7. POCO PROBABLE, PERO NO IMPOSIBLE #3
—Te va a sonar raro y puede que sea una auténtica locura —me previene—, así que seré muy directa.
—Venga.
—Allá voy. Pregunta: ¿y si Djehuty fuera una mujer? ¿Podría haber sido Djehuty una mujer?
—¿Qué? ¡Lola! ¡Venga! No, eso no. No es posible.
—¿Por qué no? ¿Qué pruebas tienes de que fuera hombre?
—¿Pruebas? ¿De que fuera hombre?
—Sí. Tú me dijiste que no encontrasteis su cuerpo, que los saqueadores arramblaron con todo y luego prendieron fuego al ataúd y a su momia, y que no quedó nada, ¿no?
—Ya, efectivamente, no tenemos su cuerpo. Pero sus imágenes en la tumba, esta estatua de aquí, a la entrada, y los relieves del interior, lo muestran como un hombre.
—¿Y eso es acaso una prueba definitiva? ¿No tuvo Hatshepsut que hacerse representar como un hombre para poder ejercer de rey?
Siendo una mujer con todos sus atributos femeninos, y todos a su alrededor sabiendo perfectamente que era una mujer, ¿no aparece como un hombre en los relieves y las estatuas?
Entonces, es posible que la apariencia no coincida con la realidad.
Al menos, tenemos un caso bien documentado y contrastado. Y de la misma época que Djehuty.
—Ya, vale. Bien traído. Veo que has hecho tus deberes —respondo, adoptando un tono más reflexivo—.
Pero ¿y el nombre? Los nombres de Hatshepsut son todos de mujer, mientras que Djehuty es un nombre masculino.
En Egipto había nombres que podían usarse indistintamente para hombres y para mujeres, como Ahmose o Ahhotep, pero Djehuty se utilizaba solo para hombres.
—Vale, pero tú me dijiste que el nombre de Djehuty significa «el que pertenece al dios Djehut», es decir, al dios Thot; que la - y final indica pertenencia y que se puede usar tanto para masculino como para femenino, por lo que, gramaticalmente, sería posible que el nombre se empleara también para una mujer, ¿no?
¿Cómo se hubiera dicho en egipcio «la que pertenece al dios Djehut», igual, ¿no?
—¡Uf! No sé qué decirte. Djehuty es un nombre masculino.
Puede que haya un par de mujeres que se llamen así, y es verdad que también hay algunas mujeres, pocas, que incluyen Djehut o Djehuty en sus nombres, como, por ejemplo, Djehuty-mes, «la nacida de Djehut/Thot», o Djehuty-hotep, «la que satisface a Djehut/Thot», aunque estos son más comunes entre los hombres.
—Me has contado igualmente —continúa Lola sin dejar que la pausa se prolongue, como si lo tuviera todo bien estudiado, hasta mis respuestas— el caso de Neb.
En la inscripción del ataúd figura el nombre de Neb como su propietario, y es un nombre masculino, «el señor» o «el dueño», pero cuando hicisteis la radiografía del cuerpo que estaba dentro, resultó que era una mujer.
Es decir, que el género del nombre puede no coincidir con el sexo del individuo en cuestión, ¿no?
—Ahí has forzado un poco la argumentación. Lo de Neb es distinto, porque los ataúdes se fabricaban, pintaban e incluso se escribían antes de saber la identidad de quién los iba a comprar. Se escribió Neb como pudo haberse escrito otra cosa.
—Bueno, dejémoslo en que lo del nombre no es un argumento a favor —admite ella—, pero tampoco lo es en contra. ¿Vale así?
—Yo diría que es un argumento en contra, pero no es del todo concluyente.
—Lo acepto, pero volvamos a la tumba. No tenemos su cuerpo ni su ataúd. Pero ¿qué tenemos de Djehuty? ¿No se encontró nada que pudiera darnos una pista? Me dijiste que aparecieron unos pendientes.
—¡Qué curioso! Hace un par de días les conté esta misma historia a unos turistas españoles que recalaron aquí.
Sí, hallamos siete pendientes, unos de oro y otros de electro.
No por coincidencia, pues estos eran los dos metales que manejaba Djehuty para adornar los monumentos que se construyeron en Tebas durante el reinado de Hatshepsut.
Aunque la tumba fue saqueada y luego reutilizada y, aunque el pozo fue vaciado y vuelto a rellenar de tierra más de una vez, hay algunas cosas que claramente se pueden fechar en la época de Djehuty, aunque tampoco tengamos la certeza de que le pertenecieran a él, pues alguien de su familia, algún hermano o hermana, pudo haberse enterrado allí después.
Pero los pendientes, que se cayeron de la antecámara a la entrada de la cámara sepulcral y quedaron sepultados en la tierra que se acumuló a la entrada, coinciden con el cargo de supervisor del Tesoro y con su biografía, por lo que podemos estar casi seguros de que formaron parte de su ajuar.
—¿Y tienen algo especial los pendientes?
—¿Especial? Bueno, aparte de lo que te he dicho…
En aquella época los hombres también llevaban pendientes.
Supuestamente era una moda que venía de Nubia.
Un personaje que vivió unos treinta años antes que Djehuty, un tal Teteki, que también se enterró en Dra Abu el-Naga, unos metros más al sur, se hizo representar en su tumba con pendientes.
Otro personaje famoso, Sennefer, el de la tumba que tiene el techo pintado como si fuera el de una jaima, con retales de telas de colores, y una parte como si fuera un emparrado lleno de racimos de uvas, ¿te acuerdas?
, ese fue alcalde de Tebas años después de Djehuty, bajo el reinado de Amenhotep II.
También él se representó a sí mismo, de lo más elegante, llevando unos pendientes similares a los de Teteki y a los nuestros, dos aros gruesos…
—De repente, un pensamiento se adueña de mí, un detalle en el que, hasta ese momento, no había reparado—.
Ahora que me doy cuenta, uno de los pendientes de Djehuty podría ser de mujer.
¡No me lo puedo creer! No me había parado a pensarlo.
—¡Qué dices! ¿De verdad?
—El que lleva una flor de loto coronando el aro de electro, detrás de la cual sale el pasador que atravesaría el lóbulo de la oreja.
La flor de loto llevaría una piedra de color, una turquesa o una cornalina, o un aplique de fayenza, donde ahora se ve el mortero blanco que habría servido para pegar el añadido al pendiente de metal.
La flor de loto es un detalle femenino. Sí, creo que es claro.
Tiene que ser de mujer. De hecho, el paralelo que me viene a la mente es el de los pendientes de las tres princesas de origen sirio que se casaron, o llámalo como quieras, con Tutmosis III.
Su tumba estaba cerca de la primera de Hatshepsut, la que empezó a construirse cuando era reina consorte de Tutmosis II, y además se parecen, pues la entrada también está en mitad de un cortado en la roca de la montaña.
El ajuar de las princesas comenzó a aparecer en el mercado de antigüedades de Luxor en 1916.
Dos años después, el Museo Metropolitano de Nueva York compró veinticuatro piezas, y siguió adquiriendo otras hasta 1970.
Dos de los pendientes tienen una flor de loto exactamente igual a la de Djehuty.
»No me había parado a pensar en lo que implica la flor de loto.
Y lo cierto es que esto encaja bien con las otras piezas que hallamos a la entrada de la cámara sepulcral.
Además de los siete pendientes, encontramos seis cuentas en forma de conchita cerrada, como miniempanadillas, que formaron parte de un cinturón fino que llevaban las mujeres ceñido a la cadera, sobre todo en los bailes.
Cuatro piezas son de cornalina, otra tiene un color azul claro, verdoso, que identificamos como amazonita, y la sexta es de electro.
Estas sí que son de mujer, cien por cien, y podrían haber pertenecido a la misma persona que el pendiente con la flor de loto.
—¡Ahí lo tienes! ¡Qué casualidad!, ¿no? ¿No te parece llamativo que lo único que tengamos de Djehuty sea parte de un ajuar de mujer?
—Bueno, a ver, el hecho de que hayan aparecido en la tumba de Djehuty no quiere decir que fueran suyos. Pudo haberse enterrado allí una hermana, o podrían haber sido de su madre… Los objetos valiosos pasaban de mano en mano, se regalaban, se guardaban de recuerdo…
—Ya, pero es llamativo, ¿no?
—Sí, lo admito. Tendré que darle una vuelta a lo de los pendientes.
—Pero, otra cosa. Tú siempre cuentas que Djehuty es uno de los pocos altos dignatarios que no se casa, al que no se le conoce mujer, por lo que en su tumba aparece siempre acompañado de su padre y de su madre.
Insistes en que, en aquella época, el no casarse era algo extraño, sobre todo entre gente pudiente, con recursos, y que habría llamado la atención, ¿no?
El otro caso llamativo de la época es el de Senenmut, y entre egiptólogos y aficionados se especula que probablemente no se casó porque era el amante de la reina.
En el caso de Djehuty, se baraja la posibilidad de que, o bien fuera él también un amante de Hatshepsut, o bien que fuera gay, homosexual, o, simplemente, de que no le atraían las mujeres, o que no tuvo suerte en el amor…
Es así, ¿no? Pero ¿y si Djehuty no se casó porque era mujer?
¿Por qué se especula entre si es amante o gay y no se plantea la posibilidad de que fuera mujer?
—Hombre, Lola, porque no hay indicios de que pudiera ser mujer.
—Compáralo con el caso de Hatshepsut. Ser escriba y ocupar un alto cargo en la administración de palacio o del templo era algo reservado solo para hombres, ¿no?
A otra escala, pero algo parecido a ser rey, ¿no?
Y si una mujer hubiera querido ser escriba, trabajar en la administración, ¿no tendría que hacerse pasar por hombre, de forma similar a lo que hacía Hatshepsut?
¿No pudo Hatshepsut, sin pretenderlo, servir de ejemplo?
—Me estás llevando al huerto —le digo desenfadado.
La diosa Seshat