6. EL COLLAR DE LA MOMIA
EL COLLAR DE LA MOMIA
El estómago empieza a reclamar atención con quejidos descontrolados y agradece que Asab llegue a la hora acordada.
Guardo los dibujos en la carpeta de gomas, pliego la escalera de metal y meto la silla debajo de la mesa que he apartado en una de las esquinas de la sala transversal de la tumba de Djehuty.
No quiero que moleste a las visitas que puedan venir por la tarde, aunque probablemente ya no acuda nadie.
Tutu camina delante de mí a paso ligero hasta la entrada al yacimiento, no la de los turistas, sino la que usamos nosotros durante la campaña, la que está junto a la tienda Opera Aïda for Alabaster.
Me despido de los tres hombres que están en la puerta, sentados en el suelo del porche, tallando vasos, con las manos y los brazos cubiertos de polvo blanco, y nos subimos a la furgoneta.
Tutu no les hace ni caso, como si se acordara de cómo lo despreciaron cuando era pequeño.
Ahora, pasados cuatro años, ahí está él, viajando en avión de Madrid a Luxor y vuelta, como uno más del equipo.
Mientras me trato de acomodar en los retorcidos asientos, se me dibuja una sonrisa imaginando lo que Tutu podría estar pensando, porque los perros tienen memoria, ¿verdad?
Pueden tener mala baba y ser vengativos, ¿no es así?
Se recuesta en el asiento de al lado, pone una pata sobre mi pierna y, con la cabeza erguida, se queda mirando por la ventanilla con cierta elegancia o, más bien, con altanería.
¿Quién me iba a decir que acabaríamos así, él y yo?
Asab toma el atajo de vuelta a casa, ese camino angosto y mal asfaltado que apenas acorta el viaje.
Debe de ser que a él también le gusta eso de salirse de la carretera y, de vez en cuando, optar por lo más complicado.
Esta alternativa es la opción local, la de las motos, las bicicletas, los carros tirados por burros.
Te cuelas entre los campos de cultivo de cebada y caña de azúcar, y la velocidad se adapta al ritmo de la vida humana, con agujeros y baches.
Quizás debí haber sido más simpático con el grupo de ingleses que nos visitó por la mañana, pienso mientras me quedo absorto mirando los distintos tonos de verde que se suceden, pero es que, si llego a extenderme más todavía, alguno se me cae redondo, aunque dentro de las tumbas se está fresquito.
Pero tanto tiempo de pie, escuchando, cansa mucho.
Y fuera ya aprieta el calor. Para uno de Manchester, esto sí que es mucho calor.
Es admirable cómo hay gente a la que no le frena nada, ni la edad, ni tener que andar con bastón ni el calor.
Es reconfortante ver cómo hay personas que no dejan de querer aprender, ver, oír, oler y saborear la vida hasta el final.
Claro que esto es una suerte, un lujo que la mayoría de la gente no puede permitirse.
A muchos le basta con sobrevivir. ¡Qué suerte tenemos!
Estar aquí, haciendo lo que nos gusta —excavando, investigando, restaurando—, es más que un sueño.
Tenemos que estar agradecidos por tantas cosas…
Al llegar a casa, Mustafa y Karim están terminando de preparar la comida. Tutu se quiere colar conmigo en la cocina, pero le corto el paso.
—Tú espera fuera, que eres un listillo. Sabes de sobra que aquí no puedes entrar. No me mires así, moviendo el rabo. ¡Mimado, que eres un mimado!
Mustafa y Karim lo tratan a cuerpo de rey; le llenan su plato hasta que no cabe más. Luego no va a haber quien le haga comerse las bolas del pienso. Tutu aquí está feliz, a sus anchas, siempre rodeado de gente, aunque ahora seamos solo tres en casa.
Por la tarde, trabajo con el ordenador, se hace de noche y se me pasa la hora de la cena. Tutu se tumba debajo de otra mesa, marcando distancias, como a él le gusta, para dejarme claro que es emocionalmente independiente.
—Pues mañana toca volver al museo, así que te quedas en casa, y ya verás cómo me vas a echar de menos.
Una mañana en el museo
En el museo, por fin conseguimos ponernos de acuerdo sobre el lugar donde debería ir cada cartela en la vitrina, que es exactamente donde dice el director que tienen que ir.
Asunto zanjado, no hay más discusión, y yo elijo no pelear esa batalla, pues sé que no la voy a ganar.
Salgo de la vitrina, me arrodillo en el suelo de mármol negro y me entretengo anudándome bien las botas.
En ese momento, oigo unas voces que hablan en español.
Se trata de una pareja de mediana edad, más bien mayores, y una niña de unos doce años o tal vez más.
Están mirando con atención el ataúd de Neb y luego los ramos de flores.
—¿Flores? Yo no veo flores; son más bien hojas secas. ¿Y por qué están en la vitrina? —pregunta la niña en alto, sin mirar a sus padres.
—Porque son muy antiguas. A ver qué dice la cartela, de cuándo son —replica la madre, mientras busca con la mirada de un lado a otro.
—No hay cartela; todavía no se han puesto —intervengo a la vez que me pongo en pie y me acomodo la mochila a la espalda—.
Eso es justo lo que estábamos discutiendo hace un rato: dónde ubicarlas.
El director del museo es el que se está yendo por ahí con ese grupo de mujeres, que son las conservadoras.
—¡Ah! ¿Eres español? —me pregunta el padre, iluminándosele la cara.
—Sí.
—¿Y trabajas aquí? ¿Eres arqueólogo o algo así?
—Algo así, sí. Excavamos al otro lado del Nilo, en la orilla oeste. Llevamos veinticinco años excavando allí, y todo esto de aquí, esta parte de la vitrina, son cosas que hemos encontrado nosotros, en el yacimiento donde trabajamos.
—¿De verdad? ¿Y dónde lo dice?
—No, no lo pone en ningún sitio. Esta vitrina forma parte de la colección permanente del museo y por eso no se indica quién fue el descubridor. Ya forma parte del museo.
Recreación de un enterramiento en una tumba pozo del Segundo Periodo Intermedio, con los rituales que se llevarían a cabo junto a la capilla de adobe (dibujo de Ignacio Forcadell).
—¿Y todo esto lo habéis encontrado vosotros? —insiste la niña con cierta incredulidad.
—Sí, todo. Ese ataúd rojo perteneció a un hombre llamado Iqer, que fue enterrado con dos arcos y un puñado de flechas, como esas de ahí; o ese otro ataúd, que tiene en la tapa esa cara amarilla, de ojos tan penetrantes, y que perteneció a un hombre llamado Neb; bueno, o a una mujer, eso no está del todo claro.
—¿Que no está claro? ¿Cómo no va a estar claro? —interrumpe la niña casi con tono burlesco—. Pues si ni siquiera sabéis si es hombre o mujer…
—A veces las cosas no son tan sencillas.
El ataúd pudo haberse tallado y decorado para un hombre, la inscripción de en medio se escribió pensando en que sería utilizado por un hombre, pero luego, no se sabe por qué, se depositó dentro a una mujer, momificada y envuelta en vendas de lino; o sea, un lío.
—¿Y cómo sabes todo eso?
—Saberlo seguro, al cien por cien, no lo sé, pero hemos hecho una radiografía de la momia y parece que es una mujer. La cadera, la pelvis, es más bien femenina. Sin embargo, en la inscripción se menciona un nombre masculino, un tal Neb.
—¿Y tú sabes leer jeroglíficos?
—¡Olivia! Es que no paras; no preguntes tanto —dice la madre con una sonrisa y ligeramente avergonzada, mientras la coge del brazo y la arrima a su costado.
—Déjala, no pasa nada; si no me importa.
A mí me encanta contestar preguntas. Sí, sé leer jeroglíficos.
Se puede aprender, como cualquier otro idioma; tenemos gramáticas, diccionarios…
pero, claro, hay que estudiar. Y lo de las flores, o las hojas secas, como tú las llamas, es porque tienen tres mil años de antigüedad.
Normalmente, en España, se habrían desintegrado por la humedad del terreno; pero en Egipto, en el desierto, como la tierra es muy seca y no hay humedad, las cosas más frágiles, la materia orgánica, como las flores, se conservan en buen estado.
Tienen mucho valor, porque son algo excepcional, difícil de encontrar.
Pero tienes razón, la flor se ha marchitado y lo que más se ve son las hojas secas del ramo y la fibra de palmera con la que se ataron los tallos de los ramos.
—Y estos arcos y flechas, ¿son los que estaban junto al ataúd rojo? —pregunta el padre, en parte para liberarme del interrogatorio de su hija, que él asume que me está incordiando.
—No, estos son otros. Estos son unos cuatrocientos años más modernos que el ataúd de Iqer, del 1600 a.
C., aproximadamente. Los encontramos en la cámara sepulcral de un pozo funerario que fue saqueada por completo.
No quedaba nada, salvo este equipo de arquero que se había depositado en el suelo de la cámara, pegado a una de las paredes.
Con el tiempo, la pared se fue deshaciendo y, cuando entraron los ladrones, los arcos estaban tapados bajo la arenilla y no los vieron.
Se trata de un juego de arquero completo, compuesto por dos arcos de maderas diferentes; se nota en el distinto tono de color que tienen.
Sin embargo, el nudo de la cuerda en uno de los extremos es idéntico en los dos, e idéntico al de los dos arcos que tenía Iqer dentro de su ataúd.
En cuatrocientos años la técnica de hacer nudos en los arcos se mantuvo igual, y se guardaban con el nudo solo en un extremo para que no se destensaran.
Las flechas están hechas a partir de una caña hueca.
Se introducía en su interior una varilla de acacia u otra madera para darle más peso y dureza a la punta, y luego se pegaban en la punta una o más pequeñas lascas de caliza bien afiladas.
La caña y la varilla se fijaban entre sí apretando alrededor del solapamiento un tendón de animal, igual que las dos pestañas de atrás, que sirven para enganchar la flecha a la cuerda del arco cuando se va a disparar.