Al pasado se lo llevaron las bombas Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Llegamos a una sala enorme y Darío me señala algo de la pared. Lo pulsa y el sol brilla con fuerza en aquel lugar. Miro a todas partes algo sorprendido. Vuelve a tocar aquella cosa y el sol se apaga, lo repite varias veces y comprendo cómo funciona el sol artificial creado por los humanos.

El lugar donde estamos está muy limpio, aunque los muebles son extraños. Lo odio en cuanto lo veo.

—¿Dónde estamos?

—En su casa, señor.

—¿Mi casa? ¿Qué son estas cosas? —digo señalando una especie de mesa blanca espantosa.

—Cambiamos los muebles hace un tiempo. Son modernos y útiles.

Suelto un gruñido y camino por la estancia tocando las superficies finas y suaves de la madera. Darío me guía hasta otra sala y hay una cama, otro acceso nos lleva hasta lo que ellos me explican que es un baño.

Los dos luchan contra mí para volver a meterme en el agua que empieza a caer como una lluvia torrencial del techo.

Me ayudan con la ducha, como ellos lo han llamado y al final me dejo hacer.

No sin llegar a espantarme el hecho de que el agua salga con solo pasar la mano, un sensor, lo ha llamado Darío. ¿El agua llega directamente hasta aquí?

No puedo retener tanta información; cualquier cosa me sobrepasa haciendo que me encoja por lo que pueda pasar en cualquier momento.

Puertas que se cierran solas, luz eléctrica, coches, agua corriente y caliente, cepillo de dientes, toallas calientes y esponjosas, cama cómoda y sábanas suaves y resbaladizas. Tanto que asimilar y eso solo en una casa. Me han dado una túnica suave y confortable, mientras me traen algo de ropa.

La sensación de que debo estar en otro lugar sigue tirando de mí, me agarro al borde de la cama con fuerza para ver si pasa, pero permanece la ansiedad de salir corriendo.

—Duerma un rato señor, debería descansar; el día está siendo duro.

—Debo marcharme, algo sucede.

—Primero debería comprender muchas más cosas sobre el nuevo mundo —apunta Darío.

—Pienso que puedo aprenderlo tal como vaya surgiendo.

Sean, coge un objeto alargado de la mesa y apunta con él al cuadro negro de la pared, de pronto imágenes y sonido empiezan a surgir de aquella cosa, me quedo mirando aquel objeto que parece contener a la gente en su interior; me acerco para tocarlo.

Inclino la cabeza de lado buscando un sentido a aquello, cuando de pronto cambia la imagen, unos hombres saltan y cantan a gritos.

—Es una televisión, señor. Lo que está viendo ahora mismo es un concierto de rock.

—¿Qué? —No entiendo absolutamente nada de lo que me dicen y empiezo a estar muy cabreado.

Durante la noche, con una falta total de sueño.

Aprendo como actúan y hablan los personajes de la televisión.

Darío me cuenta cosas sobre los teléfonos móviles y su utilidad.

La vida se ha complicado para la magia en el mundo de los humanos, pero podemos amoldarnos a sus costumbres modernas.

Sean asegura que gracias a la gente todo es algo más interesante.

Mi vocabulario está obsoleto e intentaré adaptarme.

Practicar su nueva forma impersonal de hablar se ha convertido en mi prioridad.

—Supongo que con la práctica podrá conseguir ser algo más normal —comenta Sean encogiéndose de hombros.

—¿Normal? ¿Te parece normal todo esto? —Tengo tanta información en mi cabeza que no sé ni dónde mirar.

—Para nosotros es normal, hemos vivido con los tiempos.

Los demonios ahora son dueños de más de la mitad del mundo, dirigen a gran parte de la humanidad.

Las noches son nuestras aliadas. Nos ayudan a escondernos entre las sombras, a vivir de sus miedos, gula, lujuria y el ego.

Ellos pecan por casi cualquier cosa, ahora son débiles de mente.

Ceden a nuestros susurros sin dudarlo —comenta Darío.

—Señor, podemos acudir a fiestas, desde la más insulsa de las celebraciones, hasta la más lujuriosa orgía —termina Sean de explicarme el nuevo presente, o al menos la parte que más le interesa a él.

Le observo con su pelo de rastas hasta mitad de la espalda y los piercings en ceja y orejas, algún tatuaje asoma por debajo de su ropa adornando su piel oscura, más de cuatrocientos años luciendo todo eso que ahora parece estar de moda.

¿Quién iba a decirnos que los demonios íbamos a ser tan adelantados a nuestro tiempo?

Con esa cosa llamada televisión y un móvil entre manos, amanece al otro lado del cristal. Todo es tan nuevo para mí que siento un escalofrío.

Darío me corta el pelo y me afeita. Veo caer mis mechones rojos al suelo, ahora es normal ese tipo de color, que antaño teníamos que ocultar con hechizos para caminar entre humanos.

El pelo de Darío siempre ha cambiado de color según su estado de ánimo, en este momento es azul y lo lleva corto por detrás, en la parte alta, que está peinada hacia un lado, roza una de sus orejas y cae prácticamente cubriéndole un ojo, al otro lado esta rapado.

Cuando termina con mi pelo me pasa un espejo.

Ha quedado prácticamente como el suyo, solo que a mí me lo ha dejado igual de largo hacia los dos lados sin llegar a cubrirme las orejas y algunos mechones me caen en la frente.

Un montón de ropa esta apilada sobre la cama.

Botones, cremalleras, sintético. ¿Qué es sintético?

¿Y esos colores? Los pantalones rotos, las camisetas ajustadas, todo se estira.

Y ya ni mis pensamientos me pertenecen, escucho las voces en mi interior repitiendo palabras que ellos dicen y que no comprendo.

Por momentos pienso que me voy a volver a hundir en el agua y desaparecer trescientos años más.

—¿Creéis que puedo salir a la calle con estos harapos?

Tiro de la cintura del pantalón y suelto, dejando que la tela vuelva con fuerza contra mí, haciéndome soltar un jadeo. La camiseta es demasiado ajustada, lo que más llama mi atención es lo suave que es todo. ¿Sintético ha dicho Sean? Al menos el color negro me gusta.

Me inclino y meto la mano entera en un agujero que cruza mi rodilla, hay otro un poco más abajo y dos más en el otro muslo, frunzo el ceño mirando mis botas. Me han ayudado a ponerme aquellos ropajes tan extraños y parece que estoy listo para enfrentarme al mundo.

Echo una mirada a mi alrededor, todo lo que me rodea es desconocido. Pero los nombres van calando en mi mente y voy visualizando lo que podría ser un nuevo futuro.

—Tengo que ir a buscar lo que sea que me está creando esta sensación de urgencia todo el tiempo. Es como si alguien estuviera en peligro y me llamase a gritos.

—Creo que antes de salir al mundo debe pasar unos días intentando hablar un poco más…

—Esta forma impersonal que usáis para pronunciar las cosas. ¡Ya no se habla de usted, la gente ha perdido la educación y los modales! Me niego a hablar como esos estúpidos humanos que nacieron para ofender.

—Es lo que hay, señor. La vida ha cambiado y con ello los modales se han esfumado. Pero si desea que le obedezcan, solo muestre sus ojos de fuego y listo. Debe aprender muchas más cosas antes de enfrentarse al mundo —explica Darío.

Lo miro enfadado. ¿Aún hay más? No puede ser peor de lo que ya he visto en esa televisión.

Al final la decisión es permanecer oculto hasta que esté preparado para el mundo.