Al otro lado del Nilo 7. POCO PROBABLE, PERO NO IMPOSIBLE #6
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7. POCO PROBABLE, PERO NO IMPOSIBLE #6

Regresamos a casa, cada uno sentado en su asiento, mirando por la ventanilla, sin hablar.

Tutu parece haberse dado cuenta de que este es el último día, de que ya no volveremos al yacimiento.

Los dos vamos con el estómago encogido. Al llegar a casa, Karim, Mohamed y Mustafa están empaquetando algunas cosas para luego llevárselas al almacén, donde guardamos todo de un año para otro.

Hay varias cajas de cartón cerradas y apiladas en el jardín, y Tutu ya no tiene la menor duda.

Se le cambia la cara y las orejillas se le caen a los lados sin remedio.

Después de comer, subo un rato a la azotea.

Aquí tenemos una mesa y unas sillas a la sombra de un chamizo, que iluminamos por las noches.

También es aquí donde tendemos la ropa, y, al otro lado de la escalera, hay una parte sin acabar, con las barras de hierro saliendo verticales de los pilares, y algo de tierra en el suelo que Tutu interpretó al momento que estaba pensada para él, para sus necesidades.

El atardecer desde aquí es una postal. A la vez que los campos de cultivo ganan contraste y viveza con la luz rasante del sol, la montaña se va apagando y perdiendo relieve hasta convertirse en una mancha azulada sobre la tenue claridad que todavía conserva el cielo.

Sirio se adelanta y ya luce cerca de la luna.

El muecín sigue recitando versos del Corán por el altavoz, y se le oye como si estuviera en el patio de abajo.

Explotan algunos petardos y varios chiquillos corren gritando y riendo por el camino de delante de la casa.

Tutu no puede reprimir sus ladridos de protesta.

Lo mando callar con poco éxito, y suenan más petardos.

Se encienden unas ristras de luces rojas que caen desde la terraza del último piso hasta el suelo.

Es Ramadán. El verde se acaba extinguiendo y el cielo se oscurece definitivamente.

Hora de empezar a hacer la maleta y guardar en cajas de plástico la ropa de trabajo y todo lo que quiera dejar en Luxor para el año que viene.

Tutu se hace un ovillo en el sofá, cierra los ojos y da la impresión de que no va a querer levantarse nunca.

A la mañana siguiente, la última mañana, el rais Alí Farouk aparece en casa para despedirse, siempre elegante, con su turbante, el bigote teñido de puntas retorcidas hacia arriba, y su bastón de madera.

Haga lo que haga, es como una escena de película.

Ahora está trabajando con otra misión arqueológica, pero ha hecho un hueco, no vaya a ser que a uno de los dos se nos complique la tarde.

Le preparo un Nescafé y nos sentamos un rato en el porche junto al jardín.

Hablamos de la campaña que viene, de dónde excavaremos, del equipo, de la logística, de lo que habría que comprar, de que el Ramadán empezará a principios de febrero.

Todo queda supeditado al dinero que consiga reunir, pero él no le da importancia al tema de la financiación; como llevo consiguiendo el dinero todos estos años, es como si cayera del cielo.

Parece que soy el único al que le preocupa el tema.

Luego me habla de su hijo, de que se va haciendo mayor, pero que no quiere casarse hasta que no encuentre un buen trabajo, y no lo encuentra.

Pero él ya quiere un nieto, se jubilará pronto y lo del nieto le empieza a obsesionar.

Yo le pregunto por sus hijas, que tiene tres.

La mayor está casada y tiene una hija, pero ella, al parecer, cuenta menos.

Habla de ellas con cariño, pero ya preocupado por sus futuras bodas, que habrá que pagar.

El tema del dinero es recurrente, lo que es normal, pero yo intento medir mis intervenciones y mantener cierta distancia, ser «hermano» puede salirte muy caro.

Dos o tres cigarrillos después, nos levantamos y nos despedimos con un abrazo prolongado y dos besos.

—Dile adiós a la familia de mi parte, especialmente a Mona. Kulu sana ua anta tayib , Alí, cuídate mucho. Nos vemos pronto. Yo vendré a El Cairo a finales de mayo para traer los papeles de la próxima campaña, tal vez nos podamos encontrar allí.

Alí se despide de Tutu gruñéndole un poco, como él suele hacer a los trabajadores para desperezarlos, le acaricia la cabeza y sale de casa.

En ese momento, Mohamed saca al patio la caja grande en la que Tutu viaja en avión.

Le entran los siete males y empieza a moverse nervioso, con la cabeza agachada y mirando con las pupilas hacia arriba, como tratando de dar lástima.

Odia la caja y debe de odiar aún más viajar en la bodega del avión. Ese es el precio que tiene que pagar.

—Al menos el tramo Luxor–Cairo lo haremos en minibús, eso que te libras.

Saldremos al anochecer, para llegar a El Cairo a primera hora de la mañana.

Por la noche hay menos tráfico y menos controles de policía.

Eso sí, esperemos que el conductor no se duerma.

Allí estaremos bien, tenemos buenos amigos y la isla de Zamalek es acogedora, tiene árboles inmensos y, aunque no hay casi aceras, se puede pasear. Pero, sobre todo, se ve el Nilo.