6. EL COLLAR DE LA MOMIA #3
—El ataúd de la chica lo encontramos excavando en el exterior.
No estaba dentro de ninguna tumba, lo habían dejado sobre el suelo, sin más; sin nada por encima, salvo tierra.
Lo primero que vimos fue la cara de la tapa, que se asomó sin avisar, por sorpresa, porque no nos esperábamos que allí hubiera nada parecido.
A medida que fuimos desenterrándolo, nos fue maravillando que estuviera completo, intacto, perfecto.
Alrededor se habían dejado bloques de piedra caliza para que se quedara bien fijo en su sitio y en posición horizontal.
El ataúd era muy sencillo, tallado del tronco de un sicomoro y pintado de blanco, igual que se ve ahora en la vitrina, imitando a una momia, con el cuerpo todo vendado y solo asomando la cara.
Después de documentar todo bien, de sacarle mil fotos y de realizar varias fotogrametrías en distintos momentos de la excavación, lo levantamos con cuidado del suelo y lo llevamos en volandas al interior de la tumba de Djehuty.
Allí lo limpiamos y, un par de días después, levantamos la tapa.
En su interior reposaba un cuerpo dejado de costado y envuelto en telas de lino de arriba abajo, con la mortaja exterior anudada a los pies.
En algunos sitios los agujeros de la tela dejaban ver partes del esqueleto, que medía poco más de metro y medio.
»Miguel y Jesús, médico y antropólogo físico, respectivamente, montaron la máquina de rayos X en un improvisado andamio para que quedara colgando en vertical, justo por encima de la momia y, así, poder radiografiarla por partes, manteniendo la misma distancia del cuerpo.
En la radiografía de la cabeza, del cráneo, la dentadura indicaba que debía de tener unos quince años.
Se veía perfectamente, además, que en el lóbulo de la oreja izquierda todavía llevaba dos pendientes en forma de espiral.
Resultaron ser de cobre recubiertos con una lámina de oro.
La radiografía de la cadera confirmó que se trataba de una mujer, y que llevaba un anillo en cada mano, un aro circular tallado en hueso y otro más elaborado con un adorno ovalado de color azul engarzado dentro de un marco de metal, probablemente de bronce, que se ajustaba al dedo mediante un cordel muy fino.
Entre una radiografía y otra, la del tórax mostró algo extraño caído entre el pecho y el lateral del ataúd.
Olivia permanece muda y ni siquiera pestañea. He logrado atraer toda su atención, pero más vale no prolongar demasiado el suspense, así que prosigo:
—Imprimimos las radiografías en papel, las pinchamos en una plancha de corcho y la colocamos en paralelo al ataúd, para que Jesús y Miguel pudieran guiarse por ellas y, si era posible, acceder a aquello que llamaba la atención.
Con unas pinzas y una pequeña espátula apartaron unas vendas sueltas y alcanzamos a ver un manojo de lo que parecían cuentas de collar, todavía engarzadas en el hilo.
Unas eran de fayenza, con forma de lenteja, y tonos azules y verdes, y otras eran piedras de colores, algunas preciosas, y al menos había dos escarabeos pequeños formando parte del collar.
Al final, resultó que había cuatro collares.
Lo curioso es que no estaban colocados alrededor del cuello, como era de suponer, sino que alguien, un familiar, algún ser querido, los había dejado con cuidado sobre su pecho en un montoncito, como diciendo: «Esto es tuyo, son tus collares, los que tanto te gustaban, llévatelos contigo, para toda la vida, para que te pongas elegante en el más allá, para que sigas siendo la más guapa por toda la eternidad».
Es un gesto de cariño, de amor, que nos llega desde tres mil setecientos años atrás.
Alguien tomó esos collares en su mano, cerró el puño y, con el corazón encogido y los ojos llorosos, los depositó despacio sobre ella, abrió la mano y pasó las yemas de sus dedos por el sudario para tocarla por última vez, antes de que cerraran la tapa y comenzara un viaje en el tiempo, hasta hoy.
Olivia, sin dudar un instante, pregunta:
—¿Quién crees tú que lo hizo? ¿Su novio?
—Pudo ser también su madre. Las madres eran, y siguen siendo, no solo las que guardan las joyas de la familia, sino también las que cuidan de los hijos y de las hijas más que nadie. Yo diría que ese detalle es propio de una madre. Al fin y al cabo, la chica tenía solo quince años.
—¿Y si la madre estaba ya muerta?
—¡Olivia! Mira que eres, ¿eh?
—Mamá, no te piques. Si ella tenía quince años, la madre tendría unos treinta y antes él ha dicho que la gente vivía como hasta los treinta o poco más, ¿no?; pues, entonces, la madre podría estar ya muerta, ¿a que sí? —señala con perspicacia, esbozando una sonrisa pícara.
—«Muerta», no; di mejor «en la otra vida», que son egipcios —apaciguo de nuevo los ánimos—.
Sí, la madre podría estar muerta, aceptado.
Es verdad que no sabemos quién dejó los collares.
Hay muchas cosas, muchos detalles que desconocemos.
Lo que es cierto es que no es común encontrárselos así.
Lo normal es que se los hubieran colocado alrededor del cuello, o los hubieran guardado dentro de una caja de madera, o en una cestita…
o que alguien se los hubiera llevado sin que nadie se diera cuenta.
Lo bonito es que a veces la arqueología captura instantes, como una fotografía, y nos permite recrear una situación, un momento en la vida de las personas de hace miles de años.
Y eso sirve, entre otras cosas, para recordarnos que éramos y somos humanos, que, a pesar del tiempo que nos separa, somos muy parecidos en la forma de pensar y de actuar.
A menudo esto se nos olvida. Cambia la moda en el vestir, por supuesto, cambia la tecnología, pero la esencia del ser humano se mantiene casi inalterada.
Tú podrías ser amiga de una niña del antiguo Egipto; seguro que te llevarías bien con Nefer, con Nebu, con Baket…
Claro que tendrías que aprender a hablar como ellas, como los antiguos egipcios, o entenderte por señas.
—¿Y cómo hablaban los egipcios?
—Pues normal. Su lengua debía de sonar parecido al árabe y al hebreo, con un toque africano, de la zona de Etiopía y Somalia.
Los egipcios no escribían las vocales, solo las consonantes, igual que en árabe o en hebreo; por eso, ahora no sabemos exactamente cómo sonaba.
Ellos veían escritas las consonantes y, los que habían aprendido a leer, sabían cómo tenían que «rellenarlas» con los sonidos de las vocales.
Es un poco difícil de explicar. Pero por las imágenes y los textos que nos han llegado, a los antiguos egipcios les encantaba hablar, les encantaban las historias, los cuentos, leer en voz alta, rezar, cantar, charlar en los banquetes y hacer bromas.
»Bueno, a lo que vamos. Debido a la estrechez del tronco del árbol con el que se talló el ataúd, la momia se colocó de lado, y los collares se escurrieron y cayeron entre las vendas del cuerpo y el lateral de la caja, lo que luego nos facilitó mucho la extracción.
Tres de los collares estaban compuestos por varias hileras de cuentas de fayenza y se conservaban completos, con las piezas en su sitio.
Se podían tocar y coger, pues el hilo se conservaba fuerte.
Sin embargo, la cuerdecilla del cuarto collar, el de las piedras, se había roto por varios sitios, precisamente porque las cuentas eran más grandes y pesadas.
Pero se podría reconstruir bastante bien, porque las partes mantenían su orden original, y solo se habían separado y desplazado unas pocas cuentas.
—Pero ¿cómo los pudisteis sacar sin que se os rompiera nada después de tantos siglos? —se pregunta Olivia.
—Jesús y Miguel, uno médico y otro antropólogo físico, procedieron con sumo cuidado, como si estuvieran en un quirófano.
Una vez extraídos, llevamos los collares a la mesa de restauración de Pía.
Allí se limpiaron con mimo y, en el caso del collar de piedras, se cambió el cordel antiguo, que estaba roto, por uno nuevo y resistente.
Era un collar precioso, muy colorido, muy moderno.
Mira, es este que está aquí. Sobre la tela negra no se aprecia del todo, pero si lo pones sobre una pantalla de luz, como algunas cuentas son traslúcidas, te quedas boquiabierto de lo bonito que es.
Al final de esa campaña llevamos el ataúd, la momia y los collares al almacén del Servicio de Antigüedades y, al año siguiente, cruzaron el río de vuelta y lo transportaron todo desde allí hasta el museo.
Hace un par de años, se unieron al equipo dos expertos en identificar piedras preciosas, Chelo y Pedro, que trabajaban en la Fundación Montemadrid, el antiguo Monte de Piedad —aclaro mirando directamente a los padres—, y fueron analizando una a una las setenta y cuatro cuentas del collar.
»Veintinueve de ellas estaban talladas en cornalina, la mayoría en forma de barril, salvo una en forma de escarabeo y otra de halcón, probablemente representando al dios Horus.
Esta debía de ser la pieza principal, la que iría en el centro del collar.
Al principio, yo pensé erróneamente que sería ámbar, pues era muy traslúcida.
Había, además, veinticinco cuentas de amatista, la mayoría redondas, de un color morado muy clarito.
Contamos cinco amuletos pequeños de fayenza, de tono verdoso, con formas difíciles de identificar.
Había cuatro cuentas talladas en granate; turquesas había dos, como dos manzanitas verdes diminutas; y solo una pieza de esteatita, en forma de escarabeo.
—Eso son sesenta y seis. Habías dicho setenta y cuatro: faltan ocho —Olivia rompe la pausa que acabo de hacer, haciendo alarde de sus dotes para las matemáticas.