Al pasado se lo llevaron las bombas 9. El beso #2
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9. El beso #2

—Había una mujer retenida, Alyssa se ha quedado para ayudarla.

De camino, Ray había preguntado cómo fue el ataque, Jack les había contado por encima todo lo ocurrido. La cara de orgullo de Tony le había aguijoneado. Caminaban con sigilo y alerta, esquivando matorrales y rocas, se notaba que eran profesionales.

Al llegar donde estaban los muertos, Tony señaló los cuerpos contándolos uno por uno.

—Cinco. ¡Mi chica es una máquina! ¡Y lo hizo ella sola!

«¡Maldito sea!», pensó mientras sentía ganas de estrangularlo. Se notaba a leguas que sentía algo por ella.

En el campamento hostil, encontraron a Alyssa mirando a lo lejos, junto al precipicio.

Ray se acercó a ella y Tony empujó a Jack con el hombro para apartarlo y escarbar en una de las tiendas.

Frunció el ceño y miró al mercenario con cara de pocos amigos; cada día le caía peor y además el sentimiento era mutuo.

Alyssa

Los oyó llegar y se giró hacia ellos. El mercenario estaba empujando al actor en ese momento y resopló por cómo se comportaba con él; no lo entendía. Había intentado hablar con la rehén, pero estaba en shock y no le había dicho nada.

—¿Estás bien? —preguntó Ray.

—Sí. He pasado más miedo por él que por mí. —Hizo un gesto con la barbilla señalando a Jack. El jefe asintió.

—¿Por qué no la has soltado? —quiso saber el actor.

—Porque hay mujeres que cuando las salvas hacen cosas bien extrañas. Como intentar matarte —respondió Erik guiñando un ojo.

—Novato… —gruñó Tony arrastrando la palabra con desprecio.

—¿Qué coño te pasa? —Jack se puso en guardia.

El mercenario chasqueó la lengua y siguió rebuscando entre la basura de los hostiles.

Erik se acercó hasta Alyssa y se agachó para revisar una mochila que había en el suelo.

— Gatita …, cuidado con la mecha de Tony. ¡Explotará! —soltó burlón Erik entre el resto de murmullos.

Aquel chalado siempre con galimatías.

Liberó a la rehén del árbol donde estaba, pero le dejó las manos atadas con una larga cuerda para sujetarla, no quería tener problemas.

—Hay que llevarla al instituto, esta mujer necesita atención médica y este campamento apesta a podredumbre —dijo Alyssa arrugando la nariz.

—De acuerdo, ahora iremos nosotros. Tú también necesitas atención médica. ¡Jack, Erik! Acompañadla. Nosotros terminamos aquí y vamos —ordenó Ray.

Tony refunfuñó algo y se acercó a su amiga.

—¿Todo bien? —Alyssa le dedicó una sonrisa.

—Lo estaré.

Ella estiró su mano y acarició la mejilla del mercenario, él se acercó y besó su frente en un gesto cariñoso. Eso le hizo cerrar los ojos y relajarse de la tensión que había vivido durante el ataque.

—En un rato nos vemos.

Sintió paz con el calor que le había transmitido su amigo.

Sabía cómo tratarla, aunque tenía un punto obsesivo y machista que no le gustaba; por eso su relación se estaba enfriando.

Cuando Kim le contó que estaba coladita por él, terminó poniendo tierra de por medio.

Ahora solo podía pensar en Jack, no había forma humana de sacárselo de la cabeza.

Al llegar al instituto, entraron por el gimnasio y pidieron un botiquín para curar a la mujer que habían rescatado. Alyssa cogió también algunas cosas de emergencia para curarse la herida.

—¿Por qué no te das una ducha y yo me encargo de ella? Estás llena de sangre y das mucho asco —afirmó Erik desde detrás, mostrando con gestos que apestaba.

Alyssa se tensó al escucharle, pero cuando fue a contestarle vio que estaba inclinado sobre la mujer y le tocaba la frente con mucha delicadeza. Ella no se movía, estaba en estado de shock . No había mucho que hacer allí.

Fue directa a los baños, el olor a limpio de aquel lugar era muy refrescante.

Se dio una ducha a conciencia, deshaciéndose de toda la sangre reseca que tenía pegada a la piel, luego salió y se inclinó sobre el lavabo para revisar los pequeños rasguños que tenía en hombros y brazos.

Estaba haciéndose las curas cuando oyó un ruido y vio desde el espejo que Jack estaba tras ella.

Se giró para tenerlo de frente; mientras se secaba las manos, ambos se miraron un momento en silencio.

—¿Te ayudo con esa?

—¿Sabes dar puntos?

Él asintió levantando la camiseta de la mercenaria para ver cómo lo había taponado.

Se había dado una ducha y llevaba la ropa limpia, aunque el apósito seguía siendo el que se puso en el bosque.

Se dispuso a quitarlo y ella soltó un quejido.

Jack sacó lo necesario y, mientras cosía su carne, ella apretaba los dientes.

Al terminar, se lavó las manos. Ambos estaban demasiado cerca ya que ella no se había movido.

Los dedos de Jack se deslizaron por su mejilla y ella cerró los ojos, en esos momentos aquella caricia era como un bálsamo para sus sentidos.

Dejó que lo hiciera, pero lo que no esperaba era notar sus labios sobre los de ella.

El roce casi imperceptible hizo que Alyssa ahogase un suave gemido.

El vértigo había vuelto, el deseo estaba otra vez ahí.

La mano de él se enredó en su pelo y la estrechó en un abrazo para pegar sus cuerpos e intensificar el beso.

Rodeó la cintura de Jack y apretó las manos contra su espalda, dejándose llevar.

Las frentes de ambos se unieron deteniendo el beso, aún con los ojos cerrados y el recuerdo maravilloso de los labios del otro, Jack murmuró:

—No sabes el miedo que he pasado. Tenía la sensación de que te iba a perder sin ni siquiera haberte besado, sin… —Las palabras de Jack murieron en los labios de ella que volvió a unirlos a los suyos.

Esta vez fue algo más lento y suave, al detenerse puso dos dedos sobre los labios de Jack.

—Shh…, calla.

Apartó su mano de los labios y, sujetándola, volvió a besarla. Despacio y con suavidad, su beso estaba siendo tranquilizador y muy tierno.

Se sintió empujada a apretarse contra su cuerpo.

A rodear su cintura para estrecharle contra ella.

El anhelo unido a la lentitud del beso hizo gemir de nuevo a Alyssa.

Después de un momento que pareció efímero, un ruido les hizo separarse.

La persiana del gimnasio se abrió y Jack pasó el pulgar por los labios de la mercenaria sin desviar su mirada de ellos.

Ella tembló por el torbellino de emociones que la invadía.

La dejó sola, salió de las duchas antes de que los demás entrasen al gimnasio. Tuvo que apoyar la cadera en el lavabo mientras sus labios palpitaban aún por la presión. Se había ido tan deprisa que el frío que había dejado era palpable.

—Maldito seas —murmuró mientras lanzaba la toalla hacia la puerta—. ¡Esto no tenía que haber pasado!