22. Demasiados cambios #3
—Cuando hablas de Kim no te reconozco. Vamos, no hay tiempo para tonterías. ¿Robamos algún vehículo para adelantar camino?
—Pero ¡qué bien me caes a veces! —Dio un salto malabar dando una voltereta y luego se agarró el vientre para cerciorarse de que no le había pasado nada a su nueva mascota—. ¿Te recuerdo que aún no me has dicho por qué no puedo enseñarle el gato a Jack?
Alyssa se atragantó con una risa y vio cómo Danielle se limpiaba las pocas lágrimas que le quedaban y sonreía mirando hacia otro lado.
—Vas a tener que comprobarlo por ti mismo. Será divertido.
Al llegar al pueblo de Robert, se detuvieron frente a la cámara.
Dos hombres que reconocieron enseguida aparecieron delante de ellos.
Alyssa les explicó la situación con el ataque a los hostiles y que estaban acampados demasiado cerca de su pueblo.
Los hombres se sorprendieron al saberlo y dijeron que hablarían con Robert.
—Van a necesitar atención médica, supongo, aunque a primera vista no parece que tengan ninguna lesión —les explicó Alyssa.
—Tranquila, las ayudaremos —respondió uno de ellos mientras se las llevaban y se despedían de sus nuevos amigos.
—¿Por qué nunca me has propuesto robar nada con motor? —se quejó Erik.
—Es ruidoso y peligroso; además, es difícil encontrar algo que aún tenga gasolina.
—¿Y ahora no? —Él la miró e inmediatamente Alyssa se sintió incómoda.
—Ahora tengo prisa.
—Entiendo… —dijo ahogando una risita falsa.
Mientras entraban en la ciudad y buscaban un vehículo adecuado, pasaron a saquear una tienda. Danielle les ayudó a llenar las mochilas y bolsas. En las ciudades a veces era difícil dar con algo que aún tuviera víveres, pero aquel lugar no estaba saqueado.
—Aún no me creo que mis hijos y Jack estén con vida.
—¿Por qué? Tú lo estás —respondió él con picardía.
Por fin, después de unas horas, dieron con unas motos llenas de polvo. Erik rezaba mientras intentaba arrancar una de ellas.
—¿Qué rezas? —pregunto extrañada Alyssa, mirándole con la cabeza algo inclinada.
—Para que tengan gasolina suficiente y arranquen.
Erik portándose bien y rezando, aquello era cosa del diablo. Tenía que reconocer que Kim estaba haciendo milagros con aquel chalado. Mientras contemplaba los esfuerzos de su amigo con las motos, Danielle se mordisqueaba una uña.
Jack había estado muy enamorado de aquella belleza, aun estando hecha un asco por la falta de higiene se la veía guapa. Se estremeció al pensar en el actor. ¿Qué estaría haciendo en esos momentos? ¿Qué haría cuando viera a su mujer? Alyssa apretó los ojos y se los frotó un poco.
En ese momento un motor rugió. Lo intentó con otras sin éxito hasta que, por fin, la última sin mucho esfuerzo arrancó a la primera.
De vuelta no se cruzaron con nadie o tal vez no vieron a nadie por la velocidad, pero no les importaba, solo querían llegar.
Fueron hasta la casa donde habían hecho la cuarentena Kim, Jack y Alyssa y metieron las motos en la cochera para que no estuvieran a la vista después de controlar que no había nadie cerca.
Sus sentidos de vigilancia se agudizaron al salir de la casa, controlaron todos los flancos en absoluta quietud y, cuando estuvieron seguros de que nadie les había seguido, se encaminaron hacia el bosque.
Alyssa observó la senda que los llevaría al instituto. Pensar que estaba tan cerca de perderlo todo la mantenía en silencio.
Su mente no paraba de volar al momento que había compartido con Jack, juntos en aquella cabaña. Recordaba cómo él la había cuidado en tantas ocasiones en que le había necesitado.
La inseguridad que le causaba perderlo para siempre estaba latiéndole en la sien.
Caminaban con cautela hacia el instituto cuando volvió a observar a la perfecta Danielle.
Ella se miró a sí misma, más bajita, fuerte por la lucha, pero no tan delgada.
Luego se zarandeó mentalmente y se centró en buscar hostiles.
Se colaron en el gimnasio sin ser vistos y llamaron al médico. Mientras Jake les pasaba el aparatito para las pruebas, Danielle se dio una ducha y Alyssa y Erik no tardaron en hacer lo mismo.
—¿Por qué los hostiles no se duchan? ¡Qué asco! —gruñó él.
—Dímelo a mí —dijo Danielle, estaba claro que la habían hecho sufrir, su voz sonaba fría y ausente.
—¿Cuánto tiempo estuviste con ellos? —preguntó la mercenaria.
—Un par de semanas. Demasiado. —Unos golpes y un portazo hicieron que todos se girasen hacia el cristal que separaba la gente sana de los recién llegados.
—¿Estás bien? —Pero Jack no miraba a Danielle.
—Me parece que te pregunta a ti, gatita —afirmó Erik señalando al actor.
Luego él miró hacia el otro lado donde estaba su esposa.
—Danielle… —murmuró.
Durante un momento ambos se miraron, Jack estaba asombrado; ella se acercó hasta la mampara que les separaba mientras se limpiaba las lágrimas que resbalaban por sus mejillas y apoyó una mano en la superficie transparente.
—¿Están nuestros hijos aquí? ¿Y Jared? —preguntó ella.
Jack, aún sorprendido, se marchó a buscar a sus pequeños, casi sin dar explicaciones. Alyssa había visto algo en sus ojos que no supo identificar. ¿Era miedo?