6. EL COLLAR DE LA MOMIA #4
—Ya, es que me he quedado un rato en silencio para crear suspense, intriga…
pero ya veo que contigo es difícil, eres el monstruo de las matemáticas, que todo lo calcula y lo registra, ¿no?
Eres la encarnación de la diosa Seshat. Pues sí, faltan ocho: las ocho que hacen que este collar sea aún más especial.
Esas ocho cuentas son las de color azul traslúcido, igual que el adorno de uno de los anillos.
No se trata de ninguna piedra, sino que están hechas de vidrio.
Chelo y Pedro, que, aparte de saber un montón, son encantadores, comprobaron con la lupa que en su interior se veían muchas burbujitas esféricas, consecuencia del proceso de fundición, lo que indicaba claramente que eran artificiales.
—¿Se dice «vidrio» o «cristal»? —pregunta el padre.
—El vidrio es artificial. Se obtiene de la fusión de sílice y otros componentes inorgánicos, que luego se dejan enfriar rápidamente.
El cristal, sin embargo, se encuentra en la naturaleza, como el cuarzo, el diamante o la sal.
Lo que pasa es que nosotros llamamos a todo «cristal»: vasos, botellas, ventanas; pero, técnicamente, son de vidrio.
«Vidrio» es lo que se indica correctamente en los contenedores de reciclaje.
—¿Y qué importancia tiene el vidrio? ¿No serían más valiosas las turquesas o las amatistas? —se interesa la madre.
—Hoy en día, sí, desde luego, porque se produce vidrio con cierta facilidad y en grandes cantidades, pero en época antigua, el vidrio comenzó siendo un artículo de superlujo.
Se necesitaba un horno que alcanzara los mil cien o mil doscientos grados, y que los mantuviera durante muchas horas.
Para ello, se requería mucha madera u otro combustible.
En la Antigüedad, a menudo se utilizaba como combustible el excremento de animales, sobre todo el de vacas y bueyes.
Sí, Olivia, no pongas esa cara. ¿No te han enseñado en el cole eso de que la energía ni se crea ni se destruye, solo se transforma?
Pues eso. El problema en Egipto, antes y ahora, para hacer este tipo de artesanías, es que la madera no es muy abundante y no es de buena calidad.
»El descubrimiento de la técnica para producir vidrio se considera un hito, pues se convirtió en un material muy apreciado, se puso de moda no solo en joyería, sino también en decoración, en la vajilla de los palacios y casas más pudientes.
En época romana, los objetos de vidrio soplado eran muy comunes y a la vez muy llamativos; pero antes, en Egipto, en época de Amarna, es decir, bajo los reyes Amenhotep III, Akhenaton, Nefertiti y Tutankhamon, entre los años 1390 y 1320 a.
C., fueron muy característicos los pequeños vasos para ungüentos hechos de vidrio azul y de otros colores.
»Si se domina la orfebrería, como era el caso de los egipcios desde los comienzos de su historia, en torno al 3000 a. C., y si hacían objetos de fayenza como si tal cosa desde muy temprano también, solo les quedaba un paso para desarrollar la técnica de la producción de vidrio.
—¿Y qué diferencia hay entre el vidrio y la fayenza? Son parecidos, ¿no?
—No del todo. Se ven similares, pero mientras el vidrio es transparente o traslúcido, el interior de un objeto de fayenza es totalmente opaco, blanquecino; es polvo de cuarzo.
Claro que el cuarzo está compuesto de silicio y oxígeno, de ahí que al calentarlo se obtenga el vidriado superficial característico de la fayenza, similar al vidrio, pero solo por fuera.
Para producir fayenza se requiere menos temperatura, entre ochocientos y mil grados, y el color azul o verde se consigue añadiendo cobre.
Vidrio azul
Olivia acompaña mis explicaciones poniendo caras o jugando con las manos; a ratos me mira fijamente, frunciendo el ceño en plan inquisitorial, para luego perder la mirada por la gran sala del museo.
—Entonces la chica lleva vidrio en su collar; bueno, ¿y qué? —objeta Olivia—. ¿Qué tiene eso de importante?
—Pues que esta chica, solo unos años mayor que tú, de quien no sabemos su nombre y cuyo ataúd se dejó sobre el suelo, encajonado entre piedras y sin ninguna protección por encima, ni ninguna marca visual, pues esta chica —repito— tiene el vidrio más antiguo de Egipto, al menos que se sepa.
Por el collar, el anillo y los pendientes, debía de pertenecer a una familia con recursos, de la élite de la ciudad de Tebas.
Lo extraño es que la dejaran sobre el suelo, aunque puede que la movieran de su sitio, tal vez estuviera enterrada en otro lugar y, por alguna razón, en época antigua la sacaran de su tumba y la sepultaran de nuevo donde nosotros la encontramos.
»El collar, aparte de incluir el vidrio más antiguo de Egipto, también nos habla de los contactos comerciales de la ciudad de Tebas en aquella época.
Las amatistas provienen muy probablemente del wadi el-Hudi, que está más al sur.
Allí hay unas canteras que se explotaron sobre todo entre 1950 y 1700 a.
C.; los encargados de las expediciones dejaron muchas inscripciones celebrando sus éxitos.
Las turquesas, por el contrario, procedían del norte, de unas minas en la península del Sinaí, en Serabit el-Khadim, un lugar maravilloso.
Allí también hay muchas inscripciones, sobre todo en un templo en lo alto de una colina dedicado a la diosa Hathor, «señora de la turquesa».
Como curiosidad, hay una inscripción famosa de esta época en la que el rey que gobernaba desde Tebas se queja a sus consejeros de que, entre los reyes del norte y los del sur, habían dejado a Tebas aislada, apartada de las rutas comerciales…
Pero la arqueología, este pequeño collar, lo contradice, porque refleja que los tebanos sí tenían acceso a productos exóticos o de lujo, tanto del norte como del sur.
—¿Y ahora qué? ¿Los egipcios os han felicitado? ¿Lo habéis anunciado de alguna forma? —se interesa el padre.
—Ahora toca construir la argumentación científica.
Además del informe de Chelo y Pedro y de las fotografías que muestran las burbujas, necesitábamos una prueba más «científica» de que las cuentas son de vidrio; sobre todo, si aspiramos a publicarlo en una revista de ciencias, tipo Science o Nature.
Por eso, al año siguiente del peritaje profesional de Chelo y Pedro, se unió al equipo un restaurador egipcio, Eid, que trabaja en el museo de El Cairo y maneja una máquina portátil de XRF .
Esta es capaz de determinar la composición química de cualquier objeto inorgánico, sin tocarlo y, por supuesto, sin dañarlo.
Así, en la campaña del año pasado, sacamos otra vez el collar de la vitrina y lo llevamos al laboratorio del museo, ubicado en el sótano.
Eid montó allí su máquina mágica y la conectó a su portátil.
Desplegamos el collar bajo el aparato y un intenso punto de luz roja impactó en la cuenta azul.
En ese momento, en la pantalla del ordenador se mostró un gráfico con los componentes de la pieza.
La cuenta que menos sílice contenía era un sesenta y seis por ciento y la que más, un setenta y siete por ciento.
El resto era calcio, cloro y potasio, acompañados de otros componentes residuales.
Estaba claro que era vidrio; quedaba más que confirmado.
»Ahora, el siguiente paso es demostrar la antigüedad del collar.
Nosotros tenemos una idea de la fecha por la cerámica que hallamos alrededor, y por el estilo del ataúd, que es característico de lo que nosotros llamamos el Segundo Periodo Intermedio, entre 1760 y 1540 a.
C. Yo lo dataría en torno al 1700 a. C., pero necesitamos apoyarnos en un argumento más objetivo y científico.
Este año pedimos permiso al Ministerio de Antigüedades de Egipto para tomar una muestra de la madera del ataúd y realizar un análisis de carbono-14.
Nos lo concedieron, tomamos la muestra y ahora está en lista de espera en el Instituto Francés de Arqueología en El Cairo, que tiene la única máquina en Egipto que hace este tipo de análisis.
No nos está permitido sacar absolutamente nada de Egipto, ni la más mínima muestra.
—¿Nada de nada? ¿Ni con fines científicos? ¿No es un poco exagerado? —exclama la madre.
—El problema es que en el pasado se cometieron muchos abusos, desde lo de Nefertiti hasta anteayer… y para el ministerio egipcio es más sencillo decir que no a todo, que tener que dilucidar qué sí y qué no.
—Pero la madera tampoco te dice la antigüedad del collar, ¿no?
—Ya, pero es mejor que nada. Nos da una datación aproximada.
Ten en cuenta, además, que hasta ahora el vidrio más antiguo databa de la época de Hatshepsut y de Djehuty; es decir, en torno al año 1470 a.
C., por lo que, si nuestra datación se confirma, nuestro vidrio sería unos trescientos años más antiguo, lo que nos da margen para que sea algo menos antiguo de lo que pensamos.
—¿Y cuándo se va a saber? —pregunta Olivia, que sigue la conversación con atención, como un adulto más.
—¡Uf! No lo sé, espero que en unos meses. ¿Antes de verano? ¿Antes de Navidad? Depende de la cola que haya. Lo importante es que salga bien, porque a veces las muestras se contaminan y el análisis no da un resultado coherente.
—Y al lado del collar, lo que hay ahí, esos aros, ¿son de oro? ¿Los habéis encontrado vosotros también? —Olivia cambia de tema, buscando más historias.