Al pasado se lo llevaron las bombas 17. El regreso
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17. El regreso

Alyssa

U n par de días entre tarados era más que suficiente. Aquella misma noche tenían la dichosa fiesta con los hostiles. Erik había conseguido adaptarse bastante bien, ella estaba limitándose a ignorar a los gorilas maleducados que la rodeaban.

Bajó las escaleras para comprobar si las duchas eran seguras.

Necesitaba quitarse la mugre, estaba harta de oler a estiércol, aunque para ser sincera consigo misma, no se notaría mucho después de la ducha, ya que aquellos animales no sabían la diferencia entre jabón y cerveza.

Había traído una muda ligera que no ocupaba mucho espacio en la pequeña mochila.

En esos dos días tortuosos habían conseguido eliminar a siete hombres, unos borrachos que deambulaban fuera del recinto. Aprovechando el despiste, los mataban y se deshacían de los cuerpos.

Alyssa estaba memorizando cada rincón de la cárcel, las caras de los hombres y el número de personas que la habitaban.

Erik por su parte, investigó si tenían a alguien retenido.

Unos niños jugaban en los sótanos entre celdas.

Fuera de la cárcel, en un pequeño pabellón, unas cuantas mujeres, delgadas y demasiado rotas para sobrevivir, estaban atadas a las tuberías.

El plan era liberar a los retenidos, terminar con todos los hostiles y, por último, quemar aquel apestoso lugar.

Entró en las duchas vigilando que no hubiera nadie.

La limpieza dejaba mucho que desear, aun así, sacó una pastilla de jabón que llevaba en la mochila.

Se quitó la ropa apresuradamente y abrió el grifo sintiendo como las gotas frías se le clavaban en la piel.

Deseaba volver a casa. Había investigado y el agua que salía de aquellos grifos venía de unas cisternas de lluvia que había sobre el tejado, no quería quedarse a medias, así que se dio prisa con lo que estaba haciendo.

Limpió la ropa que llevaba puesta y la dejó colgada de la pared baja que separaba las duchas.

Sobre una repisa cercana había dejado la pistola que días atrás robó a uno de los hostiles muertos, para su sorpresa le quedaban tres balas. Le inspiraba seguridad tenerla a mano y no dejaba de mirarla mientras sentía los aguijonazos del agua fría.

De pronto un ruido la alertó y cerró el grifo. Un hombre delgado, con la cabeza rapada, estaba observándola desde la entrada. De cintura para arriba no había separadores en las duchas, así que sabía que estaba mirándole los pechos. Alyssa agarró la pistola y le apuntó.

—¿Qué coño miras?

El tipo rio y pudo ver que le faltaban unos cuantos dientes. Se estremeció solo de pensar en lo que le pasaría por la cabeza a aquel depravado. Apretó la pistola entre sus dedos, sintiendo el frío por su cuerpo mojado. Estaba temblando y no era por el miedo.

—Estás bastante aceptable. —El hombre dio un paso hacia ella.

—Largo. —Su voz era letal.

El hostil se tensó y supo que tendría que matarlo. La pistola atraería a más gente, así que de momento se limitaría a amenazarle.

—No, bonita, no me voy a ir, voy a coger lo que he venido a buscar.

Alyssa apuntó entre ceja y ceja al individuo y este sonrió.

—Si lo haces te matarán —amenazó.

—¿Crees que le importas a alguien?

El hombre levantó las cejas y ella creyó que ya era suficiente, tenía frío y estaba mojada. Le disparó un tiro limpio en la cabeza y siguió con su ducha. Debía ser rápida, el ruido habría alertado a alguien y no podía entretenerse.

Unos minutos después, mientras se abrochaba el sujetador y con los pantalones ya puestos, entró otro hombre que tropezó con el primero. Alyssa le observó con una ceja levantada mientras cogía su camiseta.

—¿Vienes a por lo mismo que él? —Señaló la pistola ya metida en la cinturilla de su pantalón. El hombre sonrió con desprecio.

—El jefe se va a enfadar.

—Yo ya lo estoy.

No le dio tiempo a reaccionar. El hostil se abalanzó sobre ella y agarró su sujetador con tanta fuerza, que al tirar arañó su pecho, marcando su agarre con sangre.

Los dos rodaron por el suelo, quedando bajo el cuerpo pesado de aquel mugriento y apestoso, debía pesar al menos noventa kilos.

Alyssa ya tenía la pistola apretada contra su estómago.

Él no se había dado cuenta de lo que le venía.

Disparó. La sangre salía a borbotones, lo peor era que ahora tenía que cambiarse de nuevo y la ropa estaba mojada.

Enfadada se lo quitó de encima y decidió volver a meterse bajo el agua. Necesitaba a Erik o no terminaría nunca. Iba a pillar un resfriado, ¡quería irse!

Dos menos. Calculó mientras salía y gritaba el nombre de Erik.

En dos minutos apareció por la puerta de acceso al patio. Algunos hombres la miraban, Erik se sorprendió al verla llena de sangre.

—¿Te diviertes sin mí? —murmuró al llegar donde estaba.

—Parece que no tengo nada mejor que hacer. Quería darme una ducha.

—Claro, ¿a quién se le ocurre ducharse en este antro?

Alyssa estaba tan encendida que le dieron ganas de meterle un puñetazo. Respiró hondo antes de empezar a hablar.

—¿Qué demonios es todo esto? —preguntó un hombre que asomó la cabeza por la puerta.

—¡Creía que había quedado claro que no aguanto las gilipolleces! —advirtió enfadada.

Volvió a la ducha para limpiarse la sangre y ordenó a Erik que vigilase la puerta, luego se reuniría con el jefe de aquel lugar. Tenía que dejarle las cosas claras.

—¿Me han comentado que has matado a dos de los míos? —El señor «pelo grasiento» estaba tranquilo, no le había molestado mucho la muerte de esos dos.

Alyssa tenía la ropa húmeda pegada al cuerpo, tiritaba de frío y la simple presencia de aquel asqueroso empezaba a darle náuseas.

—Mañana nos largamos. Nos hemos quedado porque nos invitaste a la fiesta, pero no aguantaremos ni un día más. No tolero las gilipolleces. —Apretaba la mandíbula mientras hablaba.

—Siento si te han molestado, pero como veo que te defiendes muy bien solita, no impondré ningún castigo. Supongo que mis hombres ya saben que tú no eres alguien con quien puedan meterse. ¿Necesitas ropa seca?

—Estoy bien así. Si alguien más me molesta, lo mataré.

—Esta noche a las nueve te quiero junto a mí en la mesa durante el festejo. Seguro que os divertís.

Alyssa asintió mientras se daba la vuelta para irse.

Erik estaba fuera y se acercó a ella al verla salir, para ver cómo estaban las cosas.

—Debemos tener cuidado, creo que traman algo —dijo Alyssa, pegándose más a Erik para que no la escuchase nadie.

—¿Quieres que nos vayamos antes de la fiesta?

Alyssa se paró un momento y examinó todos los muros que los rodeaban.

—No, quiero ver por qué es tan importante esta cena.

—¿Y si resulta que los invitados de honor somos el plato principal? —Erik puso en palabras lo que ella ya estaba pensando.

Se estremeció, no sabía si por el frío o por lo que él había dicho.

—Vámonos.

Recogieron sus cosas y las dejaron preparadas, luego salieron al patio para ver cómo se caldeaba el ambiente.

Erik bebió con los hombres que había en el patio formando un círculo y jugando un juego muy parecido a las canicas, quien perdía, pagaba con tabaco o algo valioso para ellos.

Alyssa se alejó del grupo y fue hasta una de las paredes desde donde se veía todo el patio y las entradas, apoyó la espalda en ella estudiando a la gente y el lugar.

Al empezar a caer la noche, salieron a escondidas y se alejaron esquivando el camino recto al instituto, por si les seguían.

Al final terminó colgándose de los árboles, como hacía Erik, para que los hostiles no les siguieran la pista.

No dejaban de vigilar a sus espaldas, simplemente corrían y controlaban que no les siguieran.

En cuanto llegaron a la primera parada, Alyssa se dobló sobre sí misma resollando por el cansancio.

Erik se llevó la mano al costado mientras observaba el lugar en el que se habían detenido, atento a cualquier movimiento.

La cabaña donde habían dormido, en el viaje de ida a la cárcel, seguía cerrada tal como ellos la habían dejado.

Entraron y sin encender ninguna vela se instalaron para descansar.

En el transcurso de la huida los nervios habían estado a flor de piel, hasta el mínimo crujir de una rama los sobresaltaba.

Se compenetraban bastante bien para hacer ese tipo de trabajos. Se daba cuenta de que Erik la respetaba y que podía confiar en él.

Decidieron hacer aquella parada por precaución, ir directos al instituto era un riesgo que no podían correr. Pasarían allí la noche y si no encontraban problemas antes de irse, seguirían su camino.

Por la mañana salieron hacia el instituto en una carrera rápida por el bosque.

Mientras Alyssa corría, no podía dejar de imaginar cómo estaría Jack.

Cuando le dejó, su cara parecía un mapa, esperaba que estuviera mejor.

Pensar en él se había convertido en algo habitual, más bien no podía sacarlo de su cabeza; imaginaba su vida junto a él, quería tener hijos, un futuro con algo de esperanza y felicidad.

Cuando recordaba a Danielle, la realidad la sacudía arrepintiéndose de cada mínima esperanza a la que se intentaba aferrar.

El instituto estaría casi vacío, solo la gente que iba a enfrentarse a los hostiles les esperaría. Erik saltó de un árbol a otro entre las ramas, mientras Alyssa seguía corriendo para alcanzarle.

Estaban a más de un kilómetro de casa. Decidieron separarse para despistar al enemigo en caso de que les siguieran.

Erik dio un rodeo por el pueblo alejándose de Alyssa a toda velocidad.

Ella pasó por el lago hacia la parte de atrás, dio un salto agarrándose a la reja y escaló por ella para entrar, con agilidad corrió hasta las duchas.

—¿Te puedes creer que nadie nos ha visto llegar? —dijo Erik al cruzarse con ella.

—Igual están entrenando. —Entró en las duchas mientras hablaba, dejándole fuera. Estaba exhausta.

Al terminar de asearse, Erik ya la esperaba sentado en el suelo frente a la puerta.

—Están entrenando y son menos —señaló él.

—Era lógico que algunos abandonasen.