo me incomoda que lo toque.

—Parece que es la herencia de mi padre.

Doy un tironcito quitándoselo para dejarlo caer sobre el escote, pero nuestros dedos chocan y él coge mi mano al vuelo, tira de mí para abrazarme, estrecha mi cintura y estiro los brazos para rodear su cuello.

—¿Por qué no vamos a la pensión y te quedas a dormir en mi cuarto? Así no tendrías que aguantar a tu madre. Al menos por hoy.

—Sí, por favor. Sálvame —suplico escondiendo la cara en su cuello.

Me coge entrelazando nuestros dedos y me lleva con él para guiarme hasta el lugar donde se hospeda.

Paseamos en silencio mientras su pulgar acaricia la piel de la palma de mi mano con suavidad.

Parece que con cada roce hace promesas secretas que solo yo siento, porque estoy segura que él solo está sujetando mi mano, ¿o no?

Entramos en su habitación y Diego se gira para mirarme.

Con su gesto lo dice todo, ahora sí estoy segura y no me lo pienso dos veces.

Lo atraigo hacia mí y apoya su mano libre en la puerta ya cerrada para no chocar conmigo por el impulso.

Sus labios saben dónde buscar y van directos al encuentro con los míos.

El beso es ansioso, cargado de deseo y prisas.

Mis manos buscan bajo su camiseta y tiran de la ropa mientras caminamos con torpeza hacia la cama. Sus pantalones caen y sonrío sobre sus labios.

Ríe empujándome hasta el escritorio y me apoyo en el borde.

Tira mi ropa al suelo con ansiedad y sus manos me agarran las caderas para subirme a la suave madera.

La presión de su sexo contra mi piel me excita.

Siento la humedad entre mis piernas. Quiero más y lo quiero ya.

Empujo con fuerza reclamando lo que deseo, mordiendo su cuello.

Escucho un gemido junto a mi oído y me estremezco.

Diego se aparta un poco para ponerse un preservativo, mientras yo me desentiendo de mi ropa interior. Somos fuego y prisas, ansia y deseo. Nuestros cuerpos se estremecen y llenamos el ambiente vacío de gemidos de éxtasis apresurado y palabras susurradas sin significado.

Me levanta sujetando mis caderas, rodeo su cintura con mis piernas y me lleva hasta la cama. Nos quedamos dormidos, estábamos exhaustos. El día ha sido largo e intenso.