Al pasado se lo llevaron las bombas 22. Demasiados cambios #2
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22. Demasiados cambios #2

Estaba sentada en un sofá de orejeras amplias y muy cómodo junto a la ventana, con las piernas cruzadas y la espalda bien recta, en una postura correcta, inculcada durante años.

Al darse cuenta, encorvó la espalda y se dejó caer acomodándose.

Odiaba que su tía siguiera tan presente aún después de tanto tiempo.

—¿Qué tal si os instaláis aquí con nosotros? —les invitó Robert.

Alyssa y Erik se miraron sorprendidos.

—¿Por qué? —preguntó ella.

—Sois luchadores, ¿del ejército, tal vez? Nos hace falta gente como vosotros y cuantos más seamos, más difícil será atacarnos.

Alyssa inclinó la cabeza hacia un lado, sentía curiosidad por tan amable invitación.

—¿Y si os hemos mentido y somos unos asesinos que estamos esperando la ocasión para mataros a todos? —comentó la mercenaria.

—Ya lo hubierais hecho —respondió el viejo.

Cierto, los hostiles no se hubieran sentado a su mesa.

—Me parece demasiado trabajo mover a tanta gente. —A Erik todo le parecía demasiado trabajo.

—De todas formas, tal vez tenéis con vosotros al padre del muchacho, ¿cómo se llamaba?

—Charly —dijo Erik mientras olisqueaba el whisky .

—Pensadlo, yo hago la oferta. Me interesáis como grupo de acción.

Aquella noche durmieron en una cama de verdad, en una habitación caliente. Por la mañana desayunaron tostadas con pan recién hecho y miel. Luego salieron para seguir buscando a Danielle.

—Ha sido como vivir un sueño de ricos —soltó su compañero con una risotada—. ¡Joder, si hasta tenía una alfombra peluda junto a la cama!

Alyssa rio entre dientes. Ella también había estado muy cómoda entre aquellos lujos en tiempos de desolación.

Estuvieron caminando un buen rato junto a la carretera, controlando la zona y sin despistarse, mientras la resaca de lo vivido el día anterior aún les sacudía las emociones. Comida caliente, cama cómoda y lujos innecesarios en toda la casa.

Mientras seguían buscando a Danielle tropezaron con otro grupo hostil, demasiado cerca de las casas de sus nuevos amigos, había unos quince con rehenes.

Alyssa frunció el ceño al ver el tipo de prisioneros que tenían, todo mujeres, unas seis, dos de ellas embarazadas.

Tal vez los hijos que esperaban fueran de los hostiles. Se notaba para qué las retenían.

—Qué asco me dan. —Erik miró a los hombres con desprecio.

—Los mataremos. —Después de una pausa para trazar un plan en su mente, continuó—: Tal vez esté Danielle ahí.

Ambos vigilaron la zona y esperaron con paciencia a que los hostiles se sentasen a comer lo que fuera que estaban cocinando, que apestaba a podrido. Después de un buen rato, uno de ellos se alejó del campamento.

—¡Voy de caza, gatita! —susurró mientras se iba.

Uno menos para limpiar aquel lugar. En vista de que el hostil tardaba en volver, uno de los harapientos que había allí se levantó frotándose la nuca.

—¡Oye, Billy! —gritó hacia donde había desaparecido su compañero—. ¿Estás plantando un pino o qué?

Erik debía de haber hecho su trabajo porque el otro hombre no contestó, el harapiento se dirigió hacia los árboles y se adentró en el bosque.

Otro de los hombres se encaró hacia donde estaba Alyssa.

Mientras se acercaba, ella sacó el puñal y esperó a que pasase por su lado.

Lo agarró por la espalda tapándole la boca.

Casi vomitó por el hedor de aquel cerdo.

Le rajó la yugular sin darle tiempo ni a quejarse y lo dejó caer al suelo, apartándolo del camino por donde había salido. Tres menos.

—Oye, aquí pasa algo —dijo uno de los hostiles levantándose de la roca donde estaba sentado y rascándose la entrepierna—. ¿Por qué no vuelven?

—Estarán cagando —respondió otro, que se dirigió hacia las mujeres que tenían atadas—, yo creo que también voy a perderme un rato.

Alyssa se movió con agilidad entre la maleza sin hacer ruido. Se situó tras las rehenes y vio como el hombre elegía a una pelirroja, su pelo era largo hasta la cintura y grasiento por falta de cuidados. Sin verle la cara supo que era la mujer que estaban buscando.

La rehén gritó y se retorció para que la soltase, pero él la agarró con rudeza y le dio una bofetada tan fuerte que le llegó a doler hasta a Alyssa. De pronto, Erik estaba a su lado, agazapado.

Señaló hacia el bosque junto a unos árboles caídos, los dos se desplazaron hacia allí, vieron cómo el hostil iba sobando a Danielle mientras la arrastraba hacia donde estaban ellos.

Erik apretaba los dientes con fuerza. Ella estaba a punto de saltar sobre aquel despreciable parásito, pero él se le adelantó.

Danielle cayó cerca de Alyssa que tiró de ella y la abrazó con fuerza desde atrás, tapándole la boca.

—¡Shhh! —murmuró Alyssa—. No tengas miedo, hemos venido a rescataros.

Ella se removió un poco hasta que vio que solo intentaba calmarla, luego la dejó allí y le dijo que esperase.

Los hostiles que quedaban dormitaban junto al fuego.

Erik le hizo una señal a su compañera y se lanzaron al ataque.

Ella repartía golpes, acabando con quien se le ponía a tiro.

Su compañero mató a unos cuántos más. Durante un buen rato, Alyssa luchó contra uno de ellos, hasta que de pronto su compañero le asestó un golpe con fuerza, matándolo y haciendo que el cuerpo del hostil cayese con brusquedad sobre ella, consiguiendo que ambos terminasen en el suelo.

—¡Sigues siendo tan gilipollas como siempre! —dijo ofendida porque no la ayudase a levantarse.

Para cuando quisieron darse cuenta, las mujeres a las que iban a rescatar también se estaban encargando de un par de hombres, Alyssa y Erik las dejaron hacer.

—¿Te caigo mal, Erik? ¡Siempre que estamos en combate me la juegas! Y yo pensando que habías cambiado —gruñó mientras observaban la escena.

—¡Te quejarás, encima que mato a más de la mitad y, en cambio, tú hacías no sé qué con ese! —dijo, señalando a uno de los hostiles y poniendo cara de asco.

—¡Erik! Era el más fuerte, ¡joder! —gritó enfadada.

Los dos se dirigieron hacia las rehenes que ya habían terminado con los hostiles. Hablaron con ellas un momento. Vieron que se encontraban en condiciones de darse una buena caminata y que estaban de acuerdo en ir con ellos hasta el instituto.

Seis mujeres doloridas y cansadas y dos guerreros, los podían masacrar por el camino, aunque ellas habían dejado claro que podían defenderse, tenían que dejarlas atrás y llevar solo a Danielle.

—Vayamos al pueblo ricachón, el viejo se hará cargo de ellas —propuso Erik acariciando a su gato, leyendo el pensamiento de Alyssa—. ¿Eres Danielle?

—¿Cómo lo sabéis? ¿Cómo sabéis quién soy? —preguntó ella que no había hablado casi nada desde su rescate.

—¡Eres famosa! —canturreó él con su voz burlona—. ¿No eres una vampiresa de la serie esa? Esa que en la vida real le puso los cuernos a su marido… ¡Pobre Jack!

—¡Erik! —Estaba muy enfadada con el militar. De golpe había vuelto a ser el mismo gilipollas de siempre—. Estamos con Jack y tus hijos. Te están buscando.

Danielle miró a ambos, sus ojos se enrojecieron y se echó a llorar.

—¿Mis hijos? ¡Oh, Dios mío!

—No, perdona, la estamos buscando nosotros —contestó Erik dando un giro completo sobre sí mismo, terminando con una reverencia exagerada—. Y aquí la tenemos. Pasemos por el pueblo de Nick y Robert, dejemos allí a todas y nos llevamos a la que nos interesa, quiero ver a Kim de una buena vez.

Alyssa dio unas palmaditas en la espalda de Danielle que se giró hacia ella y la estrechó con fuerza en un abrazo tembloroso. Sus lágrimas no dejaban de brotar y la mercenaria no la soltó hasta que la vio más tranquila.

—¿Nos vamos ya? Kim me espera —rebufó un desquiciado Erik.

—¡Ah, era eso! Necesitas echar un polvo… —Su voz sonó demasiado cínica.

Él la miró con los ojos entrecerrados y respondió pomposamente:

—Necesito hacerle el amor a mi mujer.