6. EL COLLAR DE LA MOMIA #5
—Sí. Estos pendientes los hallamos en la tumba de Djehuty, a la entrada de su cámara sepulcral, caídos en el suelo.
También los analizamos con Eid y su máquina XRF .
Los espirales son de oro casi puro, entre un noventa y dos y un noventa y seis por ciento de oro, mientras que los más gruesos y elaborados, como ese que tiene una flor de loto añadida, están hechos con una aleación de oro y plata, lo que nosotros llamamos «electro».
Todos tienen una proporción mayor de oro, entre un cincuenta y cinco y un setenta y cinco por ciento.
La plata, que oscila entre un veintidós y un cuarenta por ciento, servía para que el metal tuviera mayor flexibilidad y pudiera manipularse más facilmente.
Curiosamente, Djehuty, que era supervisor del Tesoro de la reina Hatshepsut, lo que más manejaba era el oro y el electro.
Recaudaba los metales y los redirigía a los templos para decorar las partes que debían lucir más.
Y ahí lo tienes, se debía de embolsar un porcentaje por las gestiones…
Olivia ya no muestra interés por los números, e interrumpe con una nueva pregunta.
—¿Y esto qué es? —dice, señalando a otra de nuestras piezas expuestas en la vitrina, junto al collar de la chica y los pendientes de Djehuty.
—A esa tabla la llamamos la «Tabla del aprendiz» y es posible que perteneciese al propio Djehuty cuando era joven, cuando estaba aprendiendo a manejar el pincel en una escuela de escribas.
Y esos paquetitos de lino son algunas de las momias de animales que hemos encontrado en la tumba vecina, en la de Hery.
La grande tiene un halcón dentro, momificado, y las pequeñas deben de tener serpientes muy pequeñas o musarañas.
—¿Y lo que hay ahí arriba? Parece un juego, como las damas o el backgammon . ¿Ese también es antiguo? —Olivia se muestra dispuesta a preguntar por cada uno de los objetos.
—Sí, es un juego antiguo. Bueno, la caja de madera no, esa la hicimos nosotros, en Benissa, pero las fichas y las casillas sí que son antiguas, de hace unos tres mil seiscientos años.
Los antiguos egipcios lo llamaban senet , y lo encontramos en la cámara sepulcral de una tumba.
¿Para jugar en el más allá? Tal vez esa fuera la idea, pero también puede que lo incluyeran porque ellos creían que una de las pruebas que debía superar el difunto para alcanzar la vida eterna en el paraíso era jugar una partida de senet ; así eran los egipcios de originales.
—¿Tú sabes jugar al senet ? ¿Te sabes las reglas? —Olivia ya se está imaginando jugando y, por supuesto, ganando la partida.
—No, las reglas no se conocen. No se han encontrado las instrucciones, los egipcios se las debían saber de memoria.
—¿Y qué más cosas habéis encontrado? ¿O esto es todo?
—¿Te parece poco? —exclamo—. ¡Pero si hemos llenado media vitrina gigante!
—Era por si acaso te estabas dejando algo escondido.
—¡Olivia! Cómo eres, ¿eh? ¡Incansable! —interviene la madre.
—Pues ahora que lo dices, hay un par de cosas que no están aquí, pero que te gustarían. ¿Te las cuento?
—¡Venga!
—Excavando el pozo de una tumba, cuando habíamos bajado la mitad, encontramos un montón de maderas sueltas que podrían haber formado parte de varios muebles y, con ellas, un perro muerto, tal vez momificado.
—¿Un perro momificado? —interrumpe Olivia, visiblemente emocionada.
—Sí, pero ese no es el asunto. El caso es que debajo de ese montón de basura y del perro, encontramos un par de sandalias de cuero, una sobre otra.
Al darle la vuelta a la primera, comprobamos que estaba teñida de rojo y que el interior estaba repujado, decorado con motivos que claramente indicaban que habían pertenecido a una mujer, a una chica joven.
Junto con una roseta en el talón, había un par de cabras ibex y un par de gatos.
Había, además, un par de figuras del dios Bes y otro par de la diosa Taueret, ambas divinidades protectoras de la gestación y el parto.
El tamaño correspondía con un número treinta y seis europeo.
Las sandalias normales se fabricaban con fibra de papiro, por lo que estas las debió de usar una mujer de la élite de la ciudad de Tebas, hace tres mil seiscientos años, y se conservaban perfectamente, como si se hubieran hecho en Ibiza el verano pasado. ¿Tú qué número usas? —le pregunto.
—No lo sé.
—Un treinta y seis —interviene su madre, a la vez que pasa su mano por el pelo algo corto de su hija.
Asiento y sigo con la explicación.
—El color rojo, según los antiguos egipcios, servía para proteger a la mujer mientras caminaba, por ejemplo, contra las picaduras de escorpiones o de serpientes. Son muy bonitas.
—¿Y por qué no están en el museo?
—Porque son muy frágiles. Las guardamos en una caja especial dentro de un arcón hermético.
Además, justo debajo de donde estaban las sandalias dentro del pozo, encontramos un par de bolas también de cuero, pero esta vez de color blanco, unidas por un cordel.
Las bolas tienen un aire a las pelotas de béisbol, pero más pequeñas.
Están cosidas como en gajos y el interior está relleno de cáscaras de cebada.
Curiosamente, quienes más jugaban con estas cosas eran las mujeres, sobre todo las bailarinas asociadas al culto de Hathor, diosa de la música y del amor.
Las sandalias y las bolas de cuero forman un conjunto muy femenino.
—Qué pena no poderlas ver —exclama la madre.
—Otro conjunto interesante que no está aquí tampoco, debido a su fragilidad, es una pareja de sudarios pintados —continúo—.
Son de época romana, del siglo I d. C., pero los encontramos tirados en la esquina de una tumba mucho más antigua.
La decoración y el texto indican que fueron diseñados para ser usados por hombres, pero acabaron envolviendo el cuerpo de dos mujeres.
Podrían haber sido madre e hija —las miro a las dos, a la vez que levanto las cejas un par de veces y hago un gesto de cerrar la boca y callarme—.
Una tendría entre nueve y doce años y la otra entre veinticinco y treinta y cinco años, según las radiografías que les hicimos.
El motivo central de los dos sudarios era una figura frontal del dios Osiris, con el chacal Anubis a sus pies, sosteniendo entre sus patas las llaves del más allá.
A los lados de la cabeza del dios se representan el sol y la luna; y uno de ellos tenía, además, un fondo de estrellas.
Como veis, tenemos piezas muy interesantes, desde el año 2000 a.
C., como el ataúd granate de Iqer, hasta época romana.
Nada más y nada menos que dos mil años de historia.
—Muy emocionante —exclama el padre—. Mil gracias.
Le sonrío.
—Oye, si has acabado aquí te podemos invitar a beber algo, una Coca-Cola, un té —interviene la madre con cierto aire de cansancio—. Después de todo lo que te hemos entretenido y de todo lo que nos has contado, qué menos. Nos encantaría.
—Muchas gracias, el placer ha sido mío. Necesito encontrar «víctimas» con las que desahogarme, y vosotros habéis caído hoy en mi telaraña —les digo entre risas.
—¡Qué dices! Si ha estado genial. Si no llegas a estar tú, no nos hubiéramos enterado ni de la mitad.
—Os acompaño fuera y os indico una cafetería que está muy bien, junto al Nilo, pero no creo que me quede. Ya he dejado mucho tiempo solo en casa a mi perro. Y tengo que trabajar algo por la tarde.
—¿Tienes un perro? ¿De verdad? ¿Y cómo se llama? ¿Por qué no te lo has traído? ¿Lo podemos ver? —Olivia encadena las preguntas, mostrando su amor por los perros.
—Se llama Tutu. Al museo no me lo puedo traer. La hubiera armado. Pero si mañana por la mañana pasáis por la tumba de Djehuty, allí estaré con él, podéis acercaros a saludarme, visitar la tumba y conocer a Tutu.
—Mañana por la mañana temprano sale nuestro barco hacia el sur. Nos vamos de crucero —señala el padre, excusándose.
—¡Ah! ¡Qué bien! Os lo vais a pasar estupendamente, viéndolo todo desde cubierta, con una piscina arriba… Yo nunca he ido en un crucero, pero a la gente le suele gustar mucho.
—Nosotros también tenemos un perro; se llama Cleo. Lo hemos dejado con mis primos.
—¿Por qué no te lo has traído?
—¡Hombre! Hemos venido en avión. Los perros no pueden viajar en avión.
—¿Estás segura?
Salimos charlando del museo y la luz del mediodía nos ciega a los cuatro de golpe, como si emergiéramos de una tumba.
Cruzamos la calle y comenzamos a andar por la corniche .
Corre un aire refrescante, el Nilo tiene un azul intenso y la montaña se ve tan bonita…
Los guío hasta una terraza y nos despedimos con un abrazo.
Le digo a Olivia que en el templo de Edfu busque la biblioteca, la habitación donde los sacerdotes guardaban los papiros; que en Kom Ombo, además de ver las momias de cocodrilo en el pequeño museo local, trate de encontrar en las paredes del templo una representación del instrumental que usaban los médicos de entonces; y que en Asuán le pida a sus padres que le compren en el mercado o en el poblado nubio un cuchillo con el mango de cuerno de cabra, pero que se asegure de que el mango todavía huela mal, no vaya a ser que le den gato por liebre.
Al llegar al embarcadero, me encuentro con mi amigo Islam, el de la sonrisa permanente, con sus andares de perdonavidas y la cabeza rapada.
Me cruza en su barca y, durante la travesía, me recuerda todos los que le han contactado recomendados por mí.
Hasta me enseña fotos posando con ellos.
A la mitad ni los conozco. Nos despedimos hasta la próxima y de ahí cojo un tuk-tuk hasta la casa.
Tutu me recibe como de costumbre, moviendo el rabo de forma exagerada y con las orejillas gachas.
—¡Qué pasa, campeón! ¿Cómo te ha ido? Ya nos quedan pocos días aquí, Tutillo, tenemos que aprovecharlos bien, ¿eh? Mañana toca tumba, así que pasaremos el día juntos. Se echa de menos al equipo, ¿verdad? Pero, bueno, tenemos a Karim, a Mohamed y a Mustafa, que nos cuidan muy bien, ¿a que sí?