Al pasado se lo llevaron las bombas El inicio
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Al pasado se lo llevaron las bombas

Al pasado se lo llevaron las bombas

Por Majo Lopez

© inepub.com

El inicio

Alyssa

—¡N o puedes echarme así! —balbuceó con la voz rota.

Sus puños estaban apretados por la impotencia mientras trataba de avanzar para entrar en casa. Su tío le cortó el paso.

—Ve con Tony, escondeos en el piso franco.

—Pero, tío… —suplicó Alyssa.

Él cubría su boca con un pañuelo, tapándose los labios y la nariz, y lo sujetaba con una mano temblorosa.

—Alyssa, tu tía tiene el virus, y puede que yo también.

—Tragó saliva mientras daba un paso atrás—.

Allí tenéis comida y agua para sobrevivir unos meses y, sobre todo, armas; las vais a necesitar si esto se pone más feo.

Te he entrenado bien, eres una buena mercenaria; haz lo que debas para seguir adelante.

Sin más, dio un portazo y la dejó al otro lado.

Tony la esperaba en la acera de enfrente con el coche en marcha.

Estaban en medio de un trabajo cuando estalló el pánico.

Alyssa cogió su mochila del suelo y, apretando el asa con fuerza, se la echó al hombro.

Antes de marcharse, estiró la mano para rozar con la punta de los dedos la puerta.

Corrió hasta el coche y Tony arrancó para conducir hasta el piso que les había indicado su tío.

La calle estaba anegada de gente; unos trataban de huir con sus vehículos, tal como estaban haciendo ellos. Otros solo miraban lo que ocurría a su alrededor aterrorizados mientras se atrincheraban en sus casas.

—¿Una vacuna nueva? —replicó una voz en la radio.

Alyssa miró a Tony con escepticismo y él apagó el cacharro para conducir en dirección contraria hacia donde se dirigían todos.

—Espero que todo esto no desemboque en algo peor… —susurró ella observando por la ventanilla.

El caos estaba servido: el virus mataba a miles de personas al día, las grandes potencias mundiales habían empezado a especular y las vacunas eran la excusa perfecta para una guerra.

—Todos quieren la inyección milagrosa que nos salve de una muerte segura, pero lo que los políticos desean es el poder, ser el primero en lanzar al mercado la cura.

—¿Crees que habrá guerra? —preguntó Alyssa mirándolo.

Él se encogió de hombros y giró en la siguiente calle; las aceras estaban desiertas y ya no se escuchaba nada.

—Creo que nuestro edificio está vacío.

—¿Y si no lo estuviera?

—Ponte la mascarilla y no te acerques a nadie.

—¡Uy! Qué fácil lo dices… —ironizó ella apretando los dientes.

Bajaron del coche y salieron disparados hacia el interior del edificio. Un vacío en su estómago le decía a Alyssa que no volverían a sentirse seguros en mucho tiempo.

Tony subía delante mientras ella controlaba sus espaldas de vez en cuando. Lo hacían despacio y con sigilo; podía aparecer cualquier intruso en menos de dos segundos con solo abrir una puerta.

Al entrar, dejaron sus cosas en el suelo.

Tony tiró de un aparador, moviéndolo con dificultad hacia la puerta; Alyssa solo empujaba a duras penas porque era un mueble demasiado grande, pero así se aseguraban de que nadie pudiera entrar.

Conocían las normas: nada de luz artificial; dormían por turnos; la puerta no se abría, aunque hablase una viejita al otro lado, y la comida se racionaba por mucho que supieran que iban a salir al día siguiente.

Tony tenía la radio encendida y los auriculares conectados.

—Ha estallado la guerra —pronunció las palabras en un murmullo.

Alyssa se arrodilló a su lado en el suelo y le quitó un auricular para ponérselo.

Llevaban tres meses encerrados y, en los últimos días, no se escuchaba ni un solo ruido en la calle ni en las inmediaciones.

Los móviles sonaron demasiadas veces los primeros días; luego dejaron de intentar localizarlos, tal vez porque pensaron que estaban muertos.

La mercenaria apretó los puños sobre sus rodillas y miró a su amigo con miedo.

—Una bomba y somos picadillo. Debemos huir… —susurró Tony.

—Sí, este lugar es peligroso —confirmó ella.

Se dieron una ducha rápida antes de vestirse para sobrevivir en la calle. Agarró el pomo de la puerta para salir y cogió aire, sin poder mover la mano.

—Ahora no puede ser que tengas miedo —apremió él, muy cerca de su espalda.

Ella se giró, tenía a Tony casi pegado a su cuerpo.

—No sé qué me pasa. —Tragó saliva con dificultad.

—Demasiado tiempo encerrados… Hay que salir. Nuestro único objetivo es sobrevivir a toda costa. Yo siempre cuidaré de ti, Aly.

Giró el pomo al fin y abrió la puerta, poniéndose en guardia.

Tony pasó por delante de ella. La mercenaria echó un vistazo a sus espaldas para comprobar que no se dejaban nada.

Volvió corriendo y recuperó la radio. Los móviles se quedaron tirados donde estaban; hacía tiempo que no tenían cobertura ni electricidad para cargar los teléfonos.

Tony

Casi tres años en la calle, la pesadilla de cualquier persona. Las bombas lo arrasaron todo; solo podían huir para mantenerse a salvo, hasta que terminaron escondiéndose en un bosque.

Tony observaba a Alyssa que estaba lavándose la cara en la orilla del río. El agua bajaba cristalina. El sonido de balas y gritos desgarrando el silencio ya eran parte del pasado.

—Hace demasiado tiempo que no vemos a nadie —dijo ella mirándolo—. ¿Crees que ha terminado?

—Creo que queda poca gente que quiera seguir luchando.

Una rama crujió y ambos se pusieron en guardia. Tony apagó el fuego con el pie y corrieron a esconderse en un lugar seguro.

Ella le hizo un gesto con la mano, señalando al frente; vio a tres militares con machetes que se abrían paso entre los matorrales. El que parecía un sargento se agachó para tocar el lugar donde tenían el fuego. Tony se había confiado y lo había encendido para calentar una lata de albóndigas.

—Se acaban de ir —informó al resto.

Un hombre rubio observaba amenazante su perímetro.

—¿Crees que sabrán que la guerra ha terminado? —preguntó una mujer menuda que agarraba con fuerza su machete. Llevaban ropa de camuflaje y parecían entrenados.

—Lo que creo es que pueden ser hostiles…

Tony se giró para decir algo a Alyssa, pero ya no estaba en su posición. Abrió mucho los ojos y la buscó con impaciencia.

La vio saltar sobre la rubia, sujetarla del cuello y tirar de ella para alejarla del grupo.

—¡Ey! ¡Para! ¡Que no somos el enemigo! —gritó la chica sin hacer nada por defenderse.

Los otros hombres levantaron las manos a modo de rendición.

—Estamos buscando gente que necesite ser salvada, o alguien experimentado que pueda ayudarnos a rescatar personas —explicó el sargento, haciendo movimientos con las manos para que Alyssa se calmase—. Estoy seguro de que estás en el segundo grupo.

Ella se mordió el labio y le lanzó una mirada rápida a Tony, que salió de su escondite con las manos en alto.

—¡Mira! Ese sí que nos vale. ¡Menudo mastodonte! —soltó el rubio, dando una palmada que alertó a Alyssa e hizo que se llevase su presa algo más hacia atrás—. Gatita…, si yo quisiera, ya estarías muerta.

—Si lo intentases, tú serías el muerto —amenazó la mercenaria.

—Me gusta, jefe, ¿nos la quedamos? —dijo el rubio, mirándola con una sonrisa que puso en alerta a Tony.

—Me llamo Ray —se presentó el hombre con barba cana, mirando a Alyssa—.

Esa mujer que tienes sujeta es Kim, una de mis mejores guerreras; si no te ha bloqueado el ataque es porque sabe que te necesitamos, a los dos, y el chico que pone nervioso a cualquiera es Erik.

—Señaló con el pulgar al rubio que se acuclilló en el suelo para ver si en la lata de comida quedaba algo.

—Tenemos un lugar seguro —murmuró, y luego lanzó la lata, haciendo que su contenido se perdiera—. Vámonos.

Bajaron la guardia, la mercenaria soltó a su presa y Tony le tendió la mano al tal Ray.

—Soy Tony y esta es Alyssa.

—¿Sois del ejército? —preguntó Ray.

—No, hacíamos trabajitos para el gobierno. Mercenarios —respondió Tony.

—¡Mola! —dijo el rubio con una media sonrisa—. ¿Los dos? Ella es una enclenque.

—Ella es mejor que yo —refunfuñó Tony en respuesta a Erik, que se quedó mirándola como si fuera un bicho raro.

—No te creo, eres un amasijo de músculos.

Alyssa miraba a su amigo con gesto enfadado y Kim se acercó a ella para darle un abrazo que los dejó sorprendidos a todos.

—Tenía ganas de tener una compañera. Cuando me has cogido por sorpresa, sabía que serías tú.

—Vámonos, chicos, necesitan descansar y comer algo —anunció Ray, poniéndolos en marcha para volver a su refugio.

Jack

Estaba sentado en el sofá mirando las noticias mientras Any dormía pegada a su costado, cuando vio que en las noticias anunciaban el confinamiento del pueblo para ese mismo viernes.

Jack alcanzó el teléfono para llamar a Danielle, que estaba en el trabajo, y le contó lo que había visto.

No podía apartar la mirada de la niña dormida junto a él.

Tenía síntomas de resfriado y había decidido quedarse en casa con ella. ¿Tendría el virus?

—¿Cómo que confinamiento? —gruñó ella desde el otro lado de la línea.

—Lo que oyes, confírmalo con tu representante; yo voy a hablar ahora con Jared, que está en el plató.

—¡No pienso quedarme encerrada en casa!

—Puedes quedarte con Marck si es lo que quieres; no obstante procura no traer tu mal genio a casa con los niños.

Colgó el teléfono y lo dejó sobre la mesita con más fuerza de la necesaria, cargó a la pequeña en brazos y la llevó a su cuarto.

Fue a la despensa para encontrarla atestada de comida. Mirta siempre los mantenía bien abastecidos, pero ¿habría suficiente?

Tenía el móvil apretado en su mano y marcó el número de Jenn.

—¿Has visto las noticias? —dijo ella, nerviosa.

—Estoy en casa con Any, tengo que salir a comprar, está algo resfriada y ahora temo que sea eso otro…

Su voz había temblado al intentar mencionar la dichosa enfermedad; no le salía el nombre, no por falta de memoria, sino por el miedo a que su hija lo tuviera.

—Espera, quédate en casa, yo estoy comprando; no te puedes imaginar cómo están los estantes, el supermercado entero es una locura. No salgas, yo te llevaré cosas esenciales.

—¿Harina?

—No hay. —Resopló frustrada antes de continuar—. No hay casi nada. Estoy cargando latas inútiles, aceite y mantecas. ¡Ah, y pasta! De eso sí que hay.

—Coge para todos… Jenn, creo que voy a hacer un pedido a ver si tengo suerte y me lo traen a casa.

—Vale, pide todo doble, porque aquí lo que queda ya lo he cogido yo. Podríais venir a casa; todos juntos seremos más fuertes.

—No vamos a morir, esto es solo unos días. Respira —aseguró él, transmitiendo una tranquilidad que no sentía.

—Pues la gente aquí fuera no parece que piense que son unos días… Da miedo; todos corren, se atrincheran o saquean el súper.

Jack cogió aire y cerró los ojos con fuerza.

—Llamo a la tienda para ver si pueden enviarme algo. Luego hablamos.

Durante dos meses vivieron el encierro con resignación y peleas con su esposa, además del miedo a que el virus se colase por debajo de la puerta.

La electricidad empezó a fallar y de pronto internet cayó.

Sus amigos y vecinos abrían la ventana y de vez en cuando charlaban a gritos con ellos.

Sus casas estaban bastante cerca, solo separadas por el jardín de ambas y una valla baja de madera.

Jack subió a buscar su vieja radio; al bajar, todos en casa se pusieron a buscar pilas para poder ponerla en funcionamiento. Una hora después, el terror se dibujó en su rostro.

—¿Qué pasa? —preguntó su esposa, que no estaba escuchando.

—Guerra. Ha estallado la guerra en Europa.

—Eso nos coge bastante lejos, amor.

Él miró a Danielle con cara de sorpresa y subió de nuevo a la buhardilla para buscar sus armas y toda la munición que tenía guardada en casa. Al terminar, se asomó a la ventana para encontrarse con el rostro de Jared descompuesto.

—Guerra… —murmuró su amigo. Jack asintió y levantó su pistola.

Su amigo negó con la cabeza y entró en casa para hacer lo mismo que él; luego Jack y los suyos salieron para ir a visitar a sus vecinos.

—Debemos irnos —propuso Jack.

—¿A dónde? —preguntó Jenn, asustada.

—Al bosque, lejos de la ciudad, lejos de estas casas lujosas que van a saquear cuando todo esto se ponga feo.

—¿Pero estáis locos? —protestó Danielle.

—Hay que sobrevivir y poner a los niños a salvo… —Esta vez era Jared el que apretaba los dientes con tanta fuerza que al hablar casi no se le entendía.

Jack y Danielle volvieron a casa con el plan ya resuelto, cargarían mochilas pequeñas con lo imprescindible y luego saldrían en busca de un lugar más seguro; esas mansiones solo eran un imán para ladrones.

—Vamos a morir… —dijo ella en un murmullo.