6. EL COLLAR DE LA MOMIA #2
»Lo más intrigante del juego de arquero es la pequeña toalla que veis ahí, que envolvía ese tarrito de calcita o de alabastro que contenía kohl.
El kohl se hace con polvo de galena, se utilizaba como cosmético, para pintarse los ojos, y dicen que supuestamente servía para prevenir enfermedades.
Pero no se sabe seguro para qué lo usaban los arqueros; tal vez se lo untaban en los pómulos para que la luz no los deslumbrara cuando apuntaban al disparar.
—Y estos arcos, ¿tienen de verdad cuatro mil años? —pregunta de nuevo el padre.
—No, papá, te ha dicho que tres mil seiscientos. ¡Es que no te enteras…! —resopla la niña.
—Cuando los reyes visitaron el museo, en septiembre de 2025 —interrumpo para recuperar el buen ambiente familiar—, a la reina le llamó la atención la toallita, no sé muy bien por qué.
Le expliqué que habíamos encontrado muchísimas telas más, toneladas, de todo tipo: camisas, túnicas, sudarios, y de distintas épocas, desde el año 2000 a.
C. hasta época romana. También mencioné en esa ocasión que habíamos descubierto la tumba del supervisor de los tejedores de Ramsés II, y que teníamos evidencias de dos mujeres, madre e hija, que ejercieron como jefas de tejedores.
La reina se interesa, especialmente, por todo lo relacionado con la mujer.
—¿Qué más cosas dijo la reina? —pregunta con curiosidad la madre.
—Poco más, porque el «séquito» que los acompañaba, desde el principio, me metió prisa.
Vieron las cosas muy por encima. No pude soltar el rollo, como estoy haciendo ahora con vosotros.
Luego, en el yacimiento, al otro lado del Nilo, tuve algo más de tiempo para contarles detalles del jardín de hace cuatro mil años, de la misma época que el ataúd rojo de Iqer.
En el exterior hacía muchísimo calor, pero dentro de la tumba de Djehuty, que está decorada y es la más grande del yacimiento, pasaron bastante rato.
Nos sacamos fotos sentados a los pies de las estatuas de Djehuty y de sus padres; y a la salida, los trabajadores egipcios, guiados por nuestro capataz, les cantaron a la egipcia, como solemos hacer en la excavación, acompasados por un pandero.
—¡Qué divertido!, ¿no?
—Sí, estuvo muy bien. Eso fue lo que más salió en la prensa y en las redes.
Bueno, algunos del «séquito» se pusieron un poco nerviosos, porque no estaba en el programa y lo de la espontaneidad no va mucho con las visitas oficiales.
El capataz fue quien se hizo famoso. Al día siguiente, lo entrevistaron en todos los medios egipcios, y salió en las fotos sentado en una butaca enorme que tiene en su casa, como un trono de los que usan aquí en las bodas para acomodar a los novios.
El rais Ali es muy peliculero y no se puede contener.
Claro que en el momento clave, cuando se dirigió a los reyes, se puso nervioso y llamó a la reina «Alicia», y eso que lo habíamos ensayado varias veces, minutos antes.
Lo que nos pudimos reír luego. Al final, siempre la lía; tiene un don.
»A pesar del calor que hacía, todo salió muy bien.
¿Quién le iba a decir a Djehuty que los reyes de un país lejano, de España, al otro lado del Mediterráneo, se sentarían a sus pies y a los de sus padres, tres mil quinientos años después de que fuera enterrado?
Seguro que eso habría sido lo que más ilusión le habría hecho.
¿Qué te parece, Olivia? ¿No es increíble que los reyes se sentaran con Djehuty?
Si los llega a ver en su tumba, Djehuty se cae de espaldas al pozo y se vuelve a morir de la impresión.
Y así, de esta manera, lo hemos hecho inmortal.
Eso es lo que más buscaban y querían los antiguos egipcios: ser recordados, que su nombre se pronunciara una y otra vez, porque ellos creían que así vivían eternamente.
Uno vive si se mantiene vivo su recuerdo y, para ello, el nombre es esencial.
En realidad, eso sigue presente en nuestra cultura, por eso ponemos fotos de los abuelos en la estantería.
—Yo solo tengo dos abuelos —señala tímidamente Olivia.
—No, tienes cuatro, siempre tendrás cuatro —la corrijo en tono paternal.
—Y ese ataúd blanco más pequeño, ¿para quién era?
—Pues para un niño o una niña. La momia que está dentro, porque todavía está dentro, tiene unos cinco años.
Lo sabemos porque le hicimos una radiografía y pudimos deducir su edad por los dientes.
La dentadura es lo que mejor nos indica la edad de un individuo, porque cambia constantemente.
Pero, al ser todavía infantil, la radiografía no nos permite saber si es niño o una niña.
Como el ataúd es muy estrecho, el cuerpo se dejó de costado.
Eso le pasa también al de Neb, el que está pintado de colores, y a este otro blanco de aquí; los tres se hicieron a partir de troncos de árboles cortados y tallados para darles forma humana, forma de momia, con los brazos pegados al cuerpo y las piernas y los pies bien juntos.
Un gesto de amor
Olivia sigue mis explicaciones con los ojos bien abiertos, pero lo de la momia infantil hace que se le salgan de las órbitas.
A los más pequeños les fascinan las momias: ver un cuerpo totalmente vendado, con las piernas, los brazos y la cara tapados; escuchar cómo se sacaban las vísceras del cuerpo y se guardaban en los vasos canopos; cómo se extraía el cerebro por uno de los agujeros de la nariz, dando vueltas y rascando con un gancho, todo eso les encanta, y cuanto más asqueroso, mejor.
Si no llegan a estar los padres delante, le habría contado a Olivia que habíamos encontrado la momia de otro niño o niña, que tenía el cráneo parcialmente morado, media cara de color morado brillante.
Daba mucha grima verlo; pena y miedo a la vez.
Había perdido casi todo el vendaje de lino, que se había desintegrado, y quedaba a la vista el esqueleto.
Al levantar la tapa del ataúd por primera vez, el color morado nos alarmó, nos asustamos, pues podría ser algún hongo peligroso.
Nos alegramos en ese instante de llevar puestos la mascarilla y los guantes de látex.
Le habría contado a Olivia que hemos encontrado momias realmente tétricas, con pelo, con los ojos rellenos, como si se fueran a abrir en cualquier momento, con las uñas perfectas.
Con voz grave, le habría susurrado que le ponemos nombres a las momias, como Nicolai, delgado y de nariz aguileña, parecida a la de Ramsés II.
Los saqueadores de tumbas, en época antigua, lo habían dejado medio desnudo y lo habían colocado casi en posición vertical en la boca de un pozo funerario para que pareciera que en ese momento salía para asustar a alguien.
Sí, los saqueadores de tumbas a veces se entretenían con tonterías, jugaban con las momias y se hacían bromas macabras entre ellos.
En la tumba vecina a la de Nicolai, los saqueadores habían colocado un cono funerario de arcilla en el cuello de una de las momias, de tal forma que daba la sensación de que se lo habían clavado, como si lo hubieran asesinado por la espalda.
—¿Sabes cómo se dice «tumba» en árabe? —le pregunto.
—¿En árabe? Yo no sé árabe.
—Se dice maqbara y en plural maqaber ; de ahí viene nuestra palabra «macabro», que usamos cuando alguien o una situación se regodea con la muerte.
—¿Y el otro ataúd blanco más grande de quién es? ¿De su madre?
—¡Oye! ¡Olivia! —la reprende su madre.
—Mamá, si yo no he dicho que fueras tú…
—Pues casi aciertas —vuelvo a poner paz—.
El otro ataúd blanco, que se parece bastante al del niño o niña, pertenece a una mujer.
Por las radiografías que tomamos, sabemos que tendría unos quince años cuando murió.
En el antiguo Egipto, a los quince años ya eras una chica mayor, se casaban muy jóvenes…
y también solían morir pronto, como a los treinta o poco más.
No sabemos cuál fue la causa de su muerte; en las radiografías no se ve nada que nos dé una pista.
Pero, gracias a la máquina de rayos X , lo que sí averiguamos es que la chica…
—¿Tiene nombre? —interrumpe bruscamente Olivia, con tono de listilla.
—No, esta no. El ataúd no tiene ninguna inscripción que nos lo diga, y a ella no le hemos puesto nombre, aún.
¿«La de los collares»? ¿«La Collares»? No, ese no, ¡por Dios!
—dramatizo, tratando de sonsacar a los padres una sonrisa jocosa—.
Es que la chica tenía cuatro collares, ¿sabes?
… Pero, vamos por orden. ¿Quieres que te cuente la historia desde el principio?
—Vale —asiente Olivia con la cabeza, mirándome con los ojos bien abiertos y luego buscando la complicidad y el respaldo de sus padres.
Esta es, sin duda, una de mis historias favoritas y me gusta contarla, ensayar la narración para cuando la tenga que escribir.