Al otro lado del Nilo 7. POCO PROBABLE, PERO NO IMPOSIBLE #4
94%

7. POCO PROBABLE, PERO NO IMPOSIBLE #4

La hipótesis de Lola me incomoda, pero, a la vez, me seduce.

Es curioso cómo la mirada de alguien ajeno puede darle la vuelta a todo.

¿Tan condicionados estamos por la forma de ver las cosas que nos inculcaron nuestros maestros y los libros con los que nos formamos?

¿Cómo es posible que, muchas veces, necesitemos la mirada de alguien de fuera para replantearnos las cosas?

De repente, lo que creíamos que eran verdades absolutas, incuestionables, los pilares de nuestro conocimiento, comienzan a tambalearse.

—¿Las mujeres escribían? ¿Iban a la escuela de escribas? ¿Hay algún testimonio de mujeres escribas? —Lola se va animando y empieza a mostrar, en el brillo de sus ojos y en la media sonrisa que se le escapa, cierto grado de satisfacción, como si empezara a olisquear la victoria, al verme acorralado.

—Esta pregunta me gusta, pero la respuesta, de nuevo, no es sencilla.

Es curioso e interesante que a las mujeres no se las represente escribiendo.

En las escenas de contabilidad en los almacenes, en el campo, en palacio, los escribas son siempre hombres.

Sin embargo, sabemos que algunas mujeres —de la élite, claro— sabían escribir.

Tenemos la paleta de escriba de una de las hijas de Akhenaton y Nefertiti, y está usada.

Se conocen algunas cartas que están firmadas y van dirigidas a mujeres, y que Nefertari, la esposa de Ramsés II, intercambiaba cartas con la reina de los hititas, pero estas podrían perfectamente haber sido dictadas a un escriba hombre.

Creo que no se pueden utilizar como prueba.

»Claro que una prueba muy elocuente la encontramos en el ámbito divino: la diosa Seshat.

Ella es la patrona de los escribas, la divinidad encargada de la escritura, la versión femenina del dios Thot o Djehut.

Seshat es la diosa responsable de la administración, sobre todo de los números, de la contabilidad, del cálculo del tiempo y del espacio.

Si las mujeres hubieran tenido vetado el ejercicio de la escritura, los egipcios nunca habrían imaginado una divinidad femenina encargándose de estas tareas.

El hecho de que exista la figura de Seshat nos está indicando que las mujeres, al menos algunas de ellas, sí sabían escribir y tenían conocimientos matemáticos.

Y ahora la pregunta es: ¿por qué no se las representa escribiendo?

¿Por el simple hecho de que solo unas pocas sabían hacerlo?

—Contéstate tú. ¿Por qué no se representa a las mujeres escribiendo?

Te he oído comentar que el arte es un lenguaje y, como tal, está sujeto a muchos convencionalismos; y que siempre tiene un propósito, una función.

Eso hace que el artista no siempre muestre la realidad, o toda la realidad, si ese no es su objetivo.

Hasta aquí estamos de acuerdo: las mujeres escriben, pero no se las muestra escribiendo.

A lo mejor esto es así por la sencilla razón de que los propietarios de las tumbas son, salvo excepciones, hombres.

La decoración de las tumbas, las estatuas, las lápidas, todo gira en torno al hombre, a ensalzar su figura como pater familias .

En este contexto, ultramasculino, ¿qué sentido tendría mostrar las capacidades de la mujer?

Ella aparece, salvo excepciones, supeditada al hombre, acompañándolo, en su papel de madre, esposa o hija…

¿Por qué se la iba a mostrar escribiendo?

¿Para qué? No interesaba… al hombre. Y si una mujer, pongamos por caso una tal Djehuty —Lola está cada vez más entusiasmada con su idea, ya no puede parar—, aprendiera de muy niña a escribir, le encantaran las letras y los números, tuviera un talento innato, fuera una alumna aplicada, quisiera llegar a ser escriba y desempeñar una tarea en la administración…

¿sería posible? Puede que, en general, no.

Pero quizás, en el momento en el que una mujer está ejerciendo de faraón, esto fuera más factible que en otras épocas.

¿No crees? Ahora bien, nunca se la representaría desempeñando esa tarea como mujer, no, eso no.

Si se la representase, aparecería como un escriba hombre, igual que le ocurriera a Hatshepsut.

—Me estás liando… pero es un buen lío, de los que te hacen pensar.

¿Sabes? Se me había olvidado que tenemos otro objeto que, muy probablemente, perteneció a Djehuty, además de los pendientes y las cuentas del cinturoncillo.

Es la «Tabla del aprendiz». ¿Te acuerdas de que la vimos en el Museo de Luxor?

La encontramos rota en pedazos delante de la tumba de Djehuty, por lo que todo indica que formó parte de su equipamiento funerario.

En una de sus caras, el ejercicio de dibujo consiste en el retrato frontal de un rey, Por la anchura de los hombros se puede deducir que el faraón representado es una mujer, ¿lo recuerdas?

¿Te das cuenta de lo que implica? Pues que Djehuty, cuando era joven, dibujó en su pizarrín de escuela a Hatshepsut como mujer y como rey a la vez.

Y ese dibujo lo conservó como si fuera la portada de su cuaderno de caligrafía.

Y lo guardó hasta el final de sus días, hasta llevárselo a la tumba.

Es llamativo, ¿no? Es como si la figura de Hatshepsut siendo rey-mujer fuera la heroína de Djehuty.

Si Djehuty fuera una escriba-mujer, tendría todo el sentido. Te estoy regalando argumentos…

—¡Gracias! ¿Y no crees tú que a Hatshepsut, mujer rodeada constantemente de hombres, como de debía estar, le habría gustado tener a su lado a otra mujer, aunque solo fuera para no sentirse sola: alguien con quien sentirse cómoda, a quien hacer confidencias?

Una mujer culta e inteligente, con quien conversar de lo divino y lo humano.

¿No tenía la reina Isabel la Católica a su lado a Beatriz Galindo, la Latina, y a otras mujeres que habían estudiado?

¿No les pasa eso incluso a las reinas de hoy en día, que buscan tener cerca a alguna mujer para contar con un apoyo psicológico en un mundo de hombres?

¿Por qué Hatshepsut iba a ser distinta? ¿No dices tú siempre que los antiguos egipcios pensaban y se comportaban de forma muy similar a nosotros?

Pues ahí lo tienes. Otra cosa es que no interese contar ese tipo de detalles, como lo que hemos hablado antes de que las mujeres escribían, pero no se las representa escribiendo.

—Sí, eso lo he visto y vivido en directo; es así. Pero si no tenemos pruebas, no nos lo podemos inventar, aunque parezca lógico y tenga todo el sentido. Tenemos que ceñirnos a las fuentes documentales.

—Pero si tú mismo dices que las inscripciones, las escenas que decoran las paredes de los templos y de las tumbas de los nobles, todas están condicionadas por la tradición y tienen una intencionalidad. Tú mismo afirmas que las fuentes oficiales no reflejan la realidad.

—Precisamente por eso excavamos, esa es la razón de ser de la arqueología: buscar información sobre la realidad, tratar de compensar el carácter subjetivo y manipulador de los textos y de las representaciones artísticas.

Tenemos que buscar alguna pista en la arqueología.

Pero si no la encontramos, no podemos inventárnosla.

No se puede hacer un argumentum ex silentio .

No podemos hacer ahora una novela histórica.

La ciencia se basa en hechos, no en especulaciones más o menos plausibles, más o menos seductoras.

La ciencia es, ciertamente, más aburrida que la literatura de ficción.

Porque necesita datos, pruebas. Aunque en Egipto tenemos tanta información de todo tipo, y la historia es tan atractiva, que no hay necesidad de inventarse nada.

—De acuerdo. Pero la ciencia avanza desafiando las creencias del pasado que no han sido suficientemente demostradas o contrastadas. Volvemos al principio, ¿qué pruebas tienes de que Djehuty fuera hombre?

—No te rindes, ¿eh? Mi maestro decía que en la historia no se puede demostrar nada, que solo se puede argumentar de forma convincente… Claro que él luego no era precisamente un modelo de argumentación: era famoso por arrimar siempre el ascua a su sardina.

—Volviendo a Djehuty. —Lola se levanta y empieza a andar junto a la fachada—.

¿No te parece rara la damnatio memoriae que sufre Djehuty?

¿No te resulta intrigante que siga la misma suerte que Hatshepsut?

Tú mismo dices que no se sabe por qué se borra de manera sistemática el nombre de Djehuty en su tumba, por qué se le golpea violentamente la cara en los relieves, incluso el cuerpo entero.

Alguna vez has mencionado que el hecho de que el padre fuera de origen palestino o sirio no tuvo por qué suponer un problema, porque en aquella época había gente de padres extranjeros que ocupaba cargos importantes en la administración, como Benia, supervisor de los trabajos para Tutmosis III.

Especulas sobre la posibilidad de que pudiera haber sido un problema familiar, relacionado con su herencia, al no haber tenido un hijo que lo heredara todo.

Pero ¿y si Djehuty sufriera damnatio memoriae por el hecho de haber sido una mujer que hubiera desempeñado un cargo reservado solo para hombres?

Esto puede parecer tonto, oportunista, pero volvemos a lo de antes: ¿no es ese el caso de la reina Hatshepsut?

¿No sufre ella la damnatio por haber sido una mujer que ocupó el trono, reservado solo a los hombres?

¿No se trataba de borrarla de la memoria colectiva para que no pudiera servir de ejemplo y de argumento a otras mujeres en el futuro?

Pues esas mismas circunstancias pudieron haber sido las que provocaron que, una vez sepultada, Djehuty sufriera damnatio memoriae , para evitar que otras mujeres pretendieran ocupar cargos en una administración esencialmente masculina.