Al pasado se lo llevaron las bombas Capítulo 1
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Capítulo 1

Lola

E stoy viajando a España. Mi madre me ha obligado a ir, aunque todos sabemos que esto no va a resucitar a mi padre, ni mucho menos conseguirá que recuperemos todos esos años en los que a él le daba por irse de casa durante meses a buscar tesoros y demonios.

Sí, mi padre ha muerto, ¿tengo que sentirme culpable por no estar triste? Ni por un momento he estado dolida, y tampoco he tenido la sensación de pérdida que me causó la muerte de mi abuela.

Me remuevo en el estrecho asiento del avión. El viaje desde Corea del Sur hasta España es demasiado largo y empiezo a estar incómoda entre mis acompañantes.

—¿Necesitas algo Lola? — me dice Diego removiéndose también en su sitio.

—Tengo ganas de llegar, dar el pésame y volver. —Tiro del bajo de mi camisa negra de botones, en un tic nervioso que llevo haciendo desde que me dijeron que había muerto.

—¿No vas a quedarte unos días? Si coges vacaciones, nadie te culpará por ello.

—¿Vacaciones? —Ahí se nota lo poco que les he hablado a los chicos de mis padres.

—¡Por el duelo, Lola! —Diego me mira con los ojos muy abiertos. Sigue sorprendido de que no haya soltado ni una lágrima.

Mi mirada cae sobre sus brazos marcados bajo su camiseta, me fijo en ellos un momento distraída. Levanto la vista hasta su rostro y tropiezo con la cicatriz que le parte la ceja en dos, eso le hace el gesto más duro y atractivo.

Se ha empeñado en acompañarme. Supongo que creerá que me derrumbaré de un momento a otro. Yo quería ir sola, recoger lo que sea que dijo mi madre que tenía para mí y volver al trabajo. Ahora todo se está complicando y parece que tengo que asistir al funeral, para hacer ver que soy una hija normal.

—Estoy bien —respondo enfurruñada acomodándome en el asiento para echar una cabezada.

Ambos trabajamos juntos. Somos un grupo flamenco, junto con José y Carlos.

Nos hemos afincado durante un tiempo en Corea, allí el trabajo nunca se acaba y está bien pagado.

Japón y China están cerca y viajar a esos países para las actuaciones no es tan pesado como hacerlo desde España.

En algún momento tendremos que volver a casa. ¿Es posible que ya haya llegado?

Me pongo un antifaz que he traído adrede para esquivar a Diego y cruzo los brazos sobre el pecho para dormir o al menos no responder más preguntas incómodas. No tardo en quedarme dormida.

«Estoy bajo el agua, no es la primera vez que sueño con el chico de pelo rojo, un rojo muy intenso y para nada convencional, casi es lo único que se ve bajo aquellas profundidades, eso y los barrotes de la jaula que lo retienen.

Se gira a mirarme con unos ojos rasgados orientales.

Sus ropas raídas y desgastadas por el tiempo son casi inexistentes.

Su semblante es serio y enfurecido. No me atrevo a sonreír.

Me acerco nadando, no me cuesta llegar hasta los barrotes oxidados, me agarro al hierro y noto el frío en mis palmas.

Durante unos minutos que parecen eternos, nos miramos.

Viene hasta mí estirando su mano para tocarme la mejilla, no tengo miedo.

Es un hombre fuerte, no es especialmente guapo, su nariz es grande, pero su cuerpo me atrae demasiado.

Tiene una mirada penetrante que me repasa sin contemplaciones.

De pronto le veo convulsionar. Está ahogándose.

Su mirada se llena de miedo. Sabe lo que va a pasarle.

Siempre muere en mis sueños. Forcejeo con los barrotes inútilmente».

Me despierto inquieta con un peso en el pecho, ¿Cuántas veces más tiene que morir? Me gustaría que cambiase un poco el sueño, que pudiera liberarlo y entonces besaría esos labios gruesos que deben tener una sonrisa de hoyuelos preciosa.

Llegamos a España y no hay nadie para recogernos. ¿Cómo no? No sé qué esperaba de mi madre. El metro nos llevará a la estación y desde ahí el tren casi nos dejará en casa. Solo llevamos una mochila de mano, así que no se nos hará demasiado pesado el viaje.

En el trayecto Diego me pregunta sobre mi familia, lo evito cambiando de tema.

Siempre han sido unos manipuladores y ahora me siento libre de ellos.

Este acercamiento me está empezando a irritar, no tengo ganas de ver a mi madre, y mucho menos de fingir lo que no es, en un funeral al que no quiero asistir.

Al llegar a la casa de la familia entro con nostalgia en el jardín, echando de menos ver a mi abuela en la puerta secándose las manos con el delantal y tendiéndomelas para abrazarme. Ella era mi verdadera familia. Me crio y educó dándome todo su cariño.

Escucho la voz estridente de mi madre y me encojo solo de pensar que voy a pasar unos días allí.

—¿Te crees que puedes hacer lo que te dé la gana? ¿Cuánto tiempo llevas fuera de España? ¿Es que crees que puedes quedarte en China toda la vida? ¡Aquí también tienes cosas que hacer!

Miro a Diego a modo de disculpa, él sonríe y se despide con la mano deseándome suerte con la mirada. Ya nos conocemos lo suficiente como para entendernos sin palabras.

—Señora… Nos vemos en el tanatorio.

Mi madre lanza la mano hacia arriba descartando lo que dice Diego y tira de mí agarrándome de la muñeca para que entre en casa.

—¿No has traído maleta? No estarás pensando en irte, ¿verdad?

Su bombardeo de preguntas empieza a marearme y mi poca sensación de libertad adquirida por la distancia está mermando. Tiene la puñetera capacidad de hundirme en la mierda solo con hablar.

—¡Te advierto que no pienso dejar que te marches, al menos en un mes! —continúa con su cháchara.

Tiemblo solo de pensarlo, no podré aguantar ni dos días con ella. No tengo ganas de contestar a nada de lo que me está diciendo; empieza a fallarme el aire por el agobio.

—Ve a ponerte algo más decente, ¡vas de entierro no de juerga! —y sigue hablando.

Miro mi ropa, llevo un pantalón corto, sí, es algo corto, pero es decente y una camisa de botones de manga corta que me hace sentir cómoda, nada ceñido, nada extravagante.

Tiro del bajo de mi camisa recolocándola.

La miro con el ceño fruncido, pero antes de dejarme hablar vuelve al ataque con otra retahíla de preguntas.

—¿Crees que en el tanatorio vas a estar sola? Ponte algo más largo, esa camisa puede valer. ¿Has traído más ropa? Deberías haber traído algo más. No sabes ni vestirte. No entiendo cómo te las arreglas viviendo en el extranjero, aunque esos japoneses tampoco es que sepan gran cosa sobre moda.

—¡Para! ¡Cállate! —grito cabreada, me giro hacia ella y veo cómo me reprocha mi respuesta con la mirada.

No puedo soportarla. Me supera toda su verborrea y me deja tan invalidada como si no existiera. Quiero irme y aún no he soltado la mochila. Intento respirar con normalidad, pero mis pulmones parece que no lo tienen tan claro.

—¿Te crees que puedes hablarme así? —Pone sus manos en las caderas y me mira con los ojos entrecerrados.

—Voy a darme una ducha, a ponerme algo decente y me voy al tanatorio —digo apretando los dientes para controlarme.

Me giro para irme, pero sé que aún no está todo dicho.

—¡Lola!

Estoy de espaldas esperando su reproche. Pero no llega, así que vuelvo a encaminarme hacia mi habitación.

—¡Este mes ni me has pasado la pensión para que pueda sobrevivir! ¿Quieres que me muera de hambre? Te he parido. ¡Te he dado todo lo que tienes ahora mismo!

Inspiro con fuerza sintiendo que el nudo de mi garganta empieza a estrecharse, ha vuelto la jaqueca.

Me giro para mirarla, meto la mano en mi mochila y saco un sobre con dinero, que lanzo al suelo delante de sus pies.

Me hormiguean las puntas de los dedos, aprieto los puños con fuerza para que pase la sensación y trago saliva intentando evitar las náuseas, ¿y la tengo que llamar madre?

—¿Puedo irme ya a la ducha?

Está de pie con la barbilla bien alta, sabiéndose humillada por mi reacción, pero ella no bajará la guardia. No se arrastrará a recoger ese sobre hasta que yo me haya ido.

Desaparezco en el baño, deslizo mi espalda tras la puerta sentándome en el suelo y me encojo abrazando mis rodillas.

Noto el escozor de las lágrimas luchando por salir, pero no quiero hacerlo.

Muerdo mis mejillas por dentro mientras intento calmar mi propio demonio.

Esa mujer me anula como persona, me deja a la altura de la suela de sus zapatos.

No puedo ni quiero contestarle y eso me provoca un nudo extraño en la garganta que a veces no me deja ni tragar saliva.

Cuando termino de refrescarme salgo al salón, aún llevo mi media melena mojada y suelta.

Miro hacia todas las puertas, una lleva a la cocina, otra a su dormitorio y la siguiente a un pasillo que da a más habitaciones, las tres están alineadas en una misma pared.

Me giro hacia los dos sillones que hay junto a la chimenea y recuerdo a mi abuela sentada en uno de ellos mientras fijaba la vista en el fuego.

Mi pecho se encoge por el recuerdo. Sí, su muerte sigue haciéndome llorar.

No como la de mi padre, por el que no he sentido aún ni una punzada de pena.

Subo el escalón que me separa de la puerta principal y cuando estoy a punto de agarrarme al pomo escucho la voz estridente de mi madre de nuevo.

Sale de su habitación con el pelo recogido en un moño apretado.

Ya peina canas. Tiene los ojos tan verdes como los míos y sus labios idénticos también, gruesos y de sonrisa amplia, una sonrisa falsa que utiliza para lo que le conviene.

—¡Deberíamos ir juntas! —Ya tiene el dinero y ahora está más mansa.

—Pues vámonos.

Lleva todo el camino hablando, su voz absurda me taladra el cerebro y todo mi cuerpo está tenso. ¿Cuándo va a terminar este infierno?

En el funeral encuentro a mis primos y tíos, nos saludamos dándonos el pésame. Intento poner cara triste, aunque con mi madre al lado no es muy complicado.

—¿Te vas a quedar unos días? —pregunta uno de mis familiares.

Estoy deseando decir que no, pero no contesto, mi madre lo hace por mí.

—Se quedará un mes al menos.