Al pasado se lo llevaron las bombas 23. Las cosas claras #2
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23. Las cosas claras #2

No la abandonaría, solo cambiaría de habitación.

Danielle sabía cómo tratar aquel asunto: siempre que lo engañaba y él decidía romper la relación, encontraba la forma de hacer que volviera con ella, de romper cualquier historia que él hubiera empezado o incluso destrozar la fortaleza que le costaba tanto construir para seguir con su vida.

Siempre se salía con la suya, aunque esta vez había algo mucho más fuerte que las lágrimas y el dolor de Danielle.

Él la apoyaría en cualquier cosa y estaría ahí para ayudarla a recuperarse de lo que le había sucedido, pero no como pareja.

—Jack… —Danielle estrechó su mano con más fuerza y Jack la retiró.

—No vamos a volver a estar juntos. Sé que lo has pasado mal y créeme que si hubiera podido lo habría evitado, aun así, ahora no puedo hacer nada por ti, solo estar ahí. Estaré unos días acompañándote a instalarte, pero no voy a dormir contigo.

Se levantó de la mesa y se dirigió a la puerta.

—¡Jack, quiero que volvamos a intentarlo! —rogó con la voz rota.

—No puede ser. —Jack tenía el pomo agarrado con fuerza y estaba de espaldas a ella—. Hace mucho que no me quieres, yo hace poco que dejé de hacerlo.

Sentía que se había liberado, aun así, no estaba todo dicho. Acompañar a Danielle hasta que se instalase en su nuevo hogar era un error y lo sabía; no obstante, la ayudaría. La decisión estaba tomada. Luego ya haría lo posible por estar con Alyssa.

Al ir hacia el gimnasio vio a la mercenaria que se dirigía a la sala de reuniones, dio una pequeña carrera para alcanzarla.

—¿Alyssa?

—¿Pasa algo? —Lo miraba impaciente mientras llegaba hasta ella.

—Ya he hablado con Danielle y… —Jack vio como daba un paso hacia atrás y estiró su brazo para agarrar su muñeca.

—¿Qué quieres? —respondió al ver cómo la sujetaba, luego le miró a los ojos.

Una chispa de miedo desdibujaba su mirada, Jack deseó borrarlo, hacer que todo lo que temía desapareciera.

—Voy a estar unos días con ella enseñándole todo y ayudándola a que se habitúe a esto. Cuando todo termine me instalo contigo. No voy a dormir en su cama, hemos terminado.

Alyssa había entornado los ojos y Jack vio la desconfianza en ellos mezclándose con ese miedo que tanto odiaba.

—Sabes que ha sufrido, ¿verdad? Sé cómo eres, no vas a dejar tirada a Danielle en las condiciones emocionales en las que se encuentra.

—Por eso te pido unos días.

Deseaba con todas sus fuerzas formar parte de su vida. Pero ¿Alyssa estaría dispuesta?

—Voy a hablar con Ray; hay que salir de nuevo a un pueblo que encontramos por el camino. —Alyssa miró sus manos agarradas y se soltó con pereza. Jack sintió el frío en su palma y se la frotó en el pantalón—. Suerte con lo tuyo.

Se quedó de pie viéndola alejarse y sintió que un pedazo de él se iba con ella. La deseaba con tanta intensidad que no quería darle ese tiempo a Danielle.

Estaba harto de esperar tiempos y momentos.

Harto de rechazos y desconfianza.

Todo estaba a punto de terminar. Deseaba que acabase.

Tony

Observó a Alyssa con Jack. La esposa de ese malnacido ya estaba en el instituto y el cazavampiros aún seguía con su doble juego.

Chasqueó la lengua y se encaminó hacia la sala de reuniones para decirle a Ray que abandonaría el instituto para instalarse por su cuenta.

Lo que le había hecho a Alyssa no tenía perdón. Desde aquella noche en la que se emborrachó no volvió a ser el mismo. Se sentía torpe y estúpido. Aún no sabía cómo había caído tan bajo, haciéndole daño a la persona que más amaba.

Al entrar en la sala de reuniones, ella estaba de pie frente a Ray. Se acercó y comprobó que se tensaba al verle y daba un paso para alejarse un poco. Aquel gesto le dolió, apretó los dientes con fuerza y miró al jefe poniéndose firme.

—Necesito hablar contigo, espero no haber interrumpido, pero me va bien que también esté Alyssa.

—Ahora mismo estaba hablándome de un lugar maravilloso, ¿verdad? —comentó Ray.

Alyssa asintió, pero en ningún momento le miró, y siguió hablando con Ray:

—En aquel pueblo había un niño que estaba enfermo porque había perdido a su padre y se negaba a comer. Por lo que nos contaron, creemos que puede ser nuestro Charly.

—Ojalá… Luego hablaremos con él. ¿Qué os parece la idea de ir de excursión esta semana? Así podría conocer aquel pueblo. Nos han invitado a vivir allí —informó Ray, incluyendo a Tony en la conversación.

—Me parece bien. Aunque venía a decirte que me voy a ir del campamento. —Tony notó dos pares de ojos sorprendidos—. ¿Te extraña? —le preguntó a Alyssa.

—No vas a ninguna parte, te necesitamos aquí —espetó Ray, enfadado—. ¿Por qué has tomado esa decisión ahora?

—He hecho algo imperdonable y, aunque he intentado hablarlo con Alyssa, sé que no tiene solución…, ella me está evitando. Mi presencia la incomoda y lo mejor es que me marche.

La mercenaria tenía la vista fija en el suelo.

Ray los observó un momento, luego negó con la cabeza y por último sentenció:

—Nos acompañarás en la expedición, una vez allí ya piensas en lo que debes hacer. Siempre serás bienvenido si decides volver. Te necesitaremos si al final nos trasladamos.

El silencio de su amiga lo decía todo. Tony sentía la necesidad de agarrarla de los hombros y zarandearla hasta que le escupiera o insultase. Se lo merecía. Pero su silencio era mucho peor.

—Os acompañaré si Alyssa está de acuerdo.

Hubo un momento tenso de silencio, luego ella se mordió el labio y mirando a Ray respondió:

—Supongo que le necesitaremos —dijo con aspereza, clavando cada palabra como puñales en el pecho de Tony.

Ella se dio la vuelta para irse cuando la mano fuerte de Ray la retuvo.

—No sé qué os ha pasado, pero no me gusta nada vuestra actitud, Os quiero a los dos conmigo y espero que no me hagáis elegir. Lo tenéis que solucionar —ordenó él.

El mercenario sabía que no podía solucionarse. Había roto en mil pedazos la confianza de su amiga.

—Os acompañaré —zanjó Tony, se dio la vuelta y salió de la sala de reuniones dejándolos solos.

Tenía que alejarse de ella, no soportaba ver cómo evitaba su mirada ni que se hubiese apartado. Aunque, desde luego, se había ganado su desprecio.

«¿Cómo pude hacer lo que hice aquella noche?», pensó dando un puñetazo en la pared de cemento al recordar lo borracho que estaba.

El dolor palpitaba en sus nudillos, aun así, siguió dando algunos golpes más con todas sus fuerzas, hasta que sangraron.

Apoyó la frente en la pared mientras veía su sangre deslizándose por la pintura, se miró los puños y salió con paso rápido hacia la calle.

Necesitaba correr, desfogarse un poco y sacar a los demonios que llevaba dentro.