7. POCO PROBABLE, PERO NO IMPOSIBLE
POCO PROBABLE, PERO NO IMPOSIBLE
Después de unos días viajando por el sur de Egipto, hoy Lola regresa a Luxor, camino de El Cairo, y hemos quedado en la tumba de Djehuty sobre las diez de la mañana.
Eso me da tiempo para terminar de revisar los dibujos de Carmen que me faltan.
Ya solo me queda volver a comprobar, por tercera vez, la copia de la inscripción biográfica de Djehuty que está tallada en la fachada.
Si Tutu se porta bien y me deja tranquilo, en dos o tres horas lo tendré hecho.
A Lola la conocí nada más comenzar la campaña.
Me escribió un email cuando ya estábamos en Luxor.
Me explicaba quién era o, más bien, qué hacía, y me preguntaba si podría pasar unos días con nosotros y vivir, aunque solo fuera de refilón, un proyecto arqueológico en Egipto.
Yo le expliqué que aquí estamos todo el día trabajando, que ni yo ni nadie le podríamos dedicar tiempo y tampoco garantizarle el acceso al yacimiento, pues las visitas no están permitidas.
Tenemos un inspector del Servicio de Antigüedades con nosotros en todo momento, cuya función es vigilar este tipo de cosas.
Claro que parte del yacimiento, incluyendo las tumbas de Djehuty y de Hery, está ahora abierto al público; al menos, eso sí lo podría ver el tiempo y las veces que quisiera.
Mi luz verde fue seguida, casi de inmediato, por otro email , esta vez de una investigadora del CSIC, dándome las gracias por acoger a su buena amiga Lola.
Apostillaba que estaba segura de que, de una forma u otra, aportaría al proyecto.
«¿Aportar?». ¿Querría eso decir que nos ayudaría a conseguir financiación para las próximas campañas?
¿Estaría bien conectada? Sin contactos en la nube, como dice Juan Luis, en España es muy difícil conseguir patrocinadores, y nosotros, lo que más necesitamos es que alguien nos adopte, encontrar a alguien, a una empresa, que quiera participar en nuestra aventura científica.
Lola llegó y, discretamente, sin aspavientos ni aparente esfuerzo, se ganó enseguida al equipo.
Y el equipo, todo hay que decirlo, la acogió desde el principio como una más.
Se la veía feliz, en el yacimiento y en la casa; y sí, rebosaba pasión.
Ya se sabe cómo son los del País Vasco, contenidos hasta que se sienten cómodos, entre paisanos.
Tuvo suerte y el inspector no le puso ninguna pega.
Pudo estar con nosotros en la excavación todo el tiempo que quiso, entrar y salir a sus anchas.
El primer día le expliqué todo al detalle, empezando por las tumbas de Djehuty y de Hery, el jardín funerario, subimos a la colina donde se concentra ahora la excavación, visitamos a las ceramistas, la jaima de restauración y vimos a Juan con el escáner láser yendo de tumba en tumba, en la zona donde se levantaban antes las casas del poblado moderno.
Los días siguientes, se sentaba en cualquier parte del yacimiento, a la sombra, y escribía en un pequeño cuaderno de notas.
Lola, según anunció en su primer correo electrónico y luego nos explicó, se dedicaba a la «prospectiva».
Tal como yo lo he entendido, se trata de imaginar y pensar en escenarios o situaciones futuras que, si bien poco probables, no son imposibles.
El objetivo es adelantarse al futuro y diseñar estrategias para minimizar el impacto de lo negativo o aprovechar al máximo lo positivo.
Era una especie de futuróloga. Pero no del futuro que se ve venir, de lo predecible, sino del futuro que cuesta imaginarse, de lo impredecible, de lo improbable.
La idea es pasar a primer plano lo que está relegado al último plano y a lo que nadie presta atención; lo que nadie piensa seriamente que puede ocurrir, por considerarlo ciencia ficción.
Lola, ya una sénior en el tema, pretendía darle la vuelta a la tortilla e imaginar escenarios poco probables, pero no imposibles, en el pasado; es decir, aplicar la metodología de la prospectiva, pero ahora hacia el pasado, a la arqueología, que era su pasión desde niña.
Armas de mujer
A las siete ya estamos en el yacimiento.
Tutu merodea un poco por la zona, hace pis en alguna de las cartelas que marcan la cuadrícula que divide el área de excavación, sube a lo alto de la colina a otear el horizonte y luego se reúne conmigo a la entrada de la tumba de Djehuty.
Coloco la mesa y la silla frente a la gran inscripción biográfica, saco los dibujos de la carpeta y, empuñando el rotulador rojo, inicio mi tarea de corrector.
Djehuty debió de ser un personaje especial, por muchas razones; eso está claro, pero Hatshepsut debió de ser realmente excepcional.
Eso me da por pensar y darle vueltas esta mañana.
De forma parecida a Cleopatra, casi mil quinientos años después, la imagino guapa, físicamente atractiva, sí, ¿por qué no?
, pero esa no debió de ser su cualidad más destacada.
Tuvo que ser enormemente inteligente para sobrevivir y llegar a gobernar en un mundo de hombres.
Pero ¿inteligente en qué sentido? Probablemente, poseía cierto don de gentes, pues fue capaz de mantener a su lado a los más poderosos e influyentes dignatarios y administradores del momento.
Cuando se autoproclamó y se coronó rey del Alto y Bajo Egipto, tras siete años ejerciendo como regente de su hijastro, Tutmosis III, ninguno de ellos parece haber puesto el grito en el cielo, renegado de ella ni abandonado el gobierno.
Todos siguieron. Y lo hicieron porque, inteligentemente, Hatshepsut los mantuvo en sus cargos.
¿Qué puede desear más un político que mantenerse en el cargo?
A todos ellos, Hatshepsut los conocía por su nombre, pues habían sido nombrados por su padre, el rey Tutmosis I.
Hatshepsut era hija de un gran monarca, no de uno cualquiera, sino de un rey guerrero, un «toro victorioso», como se hizo llamar.
Primero partió con su ejército hacia Nubia para fortalecer el control egipcio sobre el sur, y llegó hasta la cuarta catarata, a unos mil ochocientos kilómetros río arriba.
De allí regresó con su principal oponente colgado boca abajo de la proa de su barco hasta atracar frente al templo de Karnak.
Así lo cuenta uno de los soldados en la autobiografía que grabó en su tumba.
En el camino, hizo jurar lealtad a todos los jefes locales nubios y, de este modo, los convirtió en vasallos.
Después, se dirigió al norte y alcanzó la región que los egipcios llamaban Naharina, también conocida como Mitanni, al norte de Siria, a más de mil kilómetros de distancia de lo que se consideraba la frontera norte de Egipto.
Tras derrotar a una coalición de jefes locales que se resistieron a aceptar su autoridad, es decir, que se negaron a pagarle tributo, grabó una inscripción conmemorativa a orillas del río Éufrates.
De regreso, se entretuvo cazando elefantes en una región llamada Niy, para luego donar los colmillos de marfil al dios Amón de Karnak.
Fue él quien marcó los límites norte y sur del denominado «Imperio egipcio», quien llegó más lejos que ningún otro faraón.
Todas las inscripciones oficiales de ensalzamiento de la figura del monarca, de Tutmosis I y de los reyes anteriores, rezuman grandes dosis de testosterona.
Sí, ese era el entorno en el que Hatshepsut se crió y el mundo que tuvo que aceptar y hacer suyo al coronarse rey.
Ser la hija de Tutmosis I le otorgó a Hatshepsut una posición privilegiada, que ella aprovechó hasta el final, hasta el punto de que, cuando se hizo su tumba en el Valle de los Reyes, sacó a su padre de dondequiera que estuviera enterrado para volver a sepultarlo cerca de donde ella iba a estar.
Y no solo se ocupó de su padre, sino que, antes, cuando su marido murió, el rey Tutmosis II, fue ella quien se encargó, astutamente, de la construcción de su tumba, según cuenta una inscripción descubierta allí mismo.
«Astutamente», porque las esposas no se ocupaban de enterrar a sus maridos, sino que era el hijo, el heredero, quien lo hacía, para poder tomar luego posesión de la herencia de forma legítima.
Hatshepsut, enterrando a su marido, el rey difunto, se apuntaba un tanto a su favor para ser considerada legítima heredera al trono, igual que años después haría el visir Ay con Tutankhamon.
Esta debió de ser su primera jugada maestra.
Su marido le duró poco. Solo tuvieron un hijo, y fue hija: Neferu.
Así quedó Hatshepsut, viuda, con una hija que no podía reinar, con el hijo pequeño de otra mujer en el trono que ocupara primero su padre y luego su marido, rodeada de hombres preocupados por la estabilidad del trono y por su permanencia en sus respectivos cargos.
Hatshepsut, que significa «la primera de las nobles damas», tuvo que idear estrategias, una tras otra, para sobrevivir y mantenerse en el poder.
Aparte de enterrar a su difunto marido y rey, acto seguido, se hizo regente de su hijastro, Tutmosis III, hijo de una esposa secundaria, que por entonces tendría unos cinco años.
No solo no se opuso a su coronación, sino que lo aceptó como legítimo heredero y lo protegió.
Mal que le pesara, era plenamente consciente de que Neferu, al ser mujer, no podía aspirar al trono, aunque su sangre fuera la más «pura».