2. La cuarentena
Alyssa
M ientras se dirigían al instituto, Alyssa iba cavilando sobre cómo era posible que, entre toda la gente que podía llegar a encontrarse, hubiera dado con Jack Miller.
Parecía cosa del destino. Lo que más llamaba su atención era la ausencia de Danielle, la bella y atractiva esposa de Jack. ¿Habría muerto la actriz?
Sabía por la televisión que habían sido la pareja perfecta. Él siempre aparecía en la pequeña pantalla, como el marido enamorado y fiel a su esposa.
Hubiese dado lo que fuera por cumplir sus sueños de adolescente y estar en el lugar de esa mujer.
Alyssa se dio cuenta de que estaba divagando. Aunque le apeteciera mucho tener una relación, cosa que ahora mismo no era el caso, le hubiera gustado en algún momento sentirse enamorada y feliz y que Jack fuese ese hombre. Sabía a la perfección que aquello seguía siendo un amor platónico.
En realidad, no le conocía, solo conocía al actor.
Era un hombre atractivo con un cuerpo fuerte.
Lo que ocurría es que sus ojos verdes se habían clavado en los suyos cuando lo reconoció durante la lucha y desde ese momento no se lo había sacado de la cabeza.
Sus labios incitaban al beso; fuertes y bien marcados y se descubrió pensando en cómo sería besarle.
No podía seguir dándole vueltas a aquello, tenía que centrarse en la vigilancia.
Saltó sobre unas piedras enormes que sobresalían del suelo para otear a lo lejos por si veía algo raro.
En cualquier momento podía aparecer el enemigo; buscó alguna señal, algo que pudiera escapar al ojo de cualquiera.
Al bajar, se dio la vuelta escudriñando la retaguardia, pero, cuando lo hizo, se encontró buscándole entre la gente; al localizarlo, se volvió, como si la hubieran pillado robando una golosina.
Sentía cómo le ardían las mejillas y decidió continuar la marcha.
Tenía que estar más alerta y dejarse de tonterías.
Eran muchos y podían cogerlos por sorpresa.
—¡Perdona! ¿Alyssa? —la llamó Jack.
Ella se giró para encontrarse con aquella sonrisa seductora.
Tenía que dejar de pensar en él, porque siempre terminaba en un mismo punto, imaginando que la agarraba del trasero, apretándola contra su cuerpo, y la levantaba con deseo mientras se devoraban entre besos y mordiscos.
No le respondió, no podía hacerlo, pero no por falta de ganas; sabía que su tono no sería firme.
Él se puso a caminar junto a ella y volvió a sonreír.
—He visto cómo peleáis. —Se rascó la nuca dubitativo—. Estaba pensando…
Alyssa levantó una ceja interrogativa, mirándole. Luego se giró para seguir vigilando mientras escuchaba lo que tenía que decirle. Estar centrada en la vigilancia le daría una firmeza que no sentía cuando estaba cerca de él.
—¿Podríais enseñarme a luchar? —continuó, con la mano frotando la nuca en un tic nervioso—. Verás, tengo que encontrar a mi esposa y a mi hija. Además, mis amigos también están perdidos con algunos niños. —Jack apretó los puños conteniendo su preocupación.
—¿Qué pasó? —No le importaba lo más mínimo porque ¿había dicho que quería ayuda para encontrar a su mujer?, eso la descentró.
Ella le miró alzando la cabeza debido a su estatura; lo sabía todo sobre él.
Recordó sus medidas: metro ochenta y seis.
Tenía grabado en la memoria todo lo que se había publicado sobre su vida, hasta el número de zapato que calzaba, incluso dónde estaban sus tatuajes, al menos todos los que él había mostrado.
De pronto, hizo detenerse a Jack cuando escuchó el crujir de unas ramas, se puso alerta y alzó un brazo para que se detuvieran. Examinaba todo a su alrededor; se giró hacia el enorme grupo que llevaba detrás, eran unos veinte y estaban en silencio.
Buscó entre ellos, vio que Tony estaba haciendo lo mismo que ella y se sintió algo más aliviada.
Después de unos minutos de quietud, soltó el aire que no sabía que estaba reteniendo en sus pulmones.
Aquellas excursiones la ponían muy nerviosa.
Hizo un gesto para seguir avanzando y todos empezaron a caminar de nuevo.
Tony
Estaba mirando cómo el tal Jack se acercaba a su amiga; ambos empezaron a hablar, pero de pronto un ruido extraño hizo que se detuviera y se pusiera en guardia.
Cómo no, Alyssa hizo lo mismo. Lo sabía; mientras observaba tras él, supo que ella estaría controlando el frente.
Estaban muy bien compenetrados y sabía exactamente lo que estaba haciendo su compañera; luego la miró asintiendo y siguieron la marcha.
La curiosidad hizo que se adelantase para ver qué pasaba con el famosillo.
—Nos tendieron una trampa, nos rodearon, pero Danielle y el resto del grupo estaban en el río, así que cuando se dieron cuenta de que estábamos en apuros, les dijimos que se fueran. Nos separamos, aunque estoy seguro de que siguen vivos —contaba Jack cuando llegó Tony.
—¿Matasteis a los hostiles? —preguntó Alyssa.
—Los demás logramos escapar. ¿Me entrenaréis? Quiero poder proteger a los míos y encontrar a los que faltan.
—Siempre hay que matar a los hostiles. A todos. O los matas o te matan. —Tony se encogió de hombros; ya estaba aleccionando a Jack—. ¡Mira, anótalo! Esa es la primera lección.
No entendía cómo podía haber sobrevivido aquella gente.
Volvió a su posición tras el grupo. Aquel tipo traería problemas; estaba seguro de que Alyssa terminaría implicada en ese asunto.
Estaría atento por si necesitaba ayuda. Al llegar a la cola, observó tras él un momento para asegurarse de que no les seguía nadie.
Pensó en Erik: «¿Aquel maldito cabrón le habría hecho caso?
». Era muy escurridizo y cometía muchos errores.
Jack
Esos dos eran fuertes, cosa que no le había pasado por alto; mataban sin pestañear. Eran profesionales. Su primer instinto había sido pedirles ayuda para encontrar a Danielle y su hija, pero luego comprendió que podían enseñarle a defenderse, a pelear para proteger a los suyos.
Mientras hablaba con ellos, se dio cuenta de que ella evitaba su mirada.
¿Era siempre tan callada o era por su causa?
Estaba explicándole a Tony la situación, pero él le contestó con prepotencia, cosa que no le gustó nada; aun así, decidió morderse la lengua, al menos parecía que estaba de acuerdo en entrenarle.
Lo siguió con la mirada mientras se alejaba al final del grupo.
—Te entrenaré —dijo ella con suavidad.
Le gustaba aquel tono; era tranquilo, inspiraba seguridad.
—¿A qué te dedicabas? Digo, antes de que pasase toda esta mierda —preguntó Jack, refiriéndose al caos que los había dejado en la calle.
—Asesina a sueldo. Era mercenaria para el gobierno y para quien me pagase bien —respondió con total naturalidad.
Inspiró sorprendido. Con razón tenían aquella destreza. Ahora estaba seguro de que se quedarían con esta gente, estarían a salvo y seguro que podría aprender mucho.
—Ahora comprendo muchas cosas —murmuró—. ¿Cuándo empezaremos a entrenar?
Alyssa sonrió y él quedó atrapado en su sonrisa y el suave hoyuelo que se formaba en su mejilla; de repente sintió ganas de besarla. No dio tiempo a que aquel pensamiento anidase en su mente, ya que ella empezó a hablarle.
—Pues mientras hacemos la cuarentena, si quieres. Pero creo que es mejor que descanséis y os amoldéis un poco al lugar y la situación.
—¿Cuarentena? —repitió extrañado.
—Sí, cuando lleguemos, esperaremos las pruebas para ver si estamos infectados; cuando entramos en contacto con alguien nuevo o traemos a alguien, solemos esperar entre tres y quince días. Depende de los resultados. Somos muchos; supongo que nos harán quedarnos más tiempo.
—¿Aún queda gente contagiada? —Jack se detuvo un momento agarrando a Alyssa del brazo.
—Es por precaución, hace mucho que no vemos a nadie con tos, sudores y demás. Tenemos una zona habilitada para eso. —Ella miró su mano que aún la estaba sujetando y él la soltó.
Jack asintió; la enfermedad volvía a aparecer para aterrorizarlo más si cabía. El virus invadió el mundo de muerte. Sus síntomas se veían a simple vista: solían sudar muchísimo, además de toser tanto que llegaban a no poder respirar. Fue uno de los peores momentos que vivió la humanidad.
—¿Y si damos positivo? Recuerdo que algunos contagiados no solían presentar síntomas.
—Pues nos harán alguna prueba más con un aparatito y cuando el médico diga, nos soltarán.
—¿No nos quitaremos este miedo nunca?
Ella no le respondió, simplemente siguió vigilando mientras él digería la noticia de la cuarentena.
En ese momento, su amiga Jenn se acercó a ellos con uno de sus pequeños en brazos.
—¿Disponéis de medicinas?
Alyssa llevó la mano hasta el moflete del pequeño y asintió; inmediatamente quitó el brazo y apretó la mandíbula. Él vio el gesto fugaz de ella con el pequeño; le resultó extraño que se contuviera.
—¿Necesitáis algo en concreto?
—Mi hijo es diabético —dijo Jenn señalando con la barbilla al pequeño.
—Hablaremos con Jake, es nuestro médico. Por raro que parezca, tenemos uno; somos afortunados.
El instituto apareció ante sus ojos; habían salido de pronto entre la maleza para encontrarse con un edificio enorme de hormigón.
Desde donde estaban, se veía una puerta levadiza y un murete a cada lado de ella señalaba la entrada de vehículos.
La pared se unía a una reja de más de dos metros de alto y más de cien de largo, hasta girar a la izquierda, donde había una puerta corredera enorme con un acceso a la entrada principal.
Al otro lado de la calle, junto a ellos, una hilera de adosados de lujo derruidos ocupaba toda la parte trasera del instituto, fuera de sus límites, pero cubriendo el lugar a la vista de cualquiera.
El enorme edificio gris parecía tener forma de U, pero aún no podía vislumbrarlo por completo; eran unas instalaciones muy grandes.