7. POCO PROBABLE, PERO NO IMPOSIBLE #2
Hatshepsut solo tenía a su hija, y probablemente había puesto todas sus esperanzas en ella, pero el futuro no pintaba bien.
Todo parecía indicar que acabaría relegada a un segundo plano, a no ser que…
¿Y si Neferu se casara con el joven rey?
Claro que después de la boda podría ser relegada a segunda esposa y él tomar a otra mujer como esposa principal, una que fuera más de la cuerda de su propia madre.
¿Cómo podría ella salvaguardar las aspiraciones de su hija?
¿Lograría conducir el curso de los acontecimientos?
¿Y si ella pasara de ser consorte a ser algo más?
¿Y si, aprovechando que Tutmosis III era todavía un crío y que la corte era a ella a quien respetaba, se hiciera coronar rey del Alto y Bajo Egipto?
Para no causar un conflicto interno, aceptaría a Tutmosis III como legítimo heredero. ¿Se podría hacer eso?
Esto sí que era una «astucia», una jugada inesperada.
¿Acaso no estaba haciendo Hatshepsut algo parecido a la «prospectiva», es decir, prever los acontecimientos y diseñar una estrategia?
Desde luego, se generaría una situación inusual, un lío, sí, pero ¿quién se iba a oponer?
En definitiva, se trataba de cambiar para que todo siguiera igual, que era lo que todos querían, ese continuismo tan egipcio.
Los cortesanos y altos cargos de la administración, tanto civil como religiosa, conocían a Hatshepsut desde que era niña, primero como la favorita de su padre, luego como la firme esposa de un rey que no debía de ser gran cosa, y, finalmente, como garante de la monarquía al actuar como regente de un rey niño.
Sin duda, toda la corte respetaría y valoraría el papel que había desempeñado y su carácter resolutivo.
En el pasado, ya había habido casos de dos reyes reinando al mismo tiempo, normalmente un padre y el hijo que le sucedería en el trono.
Eso no suponía un problema. Pero ¿una mujer?
¿Podía haber una corregencia entre la reina regente y el rey heredero?
Esto sí que no había ocurrido antes y, por tanto, el éxito era incierto.
Todo era cuestión, entonces, de coronar a Hatshepsut como rey.
Ella ya intervenía desde hacía años en todas las ceremonias y rituales, tanto civiles como religiosos.
Se trataría simplemente de hacer que, en las inscripciones, en las representaciones en relieve talladas en las paredes de los templos y en las esculturas, ella apareciera como un hombre. No era más que una formalidad.
Sí, la figura del faraón se concebía como masculina.
Eso era incuestionable. Toda la fraseología característica y la forma de representarse en las escenas religiosas que decoraban los templos estaban diseñadas para un hombre.
El faraón era la representación en la tierra del dios Horus, hijo de Osiris; se hacía llamar «toro», aparecía con el pecho descubierto, llevaba barba postiza, falda corta…
Cambiar la ideología de la monarquía, que formaba parte de la mitología ancestral y que estaba estrechamente ligada a los rituales religiosos, eso sí resultaba complicado y arriesgado; hubiera sido casi imposible.
Un error. Era mucho más fácil que ella adoptara la apariencia de un hombre.
Total, no tendría ni que disfrazarse en la realidad, en el día a día, era solo una cuestión de lenguaje, tanto escrito como en imágenes.
No quedaba otra, si Hatshepsut quería ejercer un cargo concebido solo para hombres y ejercido solo por hombres, tendría que aparentar ser un hombre.
Todos sabían perfectamente, sin embargo, que Hatshepsut era una mujer.
Pero ¡si hasta había dado a luz a una hija!
En las inscripciones, a los escribas se les escapaba de vez en cuando el epíteto «hija de Ra», en lugar de «hijo», y también el pronombre femenino al referirse a Hatshepsut.
Ninguno de los cortesanos y administradores del Estado tenía ninguna duda al respecto y, a la vez, no parece que eso supusiera ningún problema, sino más bien lo contrario: todos aceptaron de buena gana que Hatshepsut fuera mujer y reinara como hombre.
Es más, todo parece indicar que estaban hasta orgullosos de ella.
El propio Djehuty, en las dos inscripciones biográficas que grabó en su tumba, una en la fachada y otra en un extremo de la sala transversal, incluye los nombres de Hatshepsut y de Tutmosis III, pero el de ella siempre aparece primero.
Y todo lo que relata son acciones y construcciones que ella llevó a cabo, quedando él eclipsado por completo.
Hatshepsut, astutamente, mantuvo la coronación de Tutmosis III como referencia temporal en las fechas de los documentos oficiales.
Renunció a tomar su coronación como punto de partida para el cómputo de los años de reinado.
No lo consideró relevante y lo dejó como estaba.
En la representación artística de los rituales más importantes, como la procesión de la Bella Fiesta del Valle o las periódicas ofrendas a distintos dioses, se incluye siempre a Tutmosis III junto a ella, si bien él siempre está detrás.
Para ganarse el favor de la administración religiosa, del clero, no solo amplió el templo de Amón-Ra en Karnak, que era el más importante de la capital, sino también el de Luxor, la capilla en Medinet Habu y el hipogeo de la diosa Hathor en Deir el-Bahari.
Por otra parte, impulsó las procesiones que conectaban estos cuatro templos unos con otros, usando la religión como elemento vertebrador de la sociedad para beneficio del Estado y de la monarquía.
Y para que su peculiar situación no chocara demasiado con la mitología que arropaba y legitimaba la monarquía, Hatshepsut promovió el culto a las divinidades femeninas, subrayando así el papel, incluso crucial, que desempeñaban las mujeres en el ámbito divino.
¿No era mujer la diosa Maat, hija de Ra, encarnación del orden, la verdad y la justicia?
¿No era la diosa Sakhmet, también hija de Ra, quien era capaz de imponer el orden y hacer prevalecer la justicia con su carácter fiero y agresivo de leona?
¿No era la diosa Hathor la encargada de proteger la necrópolis y cobijar a todos los que allí habitaban?
¿No era la diosa de Occidente quien daba la bienvenida a los difuntos en el más allá?
¿No fueron Isis y su hermana Neftis las que recompusieron el cuerpo del rey Osiris, salvándolo de la muerte y posibilitándole la vida eterna como un dios?
La propia ciudad de Tebas, ¿no se encarnaba en una mujer?
Si todo esto ocurría en el ámbito divino, ¿por qué no podía ocurrir algo semejante en el ámbito humano?
Y, por si todo esto fuera poco, en las inscripciones, Hatshepsut se equipara constantemente con la diosa Maat, hija de Ra y encarnación del orden.
De hecho, uno de sus nombres, además del de «la primera de las nobles damas», es Maat-ka-Ra, que significa algo así como «Yo soy Maat, la fuerza viva de Ra» o «Yo soy el orden, la encarnación de Ra».
Y así, Hatshepsut reinó como faraón unos quince años, hasta el año veintidós de Tutmosis III.
Su última inscripción fechada se conserva en el templo de la diosa Hathor, «señora de la turquesa», en Serabit el-Khadim, en el Sinaí.
Su reinado consiguió la tan deseada estabilidad interna, a lo que debió de ayudar, sin duda, el haber comenzado con un gran éxito político y económico, como fue la expedición al Punt, en el Cuerno de África.
El templo de Amón-Ra, en Karnak, se llenó de productos exóticos y especias, oro, electro, incienso, mirra…
La corte y los altos dignatarios de la administración seguramente se mostrarían más que satisfechos y convencidos de haber acertado plenamente al apoyar las aspiraciones de Hatshepsut.
Los banquetes de las familias más pudientes de Tebas no volvieron a ser lo mismo: ahora con más comensales, con más músicos y con más vino.
Las celebraciones religiosas se popularizaron, a la vez que se reflexionaba sobre la divinidad creadora de todas las cosas, sobre la vida eterna y el más allá.
Se desarrolló el gusto por la pintura, la escultura y también por las letras, por la literatura.
Se admiraba el pasado y la tradición, al tiempo que se buscaban nuevas formas de expresión.
Hatshepsut impulsó, consciente o no, un verdadero Renacimiento en Egipto, allá por el año 1475 a.
C. Curiosamente, Miguel Ángel Buonarroti nació en Caprese el año 1475, pero después de Cristo.
Prospectiva a la inversa
Tutu lleva un tiempo recostado a mi lado.
De pronto, abre los ojos, se incorpora, se sienta en plan esfinge y levanta las orejas.
Al rato, lanza un ladrido y sale disparado de la tumba.
Oigo una voz que lo saluda con tono alegre y, sin darme tiempo de ir a mirar, entra Lola por la puerta.
¡Qué alegría! Nos damos dos besos e intercambiamos preguntas de saludo mirándonos a los ojos.
Apenas ha transcurrido una semana, pero parece como si hubiera pasado muchísimo tiempo.
Nos sentamos en el borde del pozo funerario de los padres de Djehuty, delante de la fachada, y nos ponemos al día.
Ella me cuenta su viaje, lo que ha visto y sus aventuras con los transportes y los hoteles.
Vuelve encantada. Yo le cuento cómo cerramos la excavación, cómo fue el papeleo al terminar la campaña, cómo se marchó el grupo que se había quedado hasta el final y mis días con Tutu en el museo y aquí.
Nos vamos a comprar un refresco al kiosco del otro lado de la carretera y volvemos a cobijarnos a la sombra de la caseta, a la entrada de la tumba de Djehuty.
Lola se disculpa por distraerme de mi trabajo y, a continuación, me pide unos minutos para decirme algo y charlar sobre ello.
Parece serio o, al menos, intrigante. Acepto el reto cortésmente.