Al pasado se lo llevaron las bombas 2. La cuarentena #2
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2. La cuarentena #2

Jack sintió alivio al ver que la valla los separaba de la realidad, dando algo de seguridad. En la terraza, una rubia menuda y delgada les observaba, vigilando la zona. Al entrar, descubrieron un gimnasio, con camas improvisadas aquí y allí.

—Acompáñame, Jenn.

Jack se quedó rezagado, observando aquel lugar que estaba preparado para hacer la cuarentena.

Era una pista de hockey rodeada por unas enormes pantallas transparentes que separaban las gradas del campo de juego.

Había oído hablar durante la guerra de algunos hospitales improvisados que se habían instalado en gimnasios de ese tipo para ahorrar en instalaciones, e institutos que usaban las aulas como lugares de seguridad para los contagiados.

Cuando todo empezó a ponerse feo, buscaban espacio adicional, ya que los hospitales no daban abasto.

Después de instalarse, fue a preguntar por las duchas y todos se organizaron para poder asearse un poco.

Alyssa

—¡Hola, Jake! —saludó Alyssa.

El hombre estaba al otro lado de las enormes pantallas transparentes que separaban las gradas, bien armado con su equipo de protección.

—¿Todos bien?

—Este pequeñín necesita tu ayuda —afirmó ella señalando a Jenn que se había adelantado un poco para hablar con él.

—Es diabético —dijo la madre.

Mientras ellos hablaban sobre el pequeño, Alyssa desvió su atención hacia las pistas. Tony indicaba al actor dónde estaban las duchas. Eran dos hombres fuertes, su amigo mucho más grande y alto, pero imponían respeto solo con verlos.

Recordó el momento en que Jack la había visto mostrar debilidad con el niño; aquellos gestos la hacían vulnerable.

La voz de su tía retumbó en su memoria como si estuviera allí mismo: «Ante los demás debes ser de hierro, no muestres tus flaquezas, es la llave para que te hagan daño», le decía siempre que la veía llorando o la pillaba en un mal momento.

—¿Alyssa? —Jake le pasó una nota por debajo de la mampara—.

No sé si en la farmacia quedará algo, pero esto es lo que necesitamos.

Tal vez en el hospital, esto suele estar en neveras; también te he anotado unas pastillas, es más fácil que las encuentres.

—Acompañó sus palabras con un gesto bastante significativo que le decía que tal vez no encontraría nada de eso.

Ambos sabían que era prácticamente imposible que las neveras siguieran funcionando, aunque en los últimos años habían modernizado mucho aquella zona con energías alternativas. Por desgracia, los hostiles lo habían invadido casi todo.

Pensó en el centro médico y en la farmacia más cercanos; el hospital estaba mucho más lejos, era peligroso viajar hasta allí; además, también podían contar con que estaría saqueado o sitiado, así que esa sería su última opción.

Se dirigió hasta donde estaba Tony y vio que Erik estaba en la salida del gimnasio. Aquel hombre insufrible le sacó la lengua como si fuera un niño y se apoyó en el murete de la entrada.

—Me voy a buscar esto al pueblo —anunció ella. Tony asintió mirando la nota.

—¿Me necesitas?

—Creo que voy a tener un guardaespaldas. —Señaló al chalado con la barbilla. Sabía que la seguía siempre que salía sola.

De camino al pueblo, la sensación de que la observaban estaba empezando a molestarle.

Alyssa se ocultó tras unos matorrales y examinó a su alrededor en silencio.

Al buscar a Erik no dio con él; sabía que se escondía demasiado bien como para que le pillasen.

Continuó sigilosa ocultándose cerca de la carretera.

Se apoyó en un árbol para escudriñar la entrada del pueblo y no fue consciente de que una enorme araña empezaba a pasearse entre sus dedos.

Al verla ahogó un grito y sacudió la mano, nerviosa.

Su corazón se había disparado, sentía los latidos en la sien y la respiración acelerada.

Resopló con su propia reacción y se adentró en el pueblo a toda prisa.

Al llegar a la farmacia la saqueó, llevándose más de lo necesario, de todas formas, no quedaba mucho por allí.

Luego fue al centro médico donde no había estado antes.

Encontró algo de lo que buscaba en una pequeña nevera que aún funcionaba, era casi un milagro que aquel lugar tuviera electricidad alimentada por placas solares.

También saqueó armarios y botiquines, todo lo que pudo cargar en la mochila.

De repente, un ruido la sobresaltó; algo correteaba dentro del centro.

No había señales de presencia humana y dedujo que sería algún animal salvaje.

De vuelta al instituto caminaba escondiéndose.

Las piedras derrumbadas de algunos edificios y los coches olvidados en medio de la carretera la cubrían casi por completo.

Entró en una tienda de la que era asidua, ya que podía encontrar chucherías de todo tipo, y aprovechó para llevarse algo para los niños y para ella.

Observó varias veces la cristalera del escaparate, para comprobar que nadie entraba o pasaba por la calle.

En la tienda había unos muebles expositores alargados, donde las chucherías ya se pegaban a la caja por el calor, posiblemente ya estarían caducadas, pero no le importaba.

El polvo se estaba acumulando sobre el mostrador, y no había señales de que nadie los hubiera tocado.

Junto a una de las paredes, se encontraban algunos juguetes colgados, un montón de revistas y prensa de hacía casi tres años.

Mientras recogía algunas cosas le pareció ver una sombra cruzar por delante de la puerta.

Miró con miedo. Luego se asomó con sigilo, pero no vio a nadie y se marchó antes de que su paranoia fuera a más.