16. Los preparativos
Alyssa
S us pasos eran apresurados, apartaba los arbustos con rabia. Había acordado con Tony, hacía mucho tiempo, no volver a mantener ningún tipo de relación.
Se había adentrado en el bosque y solo se centraba en los arbustos con los que se tropezaba y en Tony que se había cargado su amistad.
No estaba atenta ni vigilando. Aquella actitud podía costarle la vida.
No era consciente de que Erik iba saltando de rama en rama, como si fuera un mono, hasta que apareció delante de ella y Alyssa se detuvo resoplando.
—¿Ahora eres un chimpancé?
—Me entretengo y así ejercito: equilibrio, musculatura, concentración y observación.
—No puede ser que eso sea un ejercicio.
—Tienes que probarlo.
Alyssa no contestó a eso y retomó la marcha. Sus pantalones se engancharon a una rama; resopló y tiró furiosa haciéndose un desgarro en la tela. Se inclinó para ver si se había hecho algo más y metió la mano en el agujero con impotencia haciéndolo más grande.
—¿Estás bien? —preguntó Erik desde lo alto de un árbol.
—Creo que estamos demasiado limpios. ¿Sudamos? —dijo al pensar en lo mal que olían los hostiles. Tenían que parecerse a ellos y en aquel momento no era así.
—¿Ahora quieres acostarte conmigo? —preguntó Erik poniendo cara de asco.
Alyssa resopló y empezó a correr dejándole atrás. Mientras se alejaba, la risa histérica de aquel chalado llegó hasta ella.
Los dos empezaron una carrera de fondo, alcanzándose el uno al otro y persiguiéndose por el bosque. Volvió a saltar hacia un árbol, encaramándose de nuevo para impulsarse entre las ramas, lo que la hizo reír.
—Pasaremos la noche en aquella cabaña, así podemos apestar un poco más —propuso Erik señalando a lo lejos.
Alyssa sonrió y negó con la cabeza al escuchar sus palabras.
Al llegar, Erik forzó la entrada. La cabaña era un rectángulo, con una cocina a la derecha y una chimenea enorme en la pared de la izquierda, había una mesa en el centro y una enorme cama al fondo.
Todo el mobiliario era muy rústico y viejo.
El baño estaba fuera, pero estaba segura de que no funcionaría.
Encontraron unas latas caducadas en una pequeña despensa y se las cenaron, el silencio y la complicidad entre ambos empezaba a hacerla sentir cómoda. En el fondo, no era tan mal compañero.
Habían dado un rodeo para llegar hasta los hostiles. Tenían la intención de que, si les seguía alguien o luego encontraban sus huellas, no llegasen a ninguna parte, así podrían despistarles. El trayecto que les habría costado medio día terminaría siendo prácticamente de cuarenta y ocho horas.
—¿Por qué intentas fastidiarme siempre?
Erik estiró sus labios en una sonrisa lobuna torcida que daba repelús; en algún momento le había tenido miedo a aquel gesto, que ahora le parecía de lo más normal en él.
—Eres como un dardo bien lanzado. Pensé que serías una jodida carga. Tony nos dijo: «Ella es la mejor, única en nuestro trabajo». No le creí —le contó haciendo un gesto de comillas con los dedos.
—Y descubrir que Tony tenía razón hizo que se te cruzase un cable.
—Eso hizo que quisiera ponerte a prueba todo el tiempo. ¡Y joder, tía! Sí que eres buena de verdad. No sé quién te ha entrenado, pero lo hizo jodidamente bien.
Alyssa sonrió recordando su pasado.
—Empecé con doce años, clases de defensa personal, soy cinturón negro en varias disciplinas. Me enseñó tantas formas de matar a una persona que cada vez que hago algún movimiento en falso pienso si eso puede causarme la muerte, creo que esa era su intención.
—¿Quién te enseñó?
—Mi tío. —Erik resopló, se tumbó en la única cama que había y apoyó la espalda en el cabecero.
—Pues tu tío debió ser un hombre genial.
—Uno de los mejores mercenarios que trabajaba para el gobierno.
Él la miró con recelo.
—¿Cuántos años tenías cuando mataste a tu primera víctima?
La mercenaria contempló el titilar de la vela que había sobre la mesa. Volvió atrás en el tiempo, recordando los entrenamientos, algunos días resultaban verdaderamente duros, pero se lo pasaba bien con él. Pensó en su primer encargo, como solía llamarlo.
—Lo recuerdo como si fuera ayer. Tenía diecisiete años. Cargué un fusil de largo alcance en mi maletín y me puse en el edificio de enfrente. Conocía el lugar, la hora y la víctima.
Erik silbó sorprendido.
—Diecisiete… Yo maté a mi padre con su propia pistola, tenía veinte años.
Ella levantó las cejas, sorprendida de conocer algo sobre el pasado de Erik. Al ver que ella guardaba silencio, sonrió mostrando todos sus dientes.
—Casi mata a mi madre; si no llego a entrar y le meto un tiro entre ceja y ceja, la habría matado a palos.
»Mi padre me enseñó a disparar de pequeño, me llevaba al campo de tiro. Decía que un hombre debe saber disparar a la perfección para defender su honor y su familia. Lo cual es irónico. Luego terminé en el ejército con Ray.
—¡Vaya! Me sorprendes.
—¿Qué te sorprende, que le matase con motivos? O…
—Me sorprende que estés hablándome de ti.
—A mí me sorprendió verte bailando en la fiesta, además de cómo caminas, que pareces una duquesa.
—Uf… Eso es una larga historia, te lo resumo, mi tío decidió que lo que me enseñaba su mujer podría ser útil para infiltrarme en otros ambientes. Mi tía pensaba que debía ser una señorita y eso fue lo que me enseñó.
—¡Tu tío debió de ser la hostia! Haré guardia primero —dijo Erik zanjando el tema, se levantó de la cama y la dejó sola en la cabaña.
Alyssa supuso que ya debía tener suficiente información y que no le interesaba más la charla. Se encogió de hombros y se metió entre las mantas para descansar.
A la mañana siguiente Erik la despertó dejando caer algo metálico al suelo, saltó de la cama sorprendida. Tenía una sonrisa pícara, parecía divertirle haberla asustado.
—¿Nos vamos, gatita?
Se levantó con pereza, estiró los músculos agarrotados por alguna postura imposible mientras dormía y salió para ver que aún no había salido el sol.
—No has dormido nada…
—Tranquila, así estaré más agresivo cuando lleguemos al campamento.
Volvieron a correr, esta vez algo más relajados, al llegar cerca de donde se suponía que estaban los hostiles, aminoraron el paso y caminaron zanganeando para tardar más y que los vieran llegar menos acalorados.
—¿Dónde coño están? —gruñó Erik.
Donde los habían visto en su última incursión ya no había nadie. Era una granja enorme con establos y granero, fueron a cada uno de los edificios, pero estaba vacío.
Dieron una vuelta por los alrededores y siguieron buscando en la dirección en la que podían haber ido.
Llegaron a un claro donde había unas tiendas y unas brasas que aún humeaban.
Erik se alejó un poco y al momento hizo una señal a Alyssa para indicar que había visto a alguien, ella se acercó con sigilo hasta donde estaba su compañero.
Permanecieron en silencio un momento observando los movimientos de aquellos hombres.
Se encaramó a un árbol y luego saltó desde la rama, cayendo justo frente a uno de ellos. Alyssa ya tenía al otro agarrado desde la espalda con un puñal en la yugular.
—Tengo hambre, llevo días vagando por la zona y lo único que he encontrado es a vosotros dos. —La voz fría de Erik resonó en el claro.
El hostil empezó a huir, pero él lo atrapó antes de que diera dos pasos. Hubo un forcejeo, algún puñetazo y al final le ató las manos y lo lanzó al suelo, Alyssa destrozó el cuello del que tenía retenido.
—¿Qué haces? ¡No mates a más gente! —ordenó Erik.
—Se movía mucho. —Alyssa se encogió de hombros, inocente, luego se puso en cuclillas junto al otro hostil clavando la punta afilada del puñal en su barbilla.
—Si lo matas me quedo sin información. —Se miraron retándose un momento.
—Quiero ver cómo chorrea la sangre desde su barbilla.
El hostil temblaba, suplicando por su vida.
—¡Que lo dejes! —ordenó Erik con rabia.
Alyssa se levantó dándoles la espalda y se puso a rebuscar cosas por el campamento. Escuchó a Erik asestándole una patada al hostil y se giró para ver qué hacía. La mercenaria encontró dinero. El hombre gimió por el dolor y ella se giró con el dinero entre las manos.
—¿Dinero? ¿En serio?
Lo dejó caer entre sus dedos en una lluvia de billetes.
—¡Guau! ¡Eso es un buen botín! —Mientras decía eso, pisaba el cuello del hostil con su bota.
Alyssa se limpió las manos en los pantalones y siguió hurgando en las mochilas.
Cuando terminó de saquear el campamento llevaba en la mano un machete bastante interesante.
Erik ya había arrancado un pedazo de cabellera al hostil y este estaba soltando información y suplicando para que no le causara más dolor.
Alyssa vio como el cuchillo de Erik se clavaba en la barbilla, buscando su cerebro, para matarlo en el acto.
—¿Era necesario el asunto del pelo? —dijo Alyssa con cara de asco.
Él lanzó el pedazo de cabellera que tenía en la mano y se limpió la sangre en los pantalones.
—Están en una cárcel, más cerca del instituto que antes.
Caminaron sin prisas hasta la cárcel. Al traspasar las puertas de hierro de la entrada, cinco hostiles salieron a su encuentro frenando su avance.
—¿Dónde creéis que vais? —preguntó uno de ellos.
Alyssa levantó una ceja al sentir el filo de un machete en su escote.
—Buscamos comida y un sitio donde dormir.
Erik se acercó al hostil y apartó el machete que amenazaba a su compañera.
Miró muy serio a los hombres que los rodeaban.
Ella notó ahora un cuchillo bajo sus costillas, por la espalda.
Se dio la vuelta con agilidad y con un movimiento rápido tumbó al hombre que la había amenazado.
Todos se quedaron quietos unos segundos.
—¡Largo de aquí! —gritó el más bajito de ellos que ya apuntaba a Alyssa con una pistola, aunque casi seguro estaba descargada.
Erik levantó las manos al escuchar aquella frase.
—Unos hombres que estaban en un campamento cercano —y que ellos se habían encargado de desmantelar y esconder para que pensasen que se habían largado— nos dijeron que viniéramos aquí.
—Vámonos, Erik. —Cuando Alyssa se dio la vuelta para marcharse, otro puñal apareció delante de su cara.