1. ¡Jack Miller!
Alyssa
E staba sentada en un sillón de profesor que había junto a la puerta cuando vio entrar a Erik; era un tipo delgaducho de nariz aguileña que no paraba quieto nunca. Por sus prisas supo que se traía algo entre manos.
Se rascó la cicatriz de su barbilla al ver los movimientos inquietos del rubio frente a Ray. Siempre le ponía nerviosa verlo tan confiado y a la vez impaciente por ser el centro de atención.
—He localizado a un grupo de personas —dijo Erik, tocándose el pelo rubio y ondulado de la nuca.
Encontrar a un grupo casi siempre era un problema. Desde que la guerra había terminado y el virus había invadido todos los rincones del planeta, todo resultaba peligroso.
Ray era un hombre demasiado entregado a la gente que no sabía defenderse por sí sola.
Había conseguido reunir a un grupo considerable de personas que convivían en un instituto.
En los tiempos que corrían, una gran parte de la población que quedaba mataba por diversión; todo el mundo los llamaba hostiles debido a la agresividad que mostraban ante cualquiera.
Su única forma de supervivencia para ellos era la violencia y el saqueo; el resto únicamente intentábamos sobrevivir.
Ray y su equipo ayudaban a estos últimos.
—Creo que deberías enviar a alguien para que los traiga —sugirió Erik al ver que no obtenía respuesta.
Ella resopló. Porque ya sabía a quién iban a enviar.
—¿Alyssa, puedes ir tú? —preguntó Ray, mirándola con expectación.
Tony dibujó una sonrisa torcida y se escuchó la risita burlona de Kim que resonaba al fondo de la sala; todos sabían que tenía que ser ella. Era la única capaz de conseguir que un grupo numeroso llegase con vida al instituto.
—Te llevarás a Erik y a Tony. Kim y yo nos quedamos vigilando el instituto —ordenó Ray.
Alyssa fulminó con la mirada al jefe y se giró hacia Erik, que sonreía de forma inquietante.
—¿Es necesario que él venga? Siempre me mete en líos.
Erik no temía a la muerte y eso, casi siempre, los ponía en peligro.
—Sí, gatita , voy a ir contigo para poder decirte cómo llegar al campamento —contestó burlón.
Tony, de manera agresiva, sacó un mapa y lo dejó sobre la mesa que tenía el militar delante de las narices.
—Señala el sitio, no nos haces falta —replicó con brusquedad, dando golpes sobre el mapa con un dedo mientras hablaba.
—Vamos, chicos, Erik siempre es una buena compañía —tranquilizó Ray el ambiente mientras abandonaba la sala con Kim.
El resto se encaminó a la cafetería en silencio. No había mucho más que decir.
A ella no le gustaba rebatir a Ray nada que tuviera que ver con aquel chiflado. Era su protegido. Ya se las apañarían.
—Recogeremos algo de comida y agua —comentó, calculando lo que iban a necesitar en la misión—. Espero que el grupo siga donde lo dejaste.
—Había niños y mujeres y, por su aspecto, no habrán ido lejos —respondió Erik.
Tony lo empujó con el hombro para que se apartase; el tamaño del mercenario duplicaba el del militar con creces.
Al sentir el empujón, Erik dio un salto hacia atrás, de forma cómica y exagerada, y se llevó la mano al pecho simulando que le tenía miedo.
Tony le lanzó una mirada, perdonándole la vida, al mismo tiempo que las carcajadas estridentes de aquel loco resonaron en el pasillo.
Tony
Alyssa caminaba delante. Tony la vio saltar una roca que sobresalía de la tierra mientras vigilaba la zona. A medida que se adentraban en el bosque, este empezaba a espesarse y eso los mantenía alerta a cualquier sonido.
Clavó por un momento los ojos en las curvas de Alyssa tras verla inclinarse para esquivar un árbol caído.
Al incorporarse, se agachó tras unos arbustos para vigilar con más tranquilidad entre la vegetación.
Su agilidad era casi hipnótica y felina.
Era una locura tenerla siempre tan cerca y a la vez tan lejos.
Levantó la cabeza apartando la mirada e inspiró con fuerza al recordar viejos tiempos.
Habían tenido una historia juntos durante la adolescencia cuando el tío de Alyssa les enseñaba a ambos el arte de matar, pero él no tenía demasiado tiempo para perder con ella.
Luego, mientras trataban de sobrevivir a la guerra y huían escondiéndose para no terminar en una fosa común, se vieron abocados a una relación tormentosa que no duró mucho: «sexo sin obligaciones», lo llamó ella.
Después de vivir ese caos y casi haberla perdido en más de una ocasión, solo podía pensar en lo que sentía.
Le parecía una mujer preciosa; el hoyuelo que se le formaba al sonreír lo volvía loco.
Además, la cicatriz de la ceja y la de su barbilla, lejos de afear su rostro, lo endurecían, haciéndolo más atractivo.
Mientras se perdía en sus ensoñaciones, el crujido de unas ramas le hizo volverse solo para descubrir que Erik había desaparecido.
Tony lo buscó; necesitaba pensar en otra cosa que no fueran sus sentimientos y no se fiaba un pelo de aquel tipo. Siguieron inspeccionando con sigilo, pero sin perder de vista el camino que les había indicado su compañero.
—¿Se puede saber dónde se ha metido? —dijo gruñendo antes de situarse junto a Alyssa.
—Déjalo, no quiero estar pendiente de él. —Después de decir aquello, aún se giró para buscarle.
Tony la miró; estaba de perfil vigilando entre los árboles. Podía aparentar tranquilidad, pero él la conocía muy bien, sabía que estaba alerta ante cualquier peligro.
—Erik dijo que estarían por ahí —murmuró Tony.
Los dos emprendieron el camino de nuevo.
Alyssa
Saltó un tronco y luego se agachó tras un árbol, vigilando.
Hizo un gesto rápido para que Tony se agachase, él no se lo pensó y se acercó con sigilo.
Por fin los habían encontrado. Mientras miraban hacia el grupo, vieron salir a unos niños que se pusieron a jugar.
Los pequeños estaban despeinados y sus ropas ajadas, desgastadas por el tiempo.
La mercenaria vio a unos hombres que se aseaban junto al río e iban tan harapientos como los pequeños. El pelo sucio y la barba larga los hacían parecer náufragos en una isla desierta.
—¿Dónde se habrá metido? —murmuró Tony con los dientes apretados—. Esto me da mala espina.
—Vamos, parecen hambrientos. Olvídate de Erik y céntrate en nuestro trabajo.
Alyssa se movió despacio entre los árboles para no llamar la atención. Cuando estuvo cerca, salió de su escondite para que el grupo la viese y levantó las manos. Tony, un poco más lejos, hizo lo mismo. Los hombres se asustaron al verlos, poniéndose en guardia.
—Hola, no vamos a haceros daño —dijo Alyssa.
Vieron como un par de pistolas les apuntaban. Esos hombres tenían mal aspecto, parecían desnutridos. Los niños salieron corriendo asustados. Uno de los adultos intentó decir algo, pero otro levantó la mano para hacerle callar.
—Traemos comida —continuó diciendo ella mientras levantaba su mochila para que la vieran.
El hombre que estaba más cerca sujetaba la pistola con firmeza. Alyssa podría asegurar que no tenían munición; hacía demasiado tiempo que no quedaban balas, pero no iba a arriesgarse.
Aun así, el grupo estaba haciéndose a la idea de que no les harían daño.
Uno de ellos empezaba a bajar el arma, cuando un estruendoso grito de guerra irrumpió en el claro; era el aviso para ponerse a cubierto.
Erik corría hacia ellos mientras gritaba y, dos segundos después, un grupo de hostiles aparecía junto al río, donde Alyssa intentaba hacer que dejasen de apuntarlos.
La situación se complicó en cuestión de segundos.
—¡Erik, por el amor de…! —Tony no terminó la frase; eran unos quince hombres armados hasta los dientes.
La batalla empezó tan pronto como llegaron al claro.
Alyssa soltó la mochila y sacó su machete mientras veía por el rabillo del ojo cómo Erik se deshacía de uno de ellos.
Los tres hombres que habían ido a rescatar empezaron a defenderse, pero, para su sorpresa, no lo hicieron con las pistolas; sacaron puñales y navajas.
Ahora estaba segura de que no tenían balas.
Alyssa le dio un par de puñetazos a uno de los hostiles.
Levantó la pierna con fuerza hacia el costado de su enemigo, haciendo que se doblase por el dolor del golpe.
Se acercó todo lo que pudo y le rasgó con el machete entre las costillas, clavándole un cuchillo en el otro lado.
Sabía que le había perforado un pulmón. De una patada se lo quitó de encima, fue hasta él y le cortó la yugular dejando que se desangrara.
Se deshizo de otro, haciendo que su machete desgarrase su estómago y lo lanzó después junto al agua.
En seguida descubrió que uno de los hombres que habían ido a salvar estaba en apuros.
No podían perderlos el mismo día que intentaban rescatarlos.
Enfundó el machete en su muslo y corrió lo más rápido que pudo hacia el hostil que estaba a punto de matarlo.
Lo agarró del pelo y tiró de él hacia atrás con fuerza mientras su cuchillo rasgaba la piel del cuello de su enemigo, haciendo que la sangre saliera a borbotones.
Lo empujó para quitárselo de encima, dejándolo caer al suelo.
En ese momento, descubrió que de pie frente a ella estaban los ojos verdes del famoso Jack Miller.
Sus facciones se notaban bien marcadas, ocultas bajo el pelo, aquellas que recordaba al detalle.
Alyssa se quedó paralizada al reconocerlo.
«¡Jack! ¡Joder, joder, joder! ¡No puede ser real!
¿Lo es?», se preguntó nerviosa Alyssa, sintiéndose por un momento como una adolescente.
Perdió el control de sus latidos y notó que sus manos temblaban. «Lo es».